No nos gusta sentirnos culpables. Lejos de ser esta una situación agradable, es más bien incómoda. Pero, cuando estamos “cómodos” en un lugar peligroso, es importante (y a veces vital) que algo o alguien nos advierta del riesgo.

El sentimiento de culpa tiene esa función. Nos avisa cuando estamos rompiendo alguna norma o límite que nos cuida. La Biblia registra la primera aparición de la culpa cuando Adán y Eva transgredieron el límite que Dios les había pedido que respetaran para no perder la vida. No era un límite antojadizo; el Creador sabía cómo funcionaba su Creación y les hizo las recomendaciones necesarias para que fueran felices. Pero Adán y Eva desobedecieron, y allí comenzó la historia de dolor de la humanidad. Para evitarnos más dolor aún, Dios dispuso que el mecanismo de la culpa nos ayudara a reconocer los límites que nos protegen de sufrir innecesariamente.

Así, muchas veces el mecanismo de la culpa se puede desajustar. Entonces comenzamos a sentirnos culpables por todo.¿Te ha sucedido? ¿Qué hacer en esa situación?

Está bien que nos sintamos culpables por pasar un semáforo en rojo, porque es una conducta negligente que pone en peligro nuestra vida y la de los demás. También está bien que nos sintamos culpables por consumir sustancias que arruinan la salud. Y podríamos seguir con otros ejemplos.

A veces, el sentimiento de culpa puede ser inadecuado y transformarse en un problema. Para entender mejor esto, pensemos en la alarma de un auto. Si está bien calibrada, funcionará correctamente disparándose cuando el peligro sea real: un golpe, un intento de abrir el auto, o algo así. Pero, si está mal calibrada, comenzará a dar problemas. Si la calibración queda demasiado sensible, cualquier roce o vibración la hará “saltar” y molestar en el momento menos pensado. Por otro lado, si queda muy “pesada”, puede ser que no nos avise a tiempo del peligro.

A veces, el sentimiento de culpa puede ser inadecuado y transformarse en un problema”.

Esto puede suceder con el sentimiento de culpa. Si alguien se ha criado en un ambiente demasiado estricto y rígido, en el cual la sobreexigencia estaba a la orden del día, entonces la alarma de la culpa puede haber quedado demasiado sensible. En ese estado, una persona se sentirá permanentemente culpable por todo: porque no pudo lograr esto, porque no cumplió con aquello, porque no se esforzó lo suficiente, porque todo sale mal por “su culpa”.

Es importante que una persona que se siente así reflexione y evalúe si realmente está siendo irresponsable o si solo está repitiendo inconscientemente el modelo con el que la criaron. Un indicador de esto podría ser el uso permanente de las expresiones “debería haber…” o “tendría que haber…” (hecho esto o lo otro, dicho esto o aquello, etc.).Otro indicador es la frustración excesiva ante los errores propios, lo que desanima para seguir intentando las cosas. La culpa excesiva se transforma en temor a equivocarse, y ello detiene el crecimiento personal.

Si te han educado así, escucha por favor lo que el Padre celestial te dice: “Conozco tus obras. Mira que delante de ti he dejado abierta una puerta que nadie puede cerrar. Ya sé que tus fuerzas son pocas, pero has obedecido mi palabra y no has renegado de mi nombre” (Apoc. 3:8). El Señor acepta tus esfuerzos y te mira con amor. Sabe que te cuesta, sabe que intentas lo mejor y muchas veces las cosas no salen como quisieras (¿a quién no?). Lo que para él cuenta es que lo hagas sinceramente, con amor, intentando lo mejor que puedas y confiando en que él suplirá todo lo que te falta (Fil. 4:19).

Desde ya, esto no quita que también reflexionemos en el otro sentido: si acaso en algunas situaciones no tendríamos que ajustar el mecanismo de la culpa para hacernos cargo de algo que sí corresponde.

En todo caso, cuando la culpa está bien calibrada, siempre nos lleva a actuar y a crecer. En lugar de quedarnos rumiando el malestar de sentirnos culpables, debemos preguntarnos: ¿qué hago con este sentimiento? Si es culpa real, debemos buscar el perdón de Dios y de las personas que hayamos afectado, y con la ayuda del Señor comenzar un nuevo camino en la dirección correcta. Si no lo es, no permitamos que ese sentimiento mentiroso nos quite la felicidad de lo que Dios realmente piensa de nosotros: “Porque a mis ojos eres de gran estima, eres honorable y yo te he amado” (Isa. 43:4, RVR 95). RA

Deja un comentario: