Repasamos la historia de Luis de Berquin

En sus comienzos, la Reforma avanzaba muy lentamente y a precio de sangre. Si hubo un país donde Satanás sofocó este movimiento con más furia, posiblemente fue Francia. La Universidad de París, también conocida como La Soborna, se oponía y destruía todo lo que pudiera tener olor a este nuevo movimiento que empezaba a sacudir Europa.

La década de 1520 fue tenebrosa para la Reforma en Francia. Farel huyó para salvar su vida; Lefevre fue intimidado y, finalmente, huyó prófugo a Estrasburgo. También huyeron Peter Toussaint, Esch,1 Roussel y muchos otros.2 Briconnet, por su parte, se retractó de sus ideas.3

A su vez, los papistas no vacilaban en quitar vidas. Al monje John Chatelain le cortaron los dedos con vidrios, para privarlo de consagrar y bendecir; y en poco tiempo fue quemado vivo.4 A Schuch y al joven estudiante Pavanne, también los redujeron a cenizas. Un anónimo ermitaño de Livry mantuvo una serenidad y una paz intachables mientras era quemado a fuego lento frente a una enloquecida multitud, en una demoníaca y pomposa ceremonia frente a la catedral de Notre Dame.5 A Leclerc, un sencillo cardador de lana, se lo expuso en una procesión, donde lo azotaron durante tres días, pintando con su sangre las calles de la ciudad, para luego ser sellado en la frente como hereje;6 todo esto, sin decir una sola palabra o emitir la más mínima queja. Pocos meses después, se mantuvo firme mientras públicamente quemaban su cuerpo con tenazas. Como los gritos y el dolor eran respondidos con su indiferencia, comenzaron cortando su mano derecha; después de tomar las tenazas ardiendo, arrancaron su nariz; después de esto, laceraron sus brazos; y cuando lo hubieron mutilado en varios lugares, quemaron su pecho. La mente de Leclerc estuvo en reposo todo el tiempo. Recitó solemnemente y con gran voz Salmo 115:4 al 9.7 La contemplación de tal fortaleza intimidaba a sus enemigos. Después de estas torturas, Leclerc fue quemado a fuego lento.8

RA Diciembre 2017 - Segundo Lutero

Una historia conmovedora

A finales de la década de 1520, este era el sombrío panorama del que se complacían los papistas. Pero Dios todavía tenía en el campo de batalla al soldado al que ellos más temían. “¡Es peor que Lutero!”, gritaron todos a la vez en una ocasión.9 Se trataba de Luis de Berquin, el noble más honrado y respetado de toda Francia. Su generosidad, modales finos y elevada educación, combinados con su influencia política y sus poderosos aliados, lo habían convertido para muchos en el reformador destinado de su tierra natal. “Beza dijo que Francia hubiera encontrado un segundo Lutero en Berquin, si él hubiera encontrado un segundo elector en Francisco I”.10

Estos hombres pensaban que deshaciéndose de este príncipe habrían eliminado la última escoria de la Reforma en Francia.

La causa protestante no tenía esperanzas a estas alturas. En más de una ocasión, condenaron los escritos de Berquin y lo encarcelaron, siendo liberado por Francisco I. Erasmo, en parte cauteloso y en parte cobarde, le recomendó que no se metiera con sus enemigos y que no confiara en la protección del rey; e incluso lo animó a huir a algún país extranjero. “Pero, en todo caso”, añadió, “no me comprometas con la Facultad de Teología”.

El noble de Artois no se acobardó, y decidió dar un paso más que cualquier otro hombre desde que se desatara la Reforma. Hasta entonces, los más valientes habían rehusado esconderse o confesar so pena de torturas y muerte. Pero Berquin fue más allá, y decidió cambiar las suertes. Tomó de los escritos de sus enemigos doce proposiciones contrarias a la Biblia y, por lo tanto, heréticas, y apeló al rey, quien con mucho gusto accedió a humillar a esos turbulentos doctores.

