Aprendiendo a cruzar los “puentes” de la preocupación.

Los dichos populares frecuentemente son una condensación de experiencia popular que se transmite de generación a generación. En psicoterapia, a veces recurro a algunos refranes para transmitir un concepto que creo que será de provecho para el paciente.

Se cree que en la Primera Guerra Mundial se acuñó el dicho: Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él. Por más poderoso que fuera un ejército, sería siempre un blanco fácil durante el cruce de un puente; los soldados, aliados y enemigos, eran conscientes de ello. Asimismo sabían que, si querían avanzar, inevitablemente debían continuar cruzando nuevos puentes, que significarían un peligro inminente.

Los superiores debían, entonces, tomar una decisión: permanecer constantemente pensando en cómo pasar el siguiente puente o, más bien, priorizar el avance cotidiano, concentrando las energías en el día a día. Los experimentados generales coincidían en que era más eficiente batallar día a día, aprovechando los avances y sabiendo que, cuando llegara el siguiente puente, ahí desplegarían sus fuerzas y recursos para resolverlo. Nada ganaban las tropas si mantenían el siguiente puente siempre presente, hablando de él, imaginándolo y sufriéndolo, desanimados y agotados, antes de llegar a él.

Los seres vivos sanos buscan evitar el sufrimiento. En los seres humanos, esto es un instinto de autopreservación que ayuda a crear con antelación una estrategia para resolver dificultades que podrían atravesarse en nuestro camino. Sin embargo, una cosa es ser conscientes de ellos, y otra cosa es hacerlos reales en lo cotidiano. El gasto de energía psicoemocional que implica vivir anticipando los peligros y analizando al detalle lo malo que podría suceder genera un agotamiento no solo emocional, sino además físico y aun social que, en vez de mejorar nuestra eficacia para autoprotegernos, la deteriora significativamente.

Pacientes de todas las edades, incluso niños pequeños, llegan a la consulta con la sensación de que hay “puentes que cruzar” todo el día y todos los días, cuando en realidad esos puentes no existen, son poco probables o podrían ser cruzados con los propios recursos. Relatan con angustia lo real del miedo a las dificultades que sobrevendrían si les diagnosticaran una enfermedad a ellos o a sus seres queridos, si surgieran eventuales problemas en las finanzas, en los estudios, en la jubilación, con sus hijos o cualquier cosa que pudiera estar en el futuro. Esto se transforma en un hábito de pensamiento nocivo, que técnicamente se denomina “rumiación cognitiva ansiosa”.

Para algunos, este hábito toma forma de ritual necesario: “Si no me preocupo, si no sufro lo suficiente, no podré estar tranquilo ni disfrutar; no lo merecería”. Para otros, se vuelve una forma de tener algo de control sobre lo incontrolable: “Si pienso, si me preocupo y si analizo lo suficiente, me ahorraré cualquier tipo de sufrimiento. Debo estar prevenido, debo preocuparme todos los días”. Incluso el no preocuparse constantemente es considerado señal de indulgencia, de inocencia o de irresponsabilidad.

En otros casos, este hábito de hiperpreocupación se transforma en una zona de confort, no porque sea confortable, sino porque es una zona conocida y de alguna forma funciona como una razón para no responsabilizarse totalmente por el bienestar propio. Ese “puente” que preocupa se transforma en la justificación para la apatía, el malhumor o la desmotivación: “¿Cómo me van a pedir que disfrute de mi familia, del trabajo o de mi vida, si tengo esta enorme preocupación en mi cabeza? Ahora yo no puedo…”

Si detectamos que tenemos estos procesos tóxicos de pensamiento, hay técnicas que podemos ejercitar para lograr mejores hábitos cognitivos.

Podemos marcar una cita con la preocupación: “Hoy a las 18:30 dedicaré 15 minutos a pensar en esta temática que me preocupa. Ahora, no”. Se puede reiterar ese compromiso tantas veces como sea necesario en el día.

Llevar un registro escrito de aquellos “puentes” tan difíciles que creímos que deberíamos cruzar y finalmente nunca tuvimos que hacerlo; o mejor aún, que al cruzarlos descubrimos que no eran tan peligrosos y que nuestros propios recursos pudieron con el desafío.

Ayuda recurrir al apoyo de nuestra red social y al recurso espiritual compartiendo nuestras preocupaciones, recordando incluir la descripción de las veces que pudimos sortear los desafíos. Enumerar las cosas, las personas y las situaciones por las que estamos agradecidos es una buena forma de fortalecernos. Recordar que algo peligroso pueda suceder no significa que vaya a suceder; posibilidad y probabilidad son dos términos muy diferentes, y el solo hecho de que se sienta que algo puede suceder no lo hace más real.

Nunca olvidemos el consejo bíblico: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán. Basta a cada día su propio mal” (Mat. 6:34). RA

3 Respuestas

  1. Ans

    Muy interesantes, pienso que el miedo nos esclaviza y la confianza nos da el tiempo que necesitamos para esperar!!! ❤

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  2. Myriam

    Puede hablar sobre la forma de pensar que es el resultado de una depresion endogena? Porfavor. Gracias

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