Lección 10 – Segundo trimestre 2017

2 Pedro 1:16-21

Si hay algo que caracteriza a la religión cristiana es que es la religión de LA REVELACIÓN. Es decir, contrariamente a lo que presenta el clima ideológico contemporáneo (posmoderno), de que las religiones (entre ellas, el cristianismo) son un mero producto cultural, un intento del pensamiento humano por encontrar un sentido trascendente para su vida por el cual los antiguos racionalizaron (en el mejor sentido psicológico como mecanismo de defensa) explicaciones mitológicas de la realidad, la Biblia contiene un autotestimonio explícito y enfático en cuanto a ser no sencillamente un producto de la iniciativa humana sino fruto de la iniciativa divina por darse a conocer al hombre, con fines de salvación.

Toda nuestra fe cristiana, nuestras concepciones acerca de la vida, sus valores, su ética y tantos otros aspectos de nuestra fe se desprenden, dependen y descansan en el gran hecho fundamental de que Dios se revela al hombre, y que esa revelación se encuentra en las Sagradas Escrituras, la Biblia. Si creyéramos que la Biblia es solamente un producto de factura humana, no tendríamos razón para creer en nada de lo que creemos, como cristianos. Contrariamente a esto, creemos que la Biblia es la Palabra de Dios.

Nuestro texto de estudio y reflexión de esta semana es uno de esos pasajes cumbre –teológicamente hablando– en los que se presenta de manera clara esta gran verdad bíblica básica, fundacional del resto de verdades bíblicas, de la Revelación divina al hombre:

“Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo. Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:16-21).

¿Cómo se forma la Historia, esa ciencia que trata de reconstruir el pasado, los hechos humanos? Hoy en día contamos con recursos audiovisuales que dejan registrados los hechos que están aconteciendo en el mundo (testimonios radiales, audios, fotografías, películas, filmaciones de noticieros, videos, etc.). Pero en la antigüedad, los historiadores no tenían otra opción que registrar lo que ellos mismos vivieron, observaron, experimentaron de la realidad que los rodeaba, o debían recurrir al relato de quienes habían participado de experiencias que el propio historiador no había contemplado. A su vez, muchas veces debían consignar “el relato del relato del relato” de lo que alguien había presenciado acerca de un hecho, y así sucesivamente. En otras palabras, la Historia se formó sobre la base del TESTIMONIO de quienes fueron TESTIGOS de los hechos históricos, ya sea testigos directos o indirectos, a través de la tradición oral. No había otra opción (además de documentos legales, comerciales, etc., que se han encontrado en las excavaciones arqueológicas).

Del mismo modo, los grandes hechos históricos de la fe judeocristiana se basan en el TESTIMONIO de quienes han sido partícipes y observadores de esos hechos, o del relato transmitido en forma oral o escrita a lo largo de generaciones.

Lo primero que dice Pedro, en nuestro pasaje de estudio de esta semana, es que los grandes y maravillosos hechos de la vida de Cristo no son un invento de la imaginación humana, una explicación mitológica, mística, sino que Pedro mismo ha sido testigo de la vida extraordinaria, la muerte milagrosa y vicaria, y la resurrección poderosa de Cristo. Nadie se lo contó. Él mismo lo presenció, y por lo tanto es un testigo de primera mano de la realidad de la Persona y la obra de Cristo:

“Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad”.

En el mundo grecorromano en el que se encontraban Pedro y la iglesia cristiana primitiva, las religiones y sus dioses eran el producto de relatos mitológicos, de “fábulas artificiosas” (es famosa la mitología griega; por ejemplo, los relatos homéricos de La Ilíada y La Odisea). Sus dioses eran seres pasionales, vengativos, caprichosos, adúlteros e incluso incestuosos. Estos relatos (al igual que los mitos de otros pueblos antiguos) son evidentemente inverosímiles, obras meramente literarias, pero sin ningún tipo de anclaje en la realidad, en la historia.

Contrariamente a esto, Pedro fue testigo directo de la maravillosa vida de Jesús. Convivió con él varios años, y presenció sus milagrosas obras de amor, misericordia, sanidad y restauración. Vio limpiar leprosos, sanar paralíticos, resucitar muertos, transformar unos pocos panes y peces en comida para una multitud de miles de personas, calmar tempestades, caminar sobre el mar, echar fuera demonios, y mil evidencias más del carácter sobrenatural y divino de Jesús.

Además de eso, él participó de una “teofanía” especial: “Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo”. Una clara alusión al episodio del monte en el que Jesús fue transfigurado, y conversó con Moisés resucitado y Elías, que fue llevado al cielo sin ver la muerte, tras lo cual Dios el Padre dio testimonio audible de la persona de su Hijo Jesús (Mat. 17:1-13).

El mundo incrédulo acusa al cristianismo de ser un invento fraguado por un grupo de personas, con posibles intereses políticos, económicos, de ansias de poder, etc. Es decir, no confía en el testimonio de los evangelistas, quienes escribieron la historia de Cristo. Pero, con ese mismo criterio, deberían poner en duda todo el registro de la historia antigua secular, cosa que no hacen con la misma actitud desconfiada y crítica que tienen hacia la Biblia, lo que revela un prejuicio ideológico. Por otra parte, lejos de recibir algún rédito político, económico o de poder por transmitir su testimonio personal de su experiencia con Jesús, los apóstoles lo pasaban muy mal: eran burlados, escarnecidos, perseguidos, y hasta algunos pagaron con su vida su valor de testificar acerca de los hechos que ellos mismos habían presenciado de la vida de Jesús. ¿Quién, en sus cabales, podría jugarse la vida por transmitir una mentira, un embuste? El contexto persecutorio en el que los testigos de la vida de Cristo proclamaron y consignaron por escrito estos hechos nos da evidencias fehacientes de la veracidad de sus palabras, de la sinceridad de su misión. Con ella, no ganaban nada, sino persecución, torturas y muerte.

Sin embargo, Pedro dirige nuestra mirada a un testimonio todavía más trascendente y seguro: el testimonio de la Palabra profética, la Revelación especial de Dios, la Biblia (Antiguo Testamento, en sus días), especialmente las profecías mesiánicas que desembocan en Jesús, y cuyo cumplimiento es la mayor evidencia de su carácter mesiánico:

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones”.

La “palabra profética” es toda revelación especial de Dios a su pueblo por medio de sus profetas, que aunque incluye lo que comúnmente denominamos “profecías”, es decir, anuncios acerca del futuro, no se limita a esto. La “palabra profética” es todo mensaje de Dios por medio de sus profetas para alentar, instruir, consolar, estimular, amonestar, y muchos propósitos espirituales más. Esta “palabra profética” es “segura”, confiable, porque no parte del hombre ni depende de él y de su cultura, sino que su Fuente es nada menos que la sabiduría y el amor infinitos de Dios, el Creador y Sustentador del universo, y nuestro Salvador. Esta Palabra es un fanal de luz en medio de las tinieblas espirituales y morales en que se encuentra el mundo en que vivimos, “alumbra en lugar oscuro”. Ilumina nuestras decisiones morales en medio de tanta confusión; nuestros momentos de conflictos, de luchas, de zozobra, de tristeza, angustia o depresión, porque nos revela la presencia constante y la intervención del Dios infinito en nuestra vida. Nos dice que no estamos solos para pelear las batallas de la vida, que hay un Compañero eterno, que siempre hay esperanza con él, que siempre hay una salida y un sostén para los momentos en los que nos parece que la vida nos va a aplastar. Nos alerta sobre los engaños diabólicos que arrastran a las almas a la perdición, y nos protege con su luz del engaño y el error. Como dice el bello y entrañable himno cristiano:

“¡Santa Biblia!, para mí, eres un tesoro aquí.

“Tú contienes con verdad la divina voluntad;

Tú me dices lo que soy, de quién vine y a quién voy.

“Tú reprendes mi dudar; tú me exhortas sin cesar.

“Eres faro que a mi pie va guiando, por la fe,

“a las fuentes del amor del benigno Salvador.

“Eres la infalible voz del Espíritu de Dios,

“que vigor al alma da cuando en aflicción está.

“Tú me enseñas a triunfar de la muerte y el pecar.

“Por tu santa letra sé que con Cristo reinaré.

“Yo, que tan indigno soy, por tu luz al cielo voy.

“¡Santa Biblia!, para mí, eres un tesoro aquí”

(Himnario Adventista, Nº 208).

Y, a continuación, Pedro proclama una de las afirmaciones teológicas más claras y contundentes acerca de la Inspiración de la Biblia, que junto con otras evidencias bíblicas indirectas define la naturaleza de la revelación bíblica:

“Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”.

Este texto es muy importante, sobre todo con el trasfondo del clima ideológico y teológico que impera en nuestros días. Lamentablemente, el enemigo se las ha ingeniado, ya desde hace prácticamente más de doscientos años, para desacreditar la autoridad de la Biblia, al cuestionar y relativizar su carácter inspirado.

Desde el mundo incrédulo (ateos, agnósticos), se considera a la Biblia únicamente como un libro cultural más, producto del pensamiento mágico de pueblos primitivos, en su etapa “prelógica” de evolución intelectual. Solo representaría el esfuerzo humano por explicarse el origen del cosmos, de la Tierra y del hombre, recurriendo a algo muy común a todas las culturas antiguas: el mito. Relatos como la Creación en seis días literales, la Caída del hombre en el pecado, el Diluvio, el Éxodo, y aun los milagros mismos de Jesús, son considerados meramente míticos, no verdaderamente históricos.

Tristemente, aun el mundo religioso judeocristiano, en general, ha sucumbido a la presión intelectual de la época, y ha creado una convivencia ideológica con el paradigma evolucionista y escéptico imperante. Grandes teólogos cristianos (católicos y protestantes), así como importantes rabinos, y centros de altos estudios teológicos, han adoptado las ideas de la Alta Crítica, de la Teología del Encuentro, de la Demitologización y, finalmente, del Método Histórico-Crítico de interpretación de la Biblia. Todas estas ideas teológicas, en términos generales, coinciden en entender la Biblia como producto de un encuentro de los hagiógrafos (autores sagrados, bíblicos) con Dios en un nivel místico, subjetivo, e influenciados y condicionados por el pensamiento mitológico de la época en que vivieron y la cultura primitiva en la que se encontraban inmersos, escribieron sus propias impresiones, interpretaciones, razonamientos y conclusiones de ese encuentro subjetivo con Dios. Se cuestiona la historicidad del relato bíblico, la autoría de sus libros y su fecha de composición; se considera que su texto es una reconstrucción tardía de distintas fuentes transmitidas oralmente (hipótesis fragmentaria), pero no una revelación directa de Dios.

