LECCIÓN Nº 2 (3º/17): LA AUTORIDAD Y EL EVANGELIO DE PABLO

Gálatas 1.

Con la lección de esta semana, iniciamos nuestras reflexiones sistemáticas, paso a paso, de la Epístola a los Gálatas. Antes de hacerlo, es importante que tengamos en cuenta una visión global de la epístola, porque nos puede prevenir de caer en reduccionismos y parcializaciones del mensaje de Pablo. Es cierto que el énfasis de la Epístola está en la gracia y la fe, y en la justificación por la fe, gratuita, sin las “obras de la ley”; es decir, que no se basa ni depende de la obediencia y la perfección de carácter. Sin embargo, como en todas sus epístolas (especialmente las soteriológicas; es decir, las que enfocan específicamente el tema de la salvación), Pablo en Gálatas sigue un esquema común a ellas: en primer lugar, presenta la teología de la salvación (Gál. 1-4), para luego presentar la ética de los salvados; es decir, el tipo de conducta resultante de la salvación, y que Dios espera de los redimidos (caps. 5-6). Lo mismo hace en Romanos: los capítulos 1 y 2 presentan el problema del pecado; los capítulos 3 al 5, la justificación; los capítulos 6 al 8, la santificación; y los capítulos 12 al 16 presentan el tipo de conducta que se espera de los redimidos.

A su vez, así como lo hace en Romanos, en Gálatas Pablo es consciente de que algunos desean gozar de los beneficios de la salvación pero mantener a su vez su estilo de vida pecaminoso. Pablo también da notas de advertencia contra esta presunción espiritual:

“Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gál. 5:13).

Y luego de mencionar su extensa lista de las obras de la carne (los frutos de la naturaleza pecaminosa), Pablo presenta la siguiente advertencia:

“Os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gál. 5:21).

Habiendo hecho estas salvedades, estamos en condiciones de abordar el énfasis de la epístola: la justificación por la fe sola, sin las obras de la Ley.

Pablo, en esta epístola, enfrenta la influencia nefasta, para la fe, de los judaizantes; es decir, el legalismo. Paradójicamente, en esta epístola los “herejes” no son los liberales, los que propician un estilo de vida pecaminoso, los que tienden a relajar la moral cristiana. Por el contrario, son los ultraortodoxos, que defienden a rajatabla la importancia de la obediencia y la fidelidad a Dios, pero que lo hacen movidos por una “lógica legalista”, o como vimos la semana pasada en esa cita tan certera de George Knight, los que tienen una religiosidad “orientada hacia la ley”, en vez de estar orientada hacia “la fe y la gracia”. Una orientación que, si somos sinceros, está bastante arraigada en nuestra idiosincrasia adventista, por las razones que explicamos en nuestro comentario de la semana pasada.

Pablo, en esta epístola, no va a tener un tono distendido, como en Romanos, que aborda el básicamente el mismo tema que Gálatas, sino que tiene un tono apasionado, vehemente, que manifiesta su preocupación por la iglesia y su indignación por la influencia deletérea, para la fe, de los judaizantes. ¿Por qué? Porque el legalismo hace ineficaz la gracia de Cristo:

“De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gál. 5:4).

Todo aquello que haga que nos desliguemos de Cristo deja sin defensas espirituales al alma, librada únicamente a los recursos de la naturaleza humana, y tiende a la destrucción espiritual, aun cuando pudiera tener la apariencia de una gran religiosidad, pero basada en los logros humanos en vez de estar basada en la fe. De allí la profunda preocupación de Pablo.

Pero, empecemos nuestro análisis y reflexión del capítulo 1:

LA AUTORIDAD DEL MENSAJE DE PABLO

Evidentemente, estos hermanos judaizantes que estaban “perturbando” a la iglesia usaban, como arma para desacreditar el mensaje de Pablo, el recurso de desacreditar al mensajero. Eran cristianos de origen judío que no habían entendido el evangelio, y creían que para ser salvos los gentiles (y toda otra persona) debían, además de aceptar a Cristo como Salvador, seguir guardando aquellos ritos judaicos que tenían como única función señalar a Cristo. Especialmente, el tema emergente era la circuncisión, aunque también se incluía la práctica de los sacrificios y otras ordenanzas de la legislación mosaica que eran solo “figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb. 8:5). Pero, en el fondo, el problema de base era que todavía seguían pensando con una lógica legalista, al considerar que el hombre asegura su salvación mediante la obediencia, mediante sus obras. En otras palabras, que el sacrificio de Cristo no basta, no es suficiente, y el hombre debe agregar su obediencia a los méritos de Cristo para ganar su salvación o, por lo menos, asegurarla.

Alguno, al leer las declaraciones autorreferenciales de Pablo, en las que defiende su autoridad como apóstol, podría pensar que Pablo era un narcisista, que tenía un ego muy grande y estaba ofendido en su amor propio porque algunos osaban cuestionar su autoridad como apóstol. Pero, lejos de eso, lo que le preocupaba era que, al atacarlo a él, estos maestros judaizantes estaban tratando de boicotear el mensaje mismo del apóstol, en el que exaltaba la gracia de Cristo como única seguridad de salvación. Por eso, lo primero que hace al iniciar su carta es afirmar su autoridad apostólica:

“Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos), y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia” (Gál. 1:1, 2).

Pablo no es un mero teólogo, que quiere difundir sus ideas personales. Él es un apóstol; es decir, un “enviado” de Dios (es lo que significa la palabra apóstol). No está proclamando su propio mensaje, sus propias ideas. Es tan solo un siervo de Dios, que tiene la misión de anunciar lo que Dios mismo le encargó que anuncie. No viene en nombre propio ni busca su autoexaltación. Tampoco es un ser servil que responde solamente a las demandas de una “administración eclesiástica” (“no de hombres, ni por hombre”), ni es meramente un vocero de lo que un cuerpo de teólogos le dicte que tiene que decir. Es apóstol “por Jesucristo y por Dios el Padre”. Su autoridad y su mensaje derivan nada menos que de la Deidad misma, y no de la limitada sabiduría humana.

LA CRUZ, ANTE TODO

“Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (vers. 3-5).

No bien empezada su epístola, lo primero que hace Pablo es exaltar la Cruz y la gracia que viene con ella. Ese va a ser el tema dominante de su epístola, su énfasis.

Inicia su saludo deseando, para los creyentes gálatas, “gracia y paz”, de parte de Dios Padre y de Jesucristo. Ya la mención de la gracia es hablar de la gratuidad del evangelio, que excluye necesariamente todo mérito humano, toda confianza en lo que somos y lo que hacemos para conquistar o retener nuestra posición delante de Dios y nuestra salvación. Y es esa gracia, es decir, el sabernos amados y aceptados por Dios aun cuando no lo merecemos, lo que nos da “paz” con Dios, la conciencia de estar reconciliados con él y contar con su apoyo y su favor en esta vida, y con la seguridad de la salvación eterna.

Y esta bendición es posible no gracias a nuestros méritos (obediencia, fidelidad, buenas obras, carácter perfecto), sino al sacrificio de Cristo, “el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados […] conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre”. No hay mayor demostración del amor de Jesús que su entrega total por nuestra redención. Y no hay mayor demostración del amor del Padre por nosotros, pues Jesús murió en la Cruz “conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre”. Es decir, el sacrificio de Cristo responde al deseo profundo del Padre de salvarnos.

LA PERVERSIÓN DEL EVANGELIO

“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (vers. 6-9).

Enseguida Pablo arremete, con pasión, contra el peligro espiritual que amenaza a los gálatas. Y lo dice con palabras fuertes, sin ser “políticamente correcto”. En el legalismo, aunque sea cristiano, hay un engaño diabólico que no es inocuo. Podría parecer que es solo una cuestión de quisquillosidades teológicas, pero para Pablo no es así. Pone en riesgo la vida espiritual y la salvación de los creyentes. Es un mensaje que “perturba” a los creyentes y “pervierte” el evangelio. El evangelio, por definición, son las buenas noticias de las obras salvadoras de Dios en favor del ser humano perdido, que es absolutamente impotente para salvarse. Un supuesto evangelio (un “evangelio diferente”) que minimiza la eficacia de la obra redentora de Cristo y enseña a poner la confianza “en la carne”, en los esfuerzos y los logros morales humanos, es un evangelio pervertido, que en realidad deja indefensa al alma contra el pecado.

