Lección 12 – Segundo trimestre 2017

2 Pedro 3:1-18:

“Amados, esta es la segunda carta que os escribo, y en ambas despierto con exhortación vuestro limpio entendimiento, para que tengáis memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles; sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación. Estos ignoran voluntariamente, que en el tiempo antiguo fueron hechos por la palabra de Dios los cielos, y también la tierra, que proviene del agua y por el agua subsiste, por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua; pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos. Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán! Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz. Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición. Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén”.

Si hay un capítulo de la Biblia que parece haber sido escrito especialmente para los adventistas es este de 2 Pedro. No que Pedro haya escrito pensando en nosotros como destinatarios inmediatos de su carta, pero las enseñanzas de este último capítulo de su segunda epístola tienen una aplicación muy especial y pertinente para los que –creemos firmemente– estamos viviendo en los últimos días de la historia.

¿Tenemos razones los adventistas hoy para creer que realmente estamos viviendo en los tiempos finales? ¿No lo creyeron así las generaciones de adventistas, e incluso de cristianos creyentes en la Segunda Venida de otras confesiones, que nos precedieron?

Aun cuando no existiesen las profecías bíblicas y no supiéramos nada de las señales proféticas, científicos modernos –muchos de ellos (por no decir, la mayoría) ateos– nos dicen que a este planeta y a su civilización no le queda mucho tiempo de vida. Luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, científicos de la Universidad de Chicago, en los Estados Unidos, han creado, en 1947, el simbólico “Reloj del Apocalipsis”, o “Reloj del fin del mundo”. Ellos toman dos variables: 1) el desequilibrio ecológico con la consiguiente emergencia ecológica, y 2) el desarrollo armamentístico, con la consiguiente amenaza de autodestrucción de la humanidad, como indicadores de la posibilidad real del fin de la historia humana, en manos del mismo ser humano.

En forma simbólica, al tocar la medianoche (12:00), la humanidad llegará a su autodestrucción. Hoy, en 2017, el reloj marca las 23:57:30, especialmente “debido al resurgimiento del nacionalismo en la política mundial, la ascensión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, y sus políticas respecto de temas bélicos, de armamento, inmigración y ambientales” (https://es.wikipedia.org/wiki/Reloj_del_Apocalipsis). Es decir, nos quedan apenas 2 minutos con 30 segundos simbólicos para que acabe el planeta. Y esto no es dicho por “fanáticos” predicadores escatologistas y alarmistas, sino por científicos que analizan el panorama mundial político, bélico y ecológico, y que, como dijimos, seguramente la mayoría son ateos y no tienen nada que ver con la religión, y mucho menos con nuestra fe adventista.

Pedro advertía ya en sus días acerca de individuos escépticos que tratarían de ridiculizar la fe “adventista”, que ya existía en los días del apóstol y mucho antes, ya que “el día del Señor”, como denomina el apóstol a la segunda venida de Cristo, no es otra cosa que el famoso “Yom Yahvé” (o “Día de Jehová”) del Antiguo Testamento, presente en muchos de los mensajes de los profetas veterotestamentarios (ver Isa. 2:12; 13:6; 13:9; Eze. 30:3; Joel 1:15; 2:1, 11; 3:14; Amós 5:18, 20; Mal. 4:5).

Pedro, entonces, apela en primer lugar al testimonio de la Revelación bíblica, tanto del Antiguo Testamento como la incipiente del Nuevo Testamento, para tener la certeza de que llegará el día en que Jesús regresará y pondrá en orden todas las cosas, dando lugar a una nueva historia de amor, paz y dicha sin fin:

“Para que tengáis memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles”.

Esta Revelación divina fue dada, en el Antiguo Testamento, por los “santos profetas”, y ahora, en el Nuevo Testamento, por medio de Cristo –la suprema Revelación de Dios–, a través de las enseñanzas de los apóstoles. De esta manera, Pedro afirma que la Revelación de Dios no concluyó en el Antiguo Testamento, sino que se completa con la enseñanza apostólica, lo que coloca a los escritos de los apóstoles como parte del “canon” sagrado.

