Ahora sabemos quién es él

“Desde la eternidad y hasta la eternidad” (Sal. 90:2, LBLA).

La historia presupone que existió un pasado. Pero Dios, en su morada de la eternidad (Isa. 57:15), nunca es ayer. Simplemente, él es. Y nunca tuvo necesidad de retroceder, para ver mejor lo que había sucedido. Para él, todo es hoy. Él anuncia desde el principio cuál es el final; o, desde nuestra perspectiva, cuál será el final (Isa. 46:10). Su nombre es “YO SOY” (Éxo. 3:13-15).

Paradojas

“Ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb. 13:8).

Paradójicamente, el Dios del tiempo presente permanente también habla usando las palabras “ayer” y “mañana”: fue ayer lo mismo que es hoy; y mañana, y mañana y mañana será lo que es hoy (vers. 8). Así que, podríamos tener alguna justificación para pensar en él desde un punto de vista histórico; si bien cualquier reflexión acerca de Dios ya nos brinda suficientes paradojas.

RA Junio 2017 - Historia de DiosLa existencia humana está condicionada por la masa y los minutos, el tiempo, que están en constante tensión con la realidad casi infinita que denominamos “pensamiento”. Así, la vida humana presenta su propia paradoja perpetua.

Con todo, la idea de Dios continúa siendo el concepto que más nos desconcierta: ninguno de nosotros ha existido sin un cuerpo; pero Dios es espíritu (Juan 4:24); espíritu que, según él, es algo que se diferencia de los humanos por no tener carne y hueso, elementos característicos de un cuerpo humano (Luc. 24:39). Con bastante torpeza, algunos humanos consideran que la idea de Dios es algo irrelevante tan solo porque Dios no es material. Se ha considerado “inexcusable” la actitud de estas personas, a la luz de la amplia demostración de sí mismo dada por Dios en su libro de la naturaleza, la creación material y visible (Rom. 1:20).

Además del libro de la naturaleza, Dios tiene el libro de la providencia, que trata sobre el cuidado particular o general que tiene por sus hijos y por la creación. “Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su comida a su tiempo” (Sal. 145:15). “Les das, recogen; abres tu mano, se sacian de bien” (Sal. 104:28).

Los libros de Dios, de la naturaleza y de la providencia ofrecen apoyo secundario a las fuentes primarias que tratan sobre su historia, esto es, la Palabra de Dios y el Dios encarnado. La importancia de estas fuentes depende de la autoridad de su Autor, no de la fecha de su composición. Desde Adán en adelante, la humanidad ha estado leyendo y compartiendo contribuciones acerca de la naturaleza y de la providencia; libros que se ubican en la categoría de “revelación natural”. Por otro lado, la Palabra de Dios y la Palabra hecha carne son su revelación especial (o sobrenatural): la segunda fue concebida cuando se encarnó, por el Espíritu Santo (Luc. 1:35); y las Escrituras, la primera, fueron inspiradas por aquella misma autoridad (2 Tim. 3:16). Interpretar nuestros otros textos sin ellas nos lleva a conjeturas frustradas, que dependen de los límites humanos del tiempo, del cuerpo, de la mente y otros. Pero, con ellas podemos contemplar regiones que de otro modo serían inaccesibles, y realidades que de otro modo serían inconcebibles, siempre que decimos junto con Moisés: “Desde la eternidad…”

El comienzo del comienzo

“Antes que el mundo fuese” (Juan 17:5).

En aquel tiempo eterno, “antes que la oscuridad llenara la extensión de [su] reinado, todo refulgía, todo era júbilo; nadie sabía lo que es perder, todos sabían lo que es recibir”.1 La idílica e impoluta realidad vibró y floreció por inmensurables tiempos eternos.

Entonces, el ingenio trino de Dios decidió comenzar los comienzos, al crear serafines, querubines, y más, de los cuales aún solo podemos conjeturar. Vivieron, reinaron y reposaron en su gloria; jugaron, trabajaron y compartieron en sus galaxias; ensalzaron y sirvieron; y adoraron durante maravillosos eones de su tiempo-espacio. Sin albergar la menor noción de que su atención bondadosa merecía ser criticada. Para ellos, era obvio que él tenía conocimiento y poder absolutos, que eran iguales a su eternidad y abundante ternura: la mayor prueba que tenían era el mismo hecho de que existían (ver Rom. 1:20).

Una nueva noción

“Dios es amor” (1 Juan 4:8).

En algún punto en el discurrir de los milenios, comenzó a existir una noción asombrosa, que subsiste hasta hoy: que toda la realidad debería ser medible. Desde los primeros principios de los principios, las cosas con un principio siempre habían sido mensurables, ya sea de forma absoluta, como la cantidad de materia oscura del universo; o de forma relativa, como la persuasión superior en los razonamientos del querubín protector, comparados con los de otros ángeles. Por otra parte, nunca se había considerado que Dios fuera “cuantificable”. La esencia de la pregunta “¿Cuánto?”, hecha con referencia a Dios, simplemente era absurda.2

Sin embargo, una vez que sugirieron estas ideas sobre la magnitud exacta del amor divino –del que tan bien se hablaba y tanto se ponderaba, al igual que las otras virtudes y poderes divinos–, se hizo más difícil olvidarlas como si nada. Parecía que era una responsabilidad intelectual cuestionarse si Dios realmente tenía un interés y una protección tan completos o si simplemente ejecía un monopolio para con sus hijos.

¿Quién sabe si habría otras maneras de demostrar interés y cuidado, quizás aun mejores que las suyas? ¿Por qué no se permitía a nadie demostrar, o aun explorar, esas otras formas? Si los serafines y los querubines podían ser tan precisos sobre la materia oscura, ¿por qué no podrían desarrollar instrumentos que determinaran las dimensiones del conocimiento divino; o al menos, que exploraran sus contornos? Es más, los alegatos sobre su poder absoluto, ¿promovían un debate abierto y sincero o simplemente silenciaban las alternativas?

Por otro lado, ¿con qué razón exaltaba arbitrariamente la grandeza de uno de sus hijos por sobre todos los demás (Sal. 2:7; Hech. 13:33; Heb. 1:5-12; 5:5)? Después de todo, ¡todos eran sus hijos (Job 2:1; 38:7)! Así que, ¿cómo podría ser esto algo justo?3 En el fondo, podría resumirse estos interrogantes en uno solo: ¿qué clase de amor tiene Dios?

Sugerencias capciosas

“La paga del pecado” (Rom. 6:23).

Estas enigmáticas incógnitas sobre la justicia y la confianza tenían una función latente: de tan solo pensar en ellos, los ángeles se sentían diferentes, abrumados, como si un peso invisible descansara sobre sus hombros o su cabeza.

El protocolo de la gratitud –la vida y su sustento tienen una única Fuente, a quien pertenece toda la alabanza (Rom. 11:36)– también parecía hacer más pesada la carga. Casi llegó a ser obvio a la vista cuáles ángeles cargaban este peso. Y,además de las apariencias, algunos ángeles recordaban el gran alivio de espíritu que sintieron cuando decidieron confiar en su Soberano, en vez de abrigar ideas sobre cómo medirlo.

No obstante, estas nuevas inquietudes llevaron a un acontecimiento sin precedentes en la historia de Dios: un considerable número de espíritus llegó a la conclusión de que ellos y sus preguntas no estaban siendo tratados como merecían; que se debía detener la discriminación en beneficio de un hijo en particular. Que probablemente Dios fuera un autócrata, tal como lo sugirió el querubin protector. Que su conciencia ya no les permitiría seguir bajo esas opresivas condiciones de funcionamiento.

