A principios de este año, Ángela Kennecke, conductora de un informativo de televisión de los EE.UU., trabajaba en un reportaje sobre padres que perdieron a sus hijos por sobredosis de drogas. En ese período, descubrió que su propia hija tenía un problema de adicción a las drogas.

Un tiempo después, declararía en su propio programa: “Mi instinto me hizo dar cuenta de que algo estaba realmente mal con Emily […]. Cuanto más tiempo pasaba con ella, más alarmas se encendían en mi cabeza”.

Al ver que la situación de su hija era más complicada de lo que imaginaba, Ángela y su esposo decidieron contactar a un terapeuta intervencionista para que se encargara de convencer a su hija de ingresar a un tratamiento. Se reunieron con él un sábado, y quedaron en que su hija se internaría el sábado siguiente. Pero el miércoles de esa semana, encontraron a Emily muerta en su casa.

“No podía creer el hecho de que mi hija hubiera estado usando heroína y agujas. Mi hermosa hija, que era una privilegiada, que tenía todas las oportunidades…”

Después de algunos meses de inmenso dolor, decidió hablar del tema en su noticiero. Tratando de contener el llanto, y con una foto de su hija en las manos, expresó lo que pudo y cerró con lo siguiente: “Nunca imaginé que un integrante de mi familia sería parte de las estadísticas de las que hablamos en el informativo de la noche. Nadie lo imaginaba”.

No, nadie lo imagina; hasta que la tragedia toca a su puerta. La historia de Ángela Kennecke es una dolorosa advertencia: le puede suceder a cualquier hijo… y a cualquier padre. Podemos estar muy informados y muy preocupados, pero si no nos ocupamos podemos llegar tarde.

El momento para actuar es hoy, para estar atentos, para saber del tema y, sobre todo, para saber de la vida de nuestros hijos.

Recordemos algunas de las señales a las que debemos estar atentos:

  • Pronunciación lenta o mala (por usar tranquilizantes y depresivos).
  • Hablar rápido o de manera explosiva (por usar estimulantes).
  • Ojos inyectados de sangre.
  • Tos que no desaparece.
  • Olor o aliento inusual (por usar drogas inhaladas).
  • Pupilas extremadamente grandes (dilatadas) o extremadamente pequeñas (puntiformes).
  • Inapetencia (ocurre por el consumo de anfetaminas, metanfetaminas o cocaína).
  • Aumento del apetito (por el consumo de marihuana).
  • Cambios en el nivel de energía
  • Pereza, apatía o somnolencia constante (por usar drogas opiáceas como la heroína o la codeína, o puede suceder conforme pasa el efecto de drogas estimulantes).
  • Hiperactividad (como se ve con los estimulantes como la cocaína y metanfetaminas).
  • Cambios en el comportamiento:
  • Mal rendimiento y aumento del ausentismo escolar.
  • No participar de las actividades habituales.
  • Cambio de grupos de amigos.
  • Actividades secretas.
  • Mentir o robar.

El diálogo con los adolescentes no es nada fácil, ¿no es cierto? Pero es el camino. Nada puede reemplazarlo. Los especialistas recomiendan algunas claves para abordar el tema del consumo de drogas con los hijos:

  • No lo convierta en una “gran conversación”. En lugar de eso, tenga conversaciones continuamente sobre las drogas con su hijo. Use las noticias, los programas de televisión o las películas como un punto de partida para tener las conversaciones.
  • No dé sermones. En lugar de eso, haga preguntas abiertas como: “¿Por qué crees que esos muchachos usaban drogas?” o “¿Alguna vez te han ofrecido drogas?” Su hijo puede responder de manera más positiva si tienen una conversación real.
  • Comuníquele a su hijo lo que usted siente. Déjele en claro que no aprueba el uso de drogas.
  • Dele a su hijo tiempo para hablar y escúchelo sin interrumpirlo. Esto le mostrará que le importa lo que su hijo opine.
  • Pase un tiempo cada día hablando sobre lo que está sucediendo en la vida de su hijo. Esto facilitará las conversaciones cuando surjan temas más complicados como el alcohol, las drogas y el sexo.

Conocemos la hermosa promesa de Dios en Isaías 49:25: “Yo salvaré a tus hijos”. Pero recordemos que ese capítulo, que brinda el marco a esta promesa, comienza diciendo: “Jehová me llamó […] y puso mi boca como espada aguda, me cubrió con la sombra de su mano; y me puso por saeta bruñida, me guardó en su aljaba; y me dijo: Mi siervo eres”. Dios nos llama a la acción a fin de que nuestros hijos puedan ser salvados por él.  RA

Una Respuesta

Deja un comentario: