Estuve equivocado es el título de la autobiografía de Jim Bakker, publicada en 1996. En ella, el exevangelista televisivo y fundador del ministerio pentecostal “Alaben al Señor” cuenta cómo su deshonestidad, inmoralidad y desequilibrio lo llevaron a perder la honra y a ser condenado a 45 años de prisión.

Habiendo sido uno de los más famosos predicadores de la televisión y consejero de presidentes de los Estados Unidos, Bakker llegó al fondo del pozo. Pasó a ser conocido simplemente como el preso número 07407-058. Y aparentemente, no había más misericordia para él.

Pero, en su peor momento, sucedió un verdadero milagro. Uno de los guardias de la prisión lo llamó y le dijo: “Billy Graham está aquí y quiere verte”. Era difícil creer que Billy Graham hubiera ido a un lugar como ese para encontrarlo. Pero, cuando Bakker entró en la sala, allí estaba Graham con los brazos abiertos.

“Nunca me olvidaré de la actitud de aquel hombre, que acababa de ser elegido como una de las personas más influyentes del mundo y que había ministrado a millones de personas, pero que tomó un tiempo de su apretada agenda para venir a ministrar a un prisionero”, cuenta Bakker. Aquel acto de bondad rescató su esperanza.

Desdichadamente, tú y yo también conocemos a gente especial, llena de talentos, usada por Dios y admirada por las personas, pero que terminó cayendo en un área de su vida. Quizá sea de tu propia familia, un amigo o un referente espiritual. O, a lo mejor, un líder, un pastor o un predicador. La reacción normal es sentir tristeza, dolor, e incluso decepción.

“Tenemos la tendencia A juzgar a los demás con justicia y juzgarnos a nosotros mismos con misericordia”.

Siempre es difícil saber cómo reaccionar en estos momentos, pero hoy quiero dejarte por lo menos tres opciones seguras que podrán ayudarte a encontrar la actitud correcta.

En primer lugar, es importante conocer la manera en que la Biblia trata estos casos. En ella se presenta un gran número de situaciones en que hay pecado, traición, escándalo y falsedad. Seguramente recordarás la historia de líderes, patriarcas, profetas, reyes y apóstoles que cayeron. La biografía de cada uno de ellos figura en la Biblia, acompañada por las consecuencias de sus actos y la profundidad de su arrepentimiento, como también por la grandeza del perdón de Dios. Eran vasos de barro que se quebraron (2 Cor. 4:7); lo que nos ayuda a quitar los ojos del mensajero para concentrarnos en el mensaje.

La Biblia también nos recuerda que el gran conflicto entre Cristo y Satanás es el telón de fondo detrás de las crisis espirituales que conocemos. Hay un enemigo airado, que sabe “que tiene poco tiempo” (Apoc. 12:12), y está buscando destruir primero a aquellos que tienen mayor influencia. Esto no es una excusa para el pecado, la disciplina eclesiástica redentora o para las correcciones que sean necesarias, sino una invitación de amor y restauración para los caídos.

En segundo lugar, sigue la actitud que tuvo Jesús en casos semejantes. Lee los evangelios, y ve cuál fue su actitud hacia personas humilladas y escandalizadas –pero arrepentidas– que llegaban a su presencia. Él no desistió de gente simple o famosa, de los rechazados, los corruptos, los hipócritas y todo tipo de pecadores, sin importar su condición social o espiritual. A fin de cuentas, “toda alma que cede a la tentación es herida por el adversario, pero dondequiera que haya pecado está el Salvador. Es obra de Cristo ‘sanar a los quebrantados de corazón […] pregonar libertad a los cautivos […] poner en libertad a los oprimidos’ [Luc. 4:18]” (Elena de White, La educación, p. 113). No podemos olvidar que el pecado es la marca del hombre, pero el perdón es la marca de Jesús.

En tercer lugar, haz lo que te gustaría que los demás hicieran contigo si cometieras el mismo error. Tenemos la tendencia a juzgar a los demás con justicia y juzgarnos a nosotros mismos con misericordia. Pero, cuando nos ponemos en el lugar del caído, podemos ejercer el perdón de forma más profunda. Ciertamente, “ser cristiano significa perdonar lo imperdonable en los demás, porque Dios perdonó lo inexcusable en ti” (Clive S. Lewis). Al tratar con situaciones así, el consejo de Nelson Mandela, líder y activista que enfrentó diferentes tipos de crisis, puede ser muy útil: “Una buena cabeza y un buen corazón siempre son una formidable combinación”.

“Dios […] es hoy la fortaleza de su pueblo. […] Debemos recordar que los seres humanos son sujetos a errar, y que aquel que tiene todo el poder es nuestra fuerte torre de defensa” (Elena de White, Profetas y reyes, p. 150). En momentos de crisis, escándalo o decepción, recuerda que la persona caída ya tiene que enfrentar mucho sufrimiento y duras consecuencias.

Por eso, no aumentes la dimensión de los problemas divulgando e intercambiando comentarios y conjeturas, sino cumple las recomendaciones de Mateo 18:15 al 23. Ora intensamente, y sigue el ejemplo de Jesús –quien tan bien fue representado por la actitud de Billy Graham–, demostrando sensibilidad y, como dice el conocido proverbio: “Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”. RA

Sobre El Autor

Pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que actualmente sirve como presidente de la División Sudamericana. Tiene 47 años y es oriundo del estado de Río Grande do Sul, Brasil.

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