Todo había surgido por algo que el ángel principal de Dios (a quien conocemos como Lucifer) sentía que había sido un ultraje perpetrado en su contra: la Deidad había trazado planes para crear el planeta Tierra sin solicitar su opinión.4 Muchos de sus compañeros se regocijaron por la nueva creación de Dios. Él no tuvo gozo alguno en ella. Solo se sintió ofendido por haber sido excluido; decepción que compartió con quienes estaban dispuestos a oírlo.5

Finalmente, cuando la paciente tolerancia de Dios determinó que era tiempo de tratar el asunto abiertamente, Satanás (nombre que recibió por su comportamiento contencioso) criticó enérgicamente la justicia del gobierno de Dios, el hecho de que fuera excluido del Concilio Divino y, específicamente, que se estuviera mostrando discriminación, al exaltar arbitrariamente a Miguel, el Hijo de Dios.6 Indicó claramente que no mostraría subordinación al Hijo, y que tenía una gran cantidad de seguidores. Los ángeles leales a Dios no pudieron contener su angustia, al verlo lanzar calumnias en contra de su amoroso Comandante. Tras esto, el Padre anunció que él y sus seguidores debían ser expulsados de las cortes de gloria.7

La reacción en conjunto que evidenciaron produjo un “terremoto celestial”. En el subsiguiente inicio de hostilidades entre el Padre y quienes aspiraban a ser “libertadores”, Miguel, el Hijo exaltado, dirigió a las huestes leales y expulsó a los rebeldes del Centro de Operaciones Universales.

Dios y el planeta Tierra

“En el principio, Dios” (Gén. 1:1, NTV).

El egocentrismo que el pecado ha inspirado puede exagerar el sentido de importancia que tenemos los seres humanos dentro de la historia de Dios.8 Pero Dios sí tiene un interés pleno por sus hijos humanos. No tiene intención alguna de perdernos, aunque hemos sido con él tan traicioneros como se podría imaginar: respondimos a los destellos de la semana de la Creación (Gén. 1, 2) poniéndonos del lado de Satanás… y sumiendo a todo este mundo en el caos más absoluto (Gén. 3).

La degradación del mundo hacia una violencia global hizo necesario que fuera purificado con un diluvio también global (Gén. 6-9); los descendientes de Abram, por medio de quienes tenía el plan de mostrar al mundo su real historia de amor, prefirieron ser como el mundo del cual él los había llamado (1 Sam. 8:1-5), y terminaron bajo las sandalias embarradas de los asirios (2 Rey. 18:11) y los babilonios (2 Rey. 25). Luego de que los hubiera restaurado del exilio para reconstituir su santa nación, ellos perpetraron el crimen más vil de la historia: el asesinato de su Hijo, a quien él había enviado para rescatar el mundo, por puro amor (Mat. 21:33-45; 27; Mar. 15; Juan 3:16).

Pero estas desastrosas respuestas nuestras a su interés tan solo lo han revelado aun más: “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20). Paradójicamente, el Hijo de Dios, a quien asesinamos, era Dios entregándose a sí mismo como el perfecto sacrificio que necesitábamos para satisfacer las exigencias de su Ley inmutable (2 Cor. 5:14-21). Él se dio a sí mismo por nuestra salvación (Gál. 1:4; 1 Tim. 2:6; Tito 2:14). “Nadie más era lo suficientemente bueno / para pagar el precio del pecado; / solo él podía abrir los portales / del cielo, y hacernos entrar”.9 Y lo hizo, demostrando, más allá de cualquier concepto humano, cuán plenamente le importamos. Hasta la muerte.

Curiosamente, Satanás entiende tan bien este amor que este influye en sus planes: él les aseguró a sus seguidores que, una vez que hiciera a Adán y a Eva desobedecer, la determinación de Dios para restaurarlos abriría las puertas para que los ángeles rebeldes también fuesen readmitidos.10 A pesar de todas sus calumnias hacia Dios, en las que lo acusaba de ser un tirano, Satanás sabía que solo por las misericordias de Dios él no era consumido, y siguió dando por hecha su compasión (ver Lam. 3:22).

El éxito de Satanás con el primer hombre y la primera mujer fue similar al éxito que había tenido con los ángeles: logró persuadir a Eva de que su arbitrario Dios la estaba privando de lo que se merecía. Luego, llevó a Adán a concentrarse en la desdicha que tendría en la vida sin su Eva amada (Gén. 3:1-6). Tuvo éxito porque en ambas oportunidades hizo dudar del amor de Dios.

