Nací en un hogar adventista; en verdad, represento la sexta generación de adventistas en mi familia. Pienso frecuentemente en el adventismo de hoy, y de manera inevitable vienen a mi memoria las historias que escuchaba de mis antepasados, y mis experiencias como niño, adolescente y joven en la iglesia. Es como si pasara una película por mi cabeza, y me viera en mi iglesia local, recordando lo vivido. Algo se destaca en estos recuerdos: el impacto de mis dirigentes (pastores y ancianos) y hermanos adultos en mi juventud.

¿Un impacto?, te estarás preguntando. Sí, un impacto fuerte y difícil de apagar. ¿Cómo olvidar a algunos de esos hermanos, si cuando miro hacia atrás puedo verlos un domingo de tarde con nosotros, limpiando, pintando y acomodando el salón de jóvenes? ¿Cómo olvidar todos los sábados por la noche, jugando con nosotros al vóley, al tenis de mesa, sirviendo comida con el fin de recaudar dinero para el camporí, o el congreso de Jóvenes? ¿Cómo olvidar aquella palabra amiga en el momento indicado; aquel abrazo en esa caminata del club o en ese campamento, donde estaba siempre presente? ¿Cómo olvidar las visitas en nuestro hogar en los momentos difíciles? Soy sincero contigo: de todos los sermones, solo recuerdo uno, cuando el anciano de iglesia me pidió que lo ayudara con la ilustración del sermón. Recuerdo, también, tantos camporís y congresos en los que ellos estaban con nosotros apoyando, disfrutando, riendo, guiando… Recuerdo que había espacio para los más jóvenes; sentía que confiaban en mí. Siempre había alguien que “luchaba” en nuestro favor en la Junta de Iglesia, diciendo “ellos”, los jóvenes, son lo más importante que tenemos en la iglesia.

¿Por qué comparto estos recuerdos con ustedes? Simplemente, para decirles que por más que las generaciones cambien ciertos perfiles, tienen necesidades que no cambian, y si estas son bien atendidas marcarán toda la diferencia en una iglesia orientada especialmente en salvar a las nuevas generaciones.

Creo que mucho podría hacerse si comenzamos por un simple paso en favor de nuestra juventud. Ese primer paso es escucharlos más. A veces creemos, como adultos, que sabemos lo que los jóvenes quieren y piensan, y cuál es su cosmovisión de la vida y de la iglesia. Pero nos engañamos al pensar de esta manera. Ruego a los líderes y los hermanos que miren a la iglesia con preocupaciones legítimas sobre nuestra juventud; que dediquemos más tiempo a escuchar, para el diálogo saludable.

Unos meses atrás, invitamos a algunos jóvenes que representaban diferentes regiones de nuestro territorio sudamericano, para conversar abiertamente sobre asuntos como la relevancia de la iglesia hoy para las nuevas generaciones, el liderazgo y los jóvenes, etc.

Quiero compartir algunas frases e ideas que ellos presentaron, que me resultan importantes para nuestra reflexión.

Los jóvenes creen que la relevancia de la iglesia está más relacionada con el cuidado de ellos, un interés genuino y el ser amigos que con llevar a alguien al bautismo; siendo que esto último es consecuencia de un proceso relevante.

Cuando se les preguntó sobre la iglesia y la tecnología, mencionaron que la iglesia está bastante actualizada en relación con este asunto, y agradecen por esto. Pero creen que necesitan ser más escuchados, abrir espacios para el diálogo y una vida en comunidad, en la cual las relaciones puedan ser desarrolladas creando una red de discipulado eficaz (palabras de ellos).

«Ruego a los líderes y los hermanos que miren a la iglesia con preocupaciones legítimas sobre nuestra juventud; que dediquemos más tiempo a escuchar, para el diálogo saludable”.

Sobre los jóvenes y el liderazgo, ellos manifiestan que un pastor, anciano o dirigente es influyente por la cercanía y la amistad; consigue el respeto de la juventud cuando esta se siente depositaria de confianza y tiene a alguien en quien confiar.

Un punto interesante que los jóvenes mencionaron es sobre la impresión de que aplicamos el método de Cristo con aquellos que queremos ganar para el evangelio pero que nos olvidamos bastante de hacer uso de ese mismo método en el diario vivir de la iglesia entre los hermanos.

¿Cómo puede un líder o un adulto de la iglesia ser importante para la vida de un joven? No limitando su creatividad; escuchando más; tratándolos como amigos; no subestimando la capacidad de los jóvenes; siendo auténticos y coherentes entre el discurso y la práctica. Debemos continuar ocupándonos con dedicación de los jóvenes, y considerarlos como aliados en el proceso de hacer una iglesia amiga, relevante para la comunidad y unida en el cumplimiento de la misión.

Cuando miro estas declaraciones, pienso en lo saludables que son estos espacios de diálogo con nuestra juventud. ¡Qué bien que nos hacen a todos! Ahora, existe un desafío de transformar estas reflexiones en acciones dirigidas, decisiones cruciales en favor de una generación que está esperando su espacio y tiene mucho para aportar. Esta generación nos desafía a crecer como personas y como iglesia.

Existen preocupaciones latentes, relacionadas con los jóvenes y la apostasía. Es curioso que, cuando analizamos las estadísticas mundiales de nuestra iglesia, el factor preponderante por el cual alguien abandona la iglesia sea la falta de amigos (41%), y las dos razones que siguen tienen que ver con relaciones. Esto es un indicador lo suficientemente fuerte, que nos revela que aquí deberían estar concentradas nuestras fuerzas e intenciones como iglesia y, por sobre todo, con los adolescentes y los jóvenes.

¿Discipular a las nuevas generaciones es un desafío institucional? Sí. Pero va más allá de lo colectivo: esto es una responsabilidad personal. El discipulado es artesanal, y por lo tanto no es una tarea institucional, sino personal. No hacemos discipulado al por mayor; el discipulado es con pocas personas. Tengo asumido mi compromiso con Dios acerca de esto, y me he propuesto cuidar, amar y pasar mi experiencia con Cristo a un joven en particular. Quiero desafiarte a hacer lo mismo en tu esfera de influencia.

Entiendo que el mejor testimonio de alguien que está en Cristo es el factor amor, en la medida en que este don de Dios es manifestado en la vida de alguien y se transfiere a la vida de otro. El discipulado con las nuevas generaciones será efectivo cuando el amor por ellos sea mayor que mis propios intereses. Jesús ya dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35).

Me gustaría mucho que un joven, en el futuro, pueda decir así de mí: “Cómo olvidar a ese pastor amigo, sus palabras, su cariño por mí, su atención y cuidados; su preocupación legítima en hacer de mí un mejor cristiano”. Que los protagonistas de los buenos recuerdos de los jóvenes de esta generación seamos tú y yo. ¡Siempre Maranatha! RA

Deja un comentario: