LECCIÓN Nº 11: FALSOS MAESTROS

2 Pedro 2:1-22

Es importante relacionar la porción de la epístola de Pedro en la que estamos reflexionando esta semana con el pasaje de 2 Pedro que analizamos la semana anterior. En la lección de esta semana, Pedro va a advertir a la iglesia acerca del peligro de los falsos profetas y los falsos maestros. En la lección de la semana pasada, Pedro enfatizaba la inspiración divina de las Sagradas Escrituras y, por lo tanto, su AUTORIDAD sobre la vida del creyente. Él comenzaba mostrando que había tenido una experiencia personal con Cristo, que había sido testigo de hechos milagrosos. Pero, aun así, Pedro dice que la palabra profética (la Biblia) es “más segura” (2 Ped. 1:19). ¿Cómo entendemos esta expresión? Puede tener varios significados, pero por el contexto pareciera que lo que quiere decir el apóstol es que la Palabra, la Revelación escrita de Dios (las Sagradas Escrituras), es una guía “más segura” incluso que la experiencia personal. ¿Por qué? Porque el enemigo puede engañar nuestros sentidos, puede realizar “milagros”, hechos espectaculares. No todo lo que brilla es oro, y no todo lo sensacional, espectacular, “milagroso” lleva el sello de Dios. Toda experiencia (lo que vemos, oímos, sentimos y pensamos) debe ser confrontada con la Revelación escrita de Dios para corroborar si su origen es divino o diabólico.

Luego de haber establecido, entonces, el orden de prioridad en cuanto a la guía de Dios en la vida cristiana, Pedro nos advierte contra la influencia sutil (o abierta), insidiosa y engañosa de los falsos maestros:

“Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme” (2 Ped. 2:1-3).

¿Qué es lo que mueve a una persona a convertirse en un falso maestro, por qué llega a serlo? Obviamente, la Palabra de Dios nos revela que el autor de todo engaño es el enemigo de Dios y del hombre, el diablo, “el cual engaña al mundo entero” (Apoc. 12:9). Jesús lo llama “padre de mentira” (Juan 8:44), y nos advierte que “se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Mat. 24:24). Lo mismo enfatiza el apóstol Pablo: “[…] obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Tes. 2:9, 10). Notemos que el enemigo utiliza el elemento milagroso, espectacular, para seducir nuestras mentes, porque sabe el impacto que eso produce en nosotros. Por otra parte, Jesús nos advierte que el enemigo trata de camuflarse, para hacer más efectivos sus engaños: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mat. 7:15). Y Pablo llega a decir que “[…] éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia” (2 Cor. 11:13-15).

Es decir, la estrategia maestra del enemigo no es tanto el ataque externo a través de persecución física (como en la época apostólica) o ideológica de la cultura reinante, sino el ataque interno, a través de instrumentos que Satanás puede introducir en la iglesia, especialmente desviando a algunos de nosotros de la verdad, para seguir “herejías destructoras”.

Volviendo a nuestra pregunta acerca de por qué alguien puede llegar a convertirse en un falso maestro y enseñar “herejías destructoras”, vimos recién que, en última instancia, esto responde a un plan diabólico para destruirnos espiritualmente y llevarnos a la perdición. Pero ¿qué resortes encuentra Satanás en nosotros, en nuestra mente, como para lograr desviarnos? Es notable que Pablo incluya las herejías como una de las “obras de la carne” (Gál. 5:20); es decir, de la naturaleza pecaminosa. Son fruto del pecado, por lo cual, tienen una base no solo intelectual sino también eminentemente moral.

Las herejías tienen que ver con el plano cognitivo. Es decir, son IDEAS erróneas que se piensan y se promocionan. No tienen que ver, en principio, tanto con hechos (cosas que la gente hace) sino con pensamientos, doctrinas. ¿Es pecado, entonces, no pensar bien, tener errores conceptuales, tener limitaciones intelectuales que hagan que a veces erremos en nuestras ideas? El error en sí mismo ¿es pecado? Si fuera así, entonces casi todos estaríamos perdidos, porque ¿quién puede pretender ser infalible, nunca equivocarse en nada, en ningún razonamiento, pensar siempre con una lógica perfecta? El único ser omnisapiente e infalible es Dios. Por el contrario, parte de nuestra condición humana es fallar.

