“Adorad a aquel que hizo el cielo, y la tierra, el mar, y las fuentes de las aguas”, dice Apocalipsis 14:7. Este versículo se refiere al primer mensaje angélico, “un evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la Tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apoc. 14:6). Con este texto de base, es posible establecer que la adoración es misión.

La adoración en espíritu y en verdad se traslada del adorador hacia otros. La gracia, el perdón y la salvación de Jesús es la razón de la adoración. Por eso, no queda contenida solo en el corazón; por eso es compartida. Así lo expresa Salmo 105:1 al 3: “Alabad a Jehová, invocad su nombre; dad a conocer sus obras en los pueblos. Cantadle, cantadle salmos; hablad de todas sus maravillas. Gloriaos en su santo nombre, alégrese el corazón de los que buscan a Jehová”.

S. Joseph Kidder lo define así: “La adoración tiene todo que ver con Dios, con el compromiso con él y con el darle valor, honor, gloria y devoción” (Adoración auténtica, p. 9). Esta adoración se renueva en los días de culto en la iglesia y es ampliada en los demás días al andar con Jesús. Todo lo que hagamos, todo el tiempo, debe ser para honrar y glorificar a Dios. Primera de Corintios 10:31 es claro en esto: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. No hay dudas: Una vida en constante adoración es una vida que testifica de un Dios que marca una diferencia total en la vida.

Por eso, a continuación vamos a analizar algunos relatos que se refieren a experiencias bíblicas de personas que tuvieron encuentros con Dios y que cumplieron, luego, con la misión de adorarlo.

El etíope

“Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto. Entonces él se levantó y fue. Y sucedió que un etíope, eunuco, funcionario de Candace reina de los etíopes, el cual estaba sobre todos sus tesoros, y había venido a Jerusalén para adorar, volvía sentado en su carro, y leyendo al profeta Isaías” (Hech. 8:26-28). Este etíope era hombre que gozaba de buena posición y poseía gran influencia. Dios vio que cuando se convirtiera proporcionaría a otros la luz que había recibido, y ejercería una fuerte influencia en favor del evangelio.

Los ángeles de Dios estaban ayudando a ese buscador de la luz de la verdad, y él estaba siendo atraído hacia el Salvador. Por el ministerio del Espíritu Santo, el Señor lo puso en contacto con quien lo podría guiar a la luz. De esta manera lo describe Elena de White, en el libro Los hechos de los apóstoles.

Así, este funcionario fue puesto en contacto con el mensaje de Jesús por medio del libro del profeta Isaías, y usó a Felipe para explicar las Escrituras y para bautizarlo.

El etíope iba camino a adorar y encontró la verdad en ese sendero.

La viuda

“Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea, un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Mar. 12:41-44).

Podemos destacar algunos puntos en esta historia:

1- Jesús observa a los fieles adoradores.

2- Jesús reconoce y alaba la fidelidad.

3- La adoración de la viuda fue para Dios, no para dirigentes religiosos que tenían como propósito matar a Jesús.

Lo increíble es que, al salir del Templo, uno de los discípulos dijo: “Maestro, mira qué piedras, y qué edificios. Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada” (13:1, 2).

Aquí hay algo claro: los ojos de este discípulo estaban fijos en las cosas, no en las personas. La respuesta de Jesús fortaleció aún más el mensaje que él había enseñado poco antes: las personas no son piedras.

“La viuda pobre, que entregó sus dos monedas en la tesorería del Señor, lejos estaba de imaginar lo que hacía. Su ejemplo de sacrificio personal ejerció y ejerce influencia sobre miles de corazones en todas las tierras y en todas las edades. Han contribuido al tesoro de Dios dones de nobles y humildes, de ricos y pobres. Ha ayudado a mantener misiones, a establecer hospitales, a alimentar a los hambrientos, a vestir a los desnudos, a curar a los enfermos y predicar el evangelio a los pobres. Las multitudes han sido bendecidas por su acto de desprendimiento. Y, en el día de Dios, verá los resultados de toda su influencia” (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 310).

La adoración es misión hasta hoy en el legado dejado por la viuda de esta historia.

Pablo y Silas

Esta es una historia maravillosa en la que una pareja de misioneros consagrados nos ayuda a entender la adoración a Dios por lo que él es, y no por lo que él nos da. Pablo y Silas nos enseñan a alabar, independientemente de las circunstancias que nos rodean.

“A medida que la verdad de Dios nos llena el corazón, nos absorbe los afectos y nos rige la vida, también nosotros consideraremos una alegría sufrir por amor a la verdad. Ni la pared de una prisión, ni una estaca de martirio, nos puede intimidar o impedir en la realización de la gran obra” (Elena de White, Mensajes selectos, t. 1, p. 388).

La adoración de Pablo y de Silas aquella noche salvó la vida del carcelero y de toda su familia. El inicio de esta historia es injusto y triste, pero su final es hermoso.

“Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios” (Hech. 16:31-34).

Estas tres biografías bíblicas (de una persona socialmente influyente, de una frágil viuda y de una pareja de misioneros) nos enseñan que Dios usa a todos, más allá de la posición social, el estado civil o las circunstancias.

Recordemos estas historias para que en todas nuestras iglesias pueda leerse esta frase estampada: “Aquí entramos para adorar y salimos para servir”.

¿Es la tuya una vida de adoración que desborda hacia otros? RA

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