Hablar de homosexualidad no es sencillo. A muchos puede ser que les resulte incómodo, e incluso que les produzca cierto pudor. La realidad es que la homosexualidad resulta un tema que nos invade a todos como sociedad, y no podemos mirar hacia otro lado. El colectivo homosexual tiene luchas profundas, porque en su inmensa mayoría han sido marcados, dejándolos emocionalmente limitados para afrontar dificultades.

Los prejuicios o el desconocimiento condicionan la forma en que nos relacionamos con quienes se sienten identificados con dicha forma de vida. Informarnos y formarnos es una tarea que nos compete a todos los cristianos, si deseamos brindar ayuda sincera. ¿Qué podemos hacer? Propongo estos puntos:

1) Revisa cuáles son los conceptos que tienes al hablar de homosexualidad. Pareciera que, para hablar del tema, automáticamente dividimos nuestro cerebro en dos bandos: “normales” (los heterosexuales) y “enfermos” (los homosexuales). Dividimos y caratulamos sin dimensionar el tremendo impacto que un “rótulo” produce sobre la vida de un individuo. Si nuestro deseo sincero es ayudar a una persona homosexual, el primer paso es modificar los prejuicios en torno a ella. Recordemos que antes de ser “homosexual” es “persona”. No perdamos el foco. No aceptamos el pecado, pero sí a la persona.

Por otro lado, y mirando hacia nosotros mismos, ¿cuán sanos estamos emocionalmente? ¿Quién puede considerarse como totalmente sano emocionalmente? Lo cierto es que la mayoría tenemos ciertos conflictos emocionales, luchas internas, miedos e inseguridades, que cada uno a su manera, con o sin ayuda, intentaremos resolver para vivir mejor.

Cuando nos colocamos del lado de “la normalidad”, asumimos que el otro tiene que cambiar. Por ende, tiene que hacer todo lo posible para llegar hasta donde yo (persona normal) me encuentro. Desde ese lado, no logramos ver que la persona que se declara homosexual también tiene sus luchas, miedos e inseguridades, que pueden ser muy parecidos a los míos. La tendencia a mirar la paja en el ojo ajeno y no mirar la viga en el nuestro hace que nuestra ayuda sea limitada. ¿Qué me hace pensar que yo puedo ser mejor? En las personas homosexuales, aunque cada caso es único, muchas experiencias se repiten. En el fondo de su ser hay un deseo de amar y de ser amado, de querer vivir con plenitud y sentido de pertenencia.

2) Acepta a la persona. Vivimos en un mundo de pecado, y nadie está exento de sufrimiento, ya sea físico, psicológico o emocional. Son situaciones que nos marcaron para siempre, que dejaron cicatrices difíciles de borrar. Los criterios diagnósticos de trastornos del ánimo, como la depresión o la ansiedad, son los mismos tanto para una persona homosexual como para aquella que no lo es. El sentimiento de culpa tiene el mismo poder corrosivo en ambos; el miedo paraliza de la misma manera; el desánimo se siente igual.

¿Dónde está la diferencia? Y aquí es donde la ciencia asegura que los hombres y las mujeres homosexuales o bisexuales tienen un mayor riesgo de sufrir depresión, consumir drogas y tener comportamientos suicidas que la población heterosexual. A través de una revisión de 25 estudios publicados sobre orientación sexual y salud mental,1 un equipo de investigadores británicos descubrió que los hombres homosexuales, las lesbianas y las personas bisexuales eran, por lo menos, un cincuenta  por ciento más propensas que los heterosexuales a desarrollar depresión o trastorno de ansiedad. También evidenciaron que demuestran un alto riesgo de adicción al alcohol u otras drogas, y resultan dos veces más propensos al suicidio. Estos resultados refuerzan la evidencia de estudios previos que señalaban que el colectivo Lesbianas, Gays, ​ Bisexuales y Transexuales (LGTB) tiene una tasa elevada de trastornos emocionales.

