Dato interesante número uno: ¿Sabías que el Sol tarda 230 millones de años para completar su órbita alrededor del centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea?1 Obviamente, jamás alguien pudo observar este hecho; así que, tenemos que confiar en los cálculos matemáticos.

Dato interesante número dos: Los científicos estiman que en nuestra galaxia hay alrededor de cien mil millones de estrellas.2 Desde luego que cien mil millones es una estimación que no se puede medir. Podría ser más o podría ser menos.

Permíteme contarte una cosa más: Si se desenrollara todo el ADN de todas las células de un ser humano, tendría 16.000 millones de kilómetros, aproximadamente la distancia desde la Tierra hasta Plutón, ida y vuelta.3

“La multiplicidad de la Deidad representa otro esfuerzo por alcanzar y transformar todo corazón…”

“Y ¿qué hay con todos esto?”, te puedes preguntar. Creo que es una pregunta válida. ¿Qué importan esos miles de millones de años?  ¿Qué importancia tiene la inmensa distancia que abarca mi ADN desenrollado? ¿Qué importan las otras cosas? ¿Qué importancia tienen la Trinidad y la personalidad del Espíritu Santo o la naturaleza de Cristo? ¿Cómo afecta esto mi vida, mi fe, mi relación con Jesús?

El panorama completo

Sabemos, por instinto, que no podemos comprender realmente a Dios porque él está más allá de la imaginación y las explicaciones humanas. Eliú, uno de los amigos de Job, al sermonear al pobre hombre luego de sus inmensas pérdidas, exclamó: “He aquí, Dios es grande, y nosotros no le conocemos, ni se puede seguir la huella de sus años” (Job 36:26). Nos damos cuenta de que no podemos pensar con los pensamientos de Dios, que él es el completamente otro. “¿Quién entendió la mente del Señor? –escribe Pablo a la iglesia de Roma–. ¿O quién fue su consejero?” (Rom. 11:34).

Sin embargo, aunque reconocemos que nuestras mentes son limitadas, Dios eligió revelarse a sí mismo a través de su Palabra, porque él sabe que ansiamos obtener respuestas. Él sabe que, para que la esperanza penetre toda fibra de nuestro ser, necesitamos tener una vislumbre del panorama completo.

¿Por qué la Trinidad?

Este es un tema que es tan relevante hoy como lo era cuando Jesús les enseñaba a sus discípulos. “Muéstranos al Padre”, suplicó Felipe, uno de los Doce. La respuesta de Jesús nos indica la dirección en la que debemos ir cuando queremos entender mejor a la Deidad. “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Juan 14:8-10). Presta atención, Felipe; mira y escucha bien. Me ves a mí, ves al Padre.

Así que, pensemos juntos sobre  “qué significa creer” en la Trinidad. Enfoquémonos en el panorama completo y recordemos que todo concepto teológico está interconectado y, en última instancia, afecta nuestra vida. Comencemos bien al principio.

Una demostración clara del amor de Dios

Sin amor no existiría Trinidad. Juan afirma que “Dios es amor” (1 Juan 4:8), y para que el amor sea amor debe ser relacional. Yo puedo escribir un soneto sobre mi amor por mi esposa; puedo decirle que la amo veinte veces por día; pero este amor llegará a ser real y tangible solo cuando me relacione con ella con amor. Las palabras son preciosas; los hechos son poderosos. Cuando el Padre, el Hijo y el Espíritu obran y hablan, ya sea en relación mutua en la Deidad o con nosotros –sus criaturas–, ellos nos enseñan del amor.

También nos ofrecen un poderoso ejemplo de cómo debemos relacionarnos mutuamente en el cuerpo de Cristo, y cómo deberíamos relacionarnos con Dios. Su participación conjunta en el plan de salvación resalta el compromiso de Dios para salvar a un mundo en rebelión. La salvación no fue una idea de último momento. El Dios triuno no fue tomado por sorpresa, sino que eligió a la humanidad –por medio de Cristo– “antes de la fundación del mundo” (Efe. 1:4).

Una ilustración tangible de igualdad y sumisión voluntaria

“En el principio” involucra a los tres miembros de la Trinidad. Génesis 1:1 describe cómo Dios hizo los cielos y la Tierra. El Espíritu se movía sobre el vacío y la desolación de un mundo desordenado y sin forma (Gén. 1:2); y, en retrospectiva, Juan 1:1 al 3 nos cuenta que la Palabra viviente, Cristo, también estaba allí. El Padre, el Hijo y el Espíritu no son tan solo tres modos diferentes de expresión divina. Tienen roles diferentes en la Creación y en la salvación; sin embargo, al mismo tiempo son uno (Deut. 6:4).

Sin amor no existiría Trinidad. Juan afirma que “Dios es amor”.

Cuando Jesús pendía en la cruz, el Padre y el Espíritu no estaban desconectados. Involucrados y activos, como Jesús, sufrieron el mismo momento estremecedor de la separación que causaron nuestros pecados.

Cuando estuvo en la Tierra, Jesús nos mostró al Padre: y, desde su ascensión, el Espíritu acompaña a quienes buscan la salvación. Jesús no dejó a su iglesia sin un Consolador y Ayudador (Juan 14:16-18). Siempre me ha asombrado la obra perfecta de la Deidad. El Padre envía; Jesús enseña y demuestra gracia divina en la Cruz; el Espíritu nos recuerda esa gracia y la traduce en nuestra vida a fin de que podamos entenderla con mayor claridad (Juan 16:7-14).

