Lección 9 – Cuarto trimestre 2017

Romanos 8:1-17.

La porción de Romanos que estudiamos esta semana es bellísima, positiva, alentadora, esperanzadora. Hay un tono de victoria que va in crescendo a medida que avanzamos en su lectura, hasta que llegamos al clímax de aquella oda triunfal de Pablo:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? […] Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 8:35, 37-39).

Los autores de la Guía de Estudio de la Biblia han seleccionado para esta semana solo los primeros 17 versículos de Romanos 8, seguramente por cuestiones de espacio, pero todo el capítulo es tan rico que merecería ocupar varias lecciones.

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu” (vers. 1).

El “pues” que usa Pablo aquí nos conecta de algún modo con lo que consideramos en el capítulo 7: esta pecaminosidad inevitable que nos habita a los seres humanos, como parte de nuestra condición humana, que hace que el pecado sea ese compañero indeseable hasta que Cristo venga a buscarnos: “[…] soy carnal, vendido al pecado”; “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”; “el pecado […] mora en mí”; “[…] queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí”; “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:14, 18, 20, 21, 24).

Aun cuando los cristianos convertidos ahora tenemos una nueva tendencia y orientación moral en la vida, y tratamos de hacer el bien y de vivir de acuerdo con la voluntad de Dios (no bajo la coerción de la “letra” sino bajo el régimen libre y voluntario del Espíritu), y aun cuando haya victorias y crecimiento interior, somos dolorosamente conscientes de que el mal es una presencia que nos habita permanentemente. ¿Cómo, entonces, podríamos no ser culpables delante de Dios y dignos de condenación, si no hay momento en que –permítanme decirlo– no estemos pecando, ya sea en acción, palabra, pensamiento, sentimiento o motivación?

La clave está en lo que dice Pablo: “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. El texto NO dice “ninguna condenación hay para los que son perfectos, que no tienen que luchar con ningún rasgo desfavorable de carácter, que no tienen que vencer ningún pecado”. No hay condenación para los que “están en Cristo Jesús”. Es decir, para los que, lejos de poner su confianza en lo que son o lo que hacen (santidad, perfección, obediencia, buenas obras), ponen su confianza en lo que Cristo es e hizo por ellos con su vida perfecta y con su muerte expiatoria en la Cruz.

Pablo es muy reiterativo, en sus epístolas, con esta expresión: “en Cristo”; la usa decenas de veces. Esto significa estar unidos a él mediante la fe; aferrarnos de sus méritos; entregarle nuestras miserias, pecados, defectos de carácter, para que él los perdone y para que, por la obra de su Espíritu, nos vaya purificando de ellos; es vivir confiando en que él se va a ocupar de cubrirnos con su sangre permanentemente mediante su intercesión que nunca acabará mientras dure nuestra vida a la vez que nunca se cansará de ir perfeccionando la buena obra que ha empezado en nosotros (Fil. 1:6); es vivir en una permanente comunión con él, continuamente abiertos a la comunicación con él, enfocados en él cualquiera que sea nuestra actividad.

Esta es una de las diferencias básicas entre el legalismo y el mensaje de la salvación mediante la fe: mientras que el legalismo pone su foco en la CONDUCTA como el eje de la religiosidad, el evangelio lo pone en la RELACIÓN con Dios. Y lo hace porque sabe que, por un lado, nuestra conducta nunca será lo suficientemente perfecta como para que sea la base de nuestra salvación, y además porque si nuestra seguridad de salvación se basara en ella, entonces esta tendría una motivación falsa de base, y seríamos tan solo mercenarios de Dios, vendidos al mejor postor, y solamente nos comportaríamos bien gracias a un cálculo interesado: me porto bien para lograr la aprobación de Dios, su bendición presente y la salvación eterna. En cambio, en el evangelio, la buena conducta es una respuesta libre, voluntaria y gozosa al amor de ese Dios que me acepta tal cual soy, me ama incondicionalmente y me garantiza la salvación con tan solo creer en él y en su mensaje de salvación, en vez de ejercer coerción sobre mí con la amenaza de la perdición si no tengo una conducta perfecta.

Pero esta comunión permanente con él tiene un efecto y una característica distintivos. Los que están en Cristo “no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu”. Son pecadores, cargan con una naturaleza pecaminosa que hace de las suyas, pero su orientación espiritual y moral y su estilo de vida no son pecaminosos, sino que están dirigidos por el Espíritu y orientados hacia él. Hay un cambio en el rumbo de la vida, a pesar de la presencia de la naturaleza pecaminosa.

“Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom. 8:2).

Aquí hay una declaración de victoria. El pecado puede estar en nosotros, pero no tiene por qué dominarnos. No hay excusa para una vida entregada al mal. No se trata de perfección ni de erradicación de la naturaleza pecaminosa. Pero sí de una victoria sobre esta. El Espíritu Santo es nada menos que una de las tres Personas de la Deidad, y por lo tanto participa de uno de los atributos divinos que es la omnipotencia; ese poder sin límites que fue capaz de crear el increíblemente casi infinito universo, con sus miles de millones de planetas, satélites, estrellas (soles), constelaciones y galaxias. Es el poder de la VIDA: el poder que puede renovar nuestra alma, dominar nuestra pecaminosidad e incluso, si se lo dejamos, erradicar para siempre tendencias particulares al mal. Solo depende de cuánto realmente queramos ser librados de nuestros pecados, de cuánto le permita nuestra libertad realizar su obra todopoderosa en nosotros.

“Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (vers. 3, 4).

Como vimos anteriormente, por muy buena y loable que sea la Ley en marcar el bien y el mal, no tiene poder en sí misma para elevarnos de nuestra condición caída, no porque haya defecto en ella, sino porque nuestra naturaleza pecaminosa la hace inútil para salvarnos. Pero Jesús, al hacerse hombre y vivir entre nosotros, en “semejanza” de carne de pecado, “condenó al pecado en la carne”, al vivir perfectamente de acuerdo con las exigencias de la Ley a pesar de hacerlo en el contexto de este mundo pecaminoso.

Hay un debate teológico, dentro de nuestra iglesia (y de otras), acerca de en qué sentido y hasta qué punto Jesús, al hacerse hombre, cargó con nuestra naturaleza caída. Hay quienes piensan que Jesús, para poder identificarse plenamente con nosotros y que nos sintamos comprendidos por él, y que pueda ser nuestro Ejemplo supremo que demuestre que el hombre puede vivir sin pecar, al cargar con nuestra naturaleza humana cargó también con nuestra pecaminosidad; es decir, tuvo también tendencias al mal, aunque fue totalmente victorioso sobre ellas. Esta idea está asociada al perfeccionismo teológico, que postula que el cristiano puede y debe vivir sin pecar para poder heredar la vida eterna.

Por el otro lado, hay quienes entendemos que Jesús no fue IGUAL a nosotros, sino SEMEJANTE. Es lo que menciona este último versículo que estamos considerando: Jesús vino “en semejanza de carne de pecado”. Es interesante que en más de una ocasión, cuando Pablo habla de la naturaleza humana de Cristo, usa la expresión SEMEJANTE:

“[Cristo fue] hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:7); “[…] fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15).

Es que si bien es importante entender que Cristo es nuestro Ejemplo supremo, que nos marca el camino de la victoria, su misión más importante al encarnarse fue constituirse en nuestro sacrificio vicario, en poder lograr la Expiación. Y, para esto, no podía ser un pecador, un culpable, el que diera su vida por los culpables, sino un inocente, que cargara con los pecados de los culpables, tal como lo muestra el símbolo del cordero sin defecto que debía ser ofrecido como sacrificio para el perdón de los pecados, en los ritos del Santuario. Pedro lo expresa de esta manera:

“[…] fuisteis rescatados […] con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:18, 19).

Lo que quizá no entendemos si pensamos que Jesús tenía tendencias al pecado igual que nosotros es que el problema de nuestra condición caída no es meramente un asunto de “tendencias” al mal, que si las dominamos ya no nos constituyen en pecadores, sino que, como decía Pablo en Romanos 7, el mal está en nosotros, SOMOS MALOS, y todo lo que hacemos, en realidad, está contaminado con nuestra pecaminosidad. Si Jesús hubiese cargado también con nuestra naturaleza pecaminosa, él mismo habría sido también pecador, necesitado de expiación, de un salvador, igual que nosotros. Porque es inevitable la relación entre pecado (no solo entendido como actos pecaminosos sino como condición pecaminosa) y culpa. Jesús hubiese sido tan culpable como nosotros, y necesitado de perdón. Pero la exigencia de la Expiación es que un INOCENTE muera por los culpables.

Jesús es nuestro Ejemplo en el sentido de que para vivir su vida santa utilizó los mismos recursos que podemos utilizar nosotros para vivirla: una dependencia total, no de sí mismo, sino de un poder exterior, el del Padre y del Espíritu Santo (ver Juan 5:19, 30). El pecado, ya sea que provenga de nuestro interior (naturaleza pecaminosa) como del exterior (tentación a pecar), tiene como núcleo la independencia de Dios y la rebelión contra él, tomar nuestra vida en nuestras propias manos, en vez de confiársela a Dios; vivir para hacer nuestra voluntad en vez de la voluntad de Dios. En este sentido, Jesús fue tentado no solo igual que nosotros, sino en un grado infinitamente superior al nuestro. ¿Por qué? Porque el enemigo, para hacernos caer, utiliza un grado mínimo de seducción y de presión, y en general enseguida cedemos a sus tentaciones. Pero, para tratar de hacer caer a Jesús, Satanás tuvo que desplegar todo su poder infernal, las artes más refinadas de seducción y la mayor presión psicológica de la que fue capaz, ya que estaba tratando de llevar al pecado al Ser de pureza infinita, y ni aun así lo logró. Por eso, Jesús puede decir triunfante:

“¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46); “[…] el príncipe de este mundo […] nada tiene en mí” (Juan 14:30).

Y tanto Pedro como Pablo reafirman la absoluta impecabilidad de Cristo, y esta exigencia de la Expiación de que nuestro Sustituto fuese un ser inocente que diese su vida por los culpables:

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Ped. 3:18; énfasis añadido).

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21; énfasis añadido).

“Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Heb. 7:26; énfasis añadido).

Jesús condenó al pecado “en la carne”. No como proponía la herejía docetista (un derivado del gnosticismo), que decía que Jesús solo tenía la “apariencia” de hombre, pero que no era un ser de carne y hueso como nosotros. Por el contrario, “aquel Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14), y “[…] por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Heb. 2:14).

Como hombre, Jesús supo lo que era vivir en este mundo de pecado, sujeto a sus tentaciones, sus presiones, su cansancio, sus sinsabores. Supo lo que era sufrir; fue “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isa. 53:3). Y por tal motivo, porque conoce la fuerza de nuestras tentaciones y de nuestro dolor, puede “compadecerse de nuestras debilidades” (Heb. 4:15).

Y, al triunfar sobre el pecado, lo “condenó”, destinándolo a desaparecer para siempre en su Venida, y librándonos de su culpa y condenación mediante su muerte expiatoria en la Cruz.

Y ahora, él nos puede hacer partícipes de su victoria:

“[…] para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:4).

No solamente la justicia de la Ley se cumplió en él POR nosotros, sino también, por su Espíritu, puede cumplirse EN nosotros, que por su gracia podemos empezar a vivir una vida santa aquí en la Tierra, si nos entregamos totalmente a él, y “no andamos conforme a la carne (entregados a las tendencias de nuestra naturaleza caída) sino conforme al Espíritu (entregados a sus impulsos y frenos, y a su conducción).

“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu” (vers. 5).

Aquí está la raíz de la cual brota nuestra conducta: nuestra mente, nuestros pensamientos. Y el Espíritu Santo llega hasta esos niveles internos, incluso profundos, para afectarlos con su pureza, su bondad, su amor. Si nuestros pensamientos están dirigidos por el Espíritu, naturalmente nuestro comportamiento tendrá su sello y sus características. Nuestra mente, por lo tanto, debería estar ocupada con las cosas del Espíritu y no con las cosas de la carne. Esto debería hacernos pensar, por ejemplo, acerca de nuestra vida intelectual, nuestras recreaciones, aquello con lo que alimentamos nuestra mente (libros, revistas, televisión, películas, música, Internet). No estamos diciendo que como cristianos solo debamos ver, leer y oír cosas estrictamente religiosas, pero sí discriminar los contenidos de nuestro alimento mental, de tal manera que le proporcionemos a nuestra mente “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza” (Fil. 4:8).

“Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Rom. 8:6).

El ocuparse de la carne es muerte en más de un sentido. No solo nos conduce a la muerte eterna, sino también a la muerte del alma: nos deja vacío el corazón, insensible; nos quita la capacidad de amar, de ser buenos, y de disfrutar realmente de la vida. Conduce al vacío existencial, al sinsentido, a la depresión. Por el contrario, el Espíritu Santo produce “vida y paz”, nos abre los ojos a las verdaderas bondades y maravillas de la vida; nos hace disfrutar del amor de Dios; da una visión luminosa y esperanzadora para esta vida y, sobre todo, pone nuestra mirada en la eternidad infinitamente feliz que nos aguarda.

“Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (vers. 7).

Pablo parece retomar nuevamente el drama del pecado descrito tan detalladamente en el capítulo 7, para reforzar la idea de la total impotencia de la naturaleza humana para vivir a la altura de las demandas de la Ley de Dios. Naturalmente somos enemigos de Dios, porque nuestro egoísmo (el núcleo del pecado) ve como enemigo todo lo que se opone a sus deseos, y Dios, por definición, es aquella figura suprema de autoridad, el Legislador y Juez supremo del universo. Naturalmente, no queremos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer, no queremos rendir cuentas ante nadie. Además, no solo que los designios de nuestra carne (nuestro egoísmo y sus proyectos egoístas) de por sí no se sujetan a la Ley de Dios, sino “tampoco pueden”. Es como pedirle a una higuera que produzca uvas. No puede, porque no está en su naturaleza. De igual modo, no está en la naturaleza del egoísmo dar amor verdadero, bondad verdadera, rectitud verdadera. De allí que sea tan imprescindible la implantación de una nueva naturaleza, por obra del Espíritu Santo.

“Y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (vers. 8).

No se trata de ahora caer en la justificación por las obras. Pero una cosa es reconocernos pecadores, y otra cosa es entregarnos a un estilo de vida pecaminoso. El que vive para el pecado “no puede agradar a Dios”, porque demuestra que abusa de la gracia de Dios, que prefiere el mal antes que el bien; el egoísmo, antes que el amor; la rebelión, antes que la confiada y voluntaria obediencia; y en definitiva, que prefiere a Satanás antes que a Dios. Arruinaría el cielo, si llegara a él.

“Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (vers. 9).

El cristiano convertido tiene una vida mucho más luminosa que el hombre carnal. No vive “según la carne, sino según el Espíritu”. Su estilo de vida no es pecaminoso, aun cuando él mismo se sabe y reconoce pecador, y por lo tanto siempre depende confiada y humildemente de la obra del Espíritu Santo y no de una supuesta bondad interior. Pero aspira a una vida mejor y lucha por ella, con el poder de Dios. Y, por si algún cristiano estuviese confundido pensando que la salvación solo se limita a una declaración legal de justicia sin que esto afecte su vida concreta, práctica, Pablo dice que “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo” no es de Jesús, por más que profese ser cristiano (ver Mat. 7:21-23).

“Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo a la verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Rom. 8:10, 11).

Es cierto, hasta que Jesús venga a buscarnos, estamos destinados a la muerte. Es el destino que nos aguarda en esta vida terrenal. Pero, si el Espíritu de Dios mora en nosotros, tenemos que saber que es el mismo Espíritu que, munido de la omnipotencia divina, levantó a Jesús de los muertos. Tan grande es su poder. Y ese mismo poder será el que nos levante de la tumba fría en ocasión de la segunda venida de Cristo. Y lo maravilloso también es que ese mismo poder que da vida y que puede devolver la vida física perdida es el que también engendra vida espiritual aquí y ahora a los que estamos “muertos en delitos y pecados” (Efe. 2:1), y nos da “vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (vers. 4). Nos saca de la muerte espiritual, y nos resucita a una nueva vida, la del Espíritu, llena de poder, paz, bondad, amor, plenitud.

“Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom. 8:12, 13).

No le debemos nada a nuestra naturaleza humana (la carne). No podemos confiar en ella, en nada de lo que seamos o hagamos. No nos trae, además, ninguna recompensa feliz. No debemos, por lo tanto, consentirla, vivir conforme a ella. Si así lo hacemos, moriremos. No solo la muerte eterna, sino también la muerte del alma, como ya mencionamos anteriormente. Lo hermoso de este pasaje es que nos asegura la victoria. Por el Espíritu Santo, es posible hacer “morir las obras de la carne”; es decir, resistir y vencer los impulsos de nuestra naturaleza pecaminosa. No tenemos por qué ser esclavos de ella. Podemos subyugarla, mantenerla a raya, e incluso hacer “morir” sus reclamos. Aquí no hay un tono de impotencia sino de victoria, en la medida en que nos entreguemos a la obra del Espíritu de Dios.

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (vers. 14).

Hay signos que nos revelan como verdaderos hijos de Dios: una vida guiada por el Espíritu, que responde a su bondad, sus impulsos al bien, su pureza moral, su elevación moral. El hijo de Dios no toma las riendas de su vida en sus propias manos, sino que se las entrega al Espíritu Santo, para que él lo conduzca. Desea que su vida sea el desarrollo de la voluntad del Espíritu, y no de la propia.

Y esta es una experiencia gozosa, feliz:

“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (vers. 15).

Por la fe, y a pesar de las luchas que tengamos con nuestra naturaleza pecaminosa, los hijos de Dios podemos vivir con gozo. Ya no estamos en la esclavitud de la duda, del temor a la condenación, al rechazo de Dios. Por el contrario, gracias al sacrificio de Cristo, mediante la fe, vivimos con la conciencia permanente de nuestra filiación divina, de sabernos aceptados por Dios, perdonados por él, reconciliados con él, en paz con él. Hemos sido adoptados por Dios como sus hijos, no porque seamos perfectos, sino por su pura gracia. Y entonces, con toda confianza, podemos clamar (un grito de felicidad) “¡Abba, Padre!” Como la mayoría de ustedes sabe, esta expresión hebrea, Abba, unida al término Padre, significa, literalmente: “Papito”. Es una expresión llena de confianza (“confianzuda”, si queremos decirlo así) y de amor, como la que tienen los niños pequeños hacia su padre, cuando se saben amados por él y confían totalmente en él. Esa es la misma confianza y relación estrecha y llena de amor que podemos tener con Dios. Ya no es un ser distante de nosotros, solamente el Soberano y Juez del universo, sino que es nuestro “papito”, que nos ama, nos cuida y quiere nuestra mayor felicidad. Así debemos sentirnos permanentemente en nuestra relación con Dios. Eso es la fe.

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (vers. 16, 17).

No somos extraños; no somos esclavos; ni meros súbditos del Rey del universo. Somos hijos de Dios y, como tales, también herederos de todas las riquezas celestiales. Tenemos una herencia en los cielos. Nos espera nada menos que una vida sin límites, sin dolor; solo eterna felicidad. Esa es nuestra herencia. Y tenemos derecho a ella porque somos hijos de Dios, sus herederos legítimos, aun cuando Pablo es consciente de que mientras aguardamos recibir nuestra herencia, en esta vida terrenal, al igual que Jesús, tendremos que padecer los efectos de vivir en un mundo caído. Pero estos padecimientos hacen tanto más preciosa nuestra esperanza.

Hasta aquí los versículos escogidos por los autores de la Guía de Estudio de la Biblia para analizar esta semana. Los versículos siguientes, que lamentablemente por falta de espacio no comentaremos, son riquísimos en contenido, en seguridad, en esperanza, y los invitamos a leer con detenimiento y reflexionar en ellos en oración. Como corolario, solo queremos recalcar la bendita esperanza presentada por Pablo:

“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (vers. 18).

Es cierto que aquí, de este lado de la eternidad, tendremos que sufrir. Pero ¿qué son noventa o cien años (en el mejor de los casos) de una vida matizada con alegrías y dolores, en comparación con una eternidad de dicha sin fin, sin sombra de dolor ni de muerte? Los cristianos tenemos que acostumbrar nuestra mente a pensar con sentido de eternidad, y no limitarla a cifrar nuestra felicidad a esta corta y efímera vida terrenal.

Y lo más maravilloso es que todo lo que necesitemos, para esta vida y para la eternidad, nos es asegurado y dado por Dios, gracias al sacrificio de Cristo:

“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas?” (vers. 32).

Que, con esta confianza absoluta en nuestra filiación divina, podamos vivir entregados al Espíritu de Dios, para SER SU OBRA y hacer sus obras de amor y de bondad en esta vida, para gloria de nuestro “papito” celestial y para bendición propia y de los que nos rodean.

 

 

 

 

 

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