MÁS QUE UN MUNDIAL

Por Pr. Marcos Blanco

El ritmo cardíaco se acelera. Los puños se tensan. La mirada se concentra en esa esfera que se traslada de pie en pie. Los minutos pasan y el nerviosismo aumenta, hasta que, de pronto, toda esa energía acumulada se libera con un solo grito: “¡¡¡Goooool!!!” Para otros, sin embargo, la ansiedad se convierte en frustración; y luego, amargura.

Esta será la experiencia de millones de hombres y mujeres alrededor del mundo, a medida que sus equipos nacionales de fútbol ganan y avanzan en el fixture, mientras que otros pierden y quedan eliminados. Y solo los privilegiados de dos países podrán ver con expectativa la final del Mundial de Fútbol Rusia 2018, aun cuando al menos otros 3.500 millones de personas igualmente miren ese espectáculo futbolístico a través de cualquier pantalla (desde en una pequeña aldea en Irak hasta una estación meteorológica en el Polo Sur).

¿Cuál es la fuerza que está detrás de toda esa pasión que se manifiesta en ritos casi religiosos que los “fanáticos” de cada equipo exhiben ante cada encuentro? Por otro lado, un Mundial de fútbol hace florecer el nacionalismo, ya que cada equipo representa a un país distinto, y los habitantes de esa nación sienten representadas todas sus esperanzas y anhelos en esos once jugadores que tienen el potencial de colocar a su país en la tapa de todos los diarios del mundo.

La realidad diaria es que, como muros fríos e invisibles, las nacionalidades dividen y separan. Generan odios y guerras. Y, a lo largo de la historia, han provocado muertes e incluso genocidios. “Por la patria se muere y se mata”, afirma un antiguo dicho. Y, por una camiseta de fútbol, hay muchos que están dispuestos a renunciar a sus convicciones religiosas, aunque sea por unas horas.

“Por una camiseta de fútbol, hay muchos que están dispuestos a renunciar a sus convicciones religiosas, aunque sea por unas horas”.

Esa es la tentación que tendrán al menos los entusiastas de dos equipos nacionales sudamericanos durante la primera ronda del mundial: cambiar las horas sabáticas por ver un partido, tal como Esaú estuvo dispuesto a renunciar a los derechos de su primogenitura por un plato de lentejas.

Como cristianos, sin embargo, hemos sido llamados a trascender fronteras y nacionalidades. Cristo mismo dijo que estamos en este mundo, pero que no somos de este mundo (Juan 17:14, 16). Pero, si nuestra identidad no está determinada por el país en el que nacimos, ¿qué marca nuestras raíces? El apóstol Pablo lo dejó bien en claro: “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil. 3:20). Así que, nuestro pasaporte no está emitido por ninguna de las naciones de este mundo, sino que tiene el sello mismo del cielo.

Sí, somos ciudadanos del Reino de los cielos, y esto nos convierte, en “peregrinos y extranjeros sobre la tierra” (Heb. 11:13; 1 Ped. 2:11). Pero, ser extranjeros en este mundo no nos convierte automáticamente en peregrinos. Hay extranjeros que deciden quedarse para siempre en tierra ajena. El peregrino, necesariamente, busca “una patria mejor” (Heb. 11:15). Incluso más, el peregrino no se aferra a las cosas de este mundo, sino que sabe que está de paso.

Por esto, Hebreos 11:1 afirma que la fe es “la convicción de lo que no se ve”. Y esa fe hizo que los grandes hombres del Antiguo Testamento habitaran como extranjeros en esta Tierra, “morando en carpas”, porque esperaban “la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb. 11:9, 10). Por la promesa de habitar finalmente en la ciudad que Jesús mismo fue a preparar para sus seguidores (Juan 14:1-3), no se aferraron a las cosas de este mundo, sino que avanzaron con fe, “escogiendo antes ser maltratado[s] con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros” de este mundo (Heb. 11:25, 26). Y, si bien sufrieron persecución y martirio, avanzaron por fe como peregrinos y extranjeros en esta Tierra.

Sin embargo, aunque estos “alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido” (Heb. 11:39). ¿Por qué es que todavía no han podido disfrutar de esa patria celestial, a pesar de dejarlo todo para vivir como peregrinos y extranjeros? La razón es que Dios ha provisto “alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (Heb. 11:40).