Y no es cuestión de confiar en la buena fama de los predicadores, en su elocuencia, su carisma, su simpatía o su aparente “éxito” numérico (por ejemplo, un evangelista aclamado, que bautiza mucha gente en sus campañas). Si su mensaje no condice con el verdadero evangelio, aun cuando pueda parecer que defiende la “ortodoxia” de la iglesia, es un mensaje falso. Aun si un ángel de cielo, con señales de orden sobrenatural y espectacular, nos diera un mensaje falso, debemos considerarlo “anatema”; es decir, contrario a Cristo y separado de él.

De allí que, aun cuando es bueno que tengamos respeto por las autoridades de la iglesia y por los predicadores y pastores, no podemos renunciar a nuestro juicio crítico, bajo la dirección del Espíritu Santo, y entregar nuestra conciencia a los hombres, por mucha autoridad eclesiástica que tengan. Su mensaje y sus indicaciones deben ser cotejadas con la Palabra y especialmente con el mensaje puro del evangelio. Debemos hacer como los bereanos, que “recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hech. 17:11). El escritor del libro de Hechos no se sintió ofendido porque los bereanos “cuestionaran” el mensaje que Pablo y Silas predicaban, confrontándolo con la Revelación escrita de la Biblia. Al contrario, califica como “noble” esta actitud.

EL FUNDAMENTO DE LA AUTORIDAD DE PABLO: UN ENCUENTRO CON JESÚS

“Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gál. 1:10-12).

En primer lugar, Pablo no era un pusilánime, acomodaticio, que se dejaba llevar por “la mirada del otro”, tratando de quedar bien con los demás, o de ser un títere de una administración eclesiástica, por muy bienintencionada que esta sea. No tenía ningún interés egoísta de “cubrir sus espaldas” y asegurarse su “puesto de trabajo”. No vivía servilmente para agradar a los hombres, sino para agradar a Dios.

Por otra parte, uno podría pasarse la vida entera estudiando en seminarios teológicos, obteniendo una licenciatura, luego una maestría y finalmente un doctorado en Teología, y aun así ser un neófito en el conocimiento verdadero de Dios. Podría tener una religiosidad meramente teórica. La verdadera autoridad espiritual y moral viene de una experiencia real con Jesús, de haber experimentado una revelación por parte de él. Es cierto que la Revelación de Dios por excelencia es la Biblia. En este sentido, Pablo, antes de su conversión, era un erudito en el conocimiento teórico del Antiguo Testamento. Sin embargo, no basta con esto. La Revelación de Dios al alma se completa con un encuentro real con Dios, que no excluye ni minimiza la importancia de la Revelación escrita, pero que la excede y la hace real, y no simple teoría y letra muerta. Necesitamos una experiencia real con Cristo.

Para esto, no basta con “estudiar” la Biblia en un plano cognitivo, intelectual. Es necesario que la lectura de la Biblia, más que un estudio (sin desmerecer su importancia) sea una REFLEXIÓN espiritual, que nos conecte con Dios, en una relación vital con él.

Debemos sentarnos a los pies de Jesús, para aprender de él. Pablo no aprendió el evangelio que predicaba sola o principalmente por haber pasado por un seminario teológico, sino por “revelación de Jesucristo”, por un dramático encuentro con Jesús que pasa a detallar.

EL TESTIMONIO DE LA EXPERIENCIA DE PABLO

“Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba; y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre, ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco. Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días; pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor. En esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento. Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia, y no era conocido de vista a las iglesias de Judea, que eran en Cristo; solamente oían decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba. Y glorificaban a Dios en mí” (vers. 13-24).

Frente a la descalificación que los maestros judaizantes querían hacer de Pablo, para así descalificar su mensaje, el apóstol presenta el testimonio no de su erudición sino de su encuentro con Jesús. Un encuentro real, no místico, no producto de un esfuerzo psicológico de autosugestión y autoconvencimiento. Jesús irrumpió en su vida de manera dramática en el camino a Damasco.

Y en ese encuentro con Jesús y en ese llamado que el Salvador le hizo para que fuese apóstol para los gentiles, Pablo recalca el tema dominante de la Epístola, que es la gracia de Dios. Pablo (en aquel entonces, Saulo) no merecía la salvación ni ser honrado con el llamado apostólico. Había perseguido “sobremanera a la iglesia de Dios”, provocando mucho dolor a personas inocentes. No había ningún mérito en él, delante de Dios. Pero el Señor, por pura iniciativa propia, producto de su amor, lo “llamó por su gracia”, y se dignó a revelar a Cristo a su vida y a su corazón.

