“Cariño, yo no vuelo”

Cómo enfrentar el desafío de evangelizar las ciudades

Este mes, la Revista Adventista comparte un informe especial de producción propia sobre un tema que como iglesia necesitamos conocer y comprender: tenemos que llegar con nuestro mensaje a todos los grupos étnicos y religiosos del planeta. Al respecto, hace poco la Asociación General cuenta con la agencia Misión Adventista, y además ha creado una serie de centros de evangelización específicos para llegar a estas personas.

En este artículo, podrán leer una reflexión del Pr. Gary Krause, director mundial de Misión Adventista, y entrevistas realizadas a él, y a los directores de los seis centros de misiones interculturales (que trabajan por los judíos, los hindúes, los budistas, por las personas de las grandes ciudades, por los posmodernos y por los musulmanes).

Si hablamos de ciudades, la Iglesia Adventista del Séptimo Día tiene un desafío. Piensa en estos números: la mayoría de la población mundial hoy vive en ciudades, y la migración urbana avanza a pasos agigantados. En la actualidad, más de quinientas ciudades tienen una población superior al millón de habitantes, y estas ciudades son potencias sociales y económicas que generan más del 80% del Producto Bruto Interno (PBI) mundial.

Ahora, considera las poblaciones adventistas en estas ciudades. En promedio, existe una congregación adventista por cada 89 mil personas. Cuarenta y cinco de estas ciudades tienen menos de 10 adventistas, y 43 no tienen ninguna congregación adventista.

No hay duda de que estas ciudades son nuestro mayor y más desafiante campo misionero. Pero, es un campo misionero que desecha las respuestas fáciles o las soluciones rápidas. Aplicar ocasionalmente “parches” evangelizadores no servirá de nada. Las personas de las ciudades no responden a los métodos tradicionales de evangelismo.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Para comenzar, necesitamos recuperar nuestro llamado a realizar un ministerio integral en las ciudades, realizado en el territorio de trabajo y a largo plazo. Al hacerlo, debemos seguir el método y el ejemplo de Jesús, al llevar esperanza a las calles de las ciudades.

Que tengas un buen día

A mediados de 2009, el abogado Kasim Reed, de cuarenta años, se postuló como alcalde (intendente) de la ciudad de Atlanta (Georgia, Estados Unidos). Este había sido su sueño desde sus trece años de edad. Lamentablemente, sus perspectivas no eran nada alentadoras. “Estás perdiendo de manera alevosa”, le comentó un amigo.

Sus asesores políticos le aconsejaron que saliera a las calles y comenzara a golpear las puertas. “La gente necesita verte”, le decían. Así, elaboró un plan: visitar, por lo menos, 150 casas por día (sin pasar más de tres minutos en cada una). Ese día de verano era uno de esos días en que los mosquitos se quedan pegados (se dice que en Atlanta hace tanto calor que los mosquitos se quedan pegados entre ellos). Y allí se encontraba Reed, avanzando poco a poco en Mechanicsville, uno de los barrios más antiguos de la ciudad.

Al golpear una puerta, dijo: “Hola, soy Kasim Reed. Soy senador estatal de Georgia, y me gustaría ser su alcalde. ¿Podría hablar con usted sobre la campaña?”

Reed recuerda a “una anciana maravillosa con un rostro afectuoso”, que lo miraba a través de una puerta enrejada y le dijo: “Entra, cariño”. Al verlo transpirando, esta mujer bondadosa sirvió a Kasim algo para tomar y lo invitó a sentarse. “Dime por qué crees que deberías ser alcalde”, le dijo.

Reed recitó rápidamente sus respuestas armadas:
Atlanta es la cuna del movimiento por los derechos civiles; tiene una gran concentración de empresas que integran la lista “Fortune 500”; opera el aeropuerto con mayor tráfico de pasajeros del mundo; ostenta restaurantes maravillosos… “Y creo que puedo hacer más fuerte la ciudad”, concluyó. “Ella me miraba como si fuera un marciano”, rememora Reed. “Nada servía. ¡Me sentí pésimo!”

La mujer llevó a Reed hacia afuera y le dijo: “Déjame mostrarte la Atlanta que yo conozco”. Señaló hacia una pileta de jardín vacía donde unos niños jugaban a los dados. A la izquierda, había un gazebo que había sido usado en días de picnic. Ahora estaba pintarrajeado con grafitis y ocupado por unos muchachos que tocaban música estridente.

“Esa es la Atlanta que yo conozco, cariño”, le dijo. “Déjame decirte algo más: soy bastante buena en la cocina, así que, no voy a esos restaurantes que me dices. Y si fuera a algún restaurante, necesitaría tomar el ómnibus; pero aquí realmente no me siento segura saliendo por la noche, en estos momentos. Y, sobre ese aeropuerto del que hablas tanto: ¡cariño, yo no vuelo! Ahora, ¡que tengas un buen día!”