Es esta Revelación de procedencia divina y no humana (como vimos en la lección antepasada) la que nos garantiza que Dios cumplirá su promesa de darnos un mundo mejor, a su manera y en sus propios tiempos.

“Sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación”.

Esta es la visión del escepticismo naturalista: pensar que la naturaleza y la historia siguen su curso, basadas solamente en factores naturales y humanos, sin la intervención de ningún poder exterior. Excluyen a Dios de la ecuación, para explicar la historia. Y se burlan de quienes creemos y proclamamos la existencia de un Dios personal, creador de la historia e interviniente en ella.

“¿Dónde está la promesa de su advenimiento?”, dicen ellos en tono de burla.

Lamentablemente, algunos de nosotros hemos dado y seguimos dando pie a este tipo de burlas. Algunos todavía no hemos aprendido de la historia de nuestra iglesia, y seguimos fijando fechas para la segunda venida de Cristo, basándonos en cálculos forzados de ciertas fechas proféticas y relacionándolas arbitrariamente con acontecimientos irrelevantes del panorama mundial. Queremos ver una señal de que “YA” es el tiempo en cualquier acontecimiento aislado que parece coincidir con la profecía. Por ejemplo, en la Argentina, desde hace poco tiempo, se ha querido implantar una ley dominical en la provincia de Córdoba, sin demasiada fuerza, y ya algunos de nosotros creemos ver en esto una señal de alarma, de que el conflicto final ya está por desatarse. Y, si bien es cierto, este tipo de movimientos suman un grano de arena al clima ideológico en el que se verá envuelta la humanidad en la crisis final, ignoramos que la Argentina es solo un pequeño foco insignificante en relación con el panorama profético. Según nuestra interpretación profética, el movimiento significativo en relación con la observancia y la imposición dominical tiene que venir “de arriba”, de los Estados Unidos, y de allí extenderse al mundo gracias a su poder hegemónico que, según nuestra interpretación de la profecía apocalíptica (Apoc. 13), lo tendrá al final de la historia, aun cuando en la actualidad pareciera haber otros poderes que podrían desafiar esta primacía política mundial (como lo hizo la Unión Soviética durante la “Guerra Fría”, o en la actualidad podrían hacerlo el “Gigante Chino”, o el fundamentalismo islámico).

“Estos ignoran voluntariamente, que en el tiempo antiguo fueron hechos por la palabra de Dios los cielos, y también la tierra, que proviene del agua y por el agua subsiste, por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua; pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos”.

Pedro destaca un aspecto importantísimo del escepticismo: hay una ignorancia “voluntaria” de la verdad divina. No es meramente un no saber o no poder creer; es un “no querer” creer. “Ignoran voluntariamente”. Si bien es cierto, hay muchos incrédulos (ateos, agnósticos, deístas) cuyo escepticismo es respetable –porque, en gran medida, está provocado por la aparente “ausencia de Dios” que encuentran en la vida de muchos de los que nos llamamos “creyentes”, que aunque profesamos creer en Dios vivimos como si él no existiera o representamos tan mal a Dios con nuestro fanatismo místico o legalista, con nuestra dureza de corazón hacia el prójimo–, cuando nos ha tocado conversar con gente escéptica encontramos que difícilmente tratan de investigar, darle la oportunidad a Dios, a la Biblia y a la fe cristiana de mostrar su realidad y veracidad. No tienen rigor intelectual ni ético, y a priori de toda demostración en favor de la fe ya han fallado sobre Dios y la religión: prefieren no saber, no conocer. No quieren conocer, porque en el fondo saben que la fe siempre compromete y exige un cambio de vida, y prefieren vivir en la inercia de su estilo de vida.

