La chispa que lo enciende todo

A lo largo de la historia, los siervos de Dios que se han levantado para orar juntos iniciaron reavivamientos que tuvieron un alcance mundial. Una persona y una oración pueden ser la chispa inicial para encender el mundo de nuestros días.

América, es decir, el “Nuevo Mundo”, que fue colonizado por los peregrinos protestantes que huían de la persecución en la Europa del siglo XVII, había llegado a una alarmante degeneración moral a fines del siglo XVIII. Los robos en los bancos eran cosa de todos los días; la embriaguez se volvió una epidemia: trescientos mil de los tan solo cinco millones de habitantes de los Estados Unidos eran alcohólicos confirmados. Las iglesias perdían miembros y los pastores, desanimados, abandonaban el ministerio. Los colegios, también de origen protestante, que habían sido fundamentales para la propagación de valores cristianos en la colonización del país, perdieron su brújula moral.

En la Universidad de Harvard no quedaba ningún alumno que se identificara como cristiano; en la Universidad de Princeton había solo dos. En el Colegio Williams existían servicios de Santa Cena con el solo propósito de burlarse de la cristiandad, y en el Colegio Dartmouth organizaban fiestas para quemar Biblias. Kenneth Latourette, famoso historiador de esos tiempos, escribió: “Daba la impresión de que la cristiandad estaba a punto de ser eliminada de la vida de los hombres”.1

Pero no todos habían apostatado. El pastor Isaac Backus, preocupado por lo que estaba pasando, leyó un libro que había escrito Jonathan Edwards sesenta años antes. Edwards había sido el instrumento principal usado por Dios durante el Primer Gran Reavivamiento en las décadas de 1730 y 1740, y su libro hablaba de lo que Dios podía hacer en las iglesias por medio de la oración. Así que, en 1794, Backus creó el denominado “Concierto de la oración”, urgiendo a todas las iglesias cristianas a que sus feligreses se reunieran para orar cada lunes.

Dios escuchó esas oraciones, y obró en favor de su pueblo. Los primeros frutos del reavivamiento brotaron en el noreste del país, en Connecticut, y luego se vieron en Massachusetts, seguidos por Kentucky. De ahí se extendieron al resto del país. ¡Los reavivamientos de las iglesias duraron décadas! Causaron reformas tales como el movimiento misionero del siglo XIX, la abolición de la esclavitud y el establecimiento de más de seiscientos colegios y universidades cristianos.2 Incluso el millerismo, que dio origen a la Iglesia Adventista, recibió una fuerte influencia de este gran reavivamiento.

Todo reavivamiento comienza con la oración de alguien que entiende los propósitos divinos; alguien que ha decidido vivir en la presencia de Dios, en lugar de ser víctima de la inercia secularizadora del mundo que lo rodea.

Dios preparó a millones

En la década de 1850, todo era progreso económico y ganancias en los Estados Unidos. Muchos se estaban haciendo ricos porque el Gobierno permitía comprar extensos terrenos por poco dinero, para fomentar la emigración hacia el oeste del continente. La mano de obra era barata debido a los millones de extranjeros que venían de Europa, dispuestos a trabajar por monedas. En California se había descubierto el oro, lo que causó un gran crecimiento para la economía de ese Estado.

Tantas riquezas obtenidas con relativa facilidad también tentaron a los adventistas. Algunos dejaron de ser evangelistas –una tarea sin salario en esos tiempos–, para hacer otros trabajos y tener una vida más cómoda. Ese fue el caso de Juan Loughborough, a quien la hermana White reprendió en público.3

Jaime White entendió, entonces, que la iglesia de Laodicea no era los protestantes que habían rechazado el mensaje adventista en 1844, sino la iglesia remanente. Escribió al respecto varios artículos que causaron una profunda convicción de corazón y un gran reavivamiento entre los adventistas de aquellos días. Pero esto no duró; en cinco meses comenzó a menguar. Un par de años más tarde, la hermana White entendió lo que ocurrió. “Casi todos [los adventistas de entonces] creían que este mensaje [de Laodicea] concluiría con la predicación en alta voz del mensaje del tercer ángel. Pero, como no vieron efectuarse la poderosa obra en un corto tiempo, muchos perdieron el efecto del mensaje. Vi que este mensaje no efectuaría su obra en el término de unos pocos meses”. No obstante, a pesar de eso, ella agregó: “Se enviaron ángeles en todas direcciones para preparar los corazones de los incrédulos a fin de que recibieran la verdad”.4

Y eso fue exactamente lo que pasó. El reavivamiento adventista duró desde noviembre de 1856 hasta marzo de 1857. Pero, en julio de ese año, se vio lo que Dios estaba haciendo con los no creyentes. Comenzó en la ciudad más pujante y más identificada con el dinero en esos tiempos: Nueva York.

Jeremiah Lanphier, un hermano laico protestante y hombre de negocios que vivía en esa ciudad, llevaba una gran carga en su corazón al notar el secularismo en sus colegas. Ahora ya nadie prestaba atención a Dios. Todos estaban ocupados, ganando cada vez más dinero. Lanphier oró mucho al respecto y, al final, decidió invitar a otros a orar con él los miércoles al mediodía. ¿Dónde? En la iglesia del centro de Nueva York, cerca del distrito de Wall Street. La primera semana llegaron seis personas a orar. La segunda, veinte. La tercera, entre treinta y cuarenta. La semana siguiente se sumaron centenas. Y ¿qué sucedió? ¡El sistema bancario en Nueva York se desplomó!

Los presentes decidieron que, de allí en adelante, orarían todos los días. Otras iglesias se unieron a la iniciativa. En seis meses, unas cincuenta mil personas (en su mayoría hombres) se reunían para orar todos los mediodías. Para febrero del año siguiente, ¡hubo un promedio de diez mil conversiones a Cristo por semana!

El reavivamiento que comenzó en Nueva York se esparció por todo el país. Más de un millón de personas se entregaron a Jesús. En una revista religiosa de marzo de 1858 se puede leer: “No se han visto días como los de hoy desde el tiempo de los apóstoles […]. La convicción ha llegado a los corazones y las conciencias de millones en nuestra tierra con un poder que parece ser irresistible […] y despierta en miles al unísono una fervorosa plegaria: ¿Qué debemos hacer para ser salvos?”5

Aquel reavivamiento trascendió las fronteras de los Estados Unidos. Impactó en Canadá, México, Reino Unido, Sudáfrica, y llegó hasta la India. Realmente, Dios había mandado ángeles “en todas direcciones”, a fin de preparar a las almas para recibir nuestro mensaje.

El último reavivamiento global

De acuerdo con los expertos, el último reavivamiento de dimensión global comenzó en Gales, en 1904. Un joven de 26 años, Evan Roberts, fue usado por Dios para comenzar esta obra. Una noche escuchó a un evangelista orar: “¡Oh, Señor, somete a tu iglesia!” El contexto era la falta de sumisión del pueblo de Israel, que era de “dura cerviz” (Deut. 31:27). Así que, Evan Roberts oró: “¡Oh, Señor, sométeme a mí!” El Espíritu divino se apoderó del joven entregado, y esa semana comenzó a testificar en su iglesia y en otras acerca del gran amor de Dios. Su convicción y su sinceridad dieron resultado. Las iglesias de Gales comenzaron a tener reuniones de oración con cada vez más gente. Al cabo de un tiempo, se reunían todas las noches cantando, orando, testificando del Señor y confesando sus pecados.

La mayoría de estas reuniones duraba hasta las tres o cuatro de la mañana. El impacto en Gales fue tremendo. Cada vez menos gente asistía a los bares, hasta que tuvieron que cerrar por falta de clientela. El crimen se redujo tanto que la policía no tenía mucho que hacer. No había casos que resolver en juicio, y los jueces tuvieron que buscarse otro trabajo. Un periodista de Londres llegó para investigar lo que pasaba. Se reunió con los 17 agentes de una estación de policía, y les preguntó: “Ahora que prácticamente no hay crimen, ¿qué hacen con el tiempo disponible?” Ellos le respondieron: “Como la mayoría de la gente está en las iglesias, formamos cuatro cuartetos, y cantamos en diversos lugares”.6

“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Crón. 7:14).

¡Increíble! Muchos galeses en esos días trabajaban en las minas de carbón, y usaban un lenguaje grosero con los caballos con los que trabajaban. Sin embargo, cuando se convirtieron, bajo la convicción del Espíritu Santo, dejaron de lado ese lenguaje. Los caballos ya no los entendían. ¡Les llevó un tiempo adaptarse a las nuevas órdenes de mineros en pleno proceso de santificación!

Por supuesto, ese cambio tan profundo, amplio e impactante en la vida social llegó a muchos otros lugares. El resto del Reino Unido se unió al reavivamiento, como también Europa, sobre todo, en los países más protestantes. El reavivamiento llegó a los Estados Unidos, e incluyó México, y también Sudamérica, sobre todo, Brasil y Chile. También llegó a Australia, Sudáfrica, África, India, Corea y China. Tan extenso y profundo fue ese reavivamiento que Satanás tuvo que inventar algo diferente para contrarrestarlo: en 1914 se desató la Primera Guerra Mundial.

La gran pregunta

¿Por qué ocurrieron esos reavivamientos tan genuinos e impactantes? ¿Por qué parece que no ocurren hoy? Pero, primero, ¿qué es el reavivamiento?

“Reavivamiento significa una renovación de la vida espiritual, una vivificación de las facultades de la mente y del corazón, una resurrección de la muerte espiritual”. El reavivamiento es el preludio de la reforma. El objetivo divino, en realidad, es la reforma. Pero esta es imposible sin el reavivamiento. “Reforma significa una reorganización, un cambio en las ideas y teorías, hábitos y prácticas. La reforma no producirá los buenos frutos de justicia a menos que esté relacionada con el reavivamiento del Espíritu”.7

¿Cómo lograr un reavivamiento?

Hay que recordar que durante la historia de la humanidad siempre hubo personas fieles a Dios. Es más, siempre hubo algunos pocos que se relacionaban con Dios en forma íntima y sostenida, como Enoc, Abraham y Elías, cuyo deseo de corazón era un eco del gran amor de Dios por los seres humanos. Ellos siempre entendieron los tiempos en que vivían, y agonizaron delante del Señor para que el Espíritu de Dios se derramara sobre ellos sin límites. Eran intercesores reales.

Jeremiah Lanphier y Evan Roberts son ejemplos modernos de aquellos hombres. También lo fue Rees Howells, un hombre que vivió a comienzos del siglo pasado, y que se dedicó a interceder por un mundo empecinado en la autodestrucción. Un par de años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Howells y la escuela cristiana que había fundado oraban tres veces por día, todos los días, para que los planes de Hitler de conquistar Europa no se concretaran; o, por lo menos, que no ocurrieran hasta que hubiera países en Europa con la capacidad de contrarrestar el poder militar nazi.

La Segunda Guerra Mundial comenzó un año más tarde de lo que había planeado Hitler. Para ese entonces, Gran Bretaña tenía una mínima chance de enfrentar al dictador alemán. La historia es simplemente fascinante.8 Dicen los que trabajaron con él, que Hitler escuchaba voces de un espíritu que le indicaba cómo y cuándo tomar decisiones. El Pacto de Múnich de 1938 fue lo que postergó la guerra. Esa fue la primera vez que Hitler no le hizo caso a tal espíritu. Rees Howells y su escuela habían estado orando sin cesar.

Todo reavivamiento comienza con la oración de alguien que entiende los propósitos divinos, alguien que ha decidido vivir en la presencia de Dios, en lugar de ser víctima de la inercia secularizadora del mundo que lo rodea.

Junto con otros, esta persona comienza a clamar con argumentos bíblicos, legales, para que Dios intervenga en la vida de aquellos que perecen en la oscuridad y para que su iglesia, dormida en la luz, despierte antes de que sea demasiado tarde.

Cuando Corrie Ten Boon trabajaba con el famoso Hermano Andrés (de Holanda) para llevar Biblias de contrabando a los países de la Unión Soviética, se encontraron con riesgos increíbles. Su ministerio se podría derrumbar en cualquier momento, sus líderes podrían ser arrestados y nunca regresar a sus hogares. Llevaban miles de Biblias, a veces, bajo la mirada de los inspectores aduaneros, por lo que oraban constantemente para que Dios hiciera que estos vieran solo lo que “debían” ver. Cuentan los testigos que, cuando los problemas eran realmente graves, Corrie Ten Boon oraba a Dios como una abogada que argumenta delante de un juez. Hacía hincapié en las promesas divinas, demandando la intervención del Altísimo con fervor absoluto: “Aquí lo tienes, Señor. ¡Léelo tú mismo!”9 ¡Qué libertad preciosa es tener fe absoluta en un Dios amante, poderoso y fiel a sus promesas!