Reed salió de esa casa habiendo invertido quince valiosos minutos en vez de tres, convencido de que ella no simpatizaba con él y que no tendría su voto. Pero esos quince minutos finalmente valieron cada segundo, y mucho más, para quien llegaría a ser alcalde de Atlanta. Él cuenta: “Aquel día cambié, porque en aquella visita a la señora Davis entendí que nunca alcanzarás una ciudad sin antes verla con los ojos de quienes tienen las mayores necesidades. Nunca fui el mismo desde ese día”.1

Debemos usar los medios digitales, pero estos solo pueden apoyar –y no reemplazar– el contacto personal.

Entender una ciudad

Si queremos que nuestra misión urbana sea efectiva, debemos ver a la ciudad como la ven las personas que más necesidades tienen. Los detalles de la misión urbana no pueden producirse o planificarse por control remoto en juntas administrativas a la distancia, o en aulas universitarias. Tenemos que guiarnos por los principios eternos, pero los métodos y las estrategias específicos provienen de las calles y los vecindarios locales. Elena de White escribe sobre cuántos esfuerzos evangelizadores costosos fallan porque no “satisfacen las necesidades del tiempo o del lugar”.2

En el corazón de Allentown, Pensilvania, EE.UU., hay un centro de influencia urbano llamado “Simplicity Out–reach Center”, que toca la vida de cientos de personas. El exdirector de este centro cuenta que lo primero que hizo su equipo fue dedicar mucho tiempo simplemente a caminar por el vecindario conociendo a las personas. Para él, cada situación urbana es irrepetible. “Es tentador pensar que si tan solo sigo un modelo en particular que se hace en otro lugar –seguir los pasos A, B, C y D–, entonces alcanzaré el éxito”, explica. “Tendemos a desear extrapolar de inmediato de un contexto a otro. Pero esa no es la naturaleza de un trabajo misionero integral –el ministerio de Cristo–, que siempre debe ser sensible a la cultura en la que se sitúa. Incluso dentro de una misma ciudad, como Nueva York, por ejemplo, las necesidades de las personas en Harlem no serán las mismas que en Manhattan o en Brooklyn”.3

La misión urbana efectiva sigue los pasos de Cristo, al caminar por las calles de la ciudad. Ve lo que la gente hace y no hace. Nota qué cosas causan goce a las personas y qué les causa dolor. Siente las necesidades sociales, físicas, emocionales y espirituales de una comunidad.

Cuando el apóstol Pablo visitó Atenas, dedicó tiempo para caminar por la ciudad, observando con atención (Hech. 17:23). Más tarde, cuando estuvo de pie frente al Areópago, personalizó su mensaje al contexto local específico, basándose en su experiencia personal en la ciudad. Para su primera ilustración, mencionó un altar al “dios no conocido” que había visto en el vecindario, un puente oportuno para hablar sobre el verdadero Dios. Elena de White describe que aquel día, en la colina del Areópago, Pablo obtuvo una victoria para el cristianismo en el corazón del paganismo.4

En 1901, John Corliss estaba pastoreando la iglesia adventista del séptimo día de San Francisco (una iglesia que Elena de White describió como una “colmena”, por su gran cantidad de actividades y trabajo en la comunidad).5 Corliss también descubrió la importancia de ver a una ciudad desde una perspectiva local. “Un hombre que trabaja en una ciudad se dirige a ella para estudiar la situación a partir de cada detalle que encuentra en el camino”, dijo en el congreso de la Asociación General de ese año, en Bat-tle Creek. “Tengo la sincera convicción de que para tener el mayor éxito en la obra en las ciudades, necesitamos tener hombres que mantengan los ojos abiertos”.6

Ministrar a la ciudad

Elena de White resume el método de Cristo para ministrar a las personas: mezclarse con ellas, mostrar empatía por ellas, ganarse su confianza, y recién entonces invitar a seguirlo.7 Este debe ser el modelo para la misión urbana. Significa conectarse con las personas en un nivel local y personal. El punto son los vecindarios locales, no los aeropuertos.

El método de Cristo puede implementarse en un sinnúmero de formas, pero Elena de White promovió un modelo urbano que llamó “centros de influencia”: pequeñas plataformas para comenzar a implementar el método de Cristo con el fin de ministrar a las personas y para conectarse con las comunidades urbanas.8 Ella habló de cosas como centros de salud, salas de tratamiento y restaurantes vegetarianos. Hoy, los centros de influencia urbanos asumen distintas formas en decenas de países: centros de asimilación de refugiados, bares de jugo, tiendas de objetos de segunda mano, restaurantes vegetarianos, clínicas, centros de música, establecimientos recreativos, tiendas de comida saludable, centros de masajes… Y las opciones son innumerables.9 Puede ser que todos se vean diferentes, pero todos los centros de influencia urbanos deberían tener el mismo objetivo de ministrar las necesidades físicas y espirituales de las personas, llevar a las personas a Jesús e implantar nuevos grupos de creyentes.

