PRIORIDADES

Necesitamos evaluar nuestras verdaderas prioridades como familias adventistas”.

Frustración, desánimo, incoherencia, apostasía, escándalo y corrupción… La lista negativa podría seguir, pero solo revela “la punta del iceberg” de una crisis de prioridades que está consumiendo a personas, familias, iglesias, y a la sociedad en general. Es un conflicto entre las intenciones (que, muchas veces, parecen positivas) y las acciones (que, normalmente, son equivocadas).

Esta falta de armonía entre las palabras y las actitudes, que deteriora el carácter y el comportamiento humano, fue profetizada por Pablo en 2 Timoteo 3:1 al 5 como una de las características de los últimos días.

Sin embargo, lo peor es cuando este espíritu laodicense (Apoc. 3:15-17) se manifiesta dentro de la iglesia remanente, revelando cristianos que son como muertos vivos: están vivos por fuera, pero muertos por dentro. Tienen una apariencia que impresiona, pero una realidad que asusta. Este es un conflicto que, de no ser interrumpido por una conversión verdadera, acabará en frustración espiritual, irrelevancia moral y apostasía.

El efecto es doble: por un lado, alcanza a quienes viven con las prioridades equivocadas; pero, por otro lado, afecta a las nuevas generaciones. Después de todo, nuestros hijos están buscando modelos, y no discursos. Es imposible ignorar que la incoherencia espiritual de una generación afecta a todas las demás. Seguir la religión de los padres y permanecer en la iglesia ya no es una cuestión de tradición, legado, educación o imposición, sino de inspiración. O el ejemplo espiritual de los adultos es coherente y positivo o los jóvenes buscarán otros modelos.

Este es un terreno donde la familia planta y la iglesia cosecha. La crisis se ve en las ramas, pero la causa está en la raíz. Muchas veces, reclamamos a la iglesia que los programas no parecen relevantes, que falta la presencia de otros jóvenes, que hay poco espacio para sus ideas o para que asuman el liderazgo. Son reclamos justos, y debemos abordarlos con seriedad. Pero una religión sólida dentro de casa es aún más importante que estas cuestiones.

Es en este punto donde necesitamos evaluar nuestras verdaderas prioridades como familias adventistas. Hace un tiempo, escuché decir a un padre: “Voy a sacar a mi hijo de la escuela adventista, porque no va a prepararlo adecuadamente para el examen de ingreso a Medicina en una universidad pública”. ¡Qué pena! Las escuelas adventistas preparan a muchos de sus alumnos para las mejores universidades.

Pero, mi preocupación va más allá: La prioridad ¿es académica o espiritual? Si los padres priorizaran las cosas de la Tierra, los hijos no elegirán las prioridades del Cielo. La Biblia es clara: “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gál. 6:7).

¿Has notado cómo algunas familias exaltan solamente las conquistas profesionales, financieras y culturales de sus hijos? No tienen nada que decir de su vida espiritual. ¿Cuáles son sus verdaderas prioridades: viajes, autos, inmuebles, títulos, posiciones…? Todas estas son conquistas positivas, pero si constituyen el principal interés de los padres se convertirá en la prioridad de los hijos. Recuerda que las nuevas generaciones no abandonan la iglesia, sino que abandonan la fe. Dejar la iglesia es, simplemente, la demostración exterior de la fe que fue reemplazada dentro de casa.

Corremos el riesgo de hablar de Dios y de la iglesia, pero no priorizar en el vivir cotidiano ni a Dios ni a la iglesia. De hablar de leer la Biblia y los materiales devocionales, pero nuestros hijos nunca nos encuentran haciéndolo. De hablar sobre la oración, pero nunca ser vistos en momentos de oración privada. De hablar sobre amar las cosas de Dios, pero nuestros hijos observan falta de fervor frente a las cuestiones espirituales. De decir que vamos a la iglesia a adorar a Dios, pero nuestros hijos observan cuánto tiempo y dinero dedicamos a la ropa, la belleza y los adornos, lo que da a entender que nuestro eje central no está en el Señor.

Por otro lado, las prioridades espirituales coherentes son poderosas. Existen muchos ejemplos bíblicos que lo confirman. Uno de ellos es Moisés, quien tenía una familia espiritualmente sólida. Tuvo unos diez años de educación en su hogar, pero fueron suficientes para convertirlo en un hombre y dirigente de Dios, que enfrentó inmensos desafíos y se mantuvo fiel. Isaac tuvo un padre fiel a Dios en toda situación, y por eso eligió seguir sus pasos. Cuando supo que era el cordero escogido para el sacrificio, se sometió humildemente; no fue educado con palabras, sino fue moldeado con el ejemplo. Porque nuestros hijos no serán lo que queremos que sean, sino lo que nosotros seamos. “Un niño jamás verá a Dios como un padre a menos que vea un poco de Dios en sus padres”, expresó Austin L. Sorensen. Porque siempre “un gramo de ejemplo vale más que una tonelada de consejos”.RA

Una Respuesta

  1. carlos a ramirez

    Este articulo es muy interesante para en la iglesia actual que se relaciona con la familia dentro el ambito espiritual ppor la falta de armonia entre nuestras palabras y nuestras actitudes y comportamiento que tiene que ver con nuestra apariencia , es un conflicto por no ser interrumpido , nos puede llevar a una frustracion espiritual, , y esta nos indica una falta de conversion como persona espiritual.

    Responder

Deja un comentario: