Lección 1 – Cuarto trimestre 2017 

¡Bienvenidos a un nuevo trimestre de estudios de la Escuela Sabática! En esta oportunidad, tendremos el privilegio de estudiar el libro bíblico por excelencia que nos habla de la salvación, el libro capital acerca de la salvación mediante la fe. Por supuesto, el tema de la salvación es el hilo de oro que recorre toda la Escritura, el sentido último de toda la Revelación especial de Dios. Este tema está entretejido en toda la trama bíblica, en sus historias, sus poesías, sus profecías, en lo evangelios, en todas las epístolas y aun en el Apocalipsis. Pero, en la Epístola a los Romanos, el tema no se encuentra meramente entretejido sino que el foco y aun el “microscopio” están puestos en él. No hay en toda la Escritura un desarrollo del tema tan intencional, sistemático y desmenuzado sobre la salvación como el que brinda Pablo en esta epístola. Además, es uno de los libros fundamentales que impulsaron la Reforma de Martín Lutero.

La lección de esta semana nos presenta un pantallazo del contexto histórico en el que surge la Epístola a los Romanos, probablemente escrita “en los primeros meses del año 58 d.C.” (lección del día domingo), aparentemente muy poco después de haber sido escrita la Epístola a los Gálatas, y para hacer frente al mismo problema espiritual de los avances del legalismo judaizante, que amenazaba con embestir también contra los creyentes de Roma. Pero, como esta problemática espiritual será analizada con detalle en el estudio de la semana que viene, nos parece bien dedicar el comentario de esta semana a presentar un pantallazo general de la Epístola a los Romanos, por varias razones:

1) Como es sabido, hay una escuela de psicología muy importante llamada “Psicología de la Gestalt”, que pone énfasis en el tema de la percepción humana. Y es famoso su axioma “el todo es más que la suma de las partes”. Es decir, entre otras consideraciones, frente a cualquier fenómeno, es importante tener una visión de conjunto, lo que nos previene de tener una percepción parcial y desequilibrada de la cuestión. Particularmente referidos al tema de la salvación, suelen darse desequilibrios, parcialidades, reduccionismos, que ponen énfasis en un aspecto de la salvación como si ese fuese el todo, en desmedro e incluso descalificación de otros aspectos tan importantes como aquel. Así, es típico escuchar a personas que con gran vehemencia defienden, por ejemplo, la salvación gratuita, por gracia, sin que medie la obediencia en la justificación en sí misma, que por enfatizar este aspecto niegan la importancia de la obediencia y la santificación en la experiencia de la salvación. Por otra parte, están también aquellos que, habiendo entendido que el hijo de Dios verdaderamente creyente será un hijo obediente, y que hemos sido llamados a vivir en santidad, ponen su énfasis en estos aspectos, cayendo incluso en un perfeccionismo religioso, y de esa manera presentan una religión que es una carga aplastante para la conciencia, y frustrante (pues, en realidad, nunca vivimos a la altura plena de nuestros ideales cristianos), ya que no han llegado a percibir la paz y el descanso que hay en la gracia de Dios y la justificación gratuita, mediante la fe en los méritos exclusivos de Cristo y su muerte expiatoria (sustitutiva) en la Cruz, por los cuales somos totalmente “desculpabilizados” por Dios (Roberto Badenas).

En este sentido, cuando vemos la Epístola a los Romanos en su conjunto, observamos que Pablo no es nada desequilibrado, y que integra ambos aspectos en la experiencia de la salvación.

2) Al tener esta visión de conjunto de la Epístola a los Romanos, notamos que Pablo la “craneó” muy bien. A diferencia de la Epístola a los Gálatas, que aunque inspirada por Dios fue escrita de manera notoriamente apasionada y más sintética, en Romanos Pablo parece tomarse todo el tiempo para hacer un desarrollo sistemático del tema de la salvación, siguiendo un plan preconcebido, que cubriera todos los aspectos que necesitamos entender sobre el tema.

De allí, entonces, que les propongo el siguiente bosquejo sugerente de la Epístola:

I. DIAGNÓSTICO: EL DRAMA DEL PECADO (Rom. 1:18-3:19)

Como todo buen médico, para tratar a un enfermo que acude a la consulta movido por algún malestar o dolor, primero hay que diagnosticar la enfermedad, para entonces saber qué tratamiento aplicar.