Fue esta revelación de Cristo lo que transformó totalmente a Pablo. Es cierto que seguramente el testimonio de Esteban debió haber impactado la conciencia de Saulo, cuando este vio la grandeza espiritual con la que ese hijo de Dios entregaba su vida por amor a Cristo. Sin embargo, aun así él continuó con su carrera desenfrenada de persecución a la iglesia. Pero, fue ese encuentro con Jesús, en el que Saulo fue derribado a tierra (en más de un sentido), quedó ciego de los ojos para poder empezar a ver con el corazón y pudo escuchar la voz de Cristo hablándole de manera real y contundente, lo que cambió su vida. Y todo, por pura gracia de Dios.

Notemos que no fue Pablo el que buscó a Cristo, sino que el Salvador irrumpió en su vida, lo fue a buscar, y logró su conversión.

Seguramente la mayoría de nosotros nunca hemos tenido un encuentro tan visible, tangible con Cristo como Pablo. Pero Dios tiene su forma particular para tratar con cada alma, y así como lo hizo con Pablo él se acerca a cada uno de nosotros para salvarnos y cumplir su propósito en nosotros y a través de nosotros.

A veces insistimos mucho –con razón– en que debemos buscar a Dios hasta encontrarlo (Jer. 29:13). Pero, no olvidemos que quien está más interesado en buscarnos y encontrarnos es Dios mismo, que como Buen Pastor va en busca de su oveja perdida “hasta encontrarla” (Luc. 15:4). Dejemos, entonces, que Dios nos sorprenda. Dejémonos encontrar por Dios. La obra de nuestra salvación personal es una obra divina, no humana, y Dios está en este mismo momento actuando para encontrarnos. En esto reside nuestra seguridad de salvación: no tanto que nosotros lo estemos buscando como que él está intentando alcanzar nuestro corazón permanentemente. Dios tiene un propósito eterno y particular para cada uno de nosotros, como lo tuvo con Pablo, aun “desde el vientre” de nuestra madre. Y la gran aventura y gozo de la vida es permitir que Dios vaya cumpliendo su propósito en nosotros y nos lo vaya revelando a medida que nos ponemos en sus manos mansamente.

En el relato de Pablo de su conversión, en Gálatas, pareciera haber cierta contradicción con el mismo relato tal como aparece en el libro de Hechos, pues Pablo, en Gálatas, parece presentar el proceso de su conversión y apostolado como muy independiente de la iglesia: “no consulté en seguida con carne y sangre, ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco. Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días; pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor”. Mientras que en Hechos se nos dice que apenas Pablo tuvo ese encuentro con Jesús que lo dejó ciego, Dios lo puso en contacto con Ananías, un discípulo que, luego de haber recibido una revelación divina, lo presentó a la iglesia (Hech. 9:10-19).

No hay contradicción, en realidad, sino que la Inspiración nos presenta distintas perspectivas de lo que sucedió con Pablo. Lo que sí quiere destacar Pablo, en Gálatas, es que tuvo un período de íntimo encuentro personal con Jesús, en la soledad, su propio “desierto”, como Moisés, en que Jesús se acercó a él y le reveló el evangelio en forma personal. Luego, él presentó a los apóstoles su testimonio y su mensaje, y “reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo” (Gál. 2:9).

George Knight, el autor del libro complementario de este trimestre, nos dice que probablemente Gálatas fue escrita años antes del Concilio de Jerusalén, y que su mensaje debió haber contribuido a las decisiones que allí se tomaron en relación con que “no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios” (Hech. 15:19), obligándolos a circuncidarse y seguir observando las ordenanzas rituales de la ley de Moisés:

“Ubicando el concilio de Hechos 15 después de haberse escrito Gálatas, tiene lógica, ya que la iglesia llamó al Concilio para atender precisamente a los problemas que Pablo enfrentaba en Galacia. Eso significaría que la Carta de Pablo a los Gálatas debió haber sido uno de sus primeros escritos (si no el primero). Suponiendo que tuvo su encuentro camino a Damasco por el año 34 d.C., su referencia a subir a Jerusalén después de catorce años (Gál. 2:1) nos lleva al año 48 d.C., aproximadamente. Eso dataría la escritura de Gálatas muy probablemente en los últimos años de la década de los años ‘40 o en los primeros años de la década de los ‘50” (George R. Knight, Evangelios en conflicto: la carta de Pablo a los Gálatas, p. 14).