Si bien Dios tiene muchísimas ganas de cumplir la promesa que hizo a Abram, Isaac, Jacob y muchísimos hombres de fe, de darles una Tierra nueva libre de dolor, sufrimiento y muerte (Apoc. 21:1-4), todavía no lo ha hecho porque espera que nosotros también recibamos esa Tierra por heredad, que nosotros también finalmente lleguemos a la Canaán celestial y habitemos con él por la eternidad.

Y, en ese encuentro final, los redimidos de todas las naciones se darán cita no ya para contemplar una final del campeonato Mundial de Fútbol, sino para participar de la cena de las bodas del Cordero (Apoc. 19:7-10), alrededor de esa gran mesa preparada para los que se declararon peregrinos y extranjeros en este mundo. Allí ya no habrá divisiones, así como tampoco mal ni dolor.

Quizá pensemos que no está “muy mal” mirar un partido en sábado (o estar pendientes de su resultado gracias a Internet o a las alertas del celular), pero puesto en contraste con lo que está en juego, eso pasa a un segundo plano, ya que, finalmente, nuestra ciudadanía está en los cielos. Y, como peregrinos y extranjeros en esta Tierra, buscamos una patria mejor, la celestial. Muy pronto llegaremos a ese hogar celestial, y este campeonato mundial quedará insignificante frente a lo que podremos disfrutar por la eternidad junto a Jesús.RA

Sobre El Autor

Marcos Blanco

Pastor y Magíster en Teología (está culminando sus estudios doctorales) desempeña su ministerio en la ACES desde 2001. Autor de "Versiones de la Biblia", es Jefe de Redacción y director de la Revista Adventista desde 2010. Está casado con Claudia y tiene dos hijos: Gabriel y Julieta.

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10 Respuestas

  1. Ricardo Moreyra

    El deporte es un factor importante para la salud y prevención de malos hábitos. El Sábado es el día consagrado a nuestro Dios. Las dos cosas son de mucho valor.Cada una en su lugar.

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  2. Eriberto

    Pastor con todo respeto. Me pareció muy deshonesto y malintencionado de su parte..querer ser conciencia de los demás a través de un logo que difundió masivamente. .ud sabe muy bien las falencias que el Ministerio Adventista (Pastorado) tiene..y más graves que lo que ha difundido ..ud incluido..porque pudo haber lastimado a muchos de nuestros hermanos más pequeños .Le sugiero.. lea lo que el Espíritu de Profecía y la biblia dice al respecto..y pida pública diaculpas…

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    • Leroy

      Perdón, Eriberto. No sé si estás hablando de algún otro asunto, pero si te refieres al artículo que escribió el pastor Marcos Blanco, no entiendo dónde está lo deshonesto o malintencionado, ni cómo está tratando de ser conciencia de los demás, ni siquiera qué tiene que ver la exhortación a mantenernos fieles en guardar el sábado sin estar pendientes de un partido de fútbol, con las falencias del ministerio (que, por supuesto, existen). Yo no veo cómo ese artículo puede lastimar a nuestros hermanos más pequeños, ni encuentro que sea contrario a lo que dice la Biblia ni Elena de White, como para que tenga que pedir una disculpa pública. He leído el artículo, tratando de encontrar alguna frase que implique eso, pero no la encuentro.

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  3. Yohalmo Saravia

    Estoy de acuerdo con lo presentado por el Pastor Blanco. Qué opina usted de la opción de programar el grabador el viernes y ver el partido (Argentina-Islandia) después de la puesta del sol?. Hay alguna implicación de violar el sábado con esta opción?. Gracias.

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  4. Cabrera rosa olíga

    Muy bien claro: DIOS nos de a todos el entendimiento necesario para comprender que cosas se pone en juego.. Bendiciones pastor a toda su familia!!Feliz Santo Sábado!!

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  5. Osvaldo

    Alabado!! sea nuestro DIOS: Creador, Sustentador y Salvador. Amén y BENDECIDO SÁBADOS!!!

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  6. Yamili gomez

    Que buena meditacion para reflexionar bendiciones y muchas gracias por compartir

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