Cómo ir más allá de las crisis matrimoniales.

En su análisis de la sociedad posmoderna, el sociólogo Zygmunt Bauman describe lo que ha dado en llamar el “amor líquido”. Lo retrata como el miedo a establecer relaciones duraderas, más allá de las meras conexiones. Sí, las relaciones modernas han llevado a una visión devaluada del amor, hasta el punto en que ese término se ha diluido tanto que raramente puede definirse claramente. Cada vez más, relaciones tan efímeras como el contacto sexual de una noche son definidas como “hacer el amor”, como si amar fuera cosa que se puede “hacer” de la noche a la mañana.

Lo más triste es que esta devaluación del amor ha impactado de lleno en las familias de aquellos creyentes que dicen fundar su matrimonio en la Biblia y en su relación personal con Dios. No es novedad que existe una gran cantidad de matrimonios adventistas que se separan; la mayoría, por “incompatibilidad de caracteres”. Lo peor es que la mayoría son parejas jóvenes, con pocos años de casados o con niños pequeños. Sí, el amor líquido –aquel que se escapa de las manos de las parejas sin que puedan evitarlo– también afecta nuestras filas.

¿Cómo hacer para que nuestro matrimonio vaya más allá de las peleas, el estrés y las presiones de la vida moderna? ¿Qué hacer para mantener encendida la llama del amor? A continuación se presentan algunas ideas que pueden ayudarnos en la tarea de reafirmar nuestro matrimonio.

Ante la fragilidad de los vínculos matrimoniales, la pérdida de compromiso y las relaciones “desechables” que impone la sociedad actual, es bueno recordar el origen y la definición de amor.

Fuimos diseñados por Dios para amar. La mayor definición de Dios es, sencillamente, “amor” (1 Juan 4:8). No hay una palabra que lo describa mejor. Y, dado que fuimos creados a su imagen y semejanza, fuimos diseñados con la capacidad y la necesidad de amar y ser amados. Dios creó el matrimonio y la familia como el ecosistema ideal para que el amor se reproduzca. Es en la intimidad del matrimonio y la familia donde nos sentimos seguros para dar y recibir amor.

En este contexto, debemos recordar que también recibimos de Dios, como parte de su imagen y semejanza, la capacidad de decidir: el libre albedrío. De hecho, la libertad es una de las condiciones indispensables para el amor. El amor se da libremente; no se impone. Cuando existe obligación, imposición, exigencia, el amor se apaga. Decidimos libremente amar.

«Debemos hacer todos los esfuerzos para que nuestro cónyuge escoja amarnos diariamente”.

Y, dado que la libertad se relaciona con nuestra decisión, el amor es, primeramente, una elección que hacemos. Decidimos amar. El amor no es pasión ciega que se guía por sentimientos ciegos. Esto quiere decir que nuestra relación matrimonial no se basa en nuestro desinterés momentáneo ni en nuestros caprichos pasajeros.

Siempre, ante toda crisis matrimonial, podemos decidir seguir amando, seguir intentándolo, seguir brindando amor aunque parezca que ya se ha extinguido. El compromiso con el diseño original de Dios para nuestro matrimonio, junto con la idea de que el amor se basa en una decisión consciente de brindarse al otro, debería llevarnos a seguir luchando por salvar nuestra familia, aun cuando la práctica habitual es “desechar” al otro para seguir buscando mi propia felicidad.

En este sentido, también es necesario recordar que el amor es una decisión diaria que tomamos, y que el vínculo de amor que antes nos unió puede también debilitarse si no lo fortalecemos. Debemos hacer, entonces, todos los esfuerzos para que nuestro cónyuge escoja amarnos diariamente. No debemos ahorrar en expresiones de cariño, palabras atentas ni detalles pequeños que le recuerden a nuestra pareja que, en cada una de esas expresiones, estamos escogiéndola como el único objeto de nuestro amor, incluso anteponiendo sus intereses a los nuestros.

Dios puede ayudarnos a fortalecer el amor en nuestro matrimonio. También puede hacerlo renacer, cuando quizá ya hemos perdido las esperanzas. Si decidimos hoy amar, y seguimos los consejos divinos expresados en la Palabra de Dios, estaremos más cerca de ese ideal que Dios soñó para nuestra vida y nuestra familia. RA

Sobre El Autor

Marcos Blanco

Pastor y Magíster en Teología (está culminando sus estudios doctorales) desempeña su ministerio en la ACES desde 2001. Autor de "Versiones de la Biblia", es Jefe de Redacción y director de la Revista Adventista desde 2010. Está casado con Claudia y tiene dos hijos: Gabriel y Julieta.

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