“Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Luc. 24:45).

Creo que todos nos hemos sentido pequeños alguna vez. Y no estoy hablando de tamaño. Creo que todos sabemos lo que es sentirse incapaces, inadecuados, insuficientes… Tal vez considerábamos, con razón, que la tarea que teníamos por delante era ajena a nuestras capacidades, o posiblemente dudábamos de nuestros talentos.

Posiblemente, también sepamos lo que significa que los demás te consideren pequeño. El prejuicio, el desdén, el menosprecio y la ignorancia… Cuando alguien quiere, puede considerarte pequeño. Aunque no lo seas.

Mientras se preparaba para comparecer ante el Concilio de Worms, Martín Lutero se sintió muy pequeño, y sabía que muchos lo consideraban de esa manera –persona non grata. En su también pequeña habitación, exclamó: “¡Dios todopoderoso! ¡Dios eterno! ¡Cuán terrible es el mundo! ¡Cómo abre la boca para tragarme! ¡Y qué débil es la confianza que tengo en ti!” (Elena de White, El conflicto de los siglos, p. 145). Allí estaba, preparándose para dar razón de su fe ante la más augusta audiencia a la que cristiano alguno haya sido llamado. Había estudiado concienzudamente las Escrituras, estaba convencido de que Dios lo estaba dirigiendo, pero igual llegó a sentirse pequeño.

También para Jesús llegó el momento de sentirse pequeño. Fue allí, en el Getsemaní. El peso del pecado del mundo lo hizo vacilar. ¿Valía la pena realmente dar su vida por aquellos que ni siquiera lo reconocían como el Mesías?

¿Qué nos sostiene en los momentos críticos? ¿Qué nos ayuda a vencer nuestra pequeñez, cuando nos preparamos para que el Señor nos use en su obra? ¿Cómo nos saca Dios de nuestro pozo, y nos convierte en gigantes? “La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples” (Sal. 119:130). “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo” (vers. 165). “Pequeño soy, y desechado, mas no me he olvidado de tus mandamientos” (vers. 141).

Hablando de otro reformador, el inglés Juan Wiclef, Elena de White escribe: “El carácter de Wiclef es una prueba del poder educador y transformador de las Santas Escrituras. A la Biblia debió él todo lo que fue […]. El estudio de la Biblia ennoblecerá como ningún otro estudio el pensamiento, los sentimientos y las aspiraciones. Da constancia en los propósitos, paciencia, valor y perseverancia; refina el carácter y santifica el alma” (ibíd, p. 88).

Fue la Palabra de Dios lo que dio fortaleza a Jesús mientras luchaba en oración en el Getsemaní. Fue esa misma Palabra lo que fortaleció a Lutero antes de presentarse ante el emperador y los grandes de este mundo. Esa misma Palabra es la que puede hacer de ti y de mí gigantes para el servicio de Dios.

Ese es el tema de uno de mis himnos preferidos: “Dios sabe, Dios oye, Dios ve” (Himnario Adventista, N° 435). Cuando era adolescente, me impactó mucho este canto, y me conmovía cuando lo escuchaba cantado por Sonete Costa, una hermana del Brasil con una voz bellísima. Últimamente, no logro terminar de cantarlo con los ojos secos. Porque yo también me siento pequeña muchas veces.

Mi Padre, hace poco, me hizo un regalo. Estábamos con mi esposo en Wittenberg, Alemania; ciudad donde Lutero obró la mayor parte de su vida. Allí nos encontramos, sin haberlo planificado, con un grupo de dirigentes de la Iglesia Adventista que también recorría la ciudad. Vi al esposo de Sonete, y le dije lo mucho que admiraba el don de su esposa. “¡Allí está!”, me dijo. ¡Qué alegría haber podido abrazarla!

Las palabras de aquel himno brillaron en mi mente con más fuerza aún en ese momento, y pensé en Lutero, quien había recorrido esas mismas calles hacía tantos años ya. Dios hizo de él un gigante. Lo libró de sus angustias, y lo preparó para una gran obra. Una obra que sigue creciendo todavía hoy, quinientos años después, con gente como tú y yo, por la gracia y la Palabra de Dios. Dios quiere hacer de ti un gigante. Y de mí también, aunque a veces me sienta pequeña. RA

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