Cuando no recordamos lo que nos pasa, nos puede suceder lo mismo”, dice un refrán popular. Lejos de extensos tomos enciclopédicos y polvorientos documentos, la historia tiene una influencia determinante en nuestra vida, y nos ofrece matices vivos y desafiantes para ayudarnos en nuestro presente y prepararnos para el futuro.

¿Por qué contar historias? Porque Dios se comunica contándonos la historia de cómo se relaciona con los seres humanos. Las historias que aparecen en la Biblia son testimonios de vida. Esas historias tienen el propósito de hacernos reflexionar sobre la obra del Espíritu de Dios entre los seres humanos.

No obstante, la obra de Dios en el corazón de los seres humanos y su misión no termina allí, se extiende hasta nuestro presente. La Unión Argentina ha inaugurado en octubre de 2017 un Centro Histórico en el predio de la Universidad Adventista del Plata. Este sitio tiene el propósito de rescatar la historia de la Iglesia Adventista en Sudamérica. Así, busca escuchar las historias de quienes en el pasado han sido susceptibles a la voz del Espíritu de Dios y han sido colaboradores de Dios en su misión. Esto nos abre una ventana para ver cómo los otros se vieron a sí mismos y lo que hicieron. Existen varias razones por las que leer o escuchar a los demás contar sus historias es importante.

Primera razón: Las historias conectan a las personas. Ante todo, las historias crean una comunidad. Así fue con Jorge Riffel. Él había llegado como inmigrante a la Argentina, pero las dificultades económicas que traían para las cosechas las plagas de langostas lo llevaron a emigrar a Estados Unidos, donde se había establecido uno de sus hermanos con su familia. Junto con él, asistieron a unas charlas dadas por adventistas y aceptaron estas creencias en Kansas, Estados Unidos. Su corazón ardía con esta esperanza, y se comunicó con sus amigos que habían quedado en Argentina. Uno de ellos, Reinaldo Hetze, le comentó por carta que estaría gustoso de aceptar estas creencias si hubiera más creyentes que lo acompañaran.

De esta manera, Riffel llegó de nuevo a la Argentina y trajo consigo a otras familias de misioneros de sostén propio para compartir sus testimonios de vida y relación con Jesús. Y así llegaron también las familias de Osvaldo y Eva Frick, la de Augusto Yanke y su esposa, y de Adán y Eva Zimmermann. Cuando compartieron sus historias, escribieron historia con otras personas. Cuando desarrollaron experiencias compartidas, lograron desarrollar amistades. Buscaron experiencias en común y se relacionaron en esos niveles.

Así, estos misioneros crearon el lazo con los que vivían en su destino misionero, y encontraron corazones dispuestos a aceptar el evangelio. Cada pueblo y cada cultura se conectan por las historias vividas juntos. Y la primera Iglesia Adventista en la División Sudamericana se formó con estos primeros misioneros de sostén propio en las tierras de la zona de Crespo Campo, en la provincia de Entre Ríos, Argentina. Fue el 9 de septiembre de 1894.

Segunda razón: Las historias definen quiénes somos. Los primeros misioneros se identificaron como cristianos adventistas del séptimo día. En sus narrativas, definieron que para ellos era importante creer en la segura esperanza del regreso de Jesús. Eso fue lo que redefinió las nuevas situaciones que enfrentaron.

Las primeras familias de misioneros llegaron para compartir sus historias con los amigos que habían dejado años atrás, y su audacia trajo nuevos desafíos a la Iglesia Adventista. Ellos empezaron a escribir cartas a la Asociación General solicitando el envío de más misioneros. Entonces, esta historia se transformó en el libro del cual otras personas pudieron aprender sobre decisiones, aciertos, yerros, actitudes y muchas cosas más.

Tercera razón. Las historias dan sentido a nuestras experiencias. Las circunstancias pasadas ayudan a explicar nuestras experiencias actuales y dan significado a nuestra existencia. Así, las vivencias con otras personas van dando forma a nuestra propia historia. Esto fue lo que ocurrió con los primeros misioneros. Al informar sobre el desafío que representaba llegar a diferentes lugares del gran territorio sudamericano, la Asociación General tomó la decisión de enviar otros misioneros. En 1891 llegaron los tres primeros colportores a Sudamérica: Clair Nowling, Edwin Snyder y Albert Stauffer. Posteriormente, llegó Richard Craig, a fin de desempeñarse como responsable de mantener un depósito de libros y dirigir la tarea de los colportores en 1893.

Craig y su familia se establecieron en la ciudad de Buenos Aires. Allí, hicieron los primeros intentos por establecer una escuela para sus hijos y otros interesados en recibir educación en su propio hogar. De esta manera, cada uno de los misioneros empezó a poner su historia lado a lado con la de otros, como cuando apilamos ladrillos, y empezaron a dar forma a lo que hoy conocemos de la iglesia y que forma parte de nuestra vida.

