“No entiendo cómo puede gustarte escucharme y ayudarme; soy muy aburrida y estoy segura de que jamás alguien podría disfrutar de charlar conmigo. ¿Por qué te gusta ayudarme?” Así me cuestionaba una joven paciente durante una sesión, sumando su voz a la de tantos otros que están convencidos de que no hay mejoría posible para su actual condición.

Según el Diccionario de la Real Academia, la esperanza es el “estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”. Los psicoterapeutas trabajamos primordialmente con esta emoción como factor interno para lograr una buena motivación para el cambio. Si el que consulta no es capaz de contactar con un mínimo de esperanza y el profesional no logra generar a través del vínculo terapéutico esa chispa, no será posible iniciar un proceso de recuperación.

En sentido opuesto, la desesperanza es una emoción negativa que despierta la alarma del profesional de la salud mental, porque está asociada a cuadros de trastornos del humor como depresión o ideaciones de autoeliminación. Cuando un paciente demuestra este tipo de emoción recurrente, es necesario trabajarla sin demora, pues cualquier tipo de posibilidad de cambio se encontrará coartado por pensamientos derrotistas.

La motivación basada en la esperanza es esencial para activar el comportamiento hacia el bienestar. Esta motivación nos impulsa a trabajar para convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, incluso en los momentos de mayor desesperación y tristeza.

Sin embargo, aunque resulte curioso, los psicoterapeutas sabemos que no todos los tipos de esperanza son provechosos, sanos y deseables.

Uno de los tipos más tóxicos y debilitantes que observamos es la esperanza que se focaliza en los cambios que deben suceder fuera de mí: “Cuando mi jefe me trate como merezco… Cuando mi esposa sea más comprensiva… Cuando tenga los ahorros suficientes… Cuando pierda los kilos que necesito… Cuando mi vecino sea más respetuoso… Cuando mi iglesia sea más comprometida… entonces realmente podré desarrollarme”.

La lista de “cuandos” puede ser extensa. Y es nociva porque trata de poner en pausa el propio crecimiento personal hasta que algo en el exterior cambie. Responsabilizar únicamente a los demás o a factores externos por nuestro carácter o nuestro desarrollo emocional es una peligrosa forma de pasividad que fomenta la frustración y la irritabilidad, en detrimento de nuestros recursos.

De todas formas, es necesario tener en cuenta que los modelos significativos que hemos tenido en nuestra vida forjan bastante nuestra motivación para crecer cotidianamente o para caer en una apatía desmotivadora que nos autoconvence de todo lo malo que siempre seremos.

Algunos nacen en hogares en que se anticipa lo peor, se educa en la crítica y en la frialdad, y se termina por ahogar cualquier intención de mejoría. Se llega así a una adultez sin expectativas, que desalienta el esfuerzo de progresar, crecer y desarrollarse.

Asimismo, algunos han crecido en un ambiente cómodo, y les ha resultado relativamente fácil su transitar académico, social y familiar en sus primeros años. Pero, al llegar a los desafíos de la adultez, que los enfrentan a las problemáticas complejas, se desaniman, pues dudan de sus recursos y se abandonan a un estado de desmotivación permanente. Otros, en tanto, no se permitirán enfrentar la posibilidad de falla o error, lo que gesta personalidades evitativas o soberbias que no admiten necesidad de mejoría.

Algunas personas cultivan otro tipo de motivación tóxica para desarrollarse, como considerar que el bienestar vendrá de salir victoriosos en las comparaciones con los demás. Competir constantemente con familiares o amigos en una carrera sin fin genera un desgaste de energía psíquica, emocional y física que los termina alejando de su objetivo inicial de crecimiento y bienestar. Especialmente peligroso es creer que la única solución, la única esperanza, es un cambio extremo o irreal, como ganarse la lotería o el grave extremo de la muerte como esperanza de liberación.

Los cristianos tenemos un concepto de desarrollo personal especialmente saludable, pues creemos que somos un proyecto único pensado y creado para la gloria de nuestro Dios. Nuestra mayor motivación para mejorar no es compararnos con los demás sino con nosotros mismos, y especialmente con nuestro Modelo, Jesucristo. Por lo tanto, nuestra motivación es lograr ser, con su guía, la mejor versión de nosotros mismos, auténtica e irrepetible. Es nuestro mayor desafío y privilegio cotidiano desarrollar en nosotros el plan que un día fue diseñado en la mente de nuestro Creador, incluso a pesar de nuestras experiencias traumáticas.

La naturaleza amorosa de nuestro Señor nos garantiza que, sin importar el concepto que tengamos de nosotros mismos, de nuestra historia o nuestros errores, él siempre estará dispuesto a aceptarnos. No existen esperanza y motivación más poderosas. RA

Sobre El Autor

Psicóloga y Psicoterapeuta congnitivo-conductual, escribe desde Montevideo, Rep. Oriental del Uruguay.

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2 Respuestas

  1. Ana Baladino

    Excelente artículo, te hace reflexionar y estimula el reconocimiento de un cambio en mi

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  2. Valentina

    Me encantó ❤️ Una bendición tener autores de la misma fé y que compartan este tipo de temáticas.

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