Lección 13 – Tercer trimestre 2017

Gálatas 6:1-10.

En la lección de esta semana, Pablo continúa con su sección ética en la Epístola a los Gálatas. Durante los primeros cuatro capítulos, y parte del quinto, estableció de modo contundente que la justificación –y con ella la salvación– se fundamenta y está segura en la gracia de Dios y en la obra redentora de Cristo, exclusivamente y excluyentemente en sus méritos y la expiación lograda en la Cruz. En el capítulo 5 nos habla de cómo los que con verdadera fe han aceptado a Jesús como Salvador se dejan poseer y guiar por el Espíritu Santo, y están dispuestos a batallar contra “la carne”, los impulsos de su naturaleza pecaminosa, permitiendo que en su lugar florezcan los frutos morales preciosos del Espíritu Santo.

Sin embargo, no notamos que Pablo participe de la idea tan actual del “espontaneísmo”, de pensar que en la vida cristiana todo funciona de manera automática, sin mayor participación de las facultades humanas del pensamiento, el juicio moral, los sentimientos y la voluntad. Pablo, inspirado por Dios, más bien da evidencias de creer que la vida cristiana –la vida espiritual que produce el Espíritu Santo– debe ser EDUCADA y ANIMADA. Y, por tal motivo, instruye una y otra vez sobre cómo deben conducirse los redimidos por Cristo y guiados por el Espíritu Santo. De lo contrario, no se hubiese molestado en dar tanta instrucción ética.

Esta idea del “espontaneísmo” en la vida cristiana es comparable a un jardinero o un agricultor que creyera que debe dejar que en su propiedad el pasto, las flores y las plantas en general, así como los cultivos que desea cosechar, hay que dejarlos crecer espontáneamente, tal como lo “dicte la naturaleza”, sin mayor intervención de su parte; sin arar, sembrar, quitar las malezas, podar, incluso fumigar. Es decir, sin CULTIVAR las plantas.

De igual manera, aun cuando toda buena obra realizada por los hijos de Dios es producto de la obra sobrenatural del Espíritu Santo, este no trabaja con entes o máquinas, sino con seres humanos que, por ser imagen y semejanza de Dios, tienen una mente, pensamientos, motivaciones, sentimientos y voluntad. Y él obra a través de las facultades humanas; no las pasa por alto ni avasalla nuestra libertad. De allí que la obra de santificación y restauración de la imagen de Dios en nosotros no sea instantánea, apenas conocimos a Cristo. De allí que haya tantos avances y retrocesos en nuestra vida espiritual y moral. Y de allí que la experiencia cristiana deba ser educada, aconsejada y estimulada.

En el pasaje de Gálatas de esta semana, Pablo nos habla de la vida de relaciones dentro de la iglesia; qué sucede cuando alguno de nosotros incurre en alguna falta. Y, en la forma en que Pablo aconseja a la iglesia que proceda, se nota cómo debe aplicarse al hermano caído esa misma gracia que nos salvó a nosotros. Es decir, así como fuimos tratados con gracia por parte de Dios, también nosotros debemos tratar a los demás con esa misma gracia.

“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gál. 6:1).

La Guía de Estudio nos explica muy bien que el término griego que ha sido traducido como ser “sorprendido” quiere indicar no una conducta habitual, un “practicar” el pecado (ver Gál. 5:21), sino una caída ocasional producto de las luchas propias con nuestra naturaleza caída y con el entorno y las situaciones nada favorables a la vida cristiana del mundo en que vivimos. Pero el principio de la gracia en acción se puede aplicar perfectamente incluso –y quizá con más razón todavía– hacia aquel hermano que voluntaria y deliberadamente le da la espalda a Cristo y la vida cristiana, y se entrega de lleno a una vida pecaminosa.

Pablo nos dice que “vosotros que sois espirituales”; es decir, que no tenéis únicamente una visión legalista, fría, formal, exigente de Dios y de lo que significa el cristianismo y la vida eclesiástica, sino que sois iluminados, inspirados y dirigidos por el Espíritu Santo, “restauradle con espíritu de mansedumbre”.