Pedro apela a la verdad de que nuestro Dios no es el Dios deísta que está impasible, imperturbable en su trono, y que no quiere tener nada que ver con nuestra historia. Por el contrario. Él es el originador de nuestra historia: “en el tiempo antiguo fueron hechos por la palabra de Dios los cielos, y también la tierra”. Dios intervino en la creación de nuestro mundo; es gracias a él que existen el universo y nuestro planeta. Pero, además, no se desentendió de la Creación una vez hecha, sino que interviene permanentemente en lo cotidiano al sustentarla, pero especialmente provocando eventos históricos significativos, como el Diluvio: “por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua”. Y finalmente intervendrá para poner fin a la historia –dramática en algunos casos; y trágica, en otros– del pecado, esta vez mediante el fuego: “pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos”.

“Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día”.

Es cierto que los apóstoles –especialmente Pablo– parecen presentar la segunda venida de Cristo como un evento que ocurriría en sus propios días (ver 1 Tes. 4:15-17), y sin embargo han pasado dos mil años desde aquel entonces. Es cierto que a lo largo de la historia muchos creyentes cristianos creían que en sus días regresaría Jesús. Y, con mucha más razón, todas las generaciones de adventistas del séptimo día que han desfilado por nuestra historia confesional, desde 1844 hasta hoy, hemos creído –y seguimos creyendo– que Jesús vendría en nuestros días, y todavía no ha regresado. ¿Ha fallado la promesa bíblica o estaban engañados Pablo, los apóstoles, y los creyentes cristianos desde entonces hasta hoy? En ninguna manera. Sino que Dios ha revelado esta gran y bendita verdad y esperanza desde su propia perspectiva temporal –la eternidad–, que es abarcadora, amplia y visionaria, y no desde nuestra mezquina y limitada mirada humana. Algún día, cuando lleguemos a la eternidad, veremos la historia y su temporalidad desde la perspectiva de Dios: para él, “un día es como mil años, y mil años como un día”.

Por otra parte, seguramente Dios quiso que los creyentes de todas las generaciones viviéramos con la perspectiva de la “esperanza bienaventurada” (Tito 2:13) como inminente, para alentarnos en nuestro peregrinaje terrenal. No que nos haya engañado. En realidad, desde el punto de vista psicológico –de cómo percibiremos y experimentaremos la eternidad–, el regreso de Jesús no está a más de los escasos noventa o cien años (en el mejor de los casos) que nos toque vivir en esta Tierra. En el caso de que nos toque fallecer antes de que Jesús regrese, la percepción del tiempo que tendremos entre que nuestros ojos se cierren para descansar en Jesús y lo veamos regresar en gloria será de apenas unos segundos, como cuando por la mañana, luego de una noche de descanso, nos despertamos del sueño. Por eso, la Biblia, dulcemente, habla de los que han fallecido como de “los que duermen” (1 Tes. 4:13).

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

Aquí está, en realidad, la razón de la aparente demora: la infinita misericordia de Dios, que desea llevar al cielo a cuantas personas pueda, y trata de no excluir a nadie, que nadie se pierda la felicidad de la eternidad. Como diría un amigo, hay un solo plan elaborado por el Cielo, el plan de salvación. No hay un plan de perdición, un plan para ver a cuántas personas Dios puede privarlas del cielo. Ya lo dijo Jesús con estas hermosas palabras: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).

