En estos días de escepticismo e incredulidad, muchos aseguran que la Biblia es un libro lleno de contradicciones e inexactitudes. Sin embargo, quienes la estudiamos sabemos que contiene “algunas cosas difíciles de entender” (2 Ped. 3:16), pero que no son, necesariamente, discrepancias. Muchas de las así llamadas contradicciones son problemas de interpretación por causa de las diferencias en los estilos de escritura o por el desconocimiento de las costumbres de la época.

Aparentes discrepancias: algunos ejemplos

¿Jehová o Satanás? En 2 Samuel 24:1 se dice que Jehová “incitó” el censo; pero en 1 Crónicas 21:1, que fue Satanás. Aunque esto parece una contradicción, no lo es. Primero de Crónicas presenta a Satanás como quien realmente “incitó” a David a hacer algo que desagradó a Dios, pero Segundo de Samuel dice que fue Dios porque, usando el estilo de la escritura hebrea, se lo presenta haciendo lo que él permite. Es decir, Dios es responsable, en el sentido de que permitió que Satanás incitara a David. Saber cómo escribían los hebreos nos ayuda a armonizar el texto.

¿Problemas al sumar? Cuando Asiria sitió a Samaria, era el séptimo año de su rey Oseas, que era el cuarto año de Ezequías, rey de Judá (2 Rey. 18:9). Como tomaron la ciudad al cabo de tres años, se esperaría que la caída se diera en el décimo año de Oseas, y en el séptimo de Ezequías. Pero se dice que esto sucedió en el sexto año de Ezequías y en el noveno de Oseas (vers. 10). ¿Es esto un error de suma? No, solo que se está usando un método de contar diferente del nuestro. El método ha sido denominado “cómputo inclusivo”, porque toma parte de un día o de un año como si fuera una unidad completa. Por lo tanto, el año que llegaron los asirios fue contado como un año (4º y 7º), el siguiente como el segundo (5º y 8º), y el año en que cayó Samaria como el tercero (6º y 9º).

¿Dos o uno? ¿A cuántos endemoniados sanó Jesús? (Mat. 8:28-33; Mar. 5:1-15; Luc. 8:26-33). ¿Cuántos ángeles había en la tumba? (Mat. 28:5; Mar. 16:5; Luc. 24:4; Juan 20:12). ¿Cuántos ciegos sanó Jesús? (Mat. 20:29-34; Mar. 10:46-52; Luc. 18:35-43). ¿Dos o uno? Algunos han dicho que esto es un ejemplo de contradicción, pero no lo es. Es evidente que en todas estas historias había “dos” personajes, tal como lo menciona un evangelista; pero cuando otro evangelista contó la misma historia habló de “uno” porque decidió concentrarse en ese, en el que más le llamó la atención.

Digna de confianza

Elena de White afirma que los escritores bíblicos “se valieron de diversas formas de expresión; a menudo la misma verdad está presentada por uno de ellos de modo más sorprendente que por otro. Ahora bien, como varios de sus autores nos presentan el mismo tema según aspectos y relaciones diferentes, puede parecerle al lector superficial, descuidado o prejuiciado que hay discrepancias o contradicciones allí donde el estudioso atento y respetuoso percibe, con discernimiento más claro, la armonía subyacente” (Elena de White, El conflicto de los siglos, p. 6).

«es nuestro deber estudiarla, atesorarla, vivirla y predicarla”.

La Biblia ha sido atacada y criticada, pero ha demostrado ser digna de confianza. No solo la arqueología ha ratificado su veracidad cuando los críticos la acusaban de estar equivocada, sino además el cumplimiento de sus profecías demuestra que su contenido es de origen sobrenatural (Amós 3:7; Isa. 46:9, 10).

Es verdad que durante el proceso de copiado se introdujeron variantes textuales en los manuscritos, pero ninguna es de tal magnitud que afecte alguna doctrina importante o que ponga en duda su veracidad y autoridad. Los eruditos bíblicos saben que estamos leyendo prácticamente el mismo texto que se leía en los tiempos bíblicos. Eso muestra que Dios no solo ha inspirado su Palabra (2 Tim. 3:16), sino también la ha preservado (Isa. 40:8).

Por eso, con toda confianza podemos recibirla como la revelación infalible de su voluntad. Sus principios nos prepararán para toda buena obra aquí, en la Tierra (2 Tim. 3:17), pero también nos muestran el camino a la salvación (2 Tim. 3:15). Por lo tanto, es nuestro deber estudiarla, atesorarla, vivirla y predicarla (Sal. 119:9-11), pues mientras más lo hagamos, más conoceremos y amaremos al Dios que la reveló. RA

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