Lección 5 – Tercer trimestre 2017 

Gálatas 3:1-14

En el pasaje de Gálatas de esta semana, Pablo empieza con su argumentación teológica (bíblica), para fundamentar la verdad de la justificación por la fe sola. Pero antes, notamos el apasionamiento de Pablo por los gálatas, y su deseo de “despabilarlos” y romper el “hechizo” en el que estaban sumidos, que les impedía ver la verdad.

“¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?” (Gál. 3:1).

Como bien explica la Guía de Estudio de la Biblia, la palabra original en griego utilizada por Pablo en este pasaje, que en la versión Reina-Valera de 1960 ha sido traducida como “insensatos”, bien podría traducirse como “descerebrados”, o “cabezas huecas”. Un lenguaje un tanto fuerte, por parte de un pastor, ¿verdad? Pero evidentemente era necesario, porque, como menciona Pablo a continuación, los gálatas parecen estar “fascinados”, “hechizados”, por el engaño que provenía de los maestros judaizantes.

¿Cómo llega un cristiano a estar fascinado o hechizado por falsas enseñanzas? Es que, lamentablemente, los seres humanos somos muy sugestionables, y muchas veces confundimos elocuencia con verdad. Si alguien con suficiente “labia” nos presenta algunas ideas, nos quedamos fascinados por su verborragia y nos parece que su elocuencia es signo de que su mensaje es verdadero. O quizá nos dejamos llevar por su carisma: si es una persona suficientemente simpática, agradable, hasta chistosa, que nos hace incluso reír con su predicación, con lo que se liberan endorfinas en nuestro organismo, con la consecuente sensación de alegría y bienestar, nos puede parecer que entonces su mensaje es digno de aceptación. En ambos casos, bajamos las “defensas teológicas”, fascinados ante la elocuencia o el carisma del predicador.

Por otra parte, también hay predicadores que presentan el mensaje bíblico desde la perspectiva más dura, reuniendo aquellos pasajes bíblicos “amenazadores”, y apelando a la culpa y al miedo en nuestro corazón, para lograr una respuesta de nuestra parte y, de esa manera, conseguir nuestra “fidelidad” a Dios. Claro, como existe en el ser humano, y particularmente en nuestra idiosincrasia adventista, una cierta tendencia a tener una religiosidad “orientada hacia la ley” (Knight) y a ser culpógenos, nos parece que aquel predicador que le da “palos” a la iglesia es un predicador que representa la ortodoxia y la fidelidad a Dios. Si además utiliza un tono vocal grandilocuente y autoritario, nos sometemos a su predicación por miedo a la condenación más que por amor a Dios.

Sea cual fuere el tipo de predicación, la realidad es que en estos casos caemos en una especie de “ensalmo”, de “hechizo”, que obnubila nuestra visión espiritual.

Pero recordemos que, en el caso de los gálatas, los “herejes” eran, paradójicamente, los que defendían a ultranza la “ortodoxia” de la iglesia, la obediencia a la Ley. Por supuesto, ¿quién puede cuestionar que Dios espera obediencia de sus hijos? El problema es que los maestros judaizantes presentaban –como algunos de nosotros solemos hacerlo hoy– la obediencia como causa y medio de salvación. Presentaban la obediencia como medio PARA ser salvos, mientras que Pablo va a presentar la obediencia como resultado de la salvación y PORQUE YA somos salvos mediante la fe en la obra redentora de Cristo.

Es interesante que en este primer versículo del capítulo 3 Pablo usa la palabra “obediencia” para decir que, al dejarse arrastrar por las falsas enseñanzas legalistas, los gálatas no estaban obedeciendo a la verdad. ¿Qué es, en este contexto, obedecer a la verdad? Es aceptar el evangelio, que no es otra cosa que aceptar la total imposibilidad humana de ser justificados, estar en paz con Dios, por ninguna cosa que hagamos (obediencia) o seamos (perfección de carácter, impecabilidad), para confiar plenamente y ÚNICAMENTE en la obra redentora de Cristo, en la gracia de Dios. Por eso, en este versículo va a decir: “ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado”.

