Un emocionado relato de la vida de un abuelo que cambió para siempre el futuro de sus descendientes.

El crepitar del fuego era el único sonido que acompañaba el compás de su relato. De tanto en tanto, el viento frío afuera rugía al rozar los árboles. Él tomó un momento para beber un sorbo de té. No sabía cuánto tiempo llevábamos sentados a la mesa, escuchando absortos, pero sí que había pasado un buen rato.

Cuando él había comenzado a contar historias, todavía daba la luz del sol en los árboles y nadie había terminado su cena. Ahora, a través de la ventana, apenas se distinguía el contorno de algunos arbustos cercanos y todos habían acabado su plato. Nos iluminaban cálidamente las llamas pausadas de la salamandra. El abuelo dejó con suavidad su taza sobre la mesa, entrecerró los ojos como mirando al pasado, y comenzó a cautivarnos con sus palabras:

“No había todavía acabado el invierno en Sudamérica, cuando la Segunda Guerra Mundial ya disparaba sus primeras balas. Por la radio escuchamos los primeros ecos de una voz que transmitía esperanza. Lo recordaría años después, cuando mi conciencia fuera cuestionada”.

Acomodé la mantita con que mi mamá nos había cubierto a mi hermano y a mí. Nadie, aparte de él, decía nada. Toda la familia se dejaba deleitar por el sonido imperturbable de su voz y que daba alas a la imaginación. Cuando la experiencia habla, uno guarda silencio.

El abuelo fue fruto de una relación extramatrimonial. De pequeño fue rechazado y le negaron el hogar, el apellido y la familia. Aprendió a huir de quienes debían protegerlo y a refugiarse en la soledad de la naturaleza. Sus andanzas llenarían algunos libros. Tenía afición por la lectura y, quizá por haber tenido una niñez tan desarraigada, fue un buscador de la verdad. En su estante se acumulaban biografías de hombres grandes y reconocidos filósofos.

Él se ponía a conversar de lo trascendente. Daba ánimo, oraba con fervor y dejaba palabras de aliento”.

“Ya en tiempos de la Guerra Fría”, continúa, “Sudamérica era el botín en disputa. Desde el norte tironeaba Estados Unidos y desde el este arañaba Rusia, intentando mantener el control y la soberanía. La Unión Soviética reclutaba jóvenes con deseos de estudiar, invitándonos para ir a sus universidades, y yo participé de sus presentaciones. Al enrolarnos, debíamos jurar lealtad al credo comunista y negar la existencia de Dios. Aunque saqué el pasaporte, en mi interior me resistía a rechazar al Dios de los cristianos, pero no tenía argumentos para contradecir la filosofía comunista ni herramientas para fundamentar el pálpito de mi corazón: la existencia del Dios de los cristianos, a quien no quería negar.

“Pocos días antes de que zarpara el barco desde Montevideo hacia Rusia, me arrodillé en el suelo de mi talabartería en Formosa, y clamé a ese Dios. En ese momento, un muchacho, don Alejandro Cecotto, golpeó mi puerta ofreciendo libros cristianos. Me dijo que no necesitaba ir lejos, que Dios tenía un pueblo y un plan de redención para la humanidad. Su pueblo, adventista, también tenía lugares donde educarse y prepararse para la patria duradera y celestial. Compré una Biblia y El conflicto de los siglos.

“Tomé el colectivo hacia Resistencia, crucé en lancha a Corrientes y continué el camino hasta Alem, Misiones. Me presenté en el Colegio Adventista Juan Bautista Alberdi, y cuando me preguntaron qué tenía para dar a cambio de mi permanencia en la casa de estudios respondí con la verdad:

“Mi reloj pulsera y mi voluntad de estudiar”.

El abuelo era un hombre de letras, y de acción. Las páginas de su vida estaban escritas con aventuras por las innumerables dificultades que había sorteado. Cada anécdota iba anclada a sus propias reflexiones. Siempre tenía palabras para un tema, palabras nuevas, palabras pensadas, palabras recogidas con cuidado y talento.