Nuestro pasado nos ayuda a dar sentido a nuestro presente, lo que puede fortalecernos para escoger un mejor futuro. Las historias de otros nos ayudan a no sentirnos solos en las nuestras. Sus percepciones nos dan una mejor comprensión de nuestra propia historia. Los eventos del año anterior, incluso de ayer, son parte del drama de nosotros mismos. De hecho, alguien dijo una vez que la única manera de repetir los errores que una vez cometimos es olvidar lo pasado.

Cuarta razón. Las historias son autobiografías teológicas. Para aquellos que creen en Dios, las historias cuentan cómo la Palabra se hizo carne en cada uno. Cuentan de la presencia de Dios en las tragedias y las celebraciones de la vida. Nuestra historia se inscribe en la gran narrativa del Conflicto Cósmico, la historia de la redención. Nuestra vida es un capítulo muy importante, y eso nos pone en perspectiva. Cuando contamos con la ventaja del pasado, vemos que el plan de Dios es enorme. La parte que desempeña nuestra vida nos brinda esperanza y significado en la tragedia y el dolor, y da el coraje para avanzar.

El fervor de los primeros misioneros contagió a otros para extender las buenas nuevas a otras personas de lugares lejanos. No todos los misioneros eran jóvenes; por ejemplo, Lucy Belinda Post, quien llegó a ser la primera mujer soltera que ofreció voluntariamente sus servicios para ir a Sudamérica. Su decisión fue inspirada en las historias que escuchaba de boca de los informes de los misioneros en Sudamérica. Aunque contaba con casi cincuenta años, Lucy no dudó en aceptar el desafío. Lucy llegó a estas tierras en julio de 1895, en pleno invierno. Poco después de su arribo, Lucy pasó un tiempo con la familia de su hermano Zina, que residía en Nueva Palmira, Uruguay. Cinco semanas después, para el 31 de agosto de 1895, Lucy organizó la primera congregación adventista en ese país: una escuela sabática que contaba con más de veinte personas interesadas, a quienes había visitado desde su llegada.

Quinta razón. Las historias de estas personas despiertan esperanza. Mientras escuchamos las historias de otros, tenemos la capacidad de aceptar y afirmar la presencia de Dios en su vida y en la nuestra. Esto afirma en nosotros el poder de la esperanza. La esperanza nos habilita para desplazar la mirada de nuestro propio dolor y fijarla en Dios. Dios nos ayuda a superar esos momentos afirmando nuestra esperanza en él por medio de las historias de otros, y por la nuestra.

Por eso la Iglesia Adventista también se ocupa de contar y llevar esperanza a quienes sufren en este mundo a causa de problemas de salud o males producto de las economías de este mundo. Recordamos a Olav Oppegard. Era un misionero noruego que trabajaba en forma voluntaria, sin remuneración. Colportaba para sostenerse y vendía productos saludables que le llegaban de Battle Creek, Estados Unidos. Poco después de estudiar enfermería en Battle Creek, se estableció como el primer misionero de la salud que llegó a Buenos Aires, Argentina, por 1895. Abrió puertas en los corazones de las personas para que escucharan el evangelio al tratar sus problemas de salud en ese lugar.

También recordamos a las misioneras mujeres que se establecieron en Buenos Aires, como Mary Thurston de Westphal, Sadie Graham de Town y Lucy Post. Reunían alimentos y ropa para repartirlos en los hospitales y distintos lugares de la ciudad. Promovían el dar charlas sobre salud e higiene. Esos emprendimientos captaron la atención de varias personas para que escucharan y aceptaran las creencias adventistas.

Poco tiempo después, el pastor Francisco Westphal estaba pidiendo que la Asociación General enviara un médico y más enfermeras a este territorio. La atención del dolor trae esperanza y hace presente, mediante sus misioneros, la presencia de Dios entre los que sufren.

Sexta razón. Cada historia es un don, un tesoro en el mundo. Nunca hay dos historias que sean exactamente iguales; ni las tuyas, ni las que oirás.  ¡Cómo nos hace reflexionar, esto, sobre lo maravilloso que es Dios! Esta es la razón por la que cada historia es tan importante. Dios ordenó que cada capítulo de su gran historia se escribiera en su libro. Es parte integrante de la historia de la gracia. Lo que yo soy es lo único de mí en el Universo. Mi historia única es el don más excelente que tengo. Si no la cuento, quedará en silencio… Al rescatarla y compartirla, llega a ser un tesoro sagrado, un don que renueva la vida de todos aquellos con los que entra en contacto.

