Nuestra abundancia puede ser una oportunidad para reflejar la bondad de nuestro Padre.

Hace tiempo, conversábamos con unos amigos acerca de lo fascinantes que nos resultan las instrucciones tan claras y detalladas dadas por Dios al pueblo de Israel en su peregrinaje en el desierto. Hablamos acerca del jubileo, de las ciudades de refugio, de la responsabilidad social y de muchas cosas más. ¡Con razón Balaam quedó impresionado al mirar hacia el campamento y ver tanto orden, disciplina y prosperidad!

Así, me propuse releer algunas leyes, y me encontré con una lista de algunos otros deberes. Entre ellos, estaba esta pregunta que enseguida llamó mi atención. Se encuentra en un contexto de cuidado por el prójimo, y dice lo siguiente: “Si tomares en prenda el vestido de tu prójimo, a la puesta del sol se lo devolverás. Porque solo eso es su cubierta, es su vestido para cubrir su cuerpo. ¿En qué dormirá? Y cuando él clamare a mí, yo le oiré, porque soy misericordioso” (Éxo. 22:26,27).

Pocas veces me había puesto a pensar en la escasa cantidad de ropa que el pueblo acarreaba en ese momento. Sabía que Dios los había cuidado, y había cuidado también de sus vestidos y calzados para que no se estropeasen en su travesía, pero no había pensado en que realmente no tenían mucho más abrigo que el que me cabe en el bolso cuando voy de campamento. A la vez, encuentro en esta pregunta y en esta orden algo que va mucho más allá, y que muchas veces olvido aplicar: mi preocupación por el prójimo y la correcta administración de mis bienes.

Y, rápidamente, vienen a mi mente dos imágenes y sonidos que no he logrado olvidar nunca. En primer lugar, recuerdo el sonido de las pesadas puertas de hierro de una cárcel que visité en mi adolescencia. Habíamos ido como parte de una actividad comunitaria del club, y lo que menos esperaba era encontrarme con algunos compañeros de clase que habían sido detenidos sin que nos enteráramos. No logro olvidarme de sus miradas de vergüenza, impotencia y dolor al reconocerme. En segundo lugar, recuerdo el llanto desesperado de un niño al que otro acababa de quitarle su autito. Pero no era un llanto exclusivamente caprichoso. Vivía solo en la calle, tenía poca ropa, y ese autito roto y sucio era su único juguete. Lamentablemente, el mundo está lleno de situaciones como estas, muchísimo más desgarradoras y comprometedoras. Y por alguna razón en mis oídos resuena esta pregunta: “¿En qué dormirá?”

¡Cuántas veces hago –y hacemos– caso omiso de esta pregunta y damos vuelta la cara ante la necesidad! Realmente necesitaba recordar esto. En el libro El ministerio de la bondad, Elena de White dice:

“Si los hombres cumplieran con su deber como mayordomos fieles de los bienes del Señor, no habría el clamor por pan, ni el sufrimiento por la miseria, ni la desnudez y la necesidad. La infidelidad de los hombres trae el estado de sufrimiento en el que la humanidad está hundida. […] El Señor prueba a los hombres dándoles una abundancia de cosas buenas, así como probó al hombre rico de la parábola. Si somos hallados infieles en el manejo de las riquezas mundanales, ¿cómo nos podrá confiar las verdaderas riquezas? Aquellos que han permanecido firmes en la prueba en el mundo, que han sido hallados fieles, que han obedecido las palabras del Señor al ser misericordiosos usando sus medios para el progreso de su reino, oirán de los labios del Maestro: ‘Bien, buen siervo y fiel’ ” (p. 18).

Al ser misericordiosos, nos parecemos más a Jesús y podemos revelar mejor ante este mundo el carácter divino. Al final de cuentas, después de hacer la pregunta de hoy, Dios recuerda que cuando el indefenso clame él oirá, porque es misericordioso. No demos lugar a que el enemigo tergiverse una vez más la verdad: Dios es benévolo, y es nuestro privilegio y deber imitarlo. Ojalá seamos llamados buenos siervos fieles. RA