Nadie sabe qué habría pasado si no hubiese aparecido en ese entonces una imagen de la virgen mutilada. Los sobornistas inmediatamente aprovecharon la ocasión para difundir rumores sensacionalistas y señalar el incidente como el fruto de la doctrina de Berquin.11

Satanás había multiplicado los enemigos de Berquin y mandó toda su artillería en contra de él a la vez; se valió, incluso, de sus amigos más íntimos para derrotarlo. Entre los doce jueces designados para su caso, todos deseaban su muerte excepto uno. Su gran amigo, Budaeus, al enterarse de que Berquin no iba a abjurar, fue a la prisión para rogarle que aceptase la terrible condena que se le daría si se retractaba, a fin de evitar la cruenta muerte. Pero Berquin permanecía inmutable y resuelto a morir. Budaeus se arrojó a los pies de Berquin y le suplicó que accediera a su petición,12 y durante tres días no cesó en sus esfuerzos por convencerlo.

“Mientras las voces amenazadoras de sus enemigos rugían a su alrededor, la suave voz de Budaeus, llena del afecto más tierno, penetraba el corazón del prisionero y lo sacudía.

“¡Oh, mi querido amigo!”, rogó Budaeus, “habrá mejores tiempos por los cuales debes conservarte”. Luego se detuvo, y añadió con un tono más serio: “Tú eres culpable ante Dios y el hombre, si por tu propio acto te entregas a la muerte”. Berquin fue tocado finalmente por la perseverancia de este gran hombre. Comenzó a temblar; su vista se turbó. Apartando su rostro de Dios, lo inclinó hacia el suelo. El poder del Espíritu Santo se extinguió en él por un momento, y pensó que podría ser más útil al Reino de Dios al poder servir en el futuro que rindiéndose a sí mismo a la muerte actual”.13 Berquin accedió a la petición de su amigo. Pero, tan pronto como este dejó la celda, ambos se dieron cuenta del error que habían cometido, y cuando Budaeus regresó Berquin le dijo que ya se había decidido por Cristo.

El juicio se ejecutó muy rápido, para que el rey, que estaba de viaje, no pudiera intervenir. Berquin no pudo concretar su denuncia de herejía ante la Facultad de Teología, pero acertó su golpe por medio de uno de los martirios más heroicos e impactantes que haya presenciado el universo en el gran conflicto entre el bien y el mal.

El 22 de abril de 1529, cientos de soldados escoltaban a Berquin, y una inmensa multitud observaba por las calles el “espectáculo”. “El hombre más virtuoso de Francia”14 y “el más instruido de los nobles”15 avanzaba hacia su martirio con el porte de un rey, con paso firme y una mirada serena. “Parecía estar en la casa de Dios meditando en cosas celestiales”.16 Se había puesto sus ropas reales más finas y alegres. “Llevaba una capa de terciopelo, un chaleco de raso y seda damasquina, y calzas de oro”. “¿No voy a presentarme este día en la Corte, no la de Francisco, sino la del Monarca del universo?”, dijo.17 El tumulto, los gritos y las amenazas que dirigieron hacia él la multitud y los verdugos no alteraron la paz del héroe.

Después de haber sido estrangulado se produjo un breve pero profundo silencio. La impresión que dejó semejante valentía y convicción se grabó en la mente de la multitud, incluyendo la del joven y todavía desconocido Calvino. Su cuerpo fue quemado; y lo que hacía poco era la noble figura de Berquin ahora era un montón de cenizas muertas; que esparcidas al aire predicaron con mayor fuerza y poder que cuando tenían vida.

RA Diciembre 2017 - Segundo LuteroEl gran legado

Me gusta la historia de Berquin. Me anima a evitar un cristianismo pasivo; no solo a defender la verdad, sino a atacar el error.

Hubo muchos israelitas que no fornicaron con las moabitas, pero el sacerdocio perpetuo fue para Finees, quien con determinación cortó el mal de su pueblo.18 Hubo siete mil hombres que no doblaron sus rodillas ante Baal, pero fue a quien se animó a desafiar a los 450 profetas de Baal a quien Dios llamó como profeta suyo y llevó al cielo19. El hombre más grande, Juan el Bautista,20 predicó el arrepentimiento sin distinción de personas.

Sé valiente. Dios tiene preparadas las mejores bendiciones no solo para los que hacen lo bueno sino también para aquellos que luchan en contra del mal. RA

Germán Jabloñski: estudiante de la Facultad de Teología de la Universidad Adventista del Plata, República Argentina.

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