“Necesito pedir ayuda para mi depresión, pero tengo vergüenza de ir al psiquiatra y que me vean como un loco o un débil”.

“Sueño con poder retomar mis estudios para poder terminarlos, pero a mi edad es muy difícil”.

“Me gustaría poder contarle a mi esposo del abuso sexual que sufrí cuando era niña, pero sé que sería demasiado doloroso para ambos”.

“Quisiera cambiar de trabajo, pero tengo miedo”.

“Sé que es tiempo de hablar sobre sexualidad con mis hijos, pero me inhibo y no sé cómo hacerlo”.

Estos son solo algunos ejemplos de lo que escucho a diario en el consultorio desde hace casi dos décadas.

La mayoría de las personas tiene una idea bastante clara de lo que les duele o las atemoriza, así como un plan de acción que alguna vez han ideado. Sin embargo, el miedo al fracaso, al “qué dirán”, al dolor de afrontar la incomprensión o la vergüenza, ha obstaculizado la resolución de esas necesidades. Cuando esto perdura en el tiempo, la frustración que acarrea aumenta la sensación de impotencia y tristeza.

Incluso en niños y adolescentes observo frecuentemente cómo esta dinámica cognitiva obstaculiza la vida cotidiana: “Quiero jugar al fútbol, pero los otros niños juegan mejor y se van a reír de mí”. “Quiero dar mi opinión (o decir que no), pero me da miedo”. “Me gustaría estudiar una carrera universitaria, pero nunca nadie lo hizo en mi familia, y no creo que pueda hacerlo”.

El razonamiento que está detrás de este temor es la convicción de que no se cuenta con la fortaleza o la capacidad para afrontar el costo emocional de tomar tal decisión. Por lo tanto, hasta incluso evitar pensar sobre lo que se anhela se vuelve un hábito. No resolver el problema termina debilitando la autoestima, así como aumentando la inseguridad.

Hay pocas cosas más difíciles que enfrentar los propios miedos; a su vez, nada resulta más saludable y provechoso que disfrutar del crecimiento emocional que significa hacerlo. Las investigaciones han demostrado que si afrontamos nuestros temores no solo nos damos cuenta de que era posible, sino además terminamos fortaleciéndonos y generando mayor nivel de satisfacción personal.

El problema es que se enfatiza la dificultad y, paralelamente, se desconfía de la capacidad y la fortaleza de nuestros recursos emocionales. Esto se manifiesta al usar frecuentemente una conjunción adversativa: PERO. Algunas personas se vuelven expertas “peroístas”, pues han entrenado por décadas esta forma de pensar para no enfrentar sus temores. Se autoconvencen y convencen a su entorno de por qué es “imposible” hacerlo.

Una forma práctica de mejorar esta actitud debilitante es reformular nuestros pensamientos y verbalizaciones cambiando los PERO por Y:

“Quiero terminar mis estudios Y sé que será un desafío importante. De todas formas, sé que con esfuerzo lo lograré”.

“Necesito contar lo doloroso de mi pasado Y sé que no será fácil al inicio, pero yo puedo con ello”.

“Deseo jugar al futbol Y sé que no soy muy bueno y hasta quizás me hagan bromas, pero igual lo haré”.

Es profundamente tóxica la creencia de que solo si estamos completamente seguros y protegidos del dolor o de riesgos podremos tomar decisiones difíciles. En el origen de esta creencia errónea pueden estar estilos familiares o parentales sobreprotectores, que impidieron en la niñez entrenar la tolerancia a emociones negativas o la resolución de problemas, y que también transmitieron la idea de victimización: “Pobrecito, no puedes solo con eso, déjame a mí, que lo hago mejor”.

Por otro lado, si admitimos las dificultades y recordamos cómo hemos podido afrontarlas en el pasado, o si simplemente somos conscientes de nuestros recursos psicoemocionales y de la red de contención (social, espiritual, terapéutica) que tenemos a disposición para pedir ayuda, los avances serán notorios.

Los cristianos sabemos que el miedo forma parte de la naturaleza humana, porque aun Jesús lo padeció para dejarnos ejemplos contundentes de afrontamiento. Cristo nunca negó el dolor y el sufrimiento que le tocaría vivir, pero no dudó de que tendría la capacidad de superarlos. Sabía que su sacrificio último sería extremo Y continuó con su obra. No se centró en los PEROS; más bien, los verbalizó en oración a su Padre.

El apóstol Pablo recuerda a los tesalonicenses que el sufrimiento puede ser un compañero de ruta; sin embargo, no impide el avance: “Porque en verdad, cuando estábamos con vosotros os predecíamos que íbamos a sufrir aflicción, y así ha acontecido, como sabéis” (1 Tes. 3:4). Jesús nos dice: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Qué contundente declaración de la fortaleza de la cual podemos echar mano a toda hora para vivir abundantemente. RA

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