En el capítulo 2 de Daniel, el profeta reveló el sueño y dio la interpretación al rey Nabucodonosor, quien reconoció que Daniel era una persona excepcional. Sin embargo, sus deseos de grandeza fueron más fuertes que la expresa revelación divina que indicaba el fin del Imperio Babilonio. Este deseo se reveló al construir una estatua en consonancia con la estatua del sueño (Dan. 2:31); pero, en contradicción con la revelación divina, la estatua se fabricó en oro (3:1) desafiando el decreto celestial.

Se puede ver, también, que no solo hay un contraste entre las dos estatuas, sino también, mientras que en Daniel 2 el decreto de matar a los sabios del reino no se logra ejecutar, ahora, en Daniel 3, se emite un decreto que no puede ser revocado bajo ninguna circunstancia. Este decreto de adorar la estatua de oro que había sido erigida es proclamado para todos los habitantes del reino. El rey no solicita nada fuera de lo común. No exige ninguna revelación de ninguna clase, sino un acto simple de adoración a la imagen que lo representa. Al sonar la música, todos los habitantes deberán postrarse ante la imagen. Sin embargo, hay tres jóvenes hebreos que deciden no acatar el decreto real (Dan. 3:12).

Estos tres jóvenes eran hombres de confianza del rey, y ahora desafían su autoridad. Ante tal situación, el rey les repite su destino en caso de no postrarse ante la estatua y sus dioses (3:14). Al parecer, el rey piensa que los jóvenes no se postrarán ante la estatua, por lo cual los desafía diciendo: “¿Y qué dios será el que os libre de mis manos?” (3:15). Esta amenaza no solo tiene por objetivo amedrentar a los jóvenes hebreos, sino también desafiar al Dios de Israel.1

Esto es posible solamente cuando los hijos de Dios entregan
su vida por completo a Dios y no tienen temor de enfrentar
aun la muerte como precio a la fidelidad”.

La respuesta no se hace esperar: los jóvenes afirman que su Dios es capaz de librarlos del fuego ardiente (3:17). Al mismo tiempo, declaran que, en caso de no suceder, no están dispuestos a hacer lo que es incorrecto, es decir, adorar a los dioses babilonios ni a la imagen de oro (3:18). Parece haber cierta contradicción entre estos versículos. Primero, declaran que Dios puede librarlos; luego, abren la posibilidad al hecho de que Dios no los libere.

Evidentemente, ellos saben que Dios puede hacer el milagro; de hecho, confían en que así será al declarar: “Y de tu mano, oh rey, nos librará” (Dan. 3:17). Al mismo tiempo, son conscientes de que tal milagro podría no suceder, no porque Dios no pueda, sino porque él así lo determine.

El rey, enfurecido, ordena que el horno sea calentado siete veces más de lo normal (Dan. 3:19) y que Misael, Ananías y Azarías sean echados en el horno ardiente (3:20). Todo se llevó a cabo como el rey demandó.

Luego, su ira se transformó en espanto (3:24). El rey notó la presencia de un cuarto ser, “semejante al de un hijo de los dioses” (3:25). “Esta es una expresión común en las lenguas semíticas para referirse a seres sobrenaturales”.2 Es decir, Nabucodonosor es consciente de que una deidad se había hecho presente para liberar a los jóvenes hebreos. Jesucristo vino en ayuda de sus siervos fieles y los liberó del fuego al punto de que el rey Nabucodonosor reconoció al Hijo de Dios.3

Finalmente, Nabucodonosor reconoce al Dios de Israel, declarando: “Bendito sea el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego” (3:28). Nabucodonosor, una vez más, es testigo del poder de Jehová. Esto es posible solamente cuando los hijos de Dios entregan su vida por completo a la adoración exclusiva a Dios y no tienen temor de enfrentar aun la muerte como precio a la fidelidad. ¡Que podamos hacer lo que hicieron estos tres jóvenes: demostrar fidelidad mediante una decidida adoración al Dios del cielo! RA

Referencias:

1 Stephen R. Miller, “Daniel”, New American Commentary (Nashville, TN: Broadman & Holman, 1994), t. 18, p. 118.

2 Ernest C. Lucas, “Daniel”, Zondervan Illustrated Bible Backgrounds Commentary, ed. John H. Walton (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2009), t. 4, p. 538.

3 Elena de White, Profetas y reyes (Buenos Aires, Rep. Argentina: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2008), pp. 373, 374.

Sobre El Autor

Doctor en Teología y docente de la Facultad de Teología, Universidad Peruana Unión.

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