Breves reflexiones acerca del arte de comunicarnos correctamente.

Una de las primeras cosas que suelo observar en las personas que acuden a la consulta psicológica es su forma de comunicarse. A medida que comienza a gestarse el complejo y fascinante vínculo paciente/psicoterapeuta, dedico especial atención a las palabras que el paciente elige, el tono de voz y los gestos que emplea para compartir su historia o la problemática que plantea.

Este ser humano, único y maravilloso, que está sufriendo, y al que anhelo ayudar, no solo se expresa con palabras. Comunica con su cuerpo, con su postura, hasta con su peinado y su vestimenta. También hablan los movimientos de sus manos, las expresiones faciales y, especialmente, la mirada. Sí, ¡la mirada! Cuánto dicen los ojos que sufren, que aman, que luchan…

El arte de escuchar es una de las grandes cosas que continúa enseñándome mi querida tarea cotidiana. Saber escuchar requiere práctica, paciencia, aceptación y compromiso. Es necesario escuchar activamente para comprender y empatizar. De esa forma, el interlocutor termina confiando en quien escucha, pues siente que no será juzgado. Es la única forma de lograr que despliegue sin temor quién realmente es y qué características lo hacen único. Por otro lado, mientras escucho voy entendiendo el estilo de comunicación que ha desarrollado.

Solemos subestimar el inmenso poder de las palabras y de cómo las decimos. El sabio Salomón dedicó varias de sus reflexiones a este tema. Dijo: “Las palabras en el momento oportuno son como manzanas de oro incrustadas en plata” (Prov. 25:11), y “Las palabras del justo son fuente de vida” (10:11). Asimismo, declara: “Con sus labios, el necio se mete en líos […]. Las palabras del necio son su propia ruina” (18:6, 7). No cabe duda de que lo que decimos y cómo lo decimos es un reflejo de quiénes somos y de la influencia que ejercemos sobre los demás.

«No cabe duda de que lo que decimos y cómo lo decimos es un reflejo de quiénes somos y de la influencia que ejercemos sobre los demás”.

La forma en que nos comunicamos y su relación con nuestra salud psicosocial y emocional continúa siendo motivo de estudio e investigaciones en todo el mundo. Actualmente existe cierto consenso al describir cuatro estilos principales de comunicación en las personas.

1-El estilo agresivo

Se refiere a un estilo global de comunicarse que prioriza los propios derechos, en detrimento de los ajenos. Usando gritos, insultos y/o amenazas, el individuo intenta imponer sus ideas, generalmente denigrando y desvalorizando al interlocutor. Este puede ser un estilo muy impregnado en algunas personas, y estar presente en casi todas las relaciones; en otras, surge en momentos de cansancio o de frustración.

Todos, en algún momento, usamos el estilo de comunicación agresivo. Sin embargo, son muy pocas las veces que en verdad resulta productivo; la mayoría de los casos termina aumentando el problema y el dolor. Ser capaces de identificar nuestro estado de ánimo y de darnos un tiempo para autorregularnos es fundamental para establecer una comunicación saludable y provechosa, especialmente cuando estamos frente a niños y personas que amamos.

2- El estilo pasivo

Se refiere a un patrón sostenido de comunicación en el que prima el miedo, la inseguridad y la dificultad para observar nuestros derechos, priorizando los de los demás. Se caracteriza por usar un tono de voz bajo y dubitativo, asociado con dificultad para expresar las propias emociones, opiniones y deseos, por temor al juicio o a las reacciones de los otros.

Estas personas suelen tener dificultad para decir que no, rechazar o cuestionar opiniones, y terminan frecuentemente siendo víctimas de abuso por parte de personas que a veces ni siquiera imaginan el malestar que están causando. La falta de autenticidad en los vínculos es otra de las consecuencias que empobrece la vida emocional y social de estos individuos. Los malentendidos, las frustraciones y el agotamiento suelen ser otros resultados frecuentes.

El ver avasallados nuestros derechos o no contempladas nuestras necesidades no es necesariamente una señal de generosidad o desprendimiento, como algunos pueden interpretar. Ser bueno o compasivo no tiene nada que ver con ir en contra de nuestra esencia, salud o valor personal.

3-El estilo pasivo – agresivo

La combinación de los patrones nocivos de comunicación anteriormente descritos produce el estilo pasivo-agresivo, que lamentablemente se encuentra muy difundido en nuestra cultura. La persona con este estilo de comunicación suele agredir, pero de forma solapada. El cónyuge que aplica el silencio prolongado en demostración de enojo, el amigo que no saluda, el niño que rompe algo que sabe que a sus padres les gusta, el empleado que demora en atender al cliente o el profesional que pone trabas absurdas para lograr su trabajo son algunos ejemplos. Los chismes, el sarcasmo hiriente, las burlas (así como las críticas no provechosas) son palabras que caracterizan este estilo.