Aquí hay una tensión teológica: por un lado, Dios nos pone en contacto con la iglesia, que es “columna y baluarte de la verdad” (1 Tim. 3:15). No hay lugar, en ella, para una actitud individualista, egocéntrica, que pretende ser dirigida por Dios sin tener en cuenta al cuerpo general de la iglesia. De allí la importancia, por ejemplo, del Concilio de Jerusalén, el primer concilio ecuménico de la historia del cristianismo. Por otra parte, muchas veces Jesús se revela especialmente a una persona, como en el caso de Pablo, encargándole un mensaje especial para ser compartido con la iglesia, y una misión especial. No podemos olvidarnos de grandes líderes espirituales como Moisés, Elías, Lutero, Guillermo Miller. En algunos casos esta revelación es profética, como en el caso de los profetas bíblicos, y en otros es como fruto del estudio de la Palabra de Dios y la comunión con Cristo. Pero siempre hacen falta voceros especiales de Dios para despertar al pueblo y guiarlo en su senda hacia la vida eterna. Agradezcamos a Dios por ellos.

El resultado final de esta conversión de Saulo es que “glorificaban a Dios en mí” (Gál. 1:24). Este es el fruto seguro de un verdadero encuentro con Jesús, de convertirnos nosotros mismos en una obra de Dios en vez de tratar de salvarnos por nuestras propias obras: Dios es glorificado, por la grandeza de las obras que realiza en nosotros.

Que Dios nos bendiga a todos para que seamos dóciles al encuentro con Jesús, que nos dejemos “atrapar por él” (Ramón Cué, en Mi Cristo roto), por su amor, para que podamos cumplir el propósito glorioso que tuvo al traernos a este mundo y glorificarlo con nuestra vida transformada.

 

ALGUNAS JOYAS DEL COMENTARIO DE LUTERO A LA EPÍSTOLA A LOS GÁLATAS

Durante este trimestre, trataré de incluir algunos de los pensamientos más importantes del comentario de Martín Lutero sobre la Epístola a los Gálatas, como los siguientes:

“[Pablo] sostiene una enérgica polémica contra los que creen que por sus buenas obras serán tenidos por justos delante de Dios. En efecto: los que así opinan, consecuentemente tendrán que negar y hasta ridiculizar la resurrección de Cristo; pues en Romanos 4 (vers. 25) se lee que ‘Cristo fue muerto por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación’. Por esto, el que presume de poder ser justo por otro medio que no sea la fe en Cristo rechaza a Cristo y declara superflua su pasión y resurrección”.

“Por esto, en la resurrección de Cristo radica nuestra justicia y nuestra vida, no sólo por el ejemplo que constituye, sino también por la virtud que posee. Sin la resurrección de Cristo nadie resucita, por numerosas que hayan sido sus buenas obras; y viceversa, por medio de la resurrección de Cristo cualquiera resucita, por numerosas que hayan sido sus obras malas”.

“Pero ante todo debe aplicarse este entendimiento a lo que llamamos ‘perfección’. Pues ningún hombre, ni siquiera un apóstol, alcanza en esta vida una perfección tal que no sea preciso que se perfeccione aún más. […] Estos perfectos comienzan todos los días de nuevo y están en vías de progresar. Por esto es más acertada la explicación de San Agustín, quien ubica la ‘iglesia sin mancha ni arruga’ en la vida venidera donde ya no tendrá que rogar: ‘Perdónanos nuestras deudas’ ”.

“Asimismo, la paz de Dios confiere al corazón humano serenidad, calma y alegría ante Dios en lo oculto, y, como se dice en otra parte: La gracia hace desaparecer la culpa, la paz hace desaparecer el castigo, de modo que ‘la justicia y la paz se besan y se encuentran’ (Sal. 85:10)”.