Es decir, ya se les presentó la grandeza de la obra redentora de Cristo, su Cruz bendita, mediante la cual él expió absolutamente nuestros pecados, canceló totalmente nuestra deuda, logró nuestra plena y absoluta liberación de culpa y condenación, y nos reconcilió plenamente con Dios. Pareciera que ahora, mediante la aceptación de las enseñanzas legalistas de los judaizantes, los gálatas han tirado por la borda todo lo que conocieron y aceptaron del sacrificio infinito de Cristo, y a ese Salvador que alguna vez aceptaron, y que ahora están cambiando por las “baratijas” de las pobres obras humanas de obediencia a la Ley pretendiendo que mediante ellas pueden lograr su salvación.

Y ahora va a presentar un argumento muy sencillo y directo, basado en la propia experiencia inicial de los gálatas en la salvación:

“Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? ¿Tantas cosas habéis padecido en vano? si es que realmente fue en vano. Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (vers. 2-5).

Como muchos de nosotros, los gálatas empezaron la vida cristiana por un milagro de Dios, por pura iniciativa divina. Habían sido paganos, ignorantes del Dios verdadero, y con un estilo de vida moral seguramente muy alejados de la pureza de la Ley de Dios. Pero, mediante la predicación de Pablo, Jesús irrumpió en su vida y, por su Espíritu, logró en ellos el milagro de la conversión, cuando ellos estaban “en otra cosa”. Su conversión fue pura y exclusivamente fruto de acciones divinas, no humanas, no de la “carne”. Incluso más, el Espíritu hacía “maravillas” entre ellos, seguramente milagros no solo de conversión sino también de sanidad y de otro tipo.

No recibieron al Espíritu Santo por causa de su obediencia a la Ley o como premio a su fidelidad, sino por “oír con fe”, aceptando por fe el mensaje de salvación en Cristo, creyendo en él como su Salvador. Sin embargo, ahora parecen creer que Jesús no es suficiente, que la fe en él no es suficiente para ser salvos, y que deben añadir su empeño en obedecer la Ley de Dios (y específicamente la circuncisión) para lograr y/o asegurar su salvación. Por supuesto, es muy halagador para nuestro ego pensar que, de alguna manera, Dios debe aplaudirme por mi fidelidad, por mi obediencia, por mis méritos, a diferencia de otros pobrecitos que no son tan fieles u obedientes como yo, que no cumplen tan bien como yo con lo que se espera de un “buen adventista”.

Los gálatas –y muchos de nosotros– empezaron su vida espiritual por un milagro del Espíritu, pero ahora estaban acabando “por la carne”; es decir, tratando de lograr su salvación añadiendo sus esfuerzos y logros morales humanos.

Lo peor es que, cuando recibieron el evangelio en su pureza, estuvieron dispuestos a pagar el precio ante una sociedad idólatra que despreciaba a Cristo, y padecieron por causa del evangelio. Pero ahora, ante este retroceso espiritual, parece que todo ese sufrimiento lo padecieron “en vano”. Si la verdad hubiera estado del lado del legalismo, se hubiesen ahorrado la molestia de padecer tanto por causa de Cristo.

Y ahora sí, Pablo va a empezar con su fundamentación bíblica, apelando a la Revelación del Antiguo Testamento, partiendo incluso del primer libro de la Biblia, el Génesis, para demostrar que el principio de la justificación solamente mediante la fe ya estaba presente desde el mismo comienzo de la Revelación. Y lo hace evocando el caso de un ser tan venerable para la cultura bíblica como lo es Abraham:

“Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia” (vers. 6).

Este es un texto precioso y cumbre en la teología de Pablo, revelada por el Espíritu Santo, que también lo va a utilizar en Romanos:

“Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Rom. 4:3).

El texto original se encuentra en Génesis:

“Y creyó [Abraham] a Jehová, y le fue contado por justicia” (Gén. 15:6).

¿En qué contexto Moisés consignó estas palabras en el primer libro de la Biblia?

Abraham (“padre de una multitud), que en aquel entonces se llamaba Abram (“padre enaltecido”), no tenía hijos, y aunque llevaba muchos años de casado con Sarai, nunca habían logrado procrear. Y Abram le lleva esta preocupación a Dios, porque este era un problema muy grave, para la cultura de la época.

Dios, entonces, le responde con una promesa asombrosa, increíble de que se cumpliera, desde el punto de vista de las posibilidades humanas:

“Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia” (vers. 5).

Abram podría haberse reído, haber cuestionado la “locura” que Dios le estaba anunciando, haber presentado las evidencias “científicas” de que tal hecho nunca podría ocurrir, porque ya tras décadas y décadas de convivencia con su esposa estaba claro que uno de los dos, o ambos, eran estériles. Sin embargo, cándidamente, el Registro Inspirado nos dice cuál fue la reacción de Abram ante la promesa divina:

“Y creyó [Abraham] a Jehová” (vers. 6, pp.).

Así de simple, así de directo: “creyó a Jehová”. El tema de la fe ya aparece presente desde los albores de la Revelación bíblica. Con la sencillez y el candor de una verdadera confianza en Dios, que le toma la palabra y descansa en su accionar en el mundo, en su intervención en nuestra vida.

¿Cuál fue el resultado de esta confianza en Dios?

“[…] le fue contado por justicia” (vers. 6, ú.p.).

Aquí hay algo maravilloso. Pareciera que, en la “contabilidad divina” (Pablo está apelando aquí a una figura contable), la fe es equivalente a justicia:

Fe = Justicia

A priori de toda obra de obediencia a la voluntad divina, si tan solo creemos “a Dios” (le creemos), para Dios somos justos. Nuestra fe se acredita a nuestra cuenta como justicia.

Algo parecido les dijo Jesús a algunos judíos de sus días:

“Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:28, 29).

A muchos de nosotros, consciente o inconscientemente, nos parece más fácil y confiable asegurar nuestra salvación mediante esfuerzos que hagamos para “cumplir” con todo lo que se espera de nosotros como cristianos, todas las conductas morales que se espera de nosotros. Pero Jesús nos dice que, en realidad, la única obra que requiere de nosotros, para que estemos en paz con él y gocemos de la seguridad de salvación, es que creamos en él, con una fe verdadera. Esa fe que descansa confiada en su amor, que sabe que no necesita hacer esfuerzos neuróticos legalistas para tratar de agradar a Dios y conquistar su favor y su apoyo en esta vida. Y, desde esta base de seguridad espiritual y paz con Dios, Jesús sabe que entonces, al confiar tanto en él, le permitiremos que él vaya haciendo en nosotros sus obras de redención, transformando nuestro carácter y, mediante su Espíritu, impulsándonos a la obediencia y las buenas obras.

“Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham” (Gál. 3:7-9).

Para los judíos del tiempo de Cristo y de Pablo, era muy importante invocar la estirpe de la cual procedían. Era un motivo de orgullo y de superioridad (motivaciones egoístas) a la vez que les brindaba un sentido de identidad y pertenencia (motivaciones legítimas) el poder decir que eran hijos de Abraham. Con él nace el linaje del pueblo elegido.

Sin embargo, ya Juan el Bautista había hecho añicos esta falsa seguridad espiritual, al enseñar al pueblo que no es una relación genética con Abraham lo que lo constituía en hijos de Dios, en pueblo de Dios, pueblo elegido, sino una relación espiritual:

“No penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras” (Mat. 3:9).

Y, efectivamente, Pablo enseña, en el pasaje precedente de Gálatas, que no hace falta tener una relación sanguínea con Abraham para ser sus hijos, sino que es la fe lo que nos identifica con aquel gran patriarca y padre de la fe.

Abraham, por su fe, se convierte en modelo, símbolo y bandera de todos los creyentes a lo largo de la historia. Y todos los que creemos podemos sentir que somos hijos de Abraham, es decir, que formamos parte del pueblo elegido, no porque seamos descendientes genéticos de él sino porque al igual que él creemos en Dios, le creemos a él, tenemos fe en Dios y en sus promesas.

Y ahora viene otro pasaje clave, que explica por qué el único camino para la justificación y la salvación es la fe y no la obediencia a la Ley:

“Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gál. 3:10).

Este pasaje necesita ser subrayado una y otra vez en nuestra conciencia: ¿Por qué Dios eligió el camino de la justificación solamente por gracia, por el sacrificio de Cristo y mediante la fe para que seamos salvos en vez de aceptar nuestros esfuerzos por ser “fieles” y obedientes a su voluntad, y el camino de las buenas obras? Porque, según explica Pablo basado en el pasaje de Deuteronomio 27:26, el que no cumple estrictamente con TODA la voluntad moral revelada por Dios, y (permítanme añadirlo) TODO EL TIEMPO, ESTÁ BAJO MALDICIÓN; es decir, está condenado por la Ley.

Pensemos que los rabinos judíos habían logrado contabilizar 613 mandamientos, extraídos de la Torah; es decir, la Ley dada por Dios a Moisés (los Diez Mandamientos y todo el corpus de leyes morales, civiles, ceremoniales y de salud). Ellos los dividían en 248 mandamientos positivos, es decir, cosas que había que hacer, y 365 mandamientos negativos, es decir, cosas que no había que hacer. Fallar en cumplir con cualquiera de estos 613 mandamientos era estar en pecado delante de Dios y, por lo tanto, condenados por la Ley.

¿Somos muy distintos los adventistas del pueblo judío? Además de estos mandamientos que se encuentran en la Biblia, nosotros tenemos, a nuestra manera, nuestras propias decenas de mandamientos, extraídos en gran medida de los escritos de Elena de White, y los usamos como norma (por no decir “garrote”, en vez de como un ideario, como propone el Dr. Roberto Badenas) para “medir” quién se comporta como un “buen adventista”, quien cumple con todo el “estilo de vida adventista”.

Pero, con la mano en el corazón, ¿quién puede levantarse, en primer lugar, y decir que conoce toda la voluntad moral revelada de Dios en los escritos inspirados? Y, por otra parte, ¿quién puede decir que TODO EL TIEMPO vive cumpliendo con TODAS Y CADA UNA de las normas bíblicas y de la iglesia?

Cuando aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos y a conocernos de verdad, íntimamente, nos damos cuenta de que casi no hay un solo momento en que no estemos contraviniendo algunas de las normas divinas, ya sea en palabra, pensamiento o acción; es decir, que estemos pecando. El pecado ha afectado tanto nuestra naturaleza que, aun cuando podemos agradecer la obra del Espíritu en nosotros, que nos ha transformado y liberado de tanta maldad que hay en el mundo, seremos enfermos de pecado hasta que Cristo venga y transforme “esto corruptible en incorruptible” (1 Cor. 15:53). Estamos en un proceso de sanidad espiritual y moral, de santificación, que durará toda la vida, hasta que Cristo regrese y seamos “transformados” (1 Cor. 15:51, 52).

Por tales motivos, Pablo nos dice que los que “DEPENDEN” de las obras de la Ley, es decir, de su obediencia y fidelidad, para ser justificados o salvos, están bajo “maldición”, porque no hay momento en que la Ley no los condene, porque nadie permanece todo el tiempo cumpliendo todas y cada una de las indicaciones morales divinas reveladas en su Palabra. En otras palabras, no hay nadie impecable en este mundo, nadie perfecto. Por eso, si dependiéramos de nuestra obediencia estricta para ser salvos, estaríamos todos perdidos. Por esa razón, Dios escogió el camino de la gracia y de la fe para que estemos justificados, reconciliados con él y en paz, y para eso se nos acredita la justicia de Cristo en vez de nuestro fracaso moral, cuando confiamos en Jesús nuestro Salvador y en sus ÚNICOS Y SUFICIENTES méritos.

“Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas” (Gál. 3:11, 12).