La lección también nos explica que el término griego traducido como “restaurar” (katartidzo) es el mismo que en otros pasajes de la Biblia se utiliza para “remendar” las redes (Mat. 4:21), y para “perfeccionar” a los santos (Efe. 4:12). De modo que Pablo nos está diciendo que el hermano que ha sido vencido por el pecado es una persona que está rota, fracturada, que no puede cumplir la función gloriosa para la cual ha sido creado, y que la misión de la iglesia es devolverlo al estado de plenitud, al destino glorioso que Dios soñó para él. Es nuestra misión “remendarlo”, sanar sus heridas y ayudarlo a cumplir el potencial que Dios tiene para él. En otras palabras, colaborar con Dios para la restauración de la imagen de Dios en él.

Y la única manera de hacer esto es “con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”. El reproche, la llamada exigente de atención, el juzgamiento, la culpabilización, la acusación, la condenación, lo único que pueden lograr es provocar el resentimiento y el endurecimiento de corazón de aquel que cayó o, en el otro extremo, hundir todavía más en el pozo de la vergüenza, la culpa y la desesperación a aquel que ya está bastante mal por su propia situación de caída.

Pablo nos dice no solo que debemos tratar de restaurar a nuestro hermano caído con espíritu de mansedumbre, sino también con una visión realista y humilde de quiénes somos nosotros mismos. No somos mejores que el que cayó. Somos tan pecadores, enfermos de pecado, como él. Y lo que le ha sucedido a él también nos podría suceder a cualquiera de nosotros. Por lo tanto, jamás podemos ayudar al caído desde una posición de superioridad espiritual o moral, sino desde la postura de quien es un compañero de viaje y de infortunio, por ser tan pecadores como él y por vivir en este mundo difícil de pecado como él. Esto nos tiene que llevar a sentir empatía por nuestro hermano caído, a sentir con él.

Permítanme transcribir los comentarios de los días 18 y 19 de julio de mi libro de meditaciones matinales de 2015, El tesoro escondido, a propósito del pasaje de Gálatas que estamos considerando:

“La iglesia no es, como alguien diría, ‘un desfile de santos’, sino un ‘hospital para pecadores’. Nuestro Señor Jesucristo lo dijo muy claramente cuando fue criticado por los fariseos por juntarse con publicanos, rameras y pecadores: ‘Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos […]. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento’ (Mat. 9:12, 13).

“Aquí, nuestro Salvador nos brinda la imagen de que el ser humano es un ser espiritualmente y moralmente enfermo, por causa del pecado, y que él se ofrece como el Médico del alma, dispuesto a sanar la enfermedad del pecado y las heridas que produce.

“De igual manera, la iglesia, como su cuerpo, debe realizar esta actividad terapéutica, de ayudar a sanar en vez de condenar y conducir a la muerte espiritual a quienes padecen la enfermedad del pecado. […]

“La iglesia, entonces, tiene esta función sanadora, restauradora, y tanto en el clima emocional como en el espiritual que circulan dentro de ella, debe constituirse en un agente de salud, de bienestar, de felicidad.

“Los creyentes deben, por sus actitudes y sus actos, convertirse en agentes de salud espiritual, y no en agentes patológicos, que produzcan dolor, angustia, frustración o enfermedad mental. Lamentablemente, el enemigo se las ha ingeniado para que, a través de diversos enfoques religiosos que malinterpretan el sentido de las Escrituras y el espíritu del evangelio, muchas experiencias religiosas sean fuente de enfermedad espiritual y psicológica para muchos. A través de una imagen de un Dios inflexible, controlador, manipulador, condenador, muchos creyentes sufren una sensación sombría y angustiante de ahogo espiritual y anímico, y las actitudes persecutorias, censuradoras y condenadoras de muchos creyentes hacen que la experiencia espiritual de muchos sea agobiante, castradora, represora, insoportable.

“Contrariamente a todo esto, es el propósito de Dios que la gente que acude a la iglesia encuentre en ella luminosidad, paz, sosiego, contención afectiva y emocional, seguridad espiritual, comprensión, perdón, restauración, fuerza moral para levantarse de las caídas que esta vida impone.

“¿No quisieras sumarte tú al grupo de los que son una bendición para sus hermanos, a través de su amor, su preocupación sincera y desinteresada, su tolerancia, su ánimo y su apoyo incondicionales? En otras palabras, ¿no quieres ser un pequeño Cristo sobre la Tierra, para vivir brindando su amor compasivo a todos los que te rodean, especialmente a tus hermanos de la familia de Dios?

“Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña. Así que, cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse sólo respecto de sí mismo, y no en otro; porque cada uno llevará su propia carga” (Gál. 6:2-5).

“Continuando con el tema […] de la iglesia como una comunidad terapéutica, sanadora y restauradora […] ahora el apóstol agrega una exhortación hermosa: que nos ayudemos los unos a los otros a sobrellevar nuestras cargas, porque de esa manera estaremos siguiendo el ejemplo de Jesús, quien llevó nuestras cargas en la Cruz, y nos invita a llevarle las cargas de pecado y dolor que nos impone vivir en este planeta en rebelión. Esa es la amorosa ‘ley de Cristo’, la ley del amor abnegado, que se preocupa por otros e intenta ayudarlos a sobrellevar la carga existencial de vivir en este mundo afectado por el sufrimiento. Nuestro Señor nos invita así:

“ ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar’ (Mat. 11:28).

“Como cristianos, es decir, como discípulos e imitadores de Cristo, Jesús nos invita a ser sus ojos, su voz, sus manos y sus pies para ayudar a nuestros hermanos a soportar las cargas producidas por vivir en un mundo de pecado, de egoísmo, que trae como resultado natural miseria, dolor, frustración.

“Es interesante que, en el texto original en griego, el apóstol Pablo, al hablar de las cargas que tenemos que ayudar a sobrellevar a nuestros hermanos, usa la palabra baros, de la cual deriva nuestra palabra castellana barómetro, el instrumento que utilizamos para medir la presión atmosférica. Es decir, el apóstol nos enseña que tenemos que ayudarnos mutuamente, como hijos de Dios, a soportar las presiones propias de vivir en este mundo. Todos estamos sujetos a ellas: presiones económicas, laborales, de salud, familiares, de relación con otros, dolores psicológicos, etc.

“Sin embargo, pocos versículos más adelante, San Pablo parecería contradecirse, porque dice: ‘porque cada uno llevará su propia carga’ (Gál. 6:5). ¿Cómo entendemos esta aparente contradicción? Sucede que, en el versículo 5, el apóstol utiliza la palabra griega fortión, que es la misma que se utiliza en otras partes de la Biblia para hablar del peso específico necesario que tienen que tener las embarcaciones para mantenerse a flote en el agua. Tú sabes que existe una ley de la física llamada el “Principio de Arquímedes”, que demuestra que el agua ejerce una fuerza (o empuje) de abajo hacia arriba que hace que si el peso específico (peso dividido por su volumen) de un objeto, que es también una fuerza, es menor a ese empuje, el cuerpo pueda flotar. Pero, es necesario que exista este peso específico, sin el cual, por ejemplo, los barcos se darían vuelta en el mar, como si fuesen un corcho, en vez de mantenerse a flote.

“De igual manera, el ser humano necesita aprender a soportar cierto grado de presión, de dolor, de problemas, para mantenerse ‘a flote’ psicológica y espiritualmente. Aquellas personas que tienen la vida ‘servida’, que han sido criadas ‘en bandeja de plata’, que nunca han tenido que esforzarse por nada, y no saben lo que es tener que luchar, esforzarse y cargar con problemas y responsabilidades, suelen ser muy débiles de carácter, y ante los menores problemas o crisis parecen hundirse en el miedo, la angustia y la depresión. En cambio, quienes han tenido que padecer necesidad y resolver problemas serios en la vida, asumiendo graves responsabilidades, suelen ser las personas de mayor fortaleza de carácter.