“Nadie puede ser justo sino por la gracia de Dios; por las propias obras no lo puede ser de ninguna manera. La turbación de la conciencia puede ser apaciguada únicamente por la paz de Dios, no por obra alguna a la cual se le atribuya el carácter de virtud o satisfacción”.

“Si nuestros pecados son tan enormes que solo pudieron ser liquidados mediante la entrega de un precio tan alto, ¿qué podemos lograr nosotros mientras intentemos hacernos justos a nosotros mismos mediante nuestra voluntad, con leyes y enseñanzas? Lo único que logramos es encubrir nuestros pecados bajo la engañosa apariencia de justicia y virtud, y convertirnos en hipócritas incurables. ¿De qué sirve la virtud si los pecados persisten? Por lo tanto, tenemos que apartar nuestra esperanza de todo esto; y donde no se enseña a Cristo, tenemos que ver en toda virtud no otra cosa que un manto para cubrir la maldad y una tapa para toda inmundicia, tal como dice Cristo al describir a los fariseos. Nada son, por lo tanto, las virtudes de los gentiles nada sino falacias, a no ser que se quiera tener por cosa superflua la entrega de Cristo por nuestros pecados. ¡Como si él hubiera querido pagar en vano semejante precio por algo que nosotros bien podíamos conseguir con nuestras propias fuerzas!”

“¡Y no me pases por alto el pronombre ‘nuestros’ como si fuera de poco peso! Pues de nada te servirá creer que Cristo fue entregado por los pecados de otros santos, si al mismo tiempo dudas de que lo fue también por los tuyos; porque esto lo creen también los impíos y los demonios (Sant. 2:19). No; a lo que tú debes aferrarte con una confianza inamovible es al hecho de que esto rige también para los pecados tuyos, y que tú eres uno de aquellos por cuyos pecados Cristo fue entregado. Esta fe es la que te justifica, y la que hace que Cristo habite, viva y reine en ti; es ‘el testimonio que el Espíritu da a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios’ (Rom. 8:16). Por esto, si pones atención en ello, te darás cuenta fácilmente de que este impulso hacia la fe no se halla en ti como producto de tus propios esfuerzos. Es preciso por lo tanto rogar a Dios que nos lo conceda, con un espíritu humilde que desespera de sus propias facultades. Por ende, la tesis de que no hay para el hombre una certeza de si se halla en el estado de gracia o no, es una fábula de los escolásticos, más propensos a las opiniones que a las verdades. ¡Cuídate muy bien de no caer alguna vez en esta incertidumbre! Por una parte, ten la plena certeza de que en lo que de ti depende, eres un hombre perdido; pero por otra parte empéñate en estar seguro y bien fundado en la fe en el Cristo entregado por tus pecados. Si esta fe está en ti, ¿cómo puede suceder que no te des cuenta de ella? ¿No dice acaso San Agustín que es reconocida con absoluta certeza por quien la posee?”

Una Respuesta

  1. Carlos Alberto Ramirez Alfonzo

    Pablo despues de ser un perseguidor implacable de los cristianos de la iglesia que estaba Jerusalem ,estos fueron esparcidos por toda la tierra por las tierra de Judea y Samaria, salvo los apostoles, ( Hechos 8:1, 3)y asolaba la iglesia , y entrando casa por casa , arrastraba a los hombres y a mujeres, y los entregaba en la carcel. .Jesus tiene un encuentro con Saulo en el camino a Damasco , oyo una voz que le decia ;Saulo, Saulo ¿porque me persigues? y este preguntando ; El dijo : ‘Quien eres, Señor ? yo soy Jesus , a quien tu persigues ; dura cosa es dar coces contra el aguijon ( Hechos 9: 4 y 5), luego el se convierte en uno de sus apostoles o enviado por Jesus y Diosl Padre (Galatas 1:1)
    Pablo comienza su ministerio apostolico en Damasco donde comienza a predicar el evangelio de Cristo a todos los gentiles ,diciendo que Jesus era el Hijo de Dios, en otros textos Biblicos el predicaba el evangelio de Cristo , y os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado ,sea anatema .
    En Pablo hace incapie de que el no recibio el evangelio no de hombres, ni por hombres, sino por por Jesucristo y por Dios que lo resucito de los muertos).Galatas 1:1
    Dios bendiga su Santa Palabra que es la Fuente de agua Viva Dios nuestro.

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