Por las mañanas se lo veía en el fondo del patio con vista abierta al frondoso paisaje misionero, orando sentado en un tronco. Tengo la certeza de que oía el susurro del Padre. Porque ese susurro hacía eco en sus conversaciones.

Al sentarse en el colectivo, al entrar en un almacén, al visitar a los vecinos, sin importar si conocía a su interlocutor hacía muchos años o solo pocos minutos, él se ponía a conversar de lo trascendente. Daba ánimo, oraba con fervor y dejaba palabras de aliento. Con frecuencia las personas quedaban impactadas, emocionadas y con ánimo para seguir adelante.

En una época de crisis económica, un profesor y su esposa habían sido llamados a trabajar en el Colegio Adventista de Misiones, a pocas cuadras de la casa de mi abuelo. Tan cruda era la situación que ellos pensaron en renunciar y trabajar para otra empresa que no tuviera vínculo con la iglesia. Necesitaban desesperadamente una salida. Un día, por la mañana, sin ningún motivo aparente, mi abuelo golpeó su puerta y, después de saludarlos, sin mayor preámbulo les dijo:

“No desistan. No renuncien. Dios tiene un plan para ustedes aquí y deben quedarse”. Luego oró con ellos y se fue.

La visita inesperada impactó tanto al matrimonio de profesores que decidió quedarse allí. El Señor abrió las puertas para bendecir su trabajo y suplir sus necesidades, y hasta hoy sirven a Dios en su iglesia.

La última vez que vi al abuelo, descansaba en una camilla en la Clínica de Posadas. No dejaban de ir a visitarlo amigos a quienes había inspirado con sus palabras y su vida. El personal de salud disfrutaba de atenderlo. Yo me senté a su lado y oí una vez más sus relatos:

“Tarde, en la noche, me despertó el violento golpeteo de la puerta. Mi viejo amigo entró con el rostro ensombrecido y me dijo:

“–Mauricio, tienes que irte ahora porque te buscan. No hay tiempo para dudar. Corres peligro si te quedas.

“Conduje hasta la frontera y crucé esa misma noche, sin mirar atrás”.

Y sí, Mauricio vivió en tiempos peligrosos y ambientes áridos. Pero, al igual que David, volvió una y otra vez sus ojos, su voz, sus manos, al Padre. Mantuvo su fe, firme como un ancla, en la promesa de una Tierra Nueva, un lugar al que llamar Hogar con toda confianza. Caminó como un peregrino en esta Tierra; como viendo al Invisible. No pudo esconder la luz que encendía su corazón. No bajó el volumen de su voz, y hasta la última hora nos habló del Dios que marcó su historia, para darle un futuro y una esperanza trascendentes y relucientes.

Antes de despedirnos, oró por nosotros.

En esos días, mi corazón estaba desinflado por la angustia de no saber qué camino seguir en cuanto a mis estudios y mi futuro. No le había mencionado nada a él; sin embargo, al orar dijo:

“Señor, te pido que le des a mi nieta una vocación firme”.

Se me cayó una lágrima. ¿Cómo pudo saber acerca de ese anhelo profundo de mi alma? Con certeza el abuelo tenía un diálogo fluido con el Creador. Un Creador profundamente interesado en cambiar también mi historia.

Somos invitados a este tipo de comunión, un diálogo abierto con el Cielo que encienda en nuestros corazones la certeza del Hogar futuro, que nos llene de palabras de fe y alegría para dar. Mi abuelo se despidió en paz con palabras de vida. Palabras que eran eco de los fragmentos del Libro que cambió el curso de su historia y la de su familia.

Sin importar las circunstancias que nos toquen en esta Tierra, tenemos una esperanza que brilla reluciente. Podemos iluminar el sendero de los que caminan a nuestro lado. Aunque somos vasos de barro, tenemos un tesoro en nuestras manos que no puede ocultarse.

¿Tienes algo que decir? ¡Hay poder en tus palabras para cambiar vidas! RA

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