Pero, no deberíamos asumir que esos problemas están necesariamente asociados con su sexualidad. Como comunidad cristiana, tendemos a atribuir automáticamente la causa a la sexualidad en lugar de, por ejemplo, la depresión. Esto es bastante frecuente e incomoda a una gran cantidad de personas LGBT que necesitan contención, ánimo, al igual que cualquier persona que padece trastornos emocionales.

Por lo tanto, no deberíamos centrar toda la atención en la homosexualidad como si fuera lo único que está mal en la vida de esa persona. Expresar compasión y empatía hará posible que esa persona comparta sus vivencias y sus temores.

Cuando llegamos a entender que tenemos más en común con una persona homosexual que con la divinidad y la santidad absolutas de Dios, podemos brindar una ayuda válida. Debemos entender que existen muchas experiencias en la vida de dicha persona que necesitan nuestra contención y ayuda.

La Biblia es clara con respecto a la homosexualidad: es algo errado, es pecado y está mal. Pero, quienes no participamos de ese pecado no somos precisamente puros ni perfectos. Todos cometemos otros pecados, y en muchas otras áreas de nuestra vida no vivimos según el plan de Dios. Todos nosotros tenemos (por así decirlo) más de “pecadores” que de “santos”.

De hecho, los Adventistas del Séptimo Día creemos en la responsabilidad de dar a conocer a Cristo al mundo, y esto incluye la obligación moral y espiritual de resguardar la dignidad humana. Esta preservación se produce en los niveles del bienestar físico, mental y espiritual. Lo anterior no excluye que una persona que consume drogas, por ejemplo, participe de las actividades, o hace que prohibamos el ingreso de personas con hábitos de vida no saludables. Al contrario, como iglesia tenemos proyectos y programas de salud preventiva: cursos de cocina vegetariana, ferias de salud, cursos para dejar de fumar y cursos de control del estrés, entre otras cosas. Estas iniciativas tienen como objetivo ayudar a las personas a adoptar un mejor estilo de vida en consonancia con las Escrituras. Entonces, ¿por qué en el caso de la homosexualidad debería ser distinto?

3) Comprende la homosexualidad en profundidad. Conocer las causas de la homosexualidad es uno de los caminos para sanar y eliminar mis propios prejuicios. Las raíces más profundas de la homosexualidad son no sexuales. Si bien el origen de la homosexualidad es multicausal, los investigadores coinciden en que la gran mayoría de los casos se remonta a la falta de identificación de un niño con el padre de su mismo sexo. Los padres y las madres juegan un rol importante en la adquisición de la identidad como varón o como mujer.

Si se interrumpe el vínculo padre-hijo, la conexión y la identificación con el padre no se efectúan de manera  saludable. El vínculo puede interrumpirse por muchos factores; entre ellos, destacamos los siguientes:

-La ausencia de un padre/figura paterna.

-Un padre presente, pero ausente por cuestiones de trabajo o por indiferencia; el padre está psicológicamente alejado y tiene poca interacción con el niño.

-Un padre violento o maltratador.

-La figura fuerte de una madre sobreprotectora.

-Un padre con profundas ideas de machismo.

Si por alguna razón el niño percibe al padre del mismo sexo como dañino o rechazador, se interrumpe la vinculación y la conexión normal. Demostrar a un hijo varón cariño y amor no es signo de debilidad y poca hombría; al contrario, el efecto es totalmente inverso. No es por casualidad que en poblaciones donde el índice de machismo es elevado, en la siguiente generación la tasa de homosexualidad en la población también lo es.

Al no tener una figura que lo proteja, aliente y ame, entonces el temor y el aislamiento comienzan a ser una dificultad psicológica en el niño que no tiene conexión con una figura paterna. La homosexualidad resulta entonces de una búsqueda por encontrar fortaleza, poder y protección de parte de una figura masculina, y restituir así el padre que no tuvieron.

Así, el patrón de la homosexualidad se desarrolla durante un largo período, desde la infancia hasta la adolescencia. Debido a sus comienzos tempranos, puede parecer algo innato, natural o constitucional, pero no lo es. Para la persona homosexual, este deseo sexual hacia una persona de su mismo sexo parece completamente natural, debido a que comenzó como un simple deseo de pertenencia y afirmación.

Según mi experiencia profesional, me animo a decir que la homosexualidad constituye una dificultad de carácter emocional y afectivo, un sufrimiento que está latente y vivo a nuestro alrededor. Es un dolor que se lleva en silencio; que no se comparte por vergüenza, pudor, incomprensión, e incluso rechazo personal.

4) Escucha. No es posible llegar a esta instancia sin haber antes cumplido con las anteriores. Cualquier tipo de ayuda ofrecida con las mejores intenciones, pero desde los prejuicios y la incomprensión, puede resultar de tropiezo para aquellos que se acercan a una comunidad religiosa.

El homosexual, independientemente de que la persona lo admita o no, se encuentra atrapado dentro de prisiones de ira, culpa, depresión y traumas no resueltos. Hay una tendencia a negar estos sentimientos, y asegurar con cierta rebeldía: “No me importa”, aunque en su interior la realidad sea otra.

Por eso, se debe comenzar escuchando. Esta es la mayor necesidad de cualquier sufriente. Con el tiempo, en su conversación saldrán, de una forma u otra, sus ansiedades y temores. Nuestro rol es escuchar, sin ser jueces, pero tampoco aprobando sus estilos de vida. Esto requiere una sensibilidad especial; la de querer ayudar a la otra persona para su propio beneficio, y no querer “arreglar” a la otra persona, algo que solo Dios puede hacer en ellos. Contrariamente a lo que se cree, muchos homosexuales están dispuestos a escuchar acerca de Dios y de su verdad; sobre todo, aquellos que quieren cambiar.

5) Acepta que el cambio es posible. La transición de la homosexualidad a la heterosexualidad es posible y la ciencia lo reconoce. Por supuesto que el cambio es un camino de preparación personal apoyado en la reflexión, y no el resultado de un impulso pasajero.

El apoyo psicológico es un proceso de crecimiento, por medio del cual la persona va detectando las causas de su comportamiento y, paulatinamente, modifica hábitos y pensamientos. El proceso es semejante al de cualquier persona con dificultades, en el cual cada uno tiene su propia historia, necesidades y ritmos de asimilación y progreso.

Por último, la persona homosexual requiere un sentido de pertenencia y afirmación. Requiere compañía y escucha activa.

Palabras que marcan

En nuestro discurso, las palabras –es decir, lo que decimos– no solo expresa lo que pensamos, sino también lo que somos. El lenguaje es la herramienta no solo para expresar nuestra identidad, sino además para crearla y transformarla. Llamar a una persona “exgay” tan solo para describir a alguien que afirma haber cambiado de orientación sexual, es un término utilizado de manera incorrecta en el ámbito cristiano. La mayoría de nosotros nos pronunciamos a nosotros mismos como “cristianos”, y no como “exladrones”, “exadúlteros” o “exmentirosos”.

Si tuviéramos que colocar la palabra “ex” ante cada cambio en nuestra vida, la lista sería extensa. Nos autodenominamos como personas cristianas porque nos identificamos con valores y creencias bíblicos. Por lo tanto, llamar a una persona “exgay” equivale a recordar constantemente a alguien que ya no existe, a alguien a quien Dios transformó. Y es este sentido de pertenencia y afirmación lo que Dios brinda.

No podemos modificar el pasado. Pero Dios puede cambiar el efecto que el pasado tiene sobre las personas. Tenemos un Dios que hace nuevas todas las cosas (Apoc. 21:5) y a todas las personas (2 Cor. 5:17). Y su cambio nunca es limitado, ni imperfecto. El que está en Cristo nueva criatura es. RA


Referencia:

1 BMC Psychiatry, A systematic review of mental disorder, suicide, and deliberate self harm in lesbian, gay and bisexual people (M. King& Co., 2008), t. 8, p. 70.