Mi abuelo Sam murió a comienzos de la década de 1970. Mi abuela Florence se volvió a casar siete años más tarde, con Benny Beeman, un gran contador de historias. En una de ellas, narraba cuando él era niño y viajó en barco a los Estados Unidos para huir del antisemitismo europeo. Un amanecer, luego de que el barco recibiera una señal de socorro y se desviara de su recorrido, vieron con horror la superficie del océano cubierta de restos y de cuerpos: era lo que quedaba del Titanic.

Pero ahora quiero reproducir otra historia suya, que guarda cierta relación con esta. En Polonia, Benny iba caminando por las vías del tren, cuando unos niños de su edad le dieron una paliza… solo por ser judío. Era una escena típica de esa cultura. Dos años más tarde, luego de haberse mudado con su familia a los Estados Unidos, Benny Beeman entró en el aula en su primer día de clases en Brooklyn, Nueva York. Allí, en un pupitre del Nuevo Mundo, se encontraba uno de sus agresores. Con la voz quebrada en sollozos, Benny contó: “Llegamos a ser los mejores amigos por 65 años; hasta que él falleció”.

Si hubieran permanecido en aquella vieja cultura, aquel niño podría haber crecido y llegado a ser quien entregara a Benny y a su familia a los nazis, en vez de ser quien compartiera la mesa con ellos por seis décadas.

Es aterrador: el color de nuestra cultura se desangra y nos deja sus manchas. ¿Crees que los tataranietos de dueños de esclavos son mucho mejores que sus tatarabuelos? Si no, ¿por qué ellos mismos se horrorizan e indignan por las prácticas de sus antepasados? Estos últimos, que iban a la iglesia y amaban a Jesús, defendían la esclavitud hasta con las armas, hasta el punto de que hubo que llegar a una guerra civil para detenerlos. Y ¿por qué ahora sus descendientes, incluyendo los más secularizados, nunca pensarían en hacer lo que ellos hacían?

«Nuestra fe debería ayudarnos a trascender cualquier matiz espantoso de nuestra cultura”.

Si nos acercamos un poco más en el tiempo, ¿por qué hace 75 años, cuando la segregación racial era ley, muchos cristianos que asistían a la iglesia eran racistas tan malvados que toleraban, o incluso defendían, prácticas que hoy solo un racista malvado haría? Y, si no eran racistas malvados, ¿por qué toleraron o defendieron esas prácticas? Nuevamente, la respuesta es la cultura.

A menos que abandonemos nuestra cultura, nunca podremos escapar de ella. E incluso si la abandonamos, sus colores, que si bien se destiñen con el paso del tiempo, todavía están ahí, sesgando todas nuestras interpretaciones; incluyendo la Palabra de Dios. De la misma forma en que leemos la Biblia en el lenguaje de nuestra cultura, así también la interpretamos: no solo a través de ese lenguaje (que trae su propio bagaje subjetivo) sino también a través de esa cultura. ¿Es mera coincidencia que en la cultura occidental contemporánea algunos digan que tienen un aval bíblico para las “relaciones homosexuales monógamas”? Difícilmente…

La comida, el idioma, la ropa, todo está teñido por el color de la cultura. Idealmente, nuestra fe debería ayudarnos a trascender cualquier matiz espantoso de nuestra cultura. Pero, lamentablemente, la cultura tiñe la fe mucho más de lo que la fe tiñe la cultura.

Quizá todo lo que podamos hacer es reconocer individualmente cuán empapada está nuestra mente por nuestro entorno. Y luego debemos rendir nuestro yo teñido por aquella cultura ante la Palabra de Dios, que “es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb. 4:12).

¿Esperas que eso suceda de forma grupal? ¡Olvídalo! La diferencia entre darle una paliza a alguien o compartir la mesa juntos es una decisión estrictamente individual. RA