Cuando lo que decimos desata un temporal.

¿Has escuchado hablar de las tormentas secas? Lamentablemente, cada verano son noticia, dado que causan  incendios forestales. Millones de hectáreas se consumen bajo el fuego implacable originado en ese tipo de tormentas.

Las tormentas secas son fenómenos climáticos consistentes en mucha actividad eléctrica y escasa lluvia. Sin la acción del agua, si algún rayo produce fuego… nada lo detiene.

El fenómeno climático de la tormenta seca puede ser una buena metáfora para pensar en las “tormentas” emocionales que se producen cuando descargamos los rayos de nuestro enojo. Cuántas veces nuestras palabras y miradas queman a quienes son objeto de nuestra ira; normalmente, nuestros seres queridos. Porque es allí, en el ámbito más íntimo de la vida, donde solemos, generalmente, soltar nuestro enojo casi sin control. Tendemos a ser más o menos tolerantes con los errores de los demás en el ámbito público (o, por lo menos, “formalmente amables”). Pero, en la vida privada, parece que nuestro umbral de tolerancia se reduce bastante; es como si nos sintiéramos con todo el derecho de descargar el enojo por cualquier detalle que nos moleste. Y así terminamos maltratando a los que más nos quieren, a los que más nos soportan, a quienes son nuestros incondicionales.

Y ese enojo normalmente suele ser seco; es decir, sin una gota de paciencia o de comprensión que lo suavice un poco. Y entonces llegan los “incendios” emocionales: relaciones quemadas, autoestimas deterioradas, el ambiente del hogar que arde; en fin, todo por consecuencia de las tormentas emocionales secas.

A veces, las cosas que se queman con nuestras palabras impacientes y duras pueden tardar toda una vida en reverdecer.

A veces, las cosas que se queman con nuestras palabras impacientes y duras pueden tardar toda una vida en reverdecer”.

El poder de las palabras

Elena de White usa otra metáfora: “Con frecuencia, sus palabras son como un granizo asolador que quebranta las tiernas plantas [los hijos]. Es imposible evaluar el daño así causado. Sus hijos practican el engaño para evitar las palabras duras que usted pronuncia. Procuran eludir la verdad para escapar a la censura y al castigo. Una orden fría y dura no los beneficiará” (El hogar cristiano, p. 397). Cuando estamos enojados, bien haríamos en imaginarnos que cada una de nuestras palabras es como un granizo, y que nuestros seres amados, especialmente los hijos, son tiernas plantas.

El poder de nuestras palabras es tremendo. La Biblia dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y Dios, con su Palabra, tiene el poder de crear cosas: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca. Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Sal. 33:6, 9). Y los seres humanos, hechos a semejanza de Dios, creamos realidades a partir de nuestras palabras. No al nivel de Dios, obviamente, pero sí hay un poder tremendo en nuestras palabras. Creamos, sobre todo, realidades psicológicas.

¿Somos conscientes de este poder que tienen nuestras palabras? Pueden dar vida o matar. Si son como una tormenta eléctrica seca o como el granizo desolador, terminarán matando la confianza de nuestros seres amados en nosotros. También podemos dañar seriamente su autoestima, y hasta su vida espiritual. Es un hecho, probado incluso por investigaciones en psicología, que la imagen paterna que construye un niño es determinante para la formación de la imagen que tendrá de Dios.

Decirlo con amor

El amor de Dios en nuestros corazones produce el milagro de que nuestras tormentas dejen de ser “secas”. Cuando Cristo debía reprender a alguien, Elena de White explica que lo hacía así:

“Cristo mismo no suprimió una palabra de la verdad, sino que la dijo siempre con amor […] había lágrimas en su voz al pronunciar sus severas reprensiones” (El Deseado de todas las gentes, p. 319).

Esas lágrimas fluían de un corazón amante, dispuesto a entregar su vida por quien estaba reprendiendo.

¿Y nosotros? Cuando debemos reprender a nuestros hijos o a algún otro ser querido, ¿estamos pensando en su bienestar, su crecimiento y, finalmente, su salvación? ¿O, más bien, en decirle “unas cuantas cosas”, para que aprenda?

“Padres, no habléis nunca apresuradamente. Si vuestros hijos obran mal, corregidlos, pero con palabras impregnadas de ternura y amor. Cada vez que regañáis, perdéis una preciosa oportunidad de dar una lección de tolerancia y paciencia. Sea el amor el rasgo más destacado de vuestra corrección de lo malo” (El hogar cristiano, p. 397). RA

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