Podemos oír el amor del Padre y la gracia del Hijo en los murmullos del Espíritu que susurra a nuestro corazón. ¿Qué pasaría en nuestras familias, nuestras congregaciones, la iglesia mundial, si pudiéramos emular –tan siquiera de forma pequeña– la igualdad y la sumisión voluntaria de los miembros de la Deidad? El Padre, el Hijo y el Espíritu no se preocupan por orden y secuencia, visibilidad o liderazgo. Se someten mutuamente para cumplir la grandiosa misión de salvar a las personas perdidas.

Una lección de comunicación y alcance

Tengo tres hijas que son muy diferentes. Tienen en común el mismo apellido, el mismo patrimonio genético y la mayoría de las experiencias al crecer. Pero las tres son personas únicas. Mi esposa y yo hemos aprendido cómo relacionarnos con ellas de forma más efectiva usando nuestras fortalezas y habilidades individuales para conectarnos. La Biblia utiliza muchas metáforas para reflejar la esencia de Dios. Hay momentos en los que nos sentimos más identificados con el Padre o con el Hijo/Hermano. A veces necesitamos un Ayudador, o Consolador. La multiplicidad de la Deidad representa otro esfuerzo por alcanzar y transformar todo corazón.

Salvación de nosotros mismos

El fundamento bíblico para la Trinidad nos recuerda que necesitamos desesperadamente la gracia divina. Solo un Salvador divino puede ofrecer salvación; ningún ángel o ser creado podría ponerse en mi lugar. Como el Segundo Adán, Jesús demostró el amor de Dios. Como la eterna Palabra Viviente, él se convirtió en mi Sustituto. Nadie más podría serlo.

Cuando entendemos la personalidad del Espíritu como miembro integrante de la Deidad, nos damos cuenta de que no podemos manipularlo como una “cosa” o una “fuerza”. Mi automóvil es una cosa. Aunque tiene un motor poderoso y una transmisión de avanzada, yo tengo la última palabra: yo conduzco el auto; yo estoy al volante.

A algunos cristianos (incluyendo algunos adventistas) que consideran que el Espíritu es una fuerza impersonal, les encanta “sentarse en el asiento del conductor”. Oran pidiendo poder; piden milagros; ellos van a la cabeza. La Trinidad nos recuerda que necesitamos someternos, que Dios está en el control, y que nosotros somos parte de algo orgánico que es mayor que la suma de nuestras personas por separado. Estoy agradecido por esta lección práctica.

¿Y entonces?

Amo a mi esposa. Aprecio su cuidado, compromiso, creatividad y humor. Respeto sus puntos de vista y valoro sus sugerencias. A menudo, sin hablarle, sé exactamente en qué está pensando (¡al menos, creo que lo sé!).

Sin embargo, nuestra unidad no reduce nuestra individualidad. Tenemos muchos intereses en común y disfrutamos hacer juntos muchas cosas. Hemos dedicado juntos casi dos décadas para criar tres hijas. Disfrutamos de tener un ministerio en equipo. A ella le encanta mantenerse al tanto de la realeza británica, mientras que yo disfruto leer todo sobre los campeonatos del fútbol europeo. Somos uno. Pero también somos diferentes.

Nuestro Dios triuno da un modelo perfecto de la relación de amor que visualiza para su iglesia. No nos sometemos mutuamente porque sea algo natural; nos sometemos y relacionamos mutuamente porque es algo divino.

Al final, nuestra respuesta más elocuente para el “¿y qué hay con todo esto?” acerca de la Trinidad bien podría ser este hecho: la salvación es un programa trinitario. La forma en que Dios dispuso ese programa para nosotros implica roles claramente diferenciados para cada una de las Personas de la Deidad.

No nos hacemos ningún favor al ignorar, confundir o, incluso, desestimar el carácter misterioso, sofisticado y complejo del programa. Dios puede obrar con nosotros mucho mejor y lograr mucho más cuando recibimos su Revelación, comprendemos su programa y cooperamos con él en todos sus detalles revelados. Al hacerlo, el perfecto y glorioso Padre, el todopoderoso y misericordioso Salvador Jesús, y el Espíritu que nos da vida, y nos guía y consuela de forma infalible, están plenamente libres para realizar su maravilloso milagro en todos nosotros. RA


Referencias:

1 Puedes encontrar más detalles aquí: goo.gl/Wrc2DK

2 Ver goo.gl/YpGM4R.

3 Lee más en goo.gl/ecR78J.

3 Respuestas

  1. Oscar Wasiuk

    Lamentablemente este artículo no me convence sobre la existencia de la Trinidad (aclaro que si creo en esta doctrina) pero la presentación aquí expresada no servirán para convencer a alguien que no cree en esto. La unica fuente debe ser la Palabra de Dios.

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  2. Luis Klever Vargas Ruiz

    La Trinidad es una doctrina bíblica. La unidad de Dios, no es matemática o cuantitativa, es cualitativa: unidad de esencia y de propósito. Las tres personas divinas que desarrollan roles diferenciados en el plan de salvación, viven desde la eternidad en una relaciòn de perfecta e inquebrantable armonía, lo cual probablemente a nosotros nos parezca difícil de alcanzar humanamente hablando, pues en general nuestras relaciones con nuestros prójimos sufren baches, tensiones, etc. Pero alli esta el ejemplo supremo: La belleza de la unidad perfecta en las tres personas de la Deidad, de nuestro Dios Triuno.

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  3. Julio Andrés Perez

    Puras explicaciones especulativas. No hay un firme «escrito está» ¿Donde quedó el pueblo adventista del 1800 que levantó La Biblia y La Biblia Sola? Duele mi alma que un pueblo que ha recibido tanta luz recurra a la ciencia humana, con sofismas católicos (léase de la Gran Ramera) para intentar explicar lo inexplicable.
    Mucha tristeza.

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