“Lo que parece querer decirnos el apóstol con esta aparente contradicción es que, por un lado, nuestra actitud hacia nuestro hermano que padece problemas, sobre todo aquellos que sobrepasan su capacidad de resolución, debe ser de solidaridad, de apoyo, de contención y de ayuda en momentos de necesidad. Pero, a su vez, la idea no es que los cristianos nos la pasemos resolviendo los problemas que las personas mismas deben resolver, y asumiendo las responsabilidades que ellas pueden y, por lo tanto, deben asumir. Muchos cristianos esperan que los demás estén siempre pendientes de sus sentimientos, de sus dolores, aun de sus problemas económicos, aun cuando ellos no mueven un dedo para ayudarse a sí mismos. Prefieren vivir del asistencialismo, y creen que ese es el deber de la iglesia. Pero, si la iglesia lo hiciere así, estaría corroborando en la indolencia a las personas, en la debilidad, y lo único que se lograría sería perpetuar los problemas, ya que la persona en cuestión nunca crecería ni se haría fuerte y suficiente para bastarse a sí misma.

“Como iglesia, parte de la obra terapéutica que tenemos que realizar es ayudar a la gente a desarrollarse como personas, a madurar, a hacerse fuertes en Cristo para enfrentar los desafíos de la vida. Esto es parte de la gran obra de la restauración de la imagen moral de Dios en el hombre, que hemos casi perdido por el pecado.

“Sé hoy misericordioso y solidario para tender siempre una mano a tu hermano en necesidad, pero a su vez ten el suficiente discernimiento para ayudar a crecer a aquellos que necesitan hacerse cargo de su existencia y llegar a ser triunfadores en esta vida, en vez de víctimas pasivas de los efectos del pecado” (El tesoro escondido, lectura del 19 de julio).

“El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye” (Gál. 6:6).

Qué labor tan noble y bondadosa ejerce quien ayuda a otros a conocer el mensaje de Dios, compartiendo el amor de Cristo. Esto debe generar en nosotros un sentimiento de aprecio y gratitud por tales hermanos, devolviéndoles con el bien la bendición que representan para nosotros.

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (vers. 7, 8).

Aquí nuevamente Pablo, el apóstol de la gracia, nos muestra que, inspirado por Dios, él se toma con seriedad la vida cristiana, a pesar de que “su” evangelio rezuma de amor: Dios nos ama, pero hay consecuencias para nuestras acciones. Aun cuando Dios me ame, si elijo sembrar para la carne, con sentimientos, pensamientos, palabras y acciones egoístas y maliciosas, tendré una cosecha de la misma naturaleza que sembré. Segaré corrupción, tanto en el sentido de mi propia degradación interior como en las consecuencias en mis relaciones humanas, que se verán inevitablemente deterioradas.

En cambio, quien siembra “para el Espíritu”, cultivando sentimientos, pensamientos, palabras y actor llenos de amor, de bondad, de ternura, de pureza e integridad, tendrá una cosecha en su carácter, en sus relaciones personales y, finalmente, en el Reino de los cielos venidero, de paz, felicidad, amor, bienestar.

Esto no sucede por una decisión arbitraria de Dios o un castigo de él por nuestras malas acciones. Es sencillamente una cuestión de causa y efecto. Por lo tanto, lo que nos dice Pablo es que no podemos especular con la gracia de Dios y, de esa manera, jugar con el pecado. Este es demasiado perverso y dañino en su naturaleza, y por la gracia de Dios no debemos darle cabida en nuestra vida o consentir los impulsos de nuestra naturaleza caída.

“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (vers. 9, 10).

Es cierto, a veces los hombres de buena voluntad, al ver tanta maldad que hay en el mundo, tantos corazones endurecidos, aparentemente impenetrables, y tanta ingratitud por parte de algunas personas a las que quieren ayudar, pueden sentirse desanimados y preguntarse si vale la pena tratar siempre de ser buenos, de hacer el bien, de “molestarse” en favor del prójimo e incluso de llegar a sacrificarse por él. Pero Jesús nos dejó el ejemplo sublime:

“[…] sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1; énfasis añadido).

