El profeta Daniel fue un personaje ilustre. Era un brillante ejemplo de lo que los hombres pueden llegar a ser cuando se unen con el Dios de toda sabiduría. Se nos ha dejado un breve relato de la vida de este santo hombre de Dios para ánimo de aquellos que en lo sucesivo sean llamados a soportar pruebas y tentaciones.

Cuando el pueblo de Israel, su rey, sus nobles y sus sacerdotes fueron llevados a la cautividad, se eligieron de entre ellos cuatro personas para servir en la corte del rey de Babilonia. Uno de estos era Daniel. Al percibir los talentos superiores de estos jóvenes cautivos, el rey Nabucodonosor determinó prepararlos para ocupar importantes posiciones en su reino. Los jóvenes que se hallaban en esta escuela de preparación no solamente debían ser admitidos en el palacio real, sino se había hecho provisión para que comieran de la carne y bebieran del vino de la mesa del rey.

Entre las viandas colocadas ante el rey, había carne de cerdo y otras carnes declaradas inmundas por la ley de Moisés. Aquí, Daniel fue colocado en una severa prueba. ¿Se adheriría él a las enseñanzas de sus padres concernientes a las carnes y las bebidas, y ofendería al rey y, probablemente, perdería no solamente su posición sino también su vida? ¿O desobedecería el mandato del Señor, y retendría el favor del rey, y obtendría así grandes ventajas intelectuales y las más halagüeñas perspectivas mundanas?

Daniel no dudó por mucho tiempo. Decidió permanecer firme en su integridad, cualquiera que fuera el resultado. “Propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía” (Dan. 1:8).

Daniel estaba sujeto a las más severas tentaciones que pueden asaltar a los jóvenes de hoy en día; sin embargo, era fiel a la instrucción religiosa recibida en los primeros años. Se hallaba rodeado por influencias calculadas para trastornar a los que vacilasen entre los principios y las inclinaciones; sin embargo, la Palabra de Dios lo presenta como de un carácter intachable. Daniel no osó confiar en su propio poder moral. La oración era para él una necesidad. Hizo de Dios su fortaleza […].

Daniel poseía la gracia de la genuina mansedumbre. Era leal, firme y noble”.

Daniel poseía la gracia de la genuina mansedumbre. Era leal, firme y noble. Trató de vivir en paz con todos, y sin embargo era imposible de torcer, como el glorioso cedro, dondequiera que hubiera un principio envuelto. En todo lo que no ofreciera conflicto con su lealtad a Dios, era respetuoso y obediente hacia aquellos que tenían autoridad sobre él; pero poseía un concepto tan alto de las exigencias divinas que los requerimientos de los gobernantes terrenales eran colocados en un lugar subordinado […].

El carácter de Daniel es presentado al mundo como un notable ejemplo de lo que la gracia de Dios puede hacer por los hombres caídos por naturaleza y corrompidos por el pecado. El relato que tenemos de su vida noble y abnegada es un motivo de aliento para el común de los hombres. De él podemos obtener fuerza para resistir noble y firmemente la tentación, y con la gracia de la mansedumbre perseverar en todo lo recto, bajo la más severa prueba.

La vida de Daniel es una ilustración inspirada de lo que constituye un carácter santificado. Presenta una lección para todos, y especialmente para los jóvenes. El cumplimiento estricto de los requerimientos de Dios es benéfico para la salud del cuerpo y de la mente. A fin de alcanzar las más altas condiciones morales e intelectuales, es necesario buscar sabiduría y fuerza de Dios, y observar la estricta temperancia en todos los hábitos de la vida. En la experiencia de Daniel y de sus compañeros tenemos un ejemplo del triunfo de los principios sobre la tentación a complacer el apetito. Nos muestra que, por medio de los principios religiosos, los jóvenes pueden triunfar sobre los apetitos de la carne y permanecer leales a los requerimientos divinos, aun cuando ello les costase un gran sacrificio.

¿Qué habría sucedido si Daniel y sus compañeros hubieran transigido con los funcionarios paganos y hubieran cedido a la presión de la oportunidad, comiendo y bebiendo como era usual para los babilonios? Este solo abandono de los principios habría debilitado su sentido de lo justo y su aborrecimiento de lo erróneo. La complacencia del apetito habría comprometido el sacrificio del vigor físico, la claridad del intelecto y el poder espiritual. Un paso en falso habría conducido probablemente a otros, hasta que, al cortarse su vinculación con el Cielo, habrían sido arrastrados por la tentación.

Dios ha dicho: “Honraré a los que me honran” (1 Sam. 2:30). Mientras Daniel se aferró a su Dios con inconmovible confianza, el espíritu del poder profético vino sobre él. Mientras era instruido por los hombres en los deberes de la corte, Dios le enseñaba a leer los misterios de las edades futuras, y a presentar a las generaciones del porvenir, por medio de símbolos y símiles, los maravillosos acontecimientos que habrían de suceder en los últimos días. RA


Texto extraído de La edificación del carácter y la formación de la personalidad (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1955), pp. 16-22.

Sobre El Autor

Mensajera del Señor, escritora y predicadora, Elena de White (1827-1915) fue una de las organizadoras de la Iglesia Adventista. Entre sus muchos escritos se encuentran cientos de valiosas cartas.

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