Necesitamos más fuerza que la natural.

En mayo de 2001, el periodista Giles Brandeth entrevistó al arzobispo anglicano sudafricano Desmond Tutu. Fue una experiencia poderosa para Brandeth, ya que Desmond Tutu sufría de cáncer de próstata y existía la posibilidad real de que esta pudiera ser la última entrevista que ofrecería. ¿De qué podría querer hablar Tutu? Quizá de la transformación asombrosa en la política de su país, de la que él mismo había sido protagonista (recibió el Premio Nobel de la Paz por su papel pacifista durante el Apartheid en Sudáfrica). Pero, no. Esto es lo que le dijo a Brandeth: “Si esta va a ser mi última entrevista, me alegra que no hablemos de política. Hablemos de la oración y la adoración, de la fe, la esperanza y el perdón”. Para Tutu, estas son las cosas importantes de la vida.

Así que, si vamos a hablar de algo en esta columna (y esta revista en general), que sea de algo importante como la oración. No es por nada que Elena de White la llama el “aliento del alma”, y el apóstol Pablo nos aconseja: “No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo” (Fil. 4:6, NTV). Y ese orar por todo, por supuesto, incluye la oración que pide no solo perdón y clama en la angustia, sino también reavivamiento y reforma. Sí, la oración debería ser la llave del día y el candado de la noche.

Y es que la oración es el wifi que siempre funciona, que nunca nos deja sin señal y que, en lugar de agotar nuestra batería, la recarga.

«La oración es el wifi que siempre funciona, que nunca nos deja sin señal y que, en lugar de agotar nuestra batería, la recarga”.

Pero la oración es mucho más que un lindo eslogan. Tiene la capacidad de transformar mi corazón, habilitar a Dios para obrar en la vida de otras personas (oración intercesora), y hasta de cambiar el curso de la historia.

¿Dónde reside el poder de la oración? La oración no es un talismán que irradia poderes mágicos. La virtud de la oración es que nos conecta con Dios, ese ser personal que anhela lo mejor para nosotros y desea cambiar no solo nuestra realidad sino  también intervenirla a través de nosotros. En este Gran Conflicto que abarca el universo pero que te atañe personalmente, la oración es ese conducto invisible que te mantiene unido al bando ganador.

¿Por qué es que oramos tan poco, entonces? Seguramente habrá tantas razones como cristianos, y seguramente esta aseveración no incluya a todos. Pero creo que no acudimos a la oración en busca de la acción sobrenatural de Dios porque confiamos en nuestras propias fuerzas “naturales”. Confiamos demasiado en nuestras fuerzas, nuesta inteligencia, nuestros métodos y nuestras instituciones. Sí, preferimos llamar la atención sobre nuestras débiles fuerzas, antes que destacar el poder divino sobrenatural que puede alcanzar mucho más. Elena de White había advertido: “Cuando los hombres educan a otros para depender y confiar en ellos, cuando por escrito y de viva voz les dictan lo que tienen que hacer, están enseñándoles a confiar en el brazo humano y a ensalzar a los seres humanos en lugar de Dios” (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 157).

Estamos tan confiados en nuestro “brazo humano” que olvidamos aferrarnos al brazo divino. Y aquellos que ejercen una responsabilidad dentro del pueblo de Dios deberían percibir que, al confiar más en su sabiduría, capacidad y talentos, y al imponer sus puntos de vista forjados en el crisol de la esfera meramente terrenal, están enseñando a otros también a confiar en el brazo humano.

El brazo divino está a solo una oración de distancia. Tan cerca como eso. RA

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