Allí había un grupo de discípulos inmaduros, que ante las puertas mismas de la Cruz estaban preguntándose quién sería el más importante en el Reino de los cielos, quién ocuparía el primer cargo, y estaban discutiendo por eso, tratando de defender su ego. Jesús sabía que en pocas horas uno de sus discípulos negaría conocerlo, avergonzándose de él, y que otro ya había pactado entregarlo por unas monedas de plata. Sin embargo, los amó “hasta el fin”, hasta las últimas consecuencias, aun cuando en pocas horas más comenzaría el derrotero terrible de su pasión, porque “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Heb. 12:2). ¿Cuál era este gozo? Vernos redimidos, eternamente seguros y felices en el Hogar celestial.

De igual modo, Jesús nos dice a través de Pablo que vale la pena seguir apostando al bien, la bondad, el amor, el servicio, porque “hay recompensa para vuestra obra” (2 Crón. 15:7). Una recompensa interna, de la conciencia limpia de saber que uno hizo todo lo que pudo, y la recompensa eterna de ver que el bien que hagamos no fue del todo en vano; que pudimos influir para bien en algún corazón, para su salvación eterna; que pudimos aliviar una carga; que pudimos ayudar a sanar un corazón.

Y Pablo termina diciendo, en esta sección, que “hagamos bien a todos”, sin discriminación. No solamente a quienes pertenecen a nuestra confesión religiosa, o a nuestra familia o nuestros allegados. A todos los que nos rodean, a todos los que nos necesiten. Un amor universal, sin distinciones de nacionalidad, posición social, etnia o incluso ideas religiosas o ateas.

Que, por la gracia de Dios y la obra ennoblecedora del Espíritu Santo, podamos, como iglesia, ser una “comunidad terapéutica”, en la que las personas que se acerquen a la iglesia o pertenezcan a ella encuentren un clima aceptador, comprensivo, sanador para las enfermedades espirituales y las heridas que la vida en este mundo de pecado les han causado.

COMENTARIOS DE MARTÍN LUTERO

“También la enseñanza que se imparte en este pasaje es sumamente apropiada; el apóstol la inserta aquí con admirable habilidad para lograr que el amor cobre en los gálatas formas concretas. Comienza por llamarlos hermanos: no hace valer su autoridad para exigirles algo como a inferiores, sino que más bien les habla en un tono de exhortación amistosa, como pidiendo algo a sus iguales. Luego continúa: si un hombre, no si un hermano, como queriendo decir: ‘Si por debilidad humana –ya que todos somos hombres– un hermano hubiera caído en un pecado…’. Así nos muestra ya con la misma elección de esta palabra con qué ojos debemos mirar la caída de otros, a saber, con ojos llenos de compasión; y nos muestra también que debemos estar más dispuestos a atenuar una falta que a agravarla; pues esto último es propio del diablo y de los calumniadores, aquello en cambio es propio del Espíritu Santo (paracleti) y de los hombres espirituales.

“Y ahora el fuere sorprendido en el sentido de ‘fuere tomado por sorpresa, cayere por hallarse desprevenido’: también con esta expresión el apóstol nos enseña que debemos atenuar el pecado del hermano. Pues, a menos que uno practique el pecado en forma pública, con maldad obstinada e incorregiblemente, nos corresponde atribuir su falta no a malicia sino a imprevisión o incluso a debilidad. Así enseñaba también San Bernardo a sus cofrades: si no hay forma alguna en que uno pueda excusar el pecado del hermano, por lo menos debe decir que fue una tentación grande e invencible la que lo sorprendió, y que fue atacado por algo que superaba sus fuerzas. Sigue en alguna falta, ‘en alguna caída’ (pues puede ocurrir muy fácilmente que uno caiga). Pablo no dice ‘en una maldad’, sino que nuevamente usa una palabra de carácter atenuante. Pues no podemos hallar para el pecado una designación más suave y delicada que ‘traspié’ o ‘caída’; y esto es lo que el apóstol tiene en mente al hablar de ‘falta’.

