El Apocalipsis se caracteriza por su lenguaje figurado o simbólico, mediante el cual Juan representa hechos, personajes y períodos utilizando expresiones y descripciones que no pretenden ser interpretadas literalmente, sino que evocan episodios de la historia del pueblo de Dios en el pasado, estableciendo así puentes entre las circunstancias de antaño y las de los destinatarios de los mensajes de Juan, comenzando con los de su tiempo e incluyéndonos.

Este es, también, el caso de algunas cifras,  el 12 entre ellas. Doce fueron las tribus del Israel literal; doce, los apóstoles; doce, los fundamentos y las puertas de la Jerusalén celestial, por donde entrarán los redimidos de todas las edades (véase Apoc. 21:12, 14, 16, 17). Se trata, pues, de un número claramente asociado con el pueblo de Dios (Apoc. 7:4, 8). Otro ejemplo de esto es el número 4, que simboliza universalidad; por ejemplo (Eze. 37:9; Dan. 7:2; Apoc. 7:1).

Por cuanto diez de las doce tribus de Israel desaparecieron tras el cautiverio asirio en el siglo VIII a.C., no tendría sentido interpretar la expresión “12.000 israelitas de cada tribu” de manera literal. Por otra parte, la iglesia, como el Israel espiritual de Dios, está integrada por israelitas espirituales de toda nación, raza y lengua, a partir de la Cruz. A su vez, el número 144.000 es el resultado de multiplicar 12 x 12 x 1.000. Esta repetición implícita sugiere cierto énfasis en la totalidad o la plenitud de algo (véase Apoc. 21:15, 16). Por otra parte, el número 1.000 suele utilizarse en la Biblia para denotar gran intensidad o cantidad.

Así, puesto que el número 144.000 aparece en un libro cuyo género literario es predominantemente simbólico, debe ser interpretado como un símbolo.

¿Qué significa esa cifra y a quiénes designa? Veamos algunos de los elementos simbólicos utilizados para describir a ese grupo singular de personas:

Para empezar, Juan dice que quienes lo integran son sellados en la frente con el nombre de Dios el Padre y del Cordero (7:3; 14:1).

Los sellos de la antigüedad eran símbolos de autoridad, pertenencia y señorío. Quienes formen parte del grupo simbólico de los 144.000 serán personas que reconozcan el señorío de Dios sobre su vida. Es decir, tienen una fe que trasunta en acciones concretas, obedecen gozosa y espontáneamente la voluntad de Dios, pues como hijos suyos se parecen a él en carácter.  La frente, a su vez, es un símbolo adecuado de la mente, los pensamientos, las convicciones de una persona.  Los 144.000 tienen el nombre del Cordero y de su Padre escrito en sus frentes porque tienen “la mente” o el carácter de Cristo (1 Cor. 2:16), quien mora en ellos mediante el Espíritu Santo.

Por otra parte, Juan parece tomar de Ezequiel 9:4 al 6 el motivo teológico del sellamiento en la frente. En el libro del profeta, los integrantes fieles del pueblo de Dios que se sentían tristes e indignados por la apostasía de la mayoría de sus compatriotas fueron simbólicamente marcados por Dios en la frente a fin de protegerlos de los juicios disciplinarios que permitiría que se abatieran sobre su pueblo rebelde por medio de los invasores babilónicos (Eze. 9:4-6).

Algo semejante ocurrió en ocasión de las plagas de Egipto, cuando la sangre del cordero pascual aplicada en los dinteles de las puertas de los hebreos hizo que el ángel libertador los pasara por alto cuando trajo las plagas sobre el cruel e idólatra faraón y sus secuaces. En tal sentido, es interesante que la palabra traducida en Apocalipsis como “frente” (métopon) también signifique dintel, la parte frontal de un edificio o morada.

Si la frente representa, en alguna medida, la mente, el sellamiento de los 144.000 significa que son preservados por Dios del engaño que seduce a la mayoría. Por eso “no hay engaño en sus bocas”; porque no solo son veraces sino tampoco han sucumbido a las mentiras del dragón por medio de sus secuaces, tanto históricos y prefigurativos –los falsos apóstoles de Éfeso, los falsos judíos de Esmirna y Filadelfia, la falsa profetisa Jezabel, el falso profeta Balaam y los nicolaítas–, como los escatológicos y consumativos: el anticristo y el falso profeta, o bestia simbólica, surgidos simbólicamente del mar y de la tierra respectivamente en Apocalipsis 13.

En la Biblia, la frente es también, a menudo, el lugar donde se manifiesta la aprobación o la desaprobación divinas. La frente o la mano era el lugar donde Dios “hería” con la temible “lepra” a los profanos e impenitentes (2 Crón. 26:19, 20). He allí, tal vez, uno de los sentidos en que la frente o la mano sea el lugar donde los que adoran a la bestia y a su imagen exhiben, irónicamente sintiéndose seguros, su marca de desprotección contra los juicios divinos (véase Apoc. 13:16, 17, Biblia de Jerusalén). RA

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