Una pregunta inesperada entre la multitud.

Cierto día, fuimos con unos amigos a una ciudad cercana para escuchar a una renombrada pianista en un concierto gratuito. No acostumbro sacar fotos a los famosos, pero quise aprovechar que estaba cerca para grabarla, aunque sea unos segundos. Levanté muy poco mi mano con el celular, pero inmediatamente quedé congelada al sentir que alguien desde atrás me tocaba el hombro con impaciencia y me decía: “Estás molestando”.

Sabemos que no podemos caerle bien a todo el mundo, y hasta entendí la reacción de este hombre, pero nunca me habían dicho tan abiertamente algo así. Solo atiné a bajar automáticamente mi mano… y a ruborizarme.

Realmente no sé por qué lo primero que vino a mi mente en ese momento fue la historia de la mujer con el flujo de sangre, pero de alguna forma hice una conexión que me dejó una gran lección.

Mientras con vergüenza estática terminaba de escuchar el concierto, pensé en las veces en que la mujer del relato bíblico fue rechazada, aislada e insultada. La imaginé sola, callada y cansada, con dolor e inseguridad. La imaginé valiente, por abrirse paso entre la multitud, e imaginé también el momento de pesado silencio que acompañó la pausa y la pregunta de Jesús. Se nos dice que Jesús se dio cuenta de que había salido poder sanador de él, y que después de preguntar quién lo había tocado siguió mirando alrededor para ver quién lo había hecho (Mar. 5:30-32).

No sé cuántos segundos pasaron desde la pregunta de Jesús hasta la confesión de la mujer, pero la Biblia cuenta que ella se acercó y se arrodilló ante él asustada y temblando.

Parece que el pecado nos acostumbra tanto a algunas sensaciones que, aun cuando las cosas comienzan a estar bien y Dios ha actuado en nuestra vida, nos da un poco de resquemor avanzar. Así, escuchamos a las multitudes que nos siguen etiquetando por nuestros defectos o nuestro pasado.

Sin embargo, la timidez con que la mujer extendió su mano y se acercó a él muestra que, en lo más íntimo de su corazón, ella sabía quién era él. Tenía fe.

Unos momentos después de la curación, le dijeron a Jairo –quien también creía que el toque de Jesús tendría un efecto poderoso (Mar. 5:35)– que no molestara.

¡Cuánto tenemos que aprender de ese día en que cientos de personas rozaron a Jesús, pero solo de dos quedó registrado que tenían la fe necesaria para experimentar milagros!

Me pregunto si, por la inmundicia que genera el pecado, no nos animamos a acercarnos a Jesús, cuando él es el único que puede limpiarnos; si tenemos la fe suficiente como para creer que un simple toque puede restaurar nuestra vida; si estamos entre la multitud que aleja a los que con toda fe y sinceridad lo buscan; si alguna vez Jesús sintió poder salir de él, miró alrededor y me vio a mí…

¿Ya “tocamos su túnica”? ¿Ya lo hemos buscado con esa fe que dejó a toda una multitud en vilo? Tenemos la garantía de que nunca nos dirá: “Estás molestando”. ¡Es hora de buscarlo con fe!

“Una fe nominal en Cristo, que lo acepta meramente como Salvador del mundo, jamás puede traer sanidad al alma. La fe que es para salvación no es un mero asentimiento intelectual a la verdad. No es suficiente creer acerca de Cristo; debemos creer en él. La fe salvadora es una transacción por medio de la cual quienes reciben a Cristo se unen con Dios en una relación de pacto. La fe genuina es vida. Una fe viviente significa un aumento del vigor, una confianza implícita, por medio de la cual el alma llega a ser una potencia vencedora […]. Nuestra confesión de su fidelidad es el agente escogido por el Cielo para revelar a Cristo al mundo” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 312, 313). RA