“Vosotros que sois espirituales. ¡Hermosa palabra con que el apóstol recuerda a los gálatas cuál es su deber, y al mismo tiempo los instruye acerca de su deber! Los instruye acerca de su deber, a saber, que deben ser espirituales: si son espirituales, les incumbe también hacer lo que corresponde a hombres espirituales. ¿Qué otra cosa es empero ‘ser espiritual’ sino ser hijo del Espíritu Santo y tener al Espíritu Santo? Mas el Espíritu Santo es el Paracleto, el Abogado, el Consolador (Juan 14:16, 26; Rom. 8:26 y sigte.). Cuando nuestra conciencia nos acusa ante Dios; el Espíritu Santo nos protege y nos consuela; y esto lo hace dando un buen testimonio a la conciencia y a la confianza en la misericordia divina (Rom. 8:16), excusando, atenuando y cubriendo completamente nuestros pecados, y ensalzando, por otra parte, nuestra fe y nuestras buenas obras. Los que imitan al Espíritu Santo adoptando frente al mundo esa misma actitud respecto de los pecados de sus semejantes, estos son espirituales. Satanás en cambio es llamado ‘diablo’, detractor y calumniador; porque no solo nos acusa y hace empeorar aún más nuestra mala conciencia ante Dios, sino también denigra lo bueno que hay en nosotros, y habla mal de nuestros méritos y de la confianza de nuestra conciencia. A él lo imitan, adoptando frente al mundo esa misma actitud respecto de los pecados y aun de las obras buenas de sus semejantes, los que agravan, agrandan y divulgan los pecados de los hombres y en cambio rebajan, censuran y enjuician sus obras buenas. Por esto dice San Agustín al comentar este pasaje: ‘No hay nada en que se pueda conocer mejor al hombre espiritual que la forma en que trata los pecados ajenos: piensa más en absolver a su prójimo que en exponerlo a las burlas, prefiere el ayudar al injuriar. Al hombre carnal, en cambio, lo conocerás en que se ocupa en el pecado ajeno solamente para juzgar y vituperar, así como aquel fariseo escarneció al publicano sin compasión alguna’.

“Finalmente, Pablo añade: Considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. También aquí el apóstol habla muy mesuradamente. No dice: ‘No sea que tú también caigas’, como lo hace en otro pasaje: ‘El que está firme, mire que no caiga’ (1 Cor. 10:12), sino ‘que no seas tentado’. A la caída de esa persona la llama, pues, una ‘tentación’, como si quisiera decir: ‘Si tú sufriste una caída, yo diría que se trataba más bien de una tentación que de un acto criminal de parte tuya. Y también tú deberías usar de la misma delicadeza cada vez que vieres a alguien que cayó en un pecado: en vez de castigar con duras palabras la caída de tu hermano, deberías pensar que se trataba de una tentación’. Ya ves: las palabras del apóstol no solo instruyen, sino también al mismo tiempo nos sirven de ejemplo. Entre los oradores profanos se considera como gloria máxima el escoger las palabras de tal manera que el oyente pueda ver en ellas la descripción de un sujeto dado y al mismo tiempo su representación. Esta misma característica la posee también Pablo, mejor dicho, el Espíritu Santo. Es por lo tanto muy acertado lo que observa San Gregorio: ‘Cada vez que veamos a personas pecadoras, ello debe darnos motivo para que en primer término lloremos por nosotros mismos, puesto que hemos caído en pecados similares o todavía podemos caer en ellos’. Pues ‘no hay pecado hecho por algún hombre’, dice Agustín, ‘en que no pueda caer también otro hombre, si Dios lo deja abandonado a sí mismo’. Me gusta también bastante el versito que alguien compuso como ayuda a la memoria para recordar este hecho: ‘O somos como aquél, o hemos sido así, o lo seremos aún’.

“¡Y ojalá que los tomistas y escotistas y modernistas pensaran en esto al debatir acerca de si los conceptos generales son realidades, y acerca de la naturaleza que en sí no es ni buena ni mala! El hombre es hombre, y la carne es carne: jamás un hombre carnal (lat. caro) hizo algo que otro hombre carnal similar no pudiera hacer también –a menos que Dios establezca una diferencia.

“El apóstol resume en una máxima hermosísima, verdaderamente áurea, las dos enseñanzas que acaba de dar. Hay personas llenas de escrúpulos, dice, que no son capaces de discernir entre ley de la fe y ley de los hombres. A estas personas hay que sobrellevarlas y hay que andar con mucho cuidado, en todo sentido, para no darles motivo para escandalizarse. Otros hay que pecan incluso contra la Ley de Dios. Pero tampoco a estos se los debe despreciar pretextando un celo de Dios que en este caso sería una insensatez. Antes bien, a unos y otros hay que soportarlos en amor cristiano. A los que están llenos de escrúpulos hay que instruirlos, a los que contra la Ley de Dios hay que volverlos al buen camino. A aquellos hay que decirles lo que han de saber; y a estos, lo que han de hacer. Y de esta manera debemos prestarles nuestros servicios para que tanto su fe como sus obras se vayan formando como es debido; pues los unos necesitan que se les instruya en cuanto a la fe; y a los otros, que se los guíe hacia una vida piadosa. Así, el amor encuentra por todas partes algo que sobrellevar, algo que hacer. Mas el amor es ‘la ley de Cristo’. Amar empero es desearle al prójimo toda suerte de bienes, de todo corazón, o ‘buscar el bien del otro’ (1 Cor. 10:24). Ahora bien: si no hubiera nadie que yerra, nadie que cae, es decir, nadie que necesita ‘el bien’, ¿a quién podrías amar entonces? ¿A quién le podrías desear toda suerte de bienes? ¿El bien de quién podrías buscar? Más aún: el amor ni siquiera puede existir si no hay personas que yerran y que pecan; estas personas son, como dicen los filósofos, el ‘objeto propio y adecuado’ del amor o ‘el material’ para el amor. La mentalidad carnal, en cambio, o el amor que consiste en deseos malos busca que los demás le deseen a él lo bueno, y quieran lo que él ansia. Esto es: ‘busca su propio bien’ (1 Cor. 10:24) y su ‘material’ es el hombre justo, santo, piadoso, bueno, etc. Tales personas tergiversan completamente la enseñanza presentada aquí por el apóstol, porque quieren que los demás les sobrelleven a ellos sus cargas, mientras que ellos solo quieren disfrutar de los bienes de los demás y ser llevados por ellos. No quieren saber nada de tener como compañeros de su vida a los indoctos, inútiles, iracundos, ineptos, a los difíciles de tratar y los malhumorados; sino que buscan a los hombres cultos, a los de modales agradables, a los benignos, a los tranquilos, a los santos, es decir: quieren vivir no sobre la Tierra sino en el Paraíso, no entre pecadores, sino entre ángeles, no en el mundo sino en el cielo. Por esto tienes también sobrado motivo para el temor de haber recibido ya aquí su recompensa (Mat. 6:2, 5, 16), y de haber poseído en esta vida presente su ‘reino de los cielos’. Pues ellos no quieren ser, como la esposa (Cant. 2:2), ‘cual lirio entre los espinos’; no quieren ser como Jerusalén, que ‘está puesta en medio de las naciones’ (Eze. 5:5); tampoco quieren ‘dominar en medio de sus enemigos’ (Sal. 110:2) junto con Cristo, porque ellos ‘hacen vana la cruz de Cristo’ (1 Cor. 1:17) en ellos mismos: su amor es un amor inactivo, soñoliento, un amor que se hace llevar en los hombros de otros. Por lo tanto, los que huyen de la compañía de tales personas indoctas, etc., con la intención de alcanzar personalmente mayor perfección, logran precisamente lo contrario: se convierten en los peores de todos, aunque no lo quieran creer; porque a causa del amor huyen del servicio genuino del amor, y a causa de la salvación huyen de lo que es el verdadero compendio de la salvación. En efecto: jamás se hallaba la iglesia en mejor estado que cuando vivía entre la gente más perdida; pues al sobrellevar las cargas de estos su amor resplandecía en forma admirable, como dice el Salmo 67 (vers. 14, Vulgata): ‘La parte posterior de su cuerpo con amarillez de oro’, es decir: la paciente tolerancia de la paloma cristiana (pues a esta se refiere la mencionada ‘parte posterior’) brilla en toda su dimensión con la vivísima rutilancia de su áureo amor. De no ser así, ¿por qué no abandonó también Moisés al ‘pueblo de dura cerviz’ (Éxo. 32:9)? ¿Por qué Eliseo y los profetas no abandonaron a los idólatras reyes de Israel?”

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