Me gustan los deportes en equipo, por toda la interacción y la diversión que generan. Y he practicado varios de ellos. Pero también me gustan mucho los deportes de resistencia aeróbica: desde una carrera de 100 metros (que practiqué solamente en mi adolescencia) hasta una maratón de 42 kilómetros. Alguna vez entrené para triatlón, y me gusta mucho nadar. Hay un momento especial en que el cuerpo comienza a funcionar en automático, y la mente puede expandirse en diversos modos: creativo, reflexivo, catártico, etc.

A lo largo de los años, aprendí que existen diversas fases en el entrenamiento físico. Normalmente, los comienzos no siempre son fáciles. Se requieren una serie de adaptaciones físicas a una disciplina en particular, y eso suele generar molestias y dolores musculares. Pero, cuando el cuerpo se adaptó a cierta clase de movimientos repetitivos, se produce una mejora inmediata que genera satisfacción ante los resultados esperados.

Sin embargo, esa adaptación del cuerpo ante los estímulos externos también suele ser frustrante, ya que después de esa mejora inmediata el crecimiento parece detenerse. Y digo parece, porque en realidad lo que se produce es el llamado “crecimiento en meseta”. Durante este período, las mejoras no suelen ser visibles, se entra en una especie de estancamiento en cuanto a los resultados. Pero el cuerpo y la mente siguen aprendiendo, adaptándose y generando las condiciones necesarias para volver a crecer.

Se nos invita a seguir corriendo ‘con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante’ ”.

Y resulta que luego de semanas, y hasta incluso meses de estancamiento, aparecen allí nuevamente los resultados y el crecimiento visibles. Pero, para llegar a esa mejora patente, se requieren paciencia y perseverancia. Hay que seguir haciendo lo que se sabe que es bueno, sin sobreexigencias, pero también sin desistir. Todos los esfuerzos que durante meses parecen inútiles finalmente darán su resultado.

Existe un paralelismo con el crecimiento en la vida espiritual. En el momento de la conversión, o quizá luego de un retiro espiritual o una semana de oración, sentimos que tocamos el cielo con las manos. Percibimos que existe una transformación real en nuestro corazón, en nuestro carácter, y todo pareciera ser color de rosa.

Pero, con el correr del tiempo, pasan las emociones fuertes, arrecian las tormentas de la vida y se nos antoja que estamos en una meseta espiritual.  Es que, en realidad, la vida cristiana tiene sus montes de la transfiguración, pero también tiene los cuarenta días en el desierto e incluso algún que otro Getsemaní.

Y es allí donde se nos invita a perseverar, persistir y continuar avanzando, a seguir corriendo “con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante”. Claro, “Esto lo hacemos al fijar la mirada en Jesús, el campeón que inicia y perfecciona nuestra fe” (Heb. 12:1, 2, NTV). Porque solamente en “el glorioso poder de Dios” es que recibiremos “toda la constancia y la paciencia” que necesitamos (Col. 1:11, NTV).

Y, como en el caso del deporte, al perseverar en aquellas rutinas que sabemos que hacen bien, aun cuando no percibamos mejoras, alcanzaremos la recompensa buscada: “Perseverar con paciencia es lo que necesitan ahora para seguir haciendo la voluntad de Dios. Entonces recibirán todo lo que él ha prometido” (Heb. 10:36, NTV). Es más, cuanto más duro sea el entrenamiento, más fortaleza obtendremos para seguir en carrera: “Amados hermanos, cuando tengan que enfrentar cualquier tipo de problemas, considérenlo como un tiempo para alegrarse mucho, porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse” (Sant. 1:2, 3, NTV). Y, cuando las fuerzas parezcan desfallecer, al menos tenemos la seguridad de que “Dios es fiel; no permitirá que la tentación sea mayor de lo que puedan soportar. Cuando sean tentados, él les mostrará una salida, para que puedan resistir” (1 Cor. 10:13, NTV).

Recordemos que estamos en un proceso de maduración, que implica varias etapas: “Primero aparece una hoja, luego se forma la espiga y finalmente el grano madura” (Mar. 4:28, NTV). Corramos con paciencia y perseverancia la carrera que tenemos por delante. Solo un poquito más, y recibiremos la corona de gloria. RA

Sobre El Autor

Marcos Blanco

Pastor y Magíster en Teología (está culminando sus estudios doctorales) desempeña su ministerio en la ACES desde 2001. Autor de "Versiones de la Biblia", es Jefe de Redacción y director de la Revista Adventista desde 2010. Está casado con Claudia y tiene dos hijos: Gabriel y Julieta.

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