Lo primero, entonces, que hace Pablo en esta epístola, es presentar el gran drama en el que está sumida la humanidad, que es el pecado, y sus consecuencias.

No vamos a analizar con detalle esta sección aquí, porque la veremos exhaustivamente en lecciones subsiguientes. Pero baste decir que Pablo presenta cuatro aspectos del pecado de los cuales necesitamos ser salvados:

  1. Su culpa.
  2. Su condenación.
  3. Su degradación y poder esclavizante.
  4. Su presencia permanente en nuestra vida a pesar de la conversión.

De los primeros dos aspectos del drama del pecado (culpa y condenación) somos salvados por la JUSTIFICACIÓN, que es una experiencia de la cual podemos gozar YA, ahora mismo, si mediante la fe nos aferramos en este mismo instante de la gracia de Dios y los méritos de Jesús.

De su degradación y poder esclavizante vamos siendo salvados mediante la SANTIFICACIÓN, en un proceso que no es instantáneo, y que dura toda la vida, de crecimiento espiritual, mediante el Espíritu Santo y nuestra cooperación con su obra regeneradora.

De su indeseable presencia permanente seremos salvados totalmente en la GLORIFICACIÓN, cuando Jesús regrese a buscarnos, y seamos transformados (1 Cor. 15:50-53; Fil. 3:21).

Y estos aspectos los presenta Pablo en las siguientes secciones de su epístola.

II. PRIMER REMEDIO PARA EL PECADO: JUSTIFICACIÓN (Rom. 3:21-5:21)

Aunque vamos a analizar de manera puntillosa esta sección de la epístola cuando lleguemos a ella, quisiéramos destacar algunos conceptos clave que encontramos aquí, y que han sido sistematizados por la Reforma de Martín Lutero y los que lo siguieron, bajo las expresiones en latín Sola gratia, Solus Christus, Sola fide:

  1. La justificación es solo por GRACIA (Sola gratia): es gratuita, no la merecemos y nunca la mereceremos, y parte de la sola iniciativa divina amorosa, independientemente de nuestros méritos, que nunca serán suficientes.
  2. La justificación se basa sola y exclusivamente en los méritos de la vida obediente y santa de Cristo y en su muerte expiatoria en la Cruz (Solus Christus). Siempre será por una justicia foránea; es decir, nunca propia, sino la de OTRO, la de Cristo.
  3. La justificación se recibe sola y exclusivamente mediante la fe (Sola fide), al extender la mano humildemente para aceptar el regalo de la justificación y la salvación.

Pablo va a fundamentar estos principios e ilustrarlos muy didácticamente con la experiencia de Abraham y con la de David, mostrando que “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Rom. 4:3), independientemente de ningún mérito, e incluso antes de intentar sacrificar a Isaac en obediencia a la orden divina; y que David fue justificado por perdón y no por ningún mérito, ya que la única “buena obra” que hizo fue pecar al adulterar con Betsabé y luego mandar asesinar a su marido, Urías. Pero fue justificado al ser perdonado cuando se arrepintió luego de su encuentro con el profeta Natán: “Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos” (Rom. 4:6, 7).

Pero ahora no vamos a ahondar en estas cuestiones, porque nos deleitaremos en ellas con más detenimiento cuando llegue el momento.

III. SEGUNDO REMEDIO PARA EL PECADO: LA SANTIFICACIÓN (Rom. 6-8, 12-15)

Frente a tan maravilloso evangelio de la gracia y la justificación gratuita (pero no barata, a Dios le costó muchísimo, nada menos que el sacrificio de Cristo), Pablo sabe que siempre habrá gente que confundirá las cosas, y se querrá abusar de la gracia para continuar con una vida pecaminosa. Por tal motivo, él encabeza esta sección con la pregunta:

“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” (Rom. 6:1).

Y él mismo responde de la manera más enfática:

“En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Rom. 6:2).

Para Pablo, es muy claro: el que está gozando de la justificación, que se está aferrando mediante la fe de los méritos de Cristo, se siente comprometido con Jesús, y ha “muerto al pecado”, no desea vivir en él.

De allí en más, Pablo presenta la decisión del cristiano de morir al pecado, de presentarle batalla. Pero, Pablo sabe que por muy noble y loable que sea esta decisión, no será fácil para el creyente llevarla a cabo, porque tendrá que convivir con el “cuerpo de muerte” (Rom. 7:24) de la naturaleza pecaminosa hasta que Jesús regrese, de tal manera que es inevitable que la vida del cristiano sea, en cierto sentido, una vida conflictiva: una permanente tensión y lucha entre sus deseos de hacer el bien (“según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” [Rom. 7:22]) y los clamores de su naturaleza caída, que pugnan por obtener el dominio (“pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” [Rom. 7:23]).

