EL SACERDOCIO DE TODOS LOS CREYENTES

“Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel” (Éxo. 19:6).

Dios siempre vio a su pueblo como una nación de sacerdotes. “De acuerdo con el plan y propósito divinos, los israelitas habían de ser una raza tanto real como sacerdotal. En un mundo malo, serían reyes, morales y espirituales, en el sentido de que habrían de prevalecer sobre el reino del pecado (Apoc. 20:6). Como sacerdotes, habían de acercarse al Señor en oración, en alabanza y en sacrificio. Como intermediarios entre Dios y los paganos, debían servir como instructores, predicadores y profetas, y habían de ser ejemplos de un santo vivir; exponentes celestiales de la verdadera religión”.1

Sin embargo, el ministerio sacerdotal quedó limitado al sacerdocio levítico (Éxo. 28:1; 32:26), por causa de la rebeldía y la dureza de corazón del pueblo de Dios. Pero el ideal de Dios nunca fue limitar su relación a una tribu o grupo específico, sino que esto fue una medida temporaria.

Cuando vino Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, su ministerio terrenal puso fin a este sistema sacerdotal. El sacerdocio levítico no fue reemplazado por haber cometido un error, sino simplemente porque su función era ilustrar el sacerdocio de Cristo. Ellos representaban una solución transitoria, de carácter instructivo y de acción limitada. Por medio de su sacrificio, Cristo concedió a todos los que lo aceptan como Señor y Salvador el privilegio de ser sacerdotes delante de él.

Según Apocalipsis 1:5 y 6; 5:9 y 10; y 1 Pedro 2:5 y 9, todos los cristianos tienen acceso directo a Dios y ministran delante de él. En la iglesia apostólica no existían verdaderos cristianos sin ministerio. El apóstol Pedro profundizó el tema cuando escribió en su primera carta a los cristianos de la provincia romana de Asia Menor: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Ped. 2:9).

“Los sacerdotes del Antiguo Testamento fueron constituidos, entre otras cosas, para enseñar los estatutos de Dios (Lev. 10:11), bendecir a otros (Núm. 6:23-27) y ofrecer sacrificios (Lev. 17, 18). Los fieles hoy están llamados a ofrecer ‘sacrificios espirituales’ […], tales como acción de gracias, alabanzas, buenas obras y ayuda mutua (Heb. 13:15, 16), que anuncian las virtudes de aquel que os llamó, y también a bendecir a los demás, propósito de su elección (1 Ped. 3:9). […] La iglesia es la continuidad del ‘Israel de Dios’ (Gál. 6:16)”.2 De este modo, todo discípulo de Cristo es un sacerdote y tiene un ministerio que desempeñar.

Lutero y el sacerdocio de todos los creyentes

Una de las mayores contribuciones de Lutero a la eclesiología protestante fue el rescate del mensaje del sacerdocio de todos los cristianos. En una época en que se cobraban indulgencias y se necesitaba de la mediación de los dirigentes religiosos para “obtener el perdón”, se podría resumir la esencia del mensaje de Lutero en una sola frase: todo cristiano es sacerdote de alguien, y todos somos sacerdotes unos de los otros. Rompió definitivamente con la división tradicional de la iglesia en dos clases: clero (la clase religiosa) y laicado (laicos, o el pueblo común). La palabra “laico” viene del latín laicus, derivada del griego laós, cuyo significado es simplemente “pueblo”. Étienne de Tournai, sacerdote del siglo XII, dividió al pueblo entre “superior” e “inferior”, cada uno con una recompensa diferente en el cielo.3

Podemos afirmar entonces que, para Lutero, el sacerdocio de todos los creyentes es el “principio de la Reforma que declara que el privilegio y la libertad de todo creyente cristiano es estar delante de Dios en comunión personal por medio de Cristo, recibiendo directamente perdón, sin necesidad de recurrir a intermediarios humanos”.4

Sin embargo, para Lutero, esto no significaba individualismo o vida cristiana independiente. Si nos ministramos unos a otros, eso implica que nadie puede ser cristiano por sí solo. Su comprensión de la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes se resumía de la siguiente forma:

  1. Todos los cristianos asumen la misma posición delante de Dios, un sacerdocio al cual entramos por medio del bautismo y de la fe.
  2. Como hermano en Cristo, cada cristiano es un sacerdote, y no necesita otro mediador fuera de Cristo. Tiene acceso a Cristo y a su Palabra.
  3. Cada cristiano es un sacerdote y asume un oficio de sacrificio; no la misa, sino una dedicación de sí mismo para alabar y obedecer a Dios, llevando su cruz.
  4. Todo cristiano tiene la obligación de transmitir a otros el evangelio que él mismo recibió.5

