“No malgastes el tiempo, porque de ese material está hecha la vida” (Benjamin Franklin).

Isabel I de Rusia (1709-1762) fue monarca desde 1741 hasta su muerte. Era una reina muy especial: contaba con quince mil vestidos de baile, y no soportaba que la viesen más de una vez con el mismo. Se cambiaba constantemente, incluso tres veces durante el mismo baile. También tenía miles de zapatos y de medias. En la corte, nadie estaba autorizado a llevar el mismo peinado que la reina. Como si esto fuera poco, emitió decretos a través de los cuales regulaba los estilos de ropa y de adornos que debían usar los cortesanos.

A veces somos como la reina Isabel. Entusiasmados en muchos proyectos y desafíos, la vida se nos va en superfluidades. Nos concentramos en lo que no es vital ni trascendente y perdemos de vista nuestro objetivo central.

Algo similar le pasó a Saúl. El relato de 1 Samuel 9:1 al 3 es revelador. Irrumpe en escena un tal Cis, un hombre muy valiente. Tiene un hijo que se llama Saúl, quien cuenta con dos características distintivas y una misión: es el más hermoso y el más alto del pueblo de Israel, y es enviado a buscar las asnas perdidas de su padre.

En un principio, Saúl obedece la orden paterna, pero luego la historia tiene un giro insospechado para el bello protagonista. Luego de un largo periplo sin encontrar a los animales, el criado le aconseja a Saúl que consulten a Samuel, quien se encontraba en la ciudad. El propósito de esta visita radicaba en obtener algún indicio acerca del objeto por el cual habían emprendido ese camino (1 Sam. 9:6).

Ante las perplejidades y la desorientación, siempre es bueno consultar a los profetas de Dios. Sus consejos (ya sea que estén en la Biblia o en los libros de Elena de White) son de orientación y felicidad para nosotros.

Lo que sigue (1 Sam. 9:7-27) es una historia increíble. Dios le revela a Samuel que vendría un varón de la tribu de Benjamín a visitarlo y que debía ser designado como el primer rey de Israel. En el capítulo 10 ocurre un hecho memorable. Samuel unge a Saúl como monarca. Ahora, todo el poder estaba a su disposición; así como toda la sabiduría divina para hacer de Israel una gran nación.

Para sobrellevar esa responsabilidad, era preciso que atendiera varios factores. No obstante, estaba fallando desde el mismo inicio: aún estaba preocupado por las asnas. Su mente estaba en otro lado y Samuel se lo destaca: “Y de las asnas que se te perdieron hace ya tres días, pierde cuidado de ellas, porque se han hallado” (1 Sam. 9:20).

No pierdas tiempo con las asnas, cuando Dios desea darte un reino. El tiempo es algo que fluye constantemente. No para. Corre. El momento en que empezaste a leer estas líneas ya no vuelve más. Desaparece. Lejos de ser esta una obviedad angustiante, puedes usar bien tu tiempo y hacer de este don una gran bendición. Alvin Toffler dijo: “Tienes que pensar en cosas grandes mientras estés haciendo cosas pequeñas, de modo que todas las pequeñas cosas vayan en la misma dirección”.

Parece simple, pero constantemente nos vemos asediados por la puesta en acción de una amplia variedad de cosas urgentes (y hasta importantes y no precisamente malas) que nos desvían de nuestra meta central. Como el hámster que corre dentro de su ruedita, terminamos agotados sin haber dado un solo paso adelante. Las asnas de la superfluidad nos consumen el tiempo, que es la cosa más valiosa que como seres humanos podemos gastar.

Saúl era el más alto, pero tuvo un liderazgo sin la altura moral ni espiritual que el pueblo de Dios necesitaba en ese momento de su historia. Por eso, procuró hacer su voluntad cuando Dios le había mostrado otro camino (1 Sam. 15:9-35), y no aceptó los desafíos a los que fue llamado (1 Sam. 17:4-11, 31, 32).

En este nuevo año, desecha lo innecesario y banal. Trabaja en tus propósitos. Despreocúpate de las asnas y concéntrate en tu misión. RA

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