Pablo fortalece todavía más su argumento, al decirnos que “la ley no es de fe”; es decir, la obediencia a la Ley (la voluntad moral de Dios y todas las indicaciones divinas) como medio de salvación es incompatible con la fe, porque no depende de exclusivamente de la gracia y del sacrificio de Cristo, sino que depende de los esfuerzos y supuestos logros morales humanos. La obediencia a la Ley como medio de salvación nos dice que viviremos (seremos salvos) solamente si hacemos las cosas prescritas por la Ley. El que no “hace” cada una de las cosas indicadas por la Ley, y todo el tiempo, está condenado. Pero la gracia nos dice que “el justo por la fe vivirá”, otro texto que Pablo utiliza también en Romanos (1:17). La cita original es de Habacuc 2:4, que dice:

“He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá”.

Es muy interesante lo que ya anticipa Habacuc, de lo cual se hace eco Pablo en Efesios, diciendo cuál es uno de los motivos por los cuales no somos justificados por las obras sino por la fe:

“No por obras, para que nadie se gloríe” (Efe. 2:9).

Es que el gran problema humano es el orgullo, el deseo de exaltar el yo, y el que cree que es justificado y salvo por sus buenas obras, por su obediencia a la voluntad de Dios, por su perfección de carácter, es conducido, como el fariseo de la parábola contada por Jesús (ver Luc. 18:9-14), al orgullo, la vanidad, el narcicismo y la petulancia espirituales, y a mirar por encima del hombro a los “pobrecitos” hermanos que no “cumplen” tan bien como ellos con todo lo que se espera de un cristiano. Nuestro orgullo y egotismo espiritual mancha, contamina, las mejores obras que podamos realizar, cuando las hacemos con el fin de ser aprobados por Dios y admirados por la comunidad eclesiástica a la que pertenecemos.

En contraste, Pablo presenta la única y sublime razón por la cual podemos tener la esperanza de ser justificados y salvos delante de Dios:

“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gál. 3:13, 14).

La salvación es gratuita para nosotros, pero no barata. Tuvo un costo infinito. Se pagó un precio altísimo por nosotros, para que pudiéramos ser salvos: el terrible misterio de amor y de dolor que fue la Expiación, la Redención. Cristo, el Hijo eterno del Padre, el Ser infinito en pureza, bondad y amor, por amor a nosotros se convirtió en “maldición”, al convertirse en nuestro Sustituto y Garante. Por amor a nosotros, Dios el Padre, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21).

Cristo se “hizo pecado” por nosotros. Cargó voluntariamente con todas nuestras culpas, nuestras miserias morales, nuestra condenación. Las llevó sobre sus hombros y su pecho a la Cruz, y allí murió “como si” él hubiese sido el responsable real de tanto pecado, para que, si creemos en él como Salvador, y en la suficiencia de sus méritos, nosotros seamos tratados “como si” nosotros fuésemos tan justos como él mismo (eso es lo que, en última instancia, significa estar justificados).

¡Cuánto que tuvo que hacer el Cielo para que seamos salvos, y vivamos felices para siempre en el Reino de los cielos! ¿Cómo podemos pensar, entonces, que nuestros pobres, miserables y contaminados por el egoísmo intentos de obedecer la voluntad de Dios o de hacer buenas obras pueden de alguna manera ganar nuestra justificación y nuestro derecho al cielo? De allí la indignación y la preocupación de Pablo por los gálatas. Porque intentar ser salvos por las obras es menospreciar la grandeza del sacrificio de Cristo, tanto dolor asumido para que podamos ser justificados y, en definitiva, salvos.

Que Dios nos bendiga a todos para que, con corazones humildes y agradecidos, aceptemos con alegría la salvación tan abundantemente provista por el Cielo. Que dejemos de autoflagelarnos por nuestra falta de perfección, por todo lo que “nos falta” para ser perfectos. Y que, al hacerlo, podamos vivir en paz con Dios y con nosotros mismos, con la frente alta, sabiéndonos hijos de Dios, amados y bendecidos por él por pura gracia, y que podamos extender esta misma gracia a los demás, en nuestro trato misericordioso con nuestro prójimo.

 

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