La clave es “recordar”

Por eso, es grato repasar la historia de tantos misioneros, quienes con la esperanza y la fe en sus manos las esparcieron como semilla en tantos rincones y lugares de Sudamérica. Los pioneros del evangelio en esta región se dieron cuenta de la importancia de seguir entrenando misioneros en los países donde iban, y así fundaron diferentes instituciones de educación y de salud. De estos lugares salieron misioneros en los que esas semillas de esperanza y fe crecieron, para que a su vez pudieran dar fruto y dispersar las semillas en otros lugares de este maravilloso continente sudamericano. Recordamos a las hermanas Deggeller, oriundas del Paraguay, a fines de la década de 1910. Se llamaban Elvira, Cecilia, Guillermina, y eran mujeres con mucha fuerza y espíritu misionero. Su familia conoció las creencias adventistas como fruto probable del trabajo del primer misionero enviado a organizar el interés adventista en esas tierras. Se trata de Luis Ernst, quien también fuera el primer alumno de lo que hoy es la Universidad Adventista del Plata. O, quizá, también conocieron la bendita esperanza por la influencia de las publicaciones dejadas por los primeros colportores que llegaron a esas tierras.

Estas jóvenes y otros integrantes de su familia fueron bautizados por el Dr. Roberto Habenicht. Estas mujeres llegaron a ser evangelistas de avanzada mediante el colportaje. Abrieron obra en diferentes lugares, y también abrieron puertas en los corazones de muchas personas para que los predicadores y los pastores continuaran estableciendo grupos e iglesias. Se casaron también con misioneros.

Elvira se casó con otro colportor entusiasta, Patricio Foley. Cecilia se casó con Ignacio Kalbermatter, quien fue pastor. Finalmente, Guillermina se casó con Pedro Kalbermatter, enfermero. Estudiaron en el Colegio Adventista del Plata (hoy Universidad) y, junto con sus esposos, fueron a difundir la esperanza en diferentes países de Sudamérica, Argentina, Paraguay, Bolivia y Perú. Sus historias son capítulos interesantes de sufrimiento, confianza en Dios y compromiso de entrega invaluables.1

Pero, no todos tuvieron la oportunidad de formarse como misioneros en nuestras instituciones educativas. No obstante, fueron contagiados por la fuerza de la esperanza que ardía en el corazón de los primeros misioneros. Recordamos a Eduardo W. Thomann, de Chile, hacia fines de la década de de 1890. Él se propuso comunicar la esperanza adventista mediante la página impresa en el idioma castellano.

Esta inquietud se despertó en su corazón porque en ese momento los colportores que llegaban a Sudamérica tenían publicaciones en los idiomas inglés, francés y alemán. Pero Eduardo vio la necesidad de tener publicaciones en castellano. Así, con muchos sacrificios personales, asumió la iniciativa de iniciar un periódico titulado Las señales de los tiempos. Y, posteriormente, inició La Revista Adventista para llevar noticias del campo misionero a los feligreses dispersos en diferentes lugares de Chile, Argentina, Bolivia y Perú.

Se cuenta que, con su hermano Víctor, se turnaban para vender suscripciones del periódico porque solo contaban con un par de zapatos para los dos. Sacrificios que hacían por difundir la semilla de la segunda venida de Jesús…

¡Qué dones llegamos a ser para seguir construyendo el cuerpo de Cristo! ¡Sí! Cada uno puede llegar a ser un don para la iglesia y el mundo. ¡Nada queda sin ser considerado y tener un efecto importantísimo para que otros se sumen al glorioso proceso de transformación que Dios logra mediante su Espíritu en el corazón de cada creyente!

Es increíble lo trascendente que puede llegar a ser “cualquier” historia; es decir, nuestra vida, cada momento o situación. Y más aún cuando aceptamos ser colaboradores de Dios en la difusión de su gracia.

Sé que en cada país de Sudamérica existen también historias interesantes que contar y que definen el lugar que la Iglesia Adventista ocupa hoy donde vives. Y, lo más importante, la historia no se termina con lo ocurrido en el pasado. La historia se extiende a tu presente, del cual eres parte, y te proyecta al futuro.

Sin lugar a dudas, nada de lo que conocemos hoy sería posible sin lo que han hecho otros en el pasado, y esto nos desafía a pensar que todo lo que hagamos hoy será parte de otros en el futuro. Tu relación con los demás definirá mejor tu historia en el plan de salvación. ¿Cómo? Esa parte de la reflexión queda contigo. Te invito a que te sumes y veas lo que Dios puede hacer por medio de ti en la gran matriz de la historia de la gracia.RA

Más información sobre el Centro Histórico Adventista de la Unión Argentina

Universidad Adventista del Plata, Libertador San Martín, Entre Ríos

centrohistorico@uap.edu.ar | Tel.: +54 9 343 4918000, int. 1460 | facebook.com/centrohistoricoadventista/


Referencias:

1  Véase más sobre las historias de estos pioneros en Silvia Scholtus, Liderazgo femenino en los inicios de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Sudamérica (Florida, Buenos Aires: ACES, 2013); y Daniel Plenc, Silvia Scholtus, Eugenio Di Dionisio, Sergio Becerra, Misioneros fundacionales del Adventismo Sudamericano (Libertador San Martín, Entre Ríos: Editorial Universidad Adventista del Plata, Entre Ríos, 2016, 3a ed.).

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