“¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?” (Mat. 9:11).

Una de las mejores maneras de romper el hielo con la gente en la calle es pasearse con un perro simpático o con un ramo de flores. Felipe, pastor adventista, usaba otro medio para entrar en contacto con la gente de la calle: su Citroën 3CV amarillo. En los tiempos que corren, empachados de tecnología, manejar un Citroën 3CV amarillo es exótico, de más está decirlo. Felipe lo sabía. Y también sabía que este “bólido” de otro tiempo sería su mejor aliado para acercarse a personas que necesitaban de Jesús, aunque no lo reconocieran.

Así, Felipe salía a recorrer pueblos y ciudades, y la táctica no falló. Se hizo amigo de mucha gente; sobre todo, se hizo amigo de gente marginada, de drogadictos y de parias de la sociedad. Todos se sentían atraídos por el Citroën 3CV amarillo, y era fácil comenzar a dialogar, primero sobre cualquier cosa y, con el tiempo, de temas más profundos. Con algunos, hasta podía hablar sobre Jesús y de su amor.

Una de esas personas, una joven, se dio cuenta de que las drogas no eran lo mejor para ella, y decidió hacer una película casera para ayudar a sus amigos a reflexionar. Y en la película necesitaba a Felipe para el rol de Felipe… y el Citroën 3CV amarillo para su propio rol.

Un día, Felipe me dio una copia del DVD con la película, y me dijo: “Cuidado, que es dura; la vida de los drogadictos es dura y esta chica no ahorra en crudezas. Pero me vas a ver a mí. Estoy feliz de que me haya pedido participar en su proyecto”. Lágrimas corrían por las mejillas de Felipe. Y no me soltaba la mano; desde hacía rato ya, cuando me había acercado a él mientras descansaba en el asiento delantero de su amado Citroën 3CV amarillo. Felipe estaba muy debilitado por un cáncer repentino, que estaba a punto de cortar su vida demasiado temprano. Habíamos ido ese sábado de tarde a despedirnos de él, y a decirle que pronto nos veríamos nuevamente, en el cielo, con nuestro Jesús.

Pero Felipe sentía una profunda tristeza por no poder seguir mostrando a Jesús a los marginados. “Hay tanto por hacer… ¡Tengo tanto para hacer!”, repetía una y otra vez, y me apretaba más fuerte aún la mano. Había ganado la confianza de muchos, y ahora, ¿quién saldría como él, con un Citroën 3CVamarillo?

Cada persona tiene mucho valor, y todos estamos llamados a ser como Jesús y a servir a todos sin distinción.

“Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos. Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprender lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mat. 9:10-13).

En el funeral de Felipe había mucha, mucha gente. Su familia había alquilado un salón inmenso. Una de las reflexiones estuvo a cargo de un pastor de otra confesión, que estaba en representación de otros pastores de otras confesiones. El cariño que sentían por Felipe era inmenso. Admiraban su conocimiento de la Biblia y su firme convicción de los principios adventistas. “Él nunca transigía con sus principios y sus creencias, pero siempre tenía su corazón abierto para dialogar con todos y ser amigo de todos”, declaró el pastor.

Nunca había tomado notas en un funeral. Pero aquí estaba, tratando de no perderme ninguna gota de lo que se decía. Pero, sobre todo, del mensaje que Felipe nos había dejado en ese momento. Ese mensaje estaba resumido en las dos canciones que había elegido para el final de su funeral. Aunque en idiomas diferentes (Felipe era un notable políglota, con conocimientos enciclopédicos en varios temas), estas dos canciones hablaban de lo mismo: cada persona en este mundo es única. Cada persona tiene mucho valor, y todos estamos llamados a ser como Jesús y a servir a todos, sin importar “si cantamos la canción de nuestra vida en bemol o en sostenido”.

Aquel sábado de tarde cuando lo visitamos antes de morir nos despedimos y lloramos mucho. Su esposa se sentó al volante, al lado de Felipe, y salieron rumbo a otra ciudad a una hora de viaje. “Quiero ir a apoyar a un compañero pastor que va a dar una conferencia esta tarde en la iglesia”, me había dicho. ¡Incorregible, Felipe! Saqué mi celular y filmé, mientras el Citroën 3CV amarillo se iba y desaparecía al doblar la esquina. Otra misión lo esperaba. RA

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