Lección 10 – Tercer trimestre 2017

Gálatas 4:21-31.

Después del paréntesis de la semana pasada, Pablo retoma su argumentación en favor de la justificación mediante la fe.

“Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley?” (Gál. 4:21).

¿Por qué dice “los que queréis” estar bajo la Ley? Es decir, pareciera que hay gente que, consciente o inconscientemente, prefiere estar bajo la Ley en vez de bajo la gracia; que no es solo una cuestión de conceptos sino de voluntad. ¿Cómo puede ser esto?

Podría haber muchas razones, pero presentaremos unas pocas hipótesis:

Desde ya que nadie quiere estar “bajo la ley” en el sentido de estar bajo su culpabilización y condenación. Pero sí pareciera que algunos podrían preferir estar bajo el sistema legalista de justificación, que es con toda seguridad de lo que está hablando Pablo.

Los seres humanos tenemos la tendencia a querer poder controlar nuestra vida y nuestras circunstancias. Queremos tener nosotros el control y, de alguna manera, autojustificarnos, en vez de depender de que otro (Dios) nos justifique, y nosotros ocupemos, entonces, una posición pasiva en la justificación. Y, en nuestra fantasía de omnipotencia, pareciera que algo concreto, de alguna manera “tangible”, mensurable, como nuestra conducta, nuestra obediencia a la Ley (imaginando ingenuamente que realmente podemos vivir a la altura de sus demandas), nos da cierta seguridad en nuestra relación con Dios. Pareciera que las obras son algo más tangible, seguro, que la fe; algo que nosotros podemos presentar ante Dios con mayor “objetividad” que la subjetividad y la “intangibilidad” de la fe.

Por otra parte, estar “bajo la ley”, creyendo que podemos cumplirla en forma cabal, perfecta, es algo que, paradójicamente, puede contribuir a afirmar y aumentar nuestro ego (lo cual ya de por sí es una violación de la Ley, empezando tan solo por el primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”). Porque si creo que Dios me justifica gracias a mi cumplimiento de la Ley, entonces Dios está en deuda conmigo, y tiene que sentirse contento, y hasta aplaudirme por ser un hijo de Dios “tan fiel”.

Además, puedo preferir estar “bajo la ley” porque de esa manera, en mi miopía espiritual, al creer que soy un fiel cumplidor de la Ley, puedo compararme con otros “pobrecitos”, inmaduros espiritualmente, que no cumplen tan bien como yo lo que se espera de un cristiano fiel:

“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (Luc. 18:11, 12).

Notemos que el fariseo de la parábola era su propio justificador: “oraba consigo mismo”.

El fariseo de la parábola ciertamente se encontraba más cómodo estando “bajo la ley” que reconociéndose pecador, como el publicano, y depender absolutamente de la gracia de Dios, lo que significaría para él que no tendría ningún mérito para presentar delante de Dios. Y esto último no le permitiría tener ninguna concesión hacia su ego, y debía humillarse delante de Dios y de los hombres.

A continuación, Pablo basa su argumento nuevamente en la Palabra de Dios, y continúa apelando a los albores de la historia sagrada, y al ejemplo del “padre de la fe”, Abraham, como un ejemplo y símbolo de la justificación verdadera:

“Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa. Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar. Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud. Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre. Porque está escrito: Regocíjate, oh estéril, tú que no das a luz; prorrumpe en júbilo y clama, tú que no tienes dolores de parto; porque más son los hijos de la desolada, que de la que tiene marido. Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora. Mas ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre” (Gál. 4:21-31).

Esta analogía que hace Pablo para ilustrar los dos principios antagónicos de la salvación (justificación mediante la fe o justificación mediante las obras) es muy didáctica y esclarecedora.

Abraham tuvo dos hijos destacados, mencionados en la Biblia: Ismael e Isaac. El primero, Ismael, fue el fruto “de la carne”; es decir, del esfuerzo humano, de las capacidades humanas (en este caso, biológicas), y de la lógica y la sabiduría humanas, los recursos humanos, las estrategias humanas. Como Abraham no podía tener hijos con Sara, porque presumiblemente ella era estéril (por supuesto, en esa cultura machista ni se les ocurría que el estéril pudiera ser el hombre, más allá de que en este caso particular quedó demostrado que efectivamente Sara era la estéril), Abraham, de acuerdo a las costumbres de la época, e incluso instigado por Sara, lleva a cabo un plan ajeno a la fe, y basado en lo que el hombre puede hacer: se acuesta con su sierva egipcia, Agar, y efectivamente logra la procreación, y nace Ismael, el hijo mayor de Abraham.

Ismael, entonces, es el hijo del poder humano: Abraham era un hombre fértil, su biología funcionaba bien, y no necesitó un milagro y una intervención fuera de lo común, por parte de Dios, para poder procrear (más allá de que, en realidad, la gestación de toda criatura en el vientre de una mujer es el fruto de un milagro de Dios, a través de los medios naturales que él dispuso, como los aparatos reproductores femenino y masculino, y las relaciones íntimas entre un hombre y una mujer). Es decir, no necesitó ejercer fe y depender de Dios para procrear a Ismael; sencillamente, hizo lo que cualquier “hijo de vecino” hace cuando quiere tener un hijo: deja que su biología haga su obra “natural”. Ismael es un hijo “natural”.

En cambio, Isaac no es un hijo “natural”; es producto “de la promesa”, es hijo de un milagro especial, de una intervención especial de Dios. Así lo retrata el mismo Pablo en Romanos:

“El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia” (Rom. 4:18-22).

No había posibilidades humanas, “naturales”, de que naciera Isaac: Sara era estéril, y además, de edad muy avanzada. Y su marido, Abraham, “de casi cien años”, “estaba ya como muerto”. El nacimiento de Isaac en ninguna manera podía basarse en las capacidades humanas, el poder humano, el esfuerzo humano. Si bien, obviamente, Abraham y Sara tuvieron que cumplir con su parte biológica, mediante las relaciones íntimas, solo un milagro de Dios logró que ese hijo naciera contra toda esperanza. Para tener este hijo, entonces, Abraham y Sara tuvieron que, mediante la fe, depender absolutamente de Dios para que se cumpliera la promesa de Dios, de que a través de Sara Dios le daría un hijo que continuaría el linaje sagrado. No pudieron depender de ningún recurso o poder propios.

Pablo, entonces, toma este hecho, esta diferencia en cómo se produjo el nacimiento de Ismael y el de Isaac, como una alegoría, una metáfora y analogía con lo que sucede en la justificación: bajo el sistema legalista –representado por Ismael y por el Monte Sinaí–, el hombre es justificado gracias a sus logros humanos morales; es decir, su esfuerzo por obedecer la Ley, su “fidelidad”. Es lo que dijeron los israelitas, en su ingenuidad espiritual y autosuficiencia, en su desconocimiento de su propia condición pecaminosa, antes de que Dios promulgara la Ley:

“Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos” (Éxo. 19:8).

Cuán poco se conocían a sí mismos. No había terminado Moisés de descender del monte Sinaí con las dos tablas de piedra de los Diez Mandamientos, cuando ya el pueblo estaba adorando el becerro de oro (Éxo. 32).

Pablo dice que los que son hijos de Ismael, los legalistas, que quieren estar “bajo la ley”, son hijos de la esclava, así como los que están bajo el antiguo Pacto, el del Monte Sinaí, basado en las promesas del hombre (“lo que Jehová ha dicho, haremos”), están bajo esclavitud. ¿Por qué bajo esclavitud? Porque, en primer lugar, aunque no se den cuenta, siguen bajo la esclavitud de la culpabilización y la condenación de la Ley. En segundo lugar, siguen bajo la esclavitud de una vida de pecado, porque les es imposible librarse de él por sus propios esfuerzos. Solo una persona inconsciente de su verdadera condición pecaminosa puede tener la fantasía de creer que realmente vive siempre, todo el tiempo, y de forma perfecta, en total y plena armonía con las demandas santas de la Ley.

Por otra parte, están otros que, aun cuando no es que “quieren” estar bajo la Ley –pero, como creen que ese es el camino de la salvación (la obediencia a la Ley), y acusados por su conciencia–, viven bajo la esclavitud de tener siempre pendiendo de sus cabezas la “espada de Damocles” de estar bajo la desaprobación y la condenación de Dios a menos que sean perfectos cumplidores de todo lo que dice la Ley. Es una vida de esclavitud psicológica, que se figura a Dios como un gran “dictador cósmico”, que está allí vigilándonos, listo para condenarnos ante el menor defecto de carácter o la menor caída en actos pecaminosos. Es una carga terrible de soportar, que solo puede terminar en neurosis, angustia, depresión, cuando no suicidio; o tirando todo por la borda, abandonando la fe ante la impotencia y la frustración de no poder vivir a la altura de lo que se espera de un hijo de Dios “fiel”.