Tanto la actitud de mundo incrédulo como la de la teología moderna en general coinciden en un escepticismo hacia la Biblia, ya sea secular como –paradójicamente– religioso. Ambos grupos de pensamientos eliminan el carácter sobrenatural del Texto Sagrado, dejándolo solamente al nivel de una producción literaria meramente humana.

Como consecuencia de esto, para el hombre moderno, y trágicamente aun para muchos religiosos modernos, la Biblia carece de autoridad filosófica, teológica, espiritual y ética. Es solo un testimonio de cómo vivieron la espiritualidad otras culturas, de otras épocas.

Pero esta postura es totalmente contradictoria con el autotestimonio o testimonio interno de la Biblia, y con las evidencias de su veracidad histórica y su carácter sobrenatural:

1) La arqueología ha demostrado una y otra vez la exactitud histórica del relato bíblico, e incluso su superioridad, aun como documento histórico, con respecto a muchas de las fuentes antiguas de la historia. Nos muestra que la Biblia es un libro anclado en la historia, en la realidad, y no simplemente un producto de la imaginación febril de algunos místicos. Este carácter histórico de la Biblia no es evidencia de su origen sobrenatural, pero sí nos habla de la seriedad de este libro, de que habla de realidades comprobables en la historia, y no de “fábulas artificiosas”.

2) El cumplimiento verificable en la historia de sus decenas de profecías bíblicas nos muestra que hay un elemento sobrenatural en ella, más que humano, que no puede ser producto de la casualidad ni de un embuste, ni de delirios místicos esquizofrénicos.

3) Los autores bíblicos, en forma consistente a través de toda la Escritura, tienen una autoconciencia de no ser ellos la fuente de sus escritos, sino que atribuyen a Dios sus revelaciones. Es muy frecuente, en los escritos de los profetas, por ejemplo, que introduzcan sus mensajes con la típica frase: “Vino a mí palabra de Jehová”, “Así ha dicho Jehová”, etc.

4) Jesús mismo reconoció a las Sagradas Escrituras como procedentes de Dios, y con autoridad divina, por ser la revelación de Dios.

Frente a este autotestimonio, solo quedan tres opciones posibles: o pensar que estos autores eran unos engañadores que quisieron embaucar al pueblo con fines egoístas mercenarios; o que eran psicóticos con alucinaciones auditivas y visuales y delirios místicos; o que eran lo que ellos decían ser: mensajeros de Dios, a su servicio, aun cuando ello les reportara muchos perjuicios terrenales, persecuciones, dolor y aun la pérdida de la vida misma.

Pedro, entonces, hace la siguiente afirmación categórica, que es un locus classicus teológico (junto con 2 Tim. 3:16, 17):

“Nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”.

En otras palabras, Pedro dice que las Sagradas Escrituras (la “profecía”) no es producto de la iniciativa humana, del pensamiento humano, de los criterios humanos, de la “voluntad humana”, condicionados por la cultura de la época. Su contenido no parte del profeta, sino de Dios, y llega a él desde el Cielo, no desde la Tierra. Si tuviéramos que graficarlo de alguna manera con una flecha, esta no partiría de abajo (del hombre) y se dirigiría hacia arriba (hacia Dios), sino que partiría desde arriba (de Dios) y se dirigiría hacia abajo (al hombre). El hombre es RECEPTOR de la Revelación divina, y NO GENERADOR de ella.

Y Pedro es muy enfático: “los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”.

La palabra griega utilizada por Pedro aquí que fue traducida como “inspirados” es “ferómenoi”, que es la misma utilizada en Hechos 27:14 y 15, cuando relata el naufragio de la embarcación en que la que iba Pablo rumbo a Roma, con las siguientes palabras: “Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón. Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar (o éramos llevados)” (énfasis agregado). Aquí, a Pablo y sus compañeros les era imposible luchar contra el viento y las olas del mar provocadas por él. No les quedó otro remedio que “dejarse llevar”. Del mismo modo, bajo el fenómeno de la Inspiración divina, los profetas se “dejaban llevar” por el Espíritu Santo, de tal modo que, aun cuando no eran anulados como personas, eran totalmente guiados, “llevados” por el Espíritu para consignar lo que él quería que escribieran.

Que Dios nos bendiga y fortalezca por su Espíritu para confiar siempre en esta Palabra inspirada, en su realidad, veracidad y origen divino. Que permitamos que ella ilumine nuestro peregrinaje en este mundo de tinieblas, hasta ese día glorioso en que “el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en [nuestros] corazones”, y Jesús regrese a buscarnos.

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