No necesitamos vivir con culpa. La misericordia y el perdón de Dios están disponibles para todos, siempre.

–Pastor, ¿puede perdonarme Dios?

A lo largo de mi ministerio, en diferentes momentos y circunstancias, esta pregunta fue el denominador común de personas llenas de culpa, necesitadas de una respuesta.

Pecados

En algunos casos, las faltas son abiertas, aberrantes, actos que mostraron premeditación y alevosía. Haber abandonado a padres ancianos cuando se los podía ayudar, haber faltado a los votos matrimoniales por medio de la infidelidad, son algunas de las faltas que se hacen sentir a través de la culpa.

En otros casos, el sentimiento de culpa tiene que ver con equivocaciones, con faltas que no se buscaron con intencionalidad pero que fueron el grave resultado de malas decisiones. Una madre que da en adopción a un niño, haber callado cuando era necesario hablar, forman parte de los yerros que muchos lamentan.

Finalmente, es necesario mencionar a quienes llevan los pecados en su interior. Los esconden y procuran no demostrar los pensamientos y los sentimientos que tienen, pero se sienten sucios delante de Dios. El odio, la lujuria, la envidia, el deseo de venganza y la codicia son sombras espirituales ocultas, solo manifiestas ante el ojo divino.

Las Sagradas Escrituras muestran a un Dios piadoso, misericordioso, compasivo, que está dispuesto a perdonar y restaurar a las criaturas de este mundo. La Biblia enaltece el amor y la compasión de Dios. Por eso, muchos de los autores bíblicos expresan pensamientos como: “Pero tú, Señor, eres un Dios compasivo y clemente, lento para la ira, pero grande en misericordia y verdad” (Sal. 86:15), y también: “Porque el Señor su Dios es clemente y misericordioso, y no les volverá la espalda si ustedes se vuelven a él” (2 Crón. 30:9).

Aceptar el perdón divino

Para que el perdón divino se haga efectivo en la vida es necesario realizar algunos pasos que las Escrituras detallan con claridad:

  1. Reconocer la falta ante Dios. “David le respondió a Natán: Reconozco que he pecado contra el Señor” (2 Sam. 12:13). Luego de haber cometido adulterio y homicidio, David fue confrontado por el profeta Natán con su accionar pecaminoso. Como pocos reyes de la época lo hubieran hecho, David reconoció que su accionar había quebrantado la Ley de Dios.
  2. Confesar el pecado a Dios. “Te confesé mi pecado; no oculté mi maldad. Me dije: ‘Confesaré al Señor mi rebeldía’, y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal. 32:5). El salmista no buscó excusas ni atenuantes para justificar su falta: reconoció y confesó su transgresión. Por esa razón, para que Dios haga la limpieza espiritual que necesita el ofensor, es necesaria una confesión consciente y completa sobre la falta cometida.

Luego de haber recorrido los pasos que son el camino de reconciliación con Dios, el Padre celestial perdona de un modo divino, y nunca más recuerda la falta: “Yo, y nadie más, soy el que borra tus rebeliones, porque así soy yo, y no volveré a acordarme de tus pecados” (Isa. 43: 25).

Pero, para lograr la paz completa, es necesario cambiar el rumbo de acción. El dolor que se experimenta luego de haber errado no es suficiente para encontrar la paz que Dios ofrece. Hace falta un cambio de conducta, una medida voluntaria y decidida para que el error no vuelva a repetirse. Para abandonar el pecado, es necesaria la intervención del Espíritu Santo. Solo así el hombre puede mirar hacia atrás y ver que las acciones pecaminosas que solía cometer no se repiten.

Perdonar como Dios perdona

Algunas personas, guiadas por el Espíritu Santo, perdonan como lo hace Dios. Ese fue el caso de Ana María Suárez, una mujer que sufrió que mataran a su único hijo. Luego de que la policía encontrara al presunto asesino, ella, junto a un grupo de familiares, fueron a escuchar el interrogatorio que le realizara el fiscal. El joven homicida procuró al principio ocultar su falta; pero, ante los hechos claros y rotundos que lo acusaban, confesó la verdad: él había dado muerte al hijo de Ana María.

Al finalizar la declaración, Ana María se acercó al asesino de su hijo y le dijo, entre otras cosas: “Solo Dios cura las heridas. Yo te perdono” y luego lo abrazó con un claro sentido de contención. “Lo siento todavía en mi pecho, me salió del corazón, de mi alma… Fue un abrazo de dolor que me salió del corazón”,1 recordó esta madre ante los periodistas que la interrogaban con asombro y admiración.

Nunca es tarde

También el Padre celestial muestra su amor y su misericordia al perdonar a cada individuo de esta Tierra que se acerca a él con humildad y arrepentimiento. Y es que, a través del sacrificio de Jesús, “Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, sin tomarles en cuenta sus pecados” (2 Cor. 5:19). No importa cuán bajo se haya caído, no importa cuán horrendo haya sido el pecado, no importan las terribles consecuencias de una mala acción: el amoroso Padre celestial siempre está a la espera de sus hijos que, arrepentidos y con ánimo de cambiar, se vuelven a él.

Una escritora cristiana le escribía a una hermana en la fe: “Mi querida hermana: Tengo evidencias de que Dios la ama, y que ese precioso Salvador que se dio a sí mismo para que usted pudiera salvarse no la rechaza porque ha sido tentada y ha sido vencida en su debilidad. No permita que su preocupación la separe de los brazos del amante Jesús; por el contrario, entréguese a él con confianza y fe. La ama, la cuida, la bendice y le dará su paz y su gracia. Le está diciendo: ‘Tus pecados te son perdonados’ (Luc. 5:23). Le aseguro que Jesús nos ama, aunque erremos y caigamos en la trampa del pecado. Nos perdona hasta lo sumo. Reciba en su alma la dulce promesa de Dios”.2


Referencias:
1 http://www.clarin.com/diario/2006/11/11/policiales/g-06801.htm
2 Elena de White, Cada día con Dios (Buenos Aires: ACES, 1979), p. 63.

Una Respuesta

  1. carlos a ramirez

    La intervenccion del Espiritu Santo es quien nos convence de nuestros pecados , y si reflexionamos un poco sobre estos pecados cometidos de lo que hemos hecho y nos arrepentimos sentiremos esa paz del perdon

    Responder

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