Amar la ciudad

Cuando Jesús vio a las multitudes, “tuvo compasión, porque estaban confundidas y desamparadas” (Mat. 9:36, NTV). Su compasión también debe ser nuestra actitud, nuestra perspectiva y nuestra motivación al ministrar a las ciudades.

En 1901, David Paulson escribió un artículo titulado “El verdadero motivo del servicio cristiano”. Paulson era amigo cercano de John Harvey Kellogg y de Elena de White, y estaba comprometido estrecha y personalmente con el ministerio en las ciudades y el ministerio de la salud. No escribía solamente desde la teoría, sino además desde la experiencia. Paulson describió cómo Jesús se concentraba en las “necesidades”, y no en los “resultados”. Escribió que solo “el amor genuino por la humanidad” ganará a las personas para Cristo. Quienes están interesados en servir solo a las personas que creen que pueden llegar a ser miembros de iglesia, de hecho generan “desconfianza y sospecha” y “cierran más y más puertas”. 10

En los cuatro evangelios, podemos ver cómo Jesús mostraba amor incondicional en las aldeas y los pueblos donde ejercía su ministerio. Enseñó en las sinagogas, pero dedicó más tiempo a ir donde las personas estaban. Bendecía a ciegos que yacían junto a caminos polvorientos, a mujeres reunidas junto a pozos y a cobradores de impuestos que estaban sobre los árboles.

Un ministerio urbano integral combina las palabras con las acciones. No se lo puede hacer desde un enclave religioso, por control remoto, a la distancia. No se lo puede hacer a corto plazo, con un mero contacto casual. Implica estar codo a codo, tocarse las manos, mirar a los ojos con la compasión de Jesús. No solo es contar a las personas sobre la verdad de la Palabra de Dios, sino demostrar la verdad de esa Palabra.

La era digital podría tentarnos a ver la tecnología como la respuesta a los desafíos que plantea la misión urbana. Pero la tecnología solo puede transmitir información, que es solo una parte del método de Cristo para ministrar a las personas. Debemos usar los medios digitales, pero estos solo pueden apoyar –y no reemplazar– el contacto personal. Hace más de cien años, Elena de White nos dijo: “Es por medio de las relaciones sociales como el cristianismo se pone en contacto con el mundo”.11 También dijo que este trabajo no puede hacerse “mediante sustitutos”, y que requiere “obra personal”. Y agrega: “Los sermones no la realizarán”.12

La esperanza sale a las calles

Cuando Kasim Reed llegó a ser alcalde de Atlanta, nunca olvidó su visita a la señora Davis en el barrio de Mechanics-ville. Recordó cómo ella le enseñó que sus ideas extravagantes sobre restaurantes y aeropuertos necesitaban “aterrizar” en donde ella vivía. Cuando asumió su cargo, dos tercios de los centros recreativos de la ciudad habían sido cerrados. Reed trabajó para reabrir cada uno de ellos.

La experiencia de Reed nos enseña, a quienes compartimos la verdad que atesoramos, que tenemos que hacer algo más que imprimir un mapa de Google Maps y trazar con líneas un objetivo en determinado vecindario. Tenemos que hacer algo más que realizar incursiones fugaces en las ciudades. Tenemos que hacer algo más que traer una agenda de soluciones prestablecidas cortadas por la misma tijera. Nuestro llamado a las ciudades es un llamado a oír, aprender y amar. Es un llamado a compartir esperanza en las calles con personas que no vuelan. RA


Referencias:

1 Tomado de una charla TED (“TED City 2.0: Kasim Reed”): https://www.youtube.com/watch?v=semT61CCNEE.

2 Elena de White, Gospel Workers (Battle Creek: Review and Herald, 1892), p. 297.

3 “Abandon Assumptions Here” [Abandone sus suposiciones ahora], en It’s Time: Voices From the Front Lines of Urban Mission [Es la hora: Voces del frente de batalla de la misión urbana], p. 43.

4 White, Los hechos de los apóstoles, p. 198.

5 _____, “Notes of Travel, N° 3: The Judgments of God on our cities” [Notas de viaje, Nº 3: Los juicios de Dios sobre nuestras ciudades], Advent Review and Sabbath Herald (5 de julio de 1906).

6 General Conference Bulletin, 21 de abril de 1901, p. 372. (Énfasis añadido.)

7 White, El ministerio de curación, p. 102.

8 _____, Testimonios para la iglesia, t. 7, p. 111.

9 Para mayor información, visita
www.urbancenters.org.

10 David Paulson, “The True Motive of Christian Service” [El verdadero motivo del servicio cristiano], Advent Review and Sabbath Herald (5 de noviembre de 1901).

11 White, Obreros evangélicos, p. 494.

12 _____, Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 33.

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