Hay un solo deseo de Dios: que todos seamos salvos. Por eso todavía no ha cerrado la historia, porque desea dar a todos la oportunidad de salvarse. Pero, aun cuando él desea la salvación de todos (1 Tim. 2:4; 1 Tim. 4:10; Juan 3:16; Eze. 33:11), no existe en la Biblia tal cosa como el universalismo (la idea de que finalmente todos se salvarán, no importa las decisiones que hayan tomado en esta vida ni su conducta) ni como la doble predestinación calvinista (que Dios haya elegido arbitrariamente a algunos para que se salven y a otros para que se pierdan, independientemente de sus decisiones y su conducta). La salvación o la perdición dependen de la obra redentora de Dios a través del sacrificio de Cristo y de la obra regeneradora del Espíritu Santo, pero no sin la decisión humana de aceptar la salvación y la cooperación con la gracia en el deseo de cambiar de vida y hacerlo, efectivamente: “que todos procedan al arrepentimiento”. Dios no nos impone la salvación, sino que la ofrece. Está en el ser humano valorarla, aceptarla y experimentarla.

“Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas”.

A pesar de la aparente demora, llegará el día final. Dios, en su intervención en la historia, no se maneja con el tiempo considerado como jronos (en griego, el tiempo mensurable, el de las agujas del reloj, que es un tiempo arbitrario e inexorable, del cual deriva nuestras palabras cronómetro, cronometrar, cronología, etc.), sino con el kairós (en griego, el “momento oportuno”, cuando las condiciones están dadas para que Dios considere que tiene que intervenir). No podemos entender del todo las razones de Dios, lo que su sabiduría infinita decreta como lo mejor en los tiempos que él considera oportunos. Pero llegará el momento en que Dios considere que ya es tiempo de acabar con esta historia del “terrible experimento de la rebelión”, como lo denominara Elena de White al gran conflicto cósmico entre el bien y el mal.

La segunda venida de Cristo no será un evento tímido, invisible, secreto. Por el contrario, Jesús viene a rescatar a los suyos de la destrucción final de nuestro planeta tal como lo conocemos. La descripción que hace Pedro de este suceso es estremecedora: “los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas”.

“Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!”

¿Estará apelando Pedro (y, con él, la Revelación bíblica) al miedo como motivador de la vida cristiana, de una conducta santa? Porque, en tal caso, los salvados no serían otra cosa que una manada de rebeldes reprimidos, que por temor al castigo se someten servilmente a las órdenes y la prepotencia de un gran “Dictador cósmico”, que en este caso sería Dios. Esa es precisamente la acusación de Satanás: que sus criaturas solo pueden servir a Dios por miedo, no por amor. Que Dios no tiene suficientes encantos en sí mismos como para suscitar la lealtad espontánea, alegre y voluntaria de sus criaturas, sino que utiliza la coerción como forma de asegurarse la obediencia y la adulación (que llamamos adoración) de ellas.

Evidentemente, esta exhortación de Pedro debe tener otro sentido. Pero es cierto que muchas veces, aun los cristianos, perdemos de vista la realidad de las cosas eternas, nos dejemos absorber por los placeres o las preocupaciones terrenales, y perdemos el sentido de lo excesivamente malo y destructivo que es el pecado. A veces, los seres humanos necesitamos un “cachetazo” que nos despabile, nos saque de nuestro ensimismamiento pecaminoso y nos haga ver la gravedad de los sucesos finales de la historia. Quizás este sentido de Juicio y de destrucción final nos pueda hacer sentir que la cosa es en serio, que Dios no tolerará para siempre el mal y que solo quienes tengan como proyecto de vida ser realmente buenas personas podrán compartir ese mundo mejor del que habla a continuación. Sin embargo, una genuina experiencia cristiana solo se puede sostener única y exclusivamente por el amor desinteresado (es decir, libre de coerción o de intereses egoístas) hacia Dios y hacia el prójimo. Toda otra motivación solamente nos convierte en “mercenarios” de Dios, pero no hijos auténticamente fieles.

Pedro nos exhorta, en vista de la eternidad, de ese mundo mejor donde solo reinarán el amor y la bondad, a empezar a vivir aquí como esperamos vivir en el cielo: “cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir”. Notemos, como lo hemos señalado cuando comentamos la primera epístola, que la santidad tiene que ver no meramente con un “estatus”, ser “apartados” por Dios, sino también con una “manera de vivir”; un estilo de vida caracterizado por el amor, el bien, la bondad, la pureza, la rectitud, la solidaridad.