Un nuevo Pentecostés

Pocos notan que la historia de Pentecostés en el capítulo 2 del libro de Hechos hubiera sido imposible sin el capítulo 1. Hay dos cosas que ocurrieron en el primer capítulo que hicieron posible el poder increíble del Espíritu Santo en la iglesia del Nuevo Testamento. La primera es fácil de entender: Cristo había pedido a los pocos discípulos que aún lo seguían que se quedaran en Jerusalén y oraran hasta que la venida del Consolador fuera una realidad (Luc. 24:49).

El día de su ascensión, les rogó “que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre” (Hech. 1:4). Recibir el Espíritu era fundamental si tenían alguna esperanza de cumplir la Gran Comisión. Pero la segunda petición no era tan sencilla: debían rogar por el Espíritu juntos. Los discípulos provenían de Galilea, donde conocían las costumbres y a muchas personas. Lo normal era volver a casa y trabajar de forma semiindependiente. Además, lo que los unía siempre había sido Jesús; ahora él ya no estaba.

Por otra parte, en el grupo no solo había personalidades dispares, como la de Mateo el publicano y Simón el Zelote (archienemigos naturales), sino también se les unió la familia de Jesús, y las mujeres. Esos tres grupos nunca se juntarían de manera natural.

Pero todos decidieron obedecer a Jesús. “Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hech. 1:14). La unidad y la unción del Espíritu Santo fueron los requisitos para el éxito sin paralelo que experimentó la iglesia del Nuevo Testamento. Pero esa unidad no se forjó antes de que se reuniesen para orar juntos. La unidad fue el resultado de la obediencia, porque se reunieron para orar. La oración en conjunto llevó a esta unidad inesperada. También hay que reconocer que tal unidad entre los discípulos se vio reforzada porque tenían fresco en su memoria el increíble sacrificio que Cristo hizo por ellos en la cruz.10 Comprender, aunque sea en parte, este amor sin límites nos conduce naturalmente a la obediencia.

“La mayor y más urgente de todas nuestras necesidades es la de un reavivamiento de la verdadera piedad en nuestro medio”.

¿Por qué no hacer hoy lo mismo en nuestras iglesias? Hay iglesias que lo hacen, pero sin tener en mente el increíble amor de nuestro Salvador. Sin ello, nuestras oraciones carecen de vida y de la convicción de que Dios sin duda contestará nuestras oraciones. A veces se lanzan planes para reunirse a orar juntos, pero estos planes solo se efectúan muy de vez en cuando, y sin la fe suficiente como para mover montañas. Tener el Calvario delante de nosotros y obedecer la plegaria de Cristo para que haya unidad entre sus amados (Juan 17:11, 21, 23) son las condiciones necesarias para un reavivamiento profundo y una transformación duradera. Para experimentar eso, debemos orar juntos y hacerlo con la mirada puesta en Cristo, hasta que él mismo conteste nuestras plegarias.

Al respecto, escribió Elena de White: “La mayor y más urgente de todas nuestras necesidades es la de un reavivamiento de la verdadera piedad en nuestro medio. Procurarlo debería ser nuestra primera obra. Debe haber esfuerzos fervientes para obtener las bendiciones del Señor, no porque Dios no esté dispuesto a conferirnos sus bendiciones, sino porque no estamos preparados para recibirlas. Nuestro Padre celestial está más dispuesto a dar su Espíritu Santo a los que se lo piden que los padres terrenales a dar buenas dádivas a sus hijos. Sin embargo, mediante la confesión, la humillación, el arrepentimiento y la oración ferviente nos corresponde cumplir con las condiciones en virtud de las cuales ha prometido Dios concedernos su bendición. Solo en respuesta a la oración debe esperarse un reavivamiento”.11

La oportunidad para el reavivamiento y la reforma todavía existe. Las promesas de Dios aún siguen vigentes. El amor de Dios es la realidad más grande del Universo. Orar juntos hará que todo esto sea una realidad liberadora.

¿Qué estamos esperando?RA

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