Luego, tal como lo había predicho, el inquebrantable amor de Dios desplegó un plan para rescatarlos y restablecerlos. Un plan en el que la Trinidad se había puesto de acuerdo aun antes de que se establecieran los fundamentos del mundo.11 Como exclama Pablo: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Rom. 8:32).

¡Con razón que los humanos creemos que somos importantísimos para Dios! La forma en que él trató con el planeta Tierra brinda un testimonio consecuente con la esencia de cómo Satanás entiende a Dios. En su libro de la naturaleza, su amor “está escrito en cada capullo de flor que se abre, en cada tallo de la naciente hierba”.12 Su libro de la providencia presenta maravillosa información y atestigua sobre su amoroso cuidado por sus hijos. Él envía “lluvias del cielo y tiempos fructíferos”; satisface nuestra alma con “sustento y […] alegría” (Hech. 14:17).

Con una claridad no siempre comprendida en la naturaleza y la vida diaria, su Palabra escrita declara: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:8). Sobre todo, vemos cómo se desenlaza su plan, trazado desde antes de la fundación del mundo para salvar a los humanos del infierno que merecían, en el que Jesús fue alzado sobre la cruz para atraernos a todos a sí mismo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Cielos nuevos y tierra nueva

“Vendré otra vez” (Juan 14:3).

Para nosotros, que nos manejamos en la vida en términos de ayer, hoy y mañana, Dios ha compartido con nosotros detalles considerables sobre las fases futuras de su historia. Detalles que son más asombrosos que nunca, pues el Dios que hasta se hizo humano para salvar a la humanidad, que rompió las cadenas de la muerte y atravesó los portales del infierno para rescatarnos de todo mal y darnos vida, ahora reina en gloria “con forma humana”.13 Muy pronto regresará, para llevar consigo a todos los que creen en él (Juan 14:3), para que todos puedan formar parte de su Reino eterno.

Hasta aquel evento alucinante, no hay propósito que conmueva más las vidas humanas que el de contar al mundo su maravillosa historia e instar a todos, en todo lugar, a unirse a este amor, a compartirlo y a deleitarse en él. Algo que comienza hoy y seguirá por la eternidad, durante todos los siglos del interminable mañana de Dios. RA


Referencias:

1 Bill Knott, “The Light of Christ” [La luz de Cristo], © Bill Knott, diciembre de 2016.

2 Sobre la existencia, la sabiduría, las obras y la grandeza inescrutables de Dios, véase, p. ej., Job 5:9; Sal. 145:3; Rom. 11:33; 1 Tim. 6:16.

3 Elena de White, Patriarcas y profetas: “El propósito de este príncipe de los ángeles llegó a ser disputar la supremacía del Hijo de Dios, y así poner en tela de juicio la sabiduría y el amor del Creador. A lograr este fin estaba por consagrar las energías de esa mente maestra, la cual, después de la de Cristo, era la principal entre las huestes de Dios” (p. 14).

4 White, Spiritual Gifts [Dones espirituales], t. 3, p. 36.

5 _____, Carta 78, 1900.

6 Spiritual Gifts, t. 3, p. 37.

7 Ibíd., p. 38.

8 Un ejemplo de nuestra miopía o arrogancia podría ser el libro A History of God [Una historia de Dios], de Karen Armstrong (Nueva York: Random House, Ballantine Books, 1993), que estudia el judaísmo, el cristianismo y el Islam, y comienza por Abraham.

9 Cecil Frances Alexander (1818-1895), “There Is a Green Hill” [Hay un verde monte].

10 White, en Signs of the Times, 16 de enero de 1879.

11 Apoc. 13:8; 1 Ped. 1:18-20; White, Él es la salida: “Antes de que se establecieran los fundamentos de este mundo, el Padre y el Hijo habían estrechado sus manos en un solemne compromiso de que Cristo llegaría a ser la seguridad de la raza” (p. 400).

12 White, El camino a Cristo, p. 8.

13 White, Los hechos de los apóstoles, p. 54.

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