Cabe hacer un comentario sobre la expresión “esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios”. Por alguna extraña razón, se suele interpretar este versículo, en nuestro ámbito adventista, como que podemos apresurar la venida de Cristo. Pero eso no es lo que está diciendo Pedro aquí. Él no habla de apresurar la venida de Jesús sino de apresurarnos nosotros mismos en nuestra preparación para el cielo; es decir, no dilatar nuestra entrega a Jesús, nuestra rendición a su obra regeneradora y a su voluntad. La dilación es uno de los mayores peligros para la vida espiritual: pensar que hoy no es el momento, que todavía tengo que concretar mis proyectos personales egoístas y satisfacer mis gustos; que alguna vez llegará el día en que haré una entrega total, pero no hoy.

Por otra parte, es muy ingenuo, pueril y simplista (además de egotista, narcisista) la idea de que nosotros, pobres seres humanos falibles y finitos, podamos tener en nuestras manos nada menos que algo tan trascendente y portentoso como el fin de la historia. Dios es el soberano, no nosotros. Podemos colaborar con el plan de redención, con la predicación del evangelio, pero ese es un privilegio inmerecido que Dios nos da del cual los primeros beneficiados somos nosotros. Pero no podemos pensar que algo tan grave y trascendente como la salvación de la humanidad (hoy, más de 7.000 millones de personas) dependa de nuestros pobres y débiles esfuerzos. Dios obra a través de nosotros, con nosotros, más allá de nosotros y aun a pesar de nosotros para cumplir su obra redentora. Si dependiera de nuestra pobre humanidad para salvar a la humanidad, su plan sería un fracaso. Él, que ama infinitamente a cada ser humano, ha tomado sobre sí mismo la responsabilidad de salvarnos a todos, colabore el hombre o no con sus esfuerzos salvíficos. Esta es nuestra esperanza con respecto a nosotros, con respecto a nuestros seres amados y en cuanto a los miles de millones de personas que han desfilado por la historia y que viven en la actualidad.

“Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz”.

Sí, las escenas finales de la historia pueden ser muy catastróficas y hasta amedrentadoras. Pero, para el hijo de Dios que ha aprendido a confiar en su Padre celestial y en la eficacia del sacrificio de Cristo, ese momento convulsivo no es otra cosa que el preámbulo de la dicha eterna, en el Hogar celestial. Tenemos una bendita esperanza, basada en las promesas de Dios, que nuestro destino definitivo no es este viejo y arruinado mundo, sino “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”.

Ese ideal y sueño que anida en el corazón de todo ser humano, de vivir en un mundo perfecto, bello, libre de todo peligro, de todo mal, de todo dolor, se concretará pronto. Tenemos un destino final feliz y glorioso, un mundo nuevo. Y será un mundo feliz no meramente porque sus paisajes serán de ensueño, porque ya no habrá enfermedad ni muerte, sino porque en él “mora la justicia”; es decir, la bondad pura e incontaminada. Eso es lo que garantizará que el Paraíso realmente sea un paraíso. Si Dios llevara al cielo a gente que prefiere vivir en el mal, en el odio, el egoísmo, lo único que haría sería perpetuar la rebelión y el sufrimiento. Solo cambiaría de escenario la trágica historia de la humanidad. Por el contrario, será un mundo dichoso porque las personas que accedan a él tendrán como proyecto de vida ser realmente buenas y vivir en armonía con el carácter de amor y, por ende, vivir para hacer su voluntad. Por eso, estas personas se preparan aquí empezando a aclimatarse espiritual y moralmente para el cielo: “estando en espera de estas cosas”, procuran “ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz”. Sin mancha por la sangre de Cristo, a quien aceptan como su única y suficiente justicia, y también porque permiten que el Espíritu Santo vaya purificando sus corazones de toda maldad.

“Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación”.

Como ya dijimos, el único deseo y propósito de Dios es llevar al cielo a cuantos pueda. Por eso, todavía nos tiene paciencia, porque solo desea salvarnos. Nos da una y otra oportunidades; todas las que hagan falta. No tenemos que temer que alguna vez se acabe la gracia Dios; siempre estará a nuestra disposición. Lo que sí debemos temer es que, por despreciar esa gracia, nuestro corazón llegue a insensibilizarse y endurecerse al amor de Dios y al bien y la bondad.

“Como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición”.

Aquí Pedro está reconociendo la autoridad apostólica de Pablo, y de alguna manera está incluyendo sus escritos dentro del Canon Sagrado. Equipara sus epístolas con “las otras Escrituras” (el Antiguo Testamento). Lejos de lo que algunos han llegado a pensar, que Pedro habría quedado resentido con Pablo por el incidente de Antioquía, en el que Pablo tuvo que reprender a Pedro por su actitud acomodaticia frente a los cristianos judaizantes (Gál. 2:11-14), Pedro está exaltando la sabiduría inspirada de Pablo, la riqueza de sus escritos, y especialmente parece estar señalando el énfasis de la enseñanza de Pablo en la salvación.

También, como hombre de una formación intelectual más sencilla que la de Pablo, Pedro reconoce que Pablo escribe algunas cosas profundas que no son fáciles de entender. Y, ayer como hoy, siempre hubo personas que “tuercen” las Escrituras “para su propia perdición”. Seguramente Pedro estaba haciendo alusión a quienes usaban el énfasis de Pablo en la salvación gratuita, por gracia, para dar piedra libre a una vida licenciosa o relajada en lo moral (lo que seguramente también hace Santiago en su epístola). Estas personas son los “indoctos e inconstantes”; es decir, personas que no son realmente estudiosos profundos y sinceros de las Escrituras sino meros “opinólogos”, que solo entresacan de la Revelación lo que se aviene a sus propios pensamientos y deseos egoístas, para justificar y legitimar su vida pecaminosa, pero a quienes les falta rigor intelectual (teológico), para asegurarse de averiguar cuál es la voluntad de Dios revelada en la Biblia. Además, son “inconstantes”, gente que se deja llevar por los vientos de las opiniones cambiantes de los hombres, por el impacto de la elocuencia de algún predicador carismático y facilista, pero que no tienen columna vertebral cristiana, entereza y perseverancia en la fe.

“Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén”.

En estas palabras finales, Pedro nos llama a la madurez cristiana. A dejar de ser cristianos infantiles, inmaduros, “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efe. 4:14). Por el contario, las palabras de Pedro parecen ser un eco de las del propio Pablo en el pasaje recién mencionado de la Epístola a los Efesios, quien nos exhorta a “que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efe. 4:15).

Como diría Pablo, es bueno que seamos “niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar” (1 Cor. 14:20). No podemos pasarnos la vida cristiana dependiendo de lo que otros estudian y han aprendido en su experiencia cristiana, llámense pastores, ancianos o todo tipo de hermanos de iglesia. Debemos tener vida espiritual propia, estudiar por nuestra propia cuenta la Revelación bíblica, formarnos nuestras propias convicciones bajo la conducción del Espíritu Santo, y no estancarnos sino crecer cada vez más en nuestra relación con Dios, en la obra regeneradora y santificadora del Espíritu Santo, en el cultivo de un carácter semejante al de Cristo.

Que Dios nos bendiga a todos para que, por su gracia, nos preparemos juntos para “el día de la eternidad”, es día glorioso en que nuestro sueño más sublime, de ver a Dios cara a cara, se cumpla, y podamos darle la gloria que merece con nuestra redención, al tenernos seguros en el Hogar celestial, como es su deseo más profundo, por el cual entregó a su Hijo amado por nuestra salvación.

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