Pero, ante este panorama que podría parecer desalentador, Pablo presenta la gran bendición de contar nada menos que con la todopoderosa intervención de la tercera Persona de la Deidad, el Espíritu Santo, que puede dar victoria sobre el pecado, cuando estamos “en Cristo Jesús” y no andamos “conforme a la carne sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:1). Todo va a depender de a qué naturaleza nutramos: a la carnal o a la espiritual; es decir, a los deseos egoístas de nuestra naturaleza pecaminosa o a la guía, la inspiración, los frenos y los impulsos del Espíritu Santo, hasta que llegue el día en que ya dejemos de “gemir” por este conflicto, y recibamos “la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Rom. 8:23). Es decir, ya seamos librados para siempre de la presencia del pecado en nuestra vida, aun cuando por ahora podamos gozar de “las primicias del Espíritu” (vers. 23).

Aun cuando en un sentido los capítulos 12 al 15 merecerían una clasificación aparte, ya que hablan ya no de las obras de Dios (justificación y santificación) sino de la ética cristiana; es decir, las obras que le corresponden hacer al hombre en la experiencia cristiana (no en relación con la justificación y, por lo tanto, el derecho a la salvación, sino hablando ahora en términos estrictamente existenciales y morales, no soteriológicos), los incluimos aquí porque entendemos que forman parte de la experiencia de la santificación.

Pablo, en esta epístola (y es un esquema muy repetitivo en el resto de sus epístolas, especialmente las soteriológicas, como esta y Gálatas y Efesios), concluye su presentación con una sección de enseñanzas y exhortaciones morales; es decir, muestra cómo viven y se comportan los redimidos, y la conducta moral que Dios espera de ellos. Y lo hace entendiendo que toda esta ética cristiana de la cual va a hablar es consecuencia de lo antedicho, de los grandiosos privilegios que son nuestros por la justificación y la santificación:

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Rom. 12:1; énfasis agregado).

Esto nos muestra dos cosas: en primer lugar, que la salvación no es meramente una experiencia legal, como si lo único que importara fuese una “declaración de justicia” anotada en los libros del cielo, habiendo cumplido los requisitos formales de la justificación. No, para Pablo, la justificación y la salvación verdaderas son para SER VIVIDAS, y tendrán un impacto en la vida práctica del creyente. Pablo no adhiere a la tendencia tan moderna, del clima ideológico y teológico en el que vivimos, de vaciar de contenido moral al evangelio, como si a Dios no le interesara nuestra conducta.

Y, en segundo lugar, Pablo sabe muy bien que, aun cuando toda buena obra y toda obediencia verdaderas son fruto de la obra del Espíritu Santo en nosotros, los seres humanos no somos máquinas ni autómatas. Somos, a pesar de la degradación del pecado, imagen y semejanza de Dios, seres dotados de inteligencia, juicio, imaginación, sentimientos, emociones y voluntad, y la obra del Espíritu se realiza por medio de nuestras facultades, no pasándolas por alto. Por tal motivo, Pablo más bien parece participar del concepto de cooperación o colaboración divino-humana, por el cual entendemos que el Espíritu Santo NO nos es dado para SUSTITUIR nuestros esfuerzos sino para PROVOCARLOS y FORTALECERLOS.

Por esa razón, Pablo, bajo la inspiración de Dios, dedica prácticamente un cuarto de la Epístola (caps. 12-15) a instruir en la ética cristiana y a exhortar a los creyentes a vivir de acuerdo con los sublimes ideales morales del evangelio, todo bajo el gran principio del amor (Rom. 13:8-10).

Que a lo largo del estudio de este trimestre podamos gozarnos cada vez más en la grandeza del amor de Dios, en su gracia, en la seguridad que nos brinda la obra redentora de Cristo, en la maravillosa “obra de arte” espiritual que el Espíritu Santo quiere producir en nosotros, y que respondamos cada vez con una mayor fe, una mayor entrega y un mayor compromiso con los principios morales del evangelio, que no son otra cosa que los principios que emanan del amoroso carácter de Dios, para su gloria y para bendición propia y de los que nos rodean.

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