La Biblia presenta que somos una unidad psicosomática indivisible, en la que el cuerpo forma parte orgánica de nuestra identidad”.

“Soy una mujer con cuerpo de hombre”. “Creo que nací en la especie equivocada, en realidad soy una gata”. “Soy un alien encerrado en el cuerpo de un humano”. “Me siento como una niña de seis años”, afirmó un hombre que se viste y se comporta como una pequeñuela.

Sí, los tiempos modernos nos han traído nuevos fenómenos como estos. Ya no están solo los transexuales (personas que se han cambiado el sexo), sino también los “transespecie” (personas que consideran que nacieron en la especie equivocada, como esa mujer que se considera gato), los “transhumanos” (que creen que ni siquiera pertenecen a la raza humana, como ese joven que se considera un alien) y, lo último que escuché, los “transcapacitados” (transabled, en inglés, que son aquellos que se amputan una extremidad para ser discapacitados).

En todos estos casos, hay un denominador común: hay una disconformidad con el cuerpo recibido, aludiendo a que la anatomía y el cuerpo biológico no determinan nuestra identidad sino que, en realidad, la limitan. El fenómeno de las cirujías estéticas ha traído la sensación de que nuestro cuerpo es maleable como la arcilla y que le podemos dar la configuración que deseamos, según la moda o nuestros antojos.

Sin embargo, todos los avances de la cirujía plástica no han podido hacernos cambiar de sexo, edad, especie o raza. Puede ayudarnos a “parecer” de otro sexo, edad, especie o raza, aunque en muchas ocasiones el resultado es algo desagradable a la vista, por más bien que se pueda sentir una persona con su “nueva identidad”.

Esta es la consecuencia lógica de una sociedad que ha adoptado el paradigma acerca de los orígenes del mundo y la humanidad llamado darwinismo, o evolución de las especies. Según esta concepción, la vida sobre el planeta surgió por casualidad (un accidente del destino), y las especies y la raza humana están en constante evolución. Desde este punto de vista, no existe un parámetro correcto para ningún aspecto de nuestra biología o nuestra anatomía.

La Biblia nos presenta un contraste total con esta cosmovisión. Este mundo y todo lo que existe en él responden al designio divino. El ser humano fue creado según este diseño, a imagen y semejanza de Dios. En esta relación de criatura y Creador, sería impensable que la criatura cuestionara y decidiera cambiar el diseño perfecto del Creador.

En el libro de Romanos, se acusa a aquellos que se atrevieron a cambiar este diseño original: “Cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles. […] Cambiaron la verdad de Dios por la mentira […] las mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. […] Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros. […] Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer” (Rom. 1:23‑28, NVI). En este caso, la Biblia presenta la evolución, pero una evolución (cambio) introducida por el pecado, que ha llevado a la degradación del diseño original de Dios para el ser humano.

En contra de este dualismo extremo que presenta una disociación entre el cuerpo y la identidad del ser humano, la Biblia nos plantea que somos una unidad psicosomática indivisible  (Gén. 2:7; Jer. 13:17; 52:28‑30; Eze. 18:4; Hech. 2:41; 1 Cor. 15:45), en la que el cuerpo forma parte orgánica de lo que somos (nuestra identidad). Por consiguiente, la Biblia no respalda el dualismo en el sentido de la separación entre el cuerpo y la percepción de la identidad (ya sea sexual, biológica, de especie, raza humana, etc.) de uno mismo. En consecuencia, un ser humano también está destinado a ser una entidad sexual indivisible; y la identidad sexual no puede ser independiente del cuerpo. De acuerdo con la Escritura, entonces, nuestra identidad de género, tal como Dios la diseñó, está determinada por nuestro sexo biológico al momento del nacimiento (Gén. 1:27; 5:1, 2; Sal. 139:13, 14; Mar. 10:6).

Por otro lado, al alinear nuestra vida con los designios de nuestro Creador, comprendemos que somos el resultado de su diseño divino, y aprendemos a aceptar nuestra identidad sexual, biológica y anatómica. Al amar al Creador, aprendemos a amarnos a nosotros mismos y a nuestro cuerpo, mientras esperamos la restauración completa final al ideal de Dios, y la glorificación de todo lo que somos, incluyendo nuestro cuerpo, en el pronto regreso de Jesús.RA