Como cristianos, debemos cuidar cada práctica diaria a fin de que ellas nos ayuden a conservar el vigor de nuestros dones y de nuestra vida.

Existe una estrecha relación entre la naturaleza física y la moral. Cualquier hábito que no promueva la salud degrada las facultades más altas y más nobles. Los hábitos incorrectos en el comer y el beber conducen a errores en el pensamiento y la acción. La indulgencia del apetito fortalece las propensiones animales, dándoles el ascendiente sobre las potencias mentales y espirituales. Que nadie que profese piedad considere con indiferencia la salud del cuerpo y se haga la ilusión de que la intemperancia no es pecado, y que no afectará su espiritualidad.

Es imposible que una persona goce de  la bendición de la santificación mientras sea egoísta y glotona. Muchos gimen bajo la carga de enfermedades debido a actos erróneos en el comer y el beber que hacen violencia a las leyes de la vida y la salud. Están debilitando sus órganos digestivos al complacer el apetito pervertido. El poder de la constitución humana para resistir los abusos que se le impone es maravilloso; pero el persistente hábito erróneo de beber y comer en exceso debilitará toda función del cuerpo. Por la complacencia del apetito pervertido y la pasión, aun los cristianos profesos perjudican la naturaleza en su obra, y disminuyen el poder físico, mental y moral. Que estas personas consideren lo que podrían haber sido si hubieran vivido en forma temperante y promovido la salud, en lugar de abusar de ella.

Cuando el apóstol se dirige a sus hermanos, y los insta a presentar sus cuerpos en “sacrificio vivo, santo, agradable”, presenta principios de verdadera santificación. No es meramente una teoría, una emoción o mero palabrerío, sino un principio vivo y activo que entra en la vida cotidiana. Requiere que nuestros hábitos al comer, beber, vestirnos, sean tales que aseguren la preservación de la salud física, mental y moral, a fin de que podamos presentar al Señor nuestros cuerpos, no como una ofrenda corrompida por hábitos erróneos, sino como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”.

¡Con qué cuidado deben los cristianos regular sus hábitos, para que puedan preservar la plenitud del vigor de toda facultad, a fin de dedicarla al servicio de Cristo! Si queremos ser santificados en cuerpo, alma y espíritu, debemos vivir en conformidad con la ley divina. El corazón no puede mantener la consagración a Dios mientras se complacen los apetitos y las pasiones a expensas de la salud y la vida. Los que violan las leyes de las cuales depende la salud deben sufrir la penalidad. Han limitado de tal manera sus capacidades en todo sentido que no pueden realizar en forma adecuada sus deberes para con sus semejantes, y fracasan por completo en responder a las exigencias de Dios.

Al que usa estimulantes, todas las cosas le parecen insípidas sin la complacencia favorita. Esto amortece las sensibilidades naturales tanto del cuerpo como de la mente, y hace que estos sean menos susceptibles a las influencias del Espíritu Santo. En ausencia del estimulante habitual, siente un hambre del cuerpo y del alma, no de justicia, de santidad ni de la presencia divina, sino de su ídolo acariciado. En la complacencia de los deseos perniciosos, los profesos cristianos debilitan diariamente sus potencias, imposibilitándose para glorificar a Dios.

Cuando San Pablo escribió: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo” (1 Tes. 5:23), no exhortó a sus hermanos a proponerse una norma que les fuese imposible alcanzar; no oró para que ellos obtuvieran bendiciones que no fuera la voluntad de Dios conceder. Él sabía que todos los que deseen estar listos para encontrar a Cristo en paz deben poseer un carácter puro y santo. “Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Cor. 9:25-27). “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:19, 20). RA


Texto extraído de La edificación del carácter y la formación de la personalidad (Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1955), pp. 16-22.