Pero, gracias a Dios, también están quienes, habiendo entendido el verdadero camino de la justificación, de la salvación únicamente mediante la fe en Cristo y su obra redentora, sin depender de ningún mérito propio, se gozan en la salvación tan generosamente provista por Dios por gracia, y son “hijos de la libre”, “hijos de la promesa” y no de las obras; son no los “nacidos de la carne” sino los “nacidos del Espíritu”. Son quienes gozan de una vida de seguridad en el amor de Dios, en su gracia, en su salvación, en los méritos y el sacrificio de Cristo. Son quienes gozan de una conciencia plena de libertad en Cristo, que aman a Dios y desean hacer su voluntad, pero que saben que no importa cuánto puedan fallar en sus intentos de vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, están permanentemente bajo la aprobación y la sonrisa de Dios, y cuentan siempre con su favor y su apoyo en esta vida, por el simple hecho de que creen, de que con humildad y gratitud aceptan la salvación maravillosa provista en el Calvario.

No obstante, pareciera que este gozo en Cristo despierta la “envidia” de quienes prefieren vivir “bajo la ley”, y no pueden soportar que el camino de la salvación sea tan “fácil”. Por eso, dice Pablo, “como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora” (Gál. 4:29).

En aquel entonces, esto provocó una persecución física: los fariseos y los sacerdotes judíos llevaron a Cristo a la Cruz; los maestros judaizantes persiguieron a Pablo y lograron que fuera llevado como criminal a Roma, para ser juzgado por el emperador. Y hoy en día, aun cuando la persecución no es tan grosera, sigue vigente, pero bajo formas más sutiles: los legalistas sospechan de los “libres”, de quienes viven radicalmente la justificación por la fe, acusándolos de que en el fondo lo que quieren es vivir una vida de pecado amparados en la gracia de Dios. Entonces, los tildan de “liberales”, de “laxos”, de “presuntuosos”. No pueden gozarse en la gracia, ni dejan gozarse a otros en ella, porque creen que encierra el peligro de rebajar las normas morales de la iglesia, de atentar contra el “estilo de vida” eclesiástico.

Pero, aun cuando los “hijos de la libre”, los que están viviendo con gozo su seguridad de salvación en Cristo, por su propia fe en Cristo desean realmente vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, no se angustian ni se autoflagelan por todo lo que “les falta” para llegar a la perfección, por los defectos de carácter que intentan superar ni por las caídas en el pecado que puedan tener eventualmente. Están en la lucha, pero lo hacen con un sentido de seguridad espiritual, de descanso en el amor de Dios y en los méritos de Cristo, sabiendo que su salvación está asegurada no por lo que ellos son ni por lo que hacen, no por sus logros morales, no por su obediencia o “fidelidad”, sino exclusivamente por lo que Cristo es, por lo que Cristo hizo y sigue haciendo mediante su intercesión en el cielo, por su obediencia y fidelidad vicarias, que son puestas a la cuenta del creyente.

Que Dios nos bendiga a todos para que de una vez por todas abandonemos nuestras tendencias perfeccionistas, legalistas, y empecemos a vivir el verdadero gozo de la salvación, sintiéndonos perfectamente libres ante la presencia de un Dios que nos ama, comprende nuestra condición caída, y nos salva por pura gracia, merced al sacrificio infinito de Jesús en la Cruz. Y que podamos transmitir a otros este gozo y esta seguridad en la salvación.


COMENTARIOS DE MARTÍN LUTERO

“Volvamos a lo que dice el apóstol: ‘El uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud’. Ya se ha dicho lo suficiente respecto de lo que es la esclavitud de la Ley a la cual somos entregados si aceptamos la Ley sin la gracia. En efecto: guardamos entonces la Ley o compelidos por el temor al mal que podría sobrevenirnos, o seducidos por la esperanza de una recompensa. Es decir, de una manera hipócrita. En ambos casos actuamos como esclavos, no como hombres libres”.

“ ‘De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre’ (Gál. 4:31). Con esto, Pablo hace la aplicación del hecho histórico y de su interpretación alegórica, y presenta el resultado final en una breve conclusión, que ahora se entiende plenamente por lo que fue dicho antes. No cabe duda: ‘ser hijo de la esclava’ es servir a la Ley, estar en deuda con la Ley, tener la obligación de cumplirla, ser un pecador, un hijo de ira (Efe. 2:3), un hijo de la muerte, un enajenado de Cristo; es estar separado de la gracia, no tener parte en la herencia futura, quedar desprovisto de la bendición de que habla la promesa; ser un hijo de la carne, un hipócrita, uno que trabaja por sueldo; es, además, vivir en el espíritu de esclavitud, en temor (Rom. 8:15), y todo lo demás que el apóstol mencionó aquí y en otras partes. Pues los nombres de este mal son incontables. Nuestro traductor agregó al final de este capítulo las palabras: ‘en la libertad con que Cristo nos hizo libres’ ”.

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