Elena de White y el sacerdocio de todos los creyentes

Para Elena de White, quien recibiera inspiración divina para escribir, el sacerdocio universal de todos los creyentes era parte inherente de la vida de un discípulo transformado por Jesús. Comentando sobre el tema, declaró:

“El mandato que dio el Salvador a los discípulos incluía a todos los creyentes. Incluye a todos los creyentes en Cristo hasta el fin del tiempo. Es un error fatal suponer que la obra de salvar almas solo depende del ministro ordenado. Todos a los que les llegó la inspiración celestial reciben el evangelio como cometido. A todos los que reciben la vida de Cristo se les ordena trabajar para la salvación de sus semejantes. La iglesia fue establecida para esa obra, y todos los que toman sus votos sagrados se comprometen por ese acto a ser colaboradores con Cristo”.6

La autora incluso afirmó que la participación de cada creyente en la misión es fundamental para su fortalecimiento espiritual y la terminación de la predicación del evangelio:

“Muchos están aguardando a que se les hable personalmente. En la propia familia, en el vecindario, en el pueblo en que vivimos hay para nosotros trabajo que debemos hacer como misioneros de Cristo. Si somos creyentes, esta obra será nuestro deleite. Tan pronto alguien se convierte, nace en él el deseo de dar a conocer a otros cuán precioso amigo ha hallado en Jesús. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón”.7

“La mayor ayuda que pueda darse a nuestro pueblo consiste en enseñarle a trabajar para Dios y a confiar en él, y no en los ministros. Aprendan a trabajar como Cristo trabajó. Únanse a su ejército de obreros, y préstenle un servicio fiel”.8

“Dios no encomendó a sus ministros la obra de poner en orden las iglesias. Parecería que apenas es hecha esa obra es necesario hacerla de nuevo. Los miembros de iglesia en favor de los cuales se trabaja con tanta atención, llegan a ser débiles en lo religioso. Si las nueve décimas del esfuerzo hecho en favor de quienes conocen la verdad se hubiesen dedicado a los que nunca oyeron la verdad, ¡cuánto mayor habría sido el progreso hecho! Dios nos ha privado de sus bendiciones porque su pueblo no obró en armonía con sus indicaciones”.9

“La obra de Dios en este mundo no podrá terminarse hasta que los hombres y las mujeres que componen la feligresía de nuestra iglesia se interesen en la obra y unan sus esfuerzos con los de los ministros y dirigentes de la iglesia”.10

¡Al rescate de una doctrina!

Sobre la base de todo lo que vimos hasta aquí, el sacerdocio universal de todos los creyentes tiene las siguientes implicaciones:

  1. Acceso directo al Trono de la gracia para todos los creyentes, por medio del sacerdocio superior de Cristo, que ministra en nuestro favor (Heb. 4:14-16).
  2. Cada creyente tiene un ministerio (1 Ped. 2:9, 10).
  3. Eliminación de la distinción entre laicos y clero, porque todo cristiano es un ministro. No hay distinción de estatus entre laicos y clero, solamente una distinción de funciones (Efe. 4:11-13).

Es necesario rescatar urgentemente la doctrina bíblica del sacerdocio de todos los creyentes. Hay muchos de ellos que no están ejerciendo su sacerdocio en nuestras iglesias; se encuentran en modo stand-by (en espera). Este letargo, fundado en diferentes excusas, ha retrasado el regreso de Jesús. Es hora de que los líderes ejerzan su función capacitadora y remuevan a los creyentes de las gradas, a semejanza de un director técnico que prepara a su equipo para jugar. Es hora de que los miembros de iglesia entiendan su llamado y actúen como sacerdotes del Sumo Sacerdote Jesucristo, pues quien no aprende a ser sacerdote aquí, jamás será sacerdote por toda la eternidad (Apoc. 5:10). Es hora de que quien sea discípulo sea sacerdote, ¡y quien es sacerdote está comprometido en la misión!  RA


Referencias:

1 Comentario bíblico adventista del séptimo día, “Éxodo”, t. 1, p. 606.
2 Biblia de estudio Andrews, p. 1.152 (1 Ped. 2:9).
3 Véase Gottfried Oosterwal, Mission: Possible (Nashville, Tennessee: Southern Publishing Association, 1972), p. 105. Citado en la Guía de estudio de la Biblia, 1er trim. de 1997, lección Nº 3.
4 S. Grenz, D. Guretzki y C. Fee Nordling, Términos teológicos: diccionario de bolsillo (El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano, 2006), s. v., “Sacerdocio de los creyentes”.
5 Russell Burrill, seminario presentado en mayo de 2005.
6 Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 761.
7 Ibíd., p. 115.
8 White, Testimonios para la iglesia, t. 7, p. 21.
9 Ibíd.
10 White, Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 95.

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