4-El estilo asertivo

En contraposición saludable a los estilos anteriores encontramos el Asertivo. Las personas asertivas son capaces de comunicar sus opiniones, emociones y deseos en forma clara, respetuosa y segura. Respetan los derechos de los demás sin perder de vista su valor personal y la importancia de ser comprometidos con su esencia.

La autenticidad, la creatividad y la honestidad caracterizan este estilo de comunicación, así como un tono de voz seguro y cálido. Incluso sintiendo mucho enojo, son capaces de manifestar sus emociones limitando la agresión al otro. Usan frases como “Entiendo que pienses eso, pero no estoy de acuerdo porque…” Dan razones y argumentan con ideas, sin atacar a las personas ni adivinar malas intenciones.

Jesús es nuestro mayor ejemplo de comunicación asertiva. A la par que presentaba claramente sus ideas, muchas veces revolucionarias y contrarias al poder reinante, mantenía una actitud respetuosa, plena de calidez y aceptación. La gran señal de asertividad de Jesús era su capacidad de decir las verdades más duras y críticas sin abandonar su mensaje esperanzador. Por ello, aun sus más acérrimos enemigos coincidían en reconocer la bondad y la amabilidad que presentaba este gran Maestro.

Jesús manifestó alegría, enojo, tristeza, frustración y desilusión cuando debió hacerlo. Supo decir que no y también dar opiniones opuestas al entorno. También empleó las historias y sus conocimientos como herramientas de comunicación, pero nunca se apartó del amor incondicional o la aceptación del otro, aun en los peores momentos en esta Tierra. Sus palabras reflejaban quién era.

Si hiciéramos un experimento con nosotros mismos y grabáramos lo que decimos tanto en voz alta como en susurros, en lugares públicos como en nuestros recintos más privados, ¿cuál sería el estilo de comunicación que detectaríamos? ¿Un estilo que colabora al crecimiento de otros y el propio? ¿Uno que respeta mi esencia, así como la de mis prójimos?

Una forma de asegurarnos un estilo de comunicación saludable es integrar la gratitud, el agradecimiento y los elogios genuinos y descriptivos en nuestro cotidiano hablar. Tratar de eliminar el uso de palabras extremas como “siempre”, “todo”, “nadie”, “nunca”, que generalmente no son realistas, así como insultos, críticas y prejuicios, es una tarea imprescindible en la búsqueda de nuestra salud emocional.

Aquí va una sugerencia: al finalizar este artículo, busca a quien tengas a tu lado para alegrarlo con una palabra amable. Si estás solo, di en voz alta aquello por lo que hoy estás agradecido. Sal a regar de perlas el camino que recorres, practica ser auténtico y asertivo.

No temas decir lo que piensas, sientes o deseas, con respeto y amabilidad, logrando así desarrollar la mejor versión posible de ti mismo, que, en definitiva, es el deseo último de nuestro amoroso Creador. RA

Sobre El Autor

Psicóloga y Psicoterapeuta congnitivo-conductual, escribe desde Montevideo, Rep. Oriental del Uruguay.

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4 Respuestas

  1. luis klever vargas ruiz

    Es muy bueno el articulo pues me permite hacer un diagnostico de mi propia realidad. Pero hay algo que me preocupa, y es que se trata creo algo mas que labrar un estilo de hablar a nivel externo, como una forma, pues internamente pueden existir causas profundas que condicionan mi forma de hablar, que valgan verdades no pueden ser erradicadas o corregidas humanamente, a no ser que intervenga la gracia de Dios derramando su perfumado amor, lavando y regenerando mi ser interior.
    Gracias

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  2. gustavo

    En un mundo digitalizado, nos hemos puesto muy sensibles a los comentarios y opiniones, tanto que sobre estimamos nuestras palabras, y muchos creen que pueden decir y/o opinar de cualquier cosa y persona, sin ser objetivos ni asertivo.
    No prestamos atención en el poder que tienen nuestras palabras, y nos mostramos, insencibles con el otro, incluso dentro de la iglesia, o lo que es peor dentro del hogar.
    Que paradoja, sensibles a lo que nos dicen e insensibles a lo que decimos.

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  3. carlos a ramirez

    me gusto mucho lo que usted dice muchos de nosotros decimos palabras en un tono agresivo cunado nos dirigimos hacia otras personas , o hablando en forma de regaño .en el cual damos a entender que tenemos razon a lo que estamos diciendo a otra , si leemos las Escrituras nos damos cuenta que Cristo hablaba a las personas con amor , usaba su voz agradablemente , y no en tono agresivo, si amonestaba lo hacia sin enojo, critica ectc

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