Pero, la herejía consiste en PREFERIR el error a la verdad; de allí su carácter moral. Como decía Pablo en el texto que citamos arriba: “por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Tes. 2:10).

La herejía –es decir, el error y el engaño doctrinales– no es otra cosa que un mecanismo de defensa psicológico de racionalización teológica para evadir la verdad, para encontrar un camino más fácil, sobre todo un camino que satisfaga las propensiones humanas pecaminosas y legitime una vida de pecado. Cabe aclarar que “racionalizar” no es lo mismo que “razonar”. Razonar es usar la capacidad lógica, inductiva o deductiva, para comprender un fenómeno y arribar al conocimiento y la verdad. Racionalizar es un mecanismo psicológico de defensa del yo (según explica el psicoanálisis), que consiste –inconscientemente (es decir, la persona no es consciente de esta dinámica psicológica)– en intentar encontrar razones aparentemente lógicas para excusar conductas incorrectas, o simplemente para justificar determinadas ideas o conductas, sobre todo por el temor a enfrentarse a la verdad (teológica, filosófica, ética, acerca de uno mismo, de la realidad, etc.). Porque la verdad (en cualquier orden de la vida) siempre es exigente, y a veces duele. Como diría el gran cantautor español Joan Manuel Serrat: “Nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio”.

Pedro describe algunas características de estos herejes y sus herejías:

“Introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató” (2 Ped. 2:1).

Como, en el fondo, saben que no coinciden con la verdad sostenida por la iglesia, suelen obrar de manera subrepticia, solapada, sin manifestar abiertamente lo que creen, sino recurriendo al comentario “casual”, por lo bajo, a sugerencias que van en contra de lo sostenido por la iglesia.

Sus herejías son “destructoras”. Obran a la manera de los virus informáticos: una vez que logran penetrar en el sistema, se difunden exponencialmente y corrompen todos los archivos, causando estragos en la iglesia.

“Y muchos seguirán sus disoluciones” (vers. 2).

Según el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, “disolución”, en una de sus acepciones, es “relajación de vida y costumbres”; es decir, entregarse al pecado. Este es uno de los más comunes efectos de las herejías: conducen al pecado, lo consienten y legitiman.

“Por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (vers. 3).

Los herejes suelen tener intereses personales, ya sea económicos, de poder dentro de la iglesia o de beneficios para el ego: buscan suscitar la atención de los demás, ser considerados “especiales”, recibir el reconocimiento o el aplauso de la gente, ganar adeptos para sí.

“Siguiendo la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío. Atrevidos y contumaces” (vers. 10).

Es notable, al analizar la “historia” de las herejías dentro del cristianismo, cómo estas han revelado el deseo secreto de vivir una vida de pecado, cómo han utilizado la fe incluso para lograr seducir a otras personas a fin de satisfacer sus instintos sexuales. Es tristemente notorio, en la actualidad, el enterarnos de casos de pastores que han utilizado su posición para tener ascendencia sobre el público femenino y que con el tiempo se descubrió que vivían en adulterio o en promiscuidad.

“Desprecian el señorío” y son “atrevidos y contumaces”. Suelen desafiar la autoridad de la iglesia, a sus dirigentes, faltando el respeto a la posición sagrada que ocupan. Les falta humildad y mansedumbre para presentar sus ideas a la consideración de la iglesia, y desprecian la voz de sus hermanos, creyéndose superiores a ellos.

“Tienen por delicia el gozar de deleites cada día” (vers. 13).

Las herejías suelen favorecer el hedonismo humano, la búsqueda de placer, en vez de guiar a la hermandad a cargar la cruz del amor abnegado, de la renuncia al yo, al egoísmo y al pecado.

“Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición. Han dejado el camino recto” (vers. 14, 15).

Pareciera que los pecados de tipo sexual son objetivos preferidos de la herejía religiosa. Son gente que no ha aprendido a controlar sus pasiones y a purificar sus almas.

“Estos son fuentes sin agua, y nubes empujadas por la tormenta; para los cuales la más densa oscuridad está reservada para siempre” (vers. 17).

