Ya hemos visto, en nuestro artículo anterior, que la respuesta humana básica a la música es fisiológica y universal. En este sentido, la música popular de la actualidad, en su mayoría proveniente del rock y sus derivados, como el pop, el jazz, la balada rock, los estilos latinos y otros estilos similares, por su fuerte ritmo sincopado (bailable), pone al cuerpo humano bajo estrés, al incrementar la velocidad del pulso cardíaco, la presión sanguínea, y la producción de adrenalina, dopamina y otras hormonas. Pero, más importante aún, estos estilos musicales populares son capaces de atrapar y adormecer la mente humana de manera similar a algunas drogas, y especialmente de entorpecer el discernimiento moral.1

Lamentablemente, los medios masivos de comunicación han condicionado de tal manera a la sociedad con una dieta infecciosa de música rítmica bailable que cualquier otra cosa parece insulsa o aburrida. Así, es cada vez más común verificar, entre los repertorios de los músicos cristianos (y adventistas también), una creciente ola de músicas de estilos profanos, pero con letra religiosa. Se oyen musicalizaciones y acompañamientos híbridos, que imitan los estilos de la música popular, como el rock, el jazz, el pop, la balada rock, los estilos musicales latinos, e incluso algunas formas de folklore.

Ahora bien, ¿qué sucede con una persona que responde a músicas de estos estilos populares en su ámbito secular cuando escucha esos mismos estilos con letra religiosa y en un ámbito religioso? ¿De qué manera reacciona la mente a esta mezcla de lo sagrado con lo profano?

“Ya sea que las palabras [de las canciones] sean diabólicas, inocuas o basadas en las Sagradas Escrituras, los efectos neurofisiológicos globales generados por la música rock son los mismos”.2 Siendo así, existe un peligro mayor, aunque más sutil, de encontrarnos bajo el engaño de pensar que estamos adorando a Dios utilizando música profana (aunque con letra religiosa), cuyos efectos obnubilan el discernimiento y entorpecen nuestra capacidad de brindar un “culto racional” (Rom. 12:1). Bajo los efectos de los estilos musicales populares mencionados, “las habilidades para recibir y entregar el evangelio, para orar discursivamente y para estudiar las Escrituras quedan comprometidas”.3

“Cuando se mezcla algo sagrado con algo común (inmundo), lo sagrado no santifica lo común”.

Es evidente que, quizá buscando hacer el culto más “atrayente” para la sociedad posmoderna, en muchos casos se están utilizando modelos artísticos y estilos musicales cuyas funciones, propósitos originales y efectos neurofisiológicos y psicológicos no son compatibles con los principios bíblicos de adoración.

No es de extrañar, entonces, que la Biblia haga tanto énfasis en que la santidad de Dios y la corrupción del mundo son incompatibles (ver, por ejemplo, Lev. 10:1, 2, 10). El profeta Hageo deja en claro que cuando se mezcla algo sagrado con algo común (inmundo), lo sagrado no santifica lo común (Hag. 2:12); por el contrario, cuando algo impuro toca algo sagrado, lo convierte en impuro (2:13). Aplicando este principio a la música, la letra religiosa no santifica una música profana; al contrario, un estilo de música profano vuelve profana la canción o la música entera, por más que tenga letra religiosa.

Esta mezcla de música profana con letra religiosa ya ocurría en el tiempo de Elena de White, y empeorará a medida que se acerque el fin:

“El Señor me ha mostrado que [esas mismas cosas] volverían a ocurrir justamente antes de la terminación del tiempo de gracia. Se manifestará toda clase de cosas extrañas. Habrá vocerío acompañado de tambores, música y danza. El juicio de los seres racionales quedará confundido de tal manera que no podrán confiar en él para realizar decisiones correctas. […] Esto constituye una invención de Satanás para ocultar sus ingeniosos métodos destinados a tornar ineficaz la pura, sincera, elevadora, ennoblecedora y santificadora verdad para este tiempo. Es mejor no mezclar nunca el culto a Dios con música que utilizar instrumentos musicales para realizar la obra que […] se me mostró. […] El ruido desconcertante aturde los sentidos y desnaturaliza aquello que, si se condujera en la forma debida, constituiría una bendición” (La música, p. 27).

¡Cuán cuidadosos debemos ser, entonces, al seleccionar nuestra música de adoración! El consejo del apóstol Pablo es más que oportuno para nuestros días: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Rom. 12:2, NVI). RA


Referencias:

1 Samuele Bacchiocchi, ed., La música rock y el cristiano (Berrien Springs, MI: Biblical Perspectives, 2004), p. 144.

2 Daniel y Bernardette Skubik, The Neurophysiology of Rock, citado en Bacchiocchi, La música rock y el cristiano, p. 138.

3 Ibíd.

Sobre El Autor

Licenciado en Teología y Traductor público de Inglés, Walter Steger desarrolla su ministerio como editor de libros en la Asociación Casa Editora Sudamericana. Además de dirigir las revistas Ministerio y la Revista del anciano, es actualmente el encargado de la traducción al español de la Guía de Estudio de la Biblia.

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Una Respuesta

  1. Nicolás Antiporovich

    La mayoría de los estilos musicales del Himnario Adventista provienen de la música secular. Está repleto de valses, por ejemplo, que es una música bailable. Además, tiene muchísima música folklórica de diversas regiones del mundo ¿Acaso el folklore hindú, norteamericano o europeo (sólo por nombrar algunos ejemplos presentes en el Himnario) es aceptable pero el latinoamericano es «profano»?
    No comprendo el criterio que se utiliza en ese aspecto de este artículo.

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