En la arena política, los ocasos cíclicos y alternados en el poder provocan cambios de afiliación, distanciamientos, “cobros de cuentas”, reagrupaciones internas y el surgimiento de nuevas fórmulas partidarias. Los ataques provenientes de las propias filas y de exaliados otrora incondicionales, con el afán de deslindar responsabilidades, se conocen en aquel mundillo tenue e incierto como “fuego amigo”. En el Apocalipsis, también los peores enemigos del pueblo de Dios son cercanos.

Las siete cartas de los capítulos 2 y 3 a las iglesias del Asia romana en el siglo I son un índice y la síntesis de todo el libro. En el comienzo mismo del mensaje de Juan y en las circunstancias de los destinatarios originales, donde han de buscarse las claves para entender el resto, no podría ser más claro que el gran enemigo del pueblo de Dios allí y entonces –y hasta el fin, si las iglesias representan la historia del cristianismo– nunca ha estado fuera, sino dentro del campamento, en las filas propias. “Jezabel”, “Balaam” y “los nicolaítas”, junto con los “falsos apóstoles” de Éfeso, los conciliadores en Sardis, y los tibios y autosuficientes en Laodicea, formaban parte de la iglesia.

Los enemigos del pueblo de Dios en las programáticas cartas a las siete iglesias eran tanto intraeclesiásticos como ajenos al pueblo de Dios. En la primera categoría se encontraban los antes mencionados; en la segunda, la sinagoga de Satanás (2:9; 3:9) y Satanás mismo (2:10; 12:4, 13, 15, 17). No obstante, el frente interno era, por lejos, el más severo y abarcador, ya que afectaba a tres de las cinco iglesias exhortadas por Dios a corregir el rumbo (Éfeso, Pérgamo y Tiatira). A su vez, la mayoría de los cristianos de Sardis había manchado sus vestiduras, mientras Laodicea rendía, por así decirlo, culto al dios de la prosperidad y al orgullo.

“Cordero inmolado y vencedor de la muerte: Unge mis ojos con el colirio del Espíritu y hazme fuerte, a fin de discernir y combatir toda enemistad; dentro o fuera de mí”.

¿Sería justo, o aun lógico, suponer que los tales eran suicidas espirituales, que se sabían agentes del mal? Parece, en cambio, que se veían a sí mismos como la expresión viviente del verdadero evangelio, en contraste con unos pocos de sus hermanos, a quienes sin duda tenían por fanáticos, extremistas y sectarios. De hecho, si en algo se parecen las dolencias mentales y las espirituales es que quienes las padecen suelen ser los últimos en advertir su condición. Una evidencia en favor de esta lectura es que fue necesario un severo y directo mensaje de parte de Dios, llamándoles la atención a su verdadera situación y a la influencia perniciosa que estaban ejerciendo sobre buena parte de sus hermanos.

La Biblia es consistente en cuanto a que nuestro peor enemigo siempre está más cerca de lo que suponemos. La rebelión se introdujo en el cielo por medio del ángel más cercano a Dios. A su vez, los agentes humanos usados por la Serpiente para hacer caer a Adán y para segar, luego, la vida de Abel fueron dos miembros de la propia familia original: Eva y Caín, respectivamente. En el desierto de Sinaí, cuando el faraón y su ejército ya no podían detener a los prófugos exesclavos hebreos, la multitud mixta, que obró como la levadura oculta en la masa, fue el instrumento de la apostasía; hasta que llegó el turno de algunos dirigentes como Datán, Coré y Abiram, y de los mismísimos Aarón y María, hermanos del adalid Moisés. Cuando los sobrevivientes de los cuarenta años en el desierto estuvieron por fin ante los umbrales de la Tierra Prometida, fueron los moabitas, los amonitas y los idumeos, o edomitas, quienes se interpusieron en el camino de los hebreos. ¿De dónde habían salido esas naciones hostiles al pueblo de Dios? De las entrañas mismas de Israel.

Cuando los discípulos quisieron saber de dónde provendría la traición, el Maestro los sorprendió aludiendo a su insospechada proximidad: “El que moja el pan conmigo” (Mar. 14:20) fue su pasmosa respuesta. El entregador del Mesías habría de ser nada menos que Judas, uno de los Doce, parte del círculo más íntimo del Maestro.

“Los enemigos del hombre serán los de su propia casa”, advirtió Jesús a sus seguidores (Mat. 10:36). “De vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”, previno Pablo a los líderes de la naciente iglesia (Hech. 20:30). Juan, a su vez, diría a fines del siglo primero: “Muchos anticristos […] salieron de nosotros” (1 Juan 2:18, 19).

El más peligroso enemigo del pueblo de Dios nunca ha estado fuera de él, sino en el mismo interior de cada uno de nosotros (Mat. 15:11-19; Sant. 1:14, 15; 4:1); de allí la necesidad de estar siempre en guardia (1 Cor. 10:11, 12). En las palabras de un renombrado estadista del siglo XIX, Thomas Jefferson: “El precio de la libertad es la eterna vigilancia”. No solo hacia afuera sino, y sobre todo, hacia adentro. RA

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