Cuando uno analiza el contenido de sus prédicas, nota que en realidad no hay sustancia, no hay verdadero alimento espiritual. Son huecos, “light”, y carecen de verdadero beneficio espiritual, porque todas sus ideas religiosas solo apuntan a proteger, halagar y satisfacer el yo, y no a cumplir los grandes propósitos espirituales del plan de redención.

Como no están anclados en la verdad, son como las veletas: van hacia donde va el viento. No hay ideas teológicas claras, y se “enganchan” con cuanta idea novedosa y sensacional aparece, siempre que sea expresada con suficiente elocuencia.

“Hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencias de la carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error” (vers. 18).

Suele haber cierta petulancia espiritual, “palabras infladas”, cierta grandilocuencia, por la cual la persona considera que está por encima de sus hermanos y que viene a deslumbrarlos con una luz nueva.

“Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción” (vers. 19).

Quizás este sea el núcleo del problema: seguir la propuesta diabólica acerca de la libertad. Satanás gestó todo el Gran Conflicto bajo la idea de que obedecer a Dios es perder la libertad. Propuso que para ser verdaderamente felices hay que tener una libertad sin límites: hacer solo lo que uno quiere.

Algunas herejías apuntan también a esto, pero bajo la legitimación que creen encontrar en la gracia de Dios. Como en Cristo somos libres de la culpa y la condenación del pecado, creen que también somos libres de tratar de vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. Como dice el apóstol, “convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios” (Jud. 1:4).

En tiempos de Pedro (y la Era Apostólica en general), las dos grandes herejías que afectaban a la iglesia cristiana eran aparentemente contradictorias, estaban aparentemente en las antípodas: el legalismo de los cristianos judaizantes y el liberalismo moral fruto de las herejías gnósticas que se estaban infiltrando dentro de la iglesia provenientes del mundo pagano. La primera, aparentemente, era muy moralista, apuntaba a la búsqueda de la santidad. Sin embargo, en el fondo, también era (y es) una forma de carnalidad, porque tiende a hacer de la persona el centro de la experiencia religiosa (en vez de que lo sea Cristo), a hacer del yo un objeto de adoración, al sentirse orgullosa de sus logros espirituales y morales, de su gran moralidad, haciéndola sentir, incluso, superior a quienes, “pobrecitos”, no han alcanzado el grado de desarrollo espiritual que ella (obediencia, perfección de carácter, obra misionera, buenas obras, etc.). El retrato más elocuente de esta sutil y “piadosa” forma de carnalidad es la parábola contada por Jesús acerca del fariseo y el publicano:

“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (Luc. 18:11, 12; énfasis agregado).

El orgullo y la vanidad son quizá pecados peores que otros porque cierran el corazón a la gracia y nos vuelven personas duras de corazón hacia los demás.

Hoy, como iglesia, enfrentamos también los dos mismos tipos de polos heréticos: todavía tenemos que sanarnos del legalismo y del perfeccionismo religioso. No olvidemos que, en realidad, paradójicamente, los “herejes” en el famoso Congreso de Minneápolis, de 1888, eran nada menos que los “paladines de la ortodoxia adventista”, el presidente de la Asociación General, George Butler, y Urías Smith, el mayor redactor que tenía la iglesia en aquel entonces. Ambos se opusieron al mensaje de la justificación por la fe traído por Waggoner, Jones, y la misma Elena de White. Es tan herético hacer ineficaz el sacrificio de Cristo como única esperanza de justificación, santificación y salvación como propiciar una doctrina que tienda a vaciar de contenido moral el evangelio y que tenga como fruto un relajamiento del estilo de vida cristiano.

A lo largo de nuestra historia como iglesia, hemos tenido que enfrentar distintas tendencias heréticas, fruto de falsos maestros, aun desde los albores del adventismo. Siempre hubo fanatismo místico, carismático o legalista dentro de nuestras filas. Tuvimos que enfrentar experiencias carismáticas falsas (con gente que se revolcaba por el piso supuestamente bajo la unción del Espíritu Santo); el movimiento de la “carne santa” (personas que creían que habían alcanzado un grado de impecabilidad y que, por lo tanto, todo lo que hacían era santo, aun cuando muchos de ellos vivían en la promiscuidad); el panteísmo de Kellog a principios del siglo XX; el cuestionamiento de la doctrina del Santuario por parte de Desmond Ford a principios de los ’80; así como movimientos recientes que niegan la divinidad de Cristo, y la personalidad y divinidad del Espíritu Santo.

Uno de los peligros actuales que más enfrentamos como iglesia es la pérdida de la identidad y la razón de ser como adventistas. Si bien es cierto, reconocemos que la Iglesia Adventista no es la única iglesia de Dios sobre la Tierra, y que hay hijos de Dios en todas las confesiones cristianas y que, a su manera, están cumpliendo la misión evangélica, no podemos perder de vista nuestra misión especial y específica profética y escatológica. Para muchos adventistas actuales, pareciera que ya no es importante la doctrina, y que las verdades distintivas (Santuario, el sábado, el estado de los muertos, la Reforma Pro Salud, la santificación, incluso la Segunda Venida, y la luz que tenemos acerca de los sucesos finales de la historia y su crisis final) ya no son relevantes. Existe una tendencia a minimizar los contenidos cognitivos de nuestra experiencia cristiana (la doctrina), para procurar casi exclusivamente solo una experiencia de relación con Cristo (lo cual, por supuesto, es lo más importante), pero vaciando de contenido bíblico y moral esa experiencia, y dejándola solo en los niveles afectivo y emocional, subjetivo, sin ser informada, regulada y corregida por la Palabra.

Por eso es tan importante que nunca perdamos de vista que somos el “pueblo de la Palabra”. Es cierto que hemos pasado por períodos de una “fría ortodoxia”, en los que teníamos una religión mayormente teórica, teológica, incluso apologética (nos encantaba trenzarnos en discusiones doctrinales con cristianos de otras confesiones), y habíamos perdido de vista que lo más importante es cultivar una relación personal, íntima y afectuosa con Jesús. Sin embargo, es vital que nuestra relación con Cristo esté fundada en la revelación que de sí mismo y de su voluntad nos da en su Palabra, y el acatamiento a esta revelación. De lo contrario, caemos en una religión creada a nuestra propia imagen, semejanza y gusto, en vez de una religión a la manera de Dios. De allí que sea tan importante no solo la lectura reflexiva de la Biblia sino también su estudio sistemático, que nos permita tener verdaderas convicciones religiosas, y saber fundamentar nuestras creencias. Solo eso nos protegerá de los engaños diabólicos tan abundantes en la actualidad, y que se irán recrudeciendo a medida que avancemos hacia la crisis final y nos vayamos internando en ella.

Que Dios nos bendiga a todos para que, a la par que cultivamos una relación íntima y profunda con Jesús, podamos aferrarnos a la “palabra profética más segura a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones” (2 Ped. 1:19).

3 Respuestas

  1. PEDRO TORUNO

    gracias por todo este estudio biblico el cual necesitaba para enfrentar a un hereje de mi iglesia el cual es una description al 100% confirmando que estan por todas partes y usan el mismo libreto.
    gracias.

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  2. carlos a ramirez

    Es interesante este tema en el cual Pedro en su 2da Epistola esta hablando de los falsos profetas y los falsos maestros aunque sucedio en su tiempo como Apostol , eso todavia esta pasando en nuestro siglo 21 ,tambien estamos viviendo este tipo de falsos maestros en nuestra iglesia actual y lo mas triste de todo son algunos hermanos nuestros que se la dan de consagrados y que tienen bastante luz espiritual , apostatando de la fe ,pero en realidad son los que estan rechazando a Cristo , pero no debemos prestarle oido a este tipo de enseñanza ,al principio ellos vienen como ovejas ,pero son lobos rapaces disfrazados de oveja ,como expresa Isaias 8:20 » A la ley y a la testimonio » si no dijeren conforme a esto , es porque no les ha amanecido . Dios bendiga su santa Palabra.

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    • Becher

      Gracias, Pablo por tu comentario tan rico sobre estos textos que consideramos en la lección. Es muy interesante la relación entre este tema tratado por Pedro y la carta de San Judas. También es oportuno el tema porque nunca estamos libres del peligro frente a la falsificación de la verdad. La mayoría de la veces, me parece sucede sin intención de engañar, solamente por modificar el eje de un tema, colocando como el centro lo que va en la periferia, ya se produce un sutil engaño, o una percepción equivocada de la verdad.

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