Lección 9 – Segundo trimestre 2017

Con la lección de esta semana, comenzamos con nuestras reflexiones en la Segunda Epístola de Pedro. Es una carta cuyas últimas dos terceras partes (caps. 2 y 3) tienen mucho que ver con nuestra escatología adventista. El capítulo 2 advierte profusamente a los creyentes acerca del peligro que representan para la iglesia los falsos maestros y los engaños diabólicos difundidos por ellos. Y el capítulo 3 es un capítulo altamente escatológico, que habla muy enfáticamente acerca de la segunda venida de Jesús, defendiéndola frente a los burladores que niegan su realidad. Pero empecemos por el capítulo 1, un capítulo de un énfasis muy pastoral y ético.

SALUDO INICIAL Y TEOLÓGICO

“Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra” (2 Ped. 1:1).

Un saludo apostólico típico, similar a los de Pablo en sus epístolas, y que al paso encierra verdades hermosas. Si bien Pedro no es tan sistemático y enfático en el tema de la justificación por la fe, esta gran verdad se halla presente en sus epístolas, como ya lo vimos al reflexionar en la primera epístola, con sus reiteradas alusiones al sacrificio de Jesús como un cordero sin mancha y sin contaminación. Aquí Pedro nos habla de “la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo” como aquello que nos ha permitido alcanzar una fe “preciosa”.

Es interesante y significativo el uso que hace Pedro en reiteradas oportunidades de la palabra “precioso” en sus dos epístolas, al hablar de Cristo y de todo lo que representa para nosotros:

“Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro” (1 Ped. 1:7).

“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:18, 19).

“Acercándoos a él [Cristo], piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1 Ped. 2:4).

“Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; Y el que creyere en él, no será avergonzado” (1 Ped. 2:6).

“Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso” (1 Ped. 2:7).

Algo precioso es algo a la vez bello y valioso. Si realmente se han abierto nuestros ojos, por la obra iluminadora del Espíritu Santo, y hemos llegado a percibir lo que realmente significa Cristo para nosotros y todo lo que tiene para ofrecernos, consideraremos a Jesús y la vida cristiana como algo precioso –bello y valioso–, y no viviremos a regañadientes la vida cristiana, quejándonos inconscientemente (y a veces conscientemente) de ella como si fuera una carga. No sentiremos que somos cristianos por coerción (temor al desamparo de Dios y a la condenación eterna), por obligación, sino que voluntaria y alegremente consideraremos que lo mejor que nos puede pasar en la vida es amar a Cristo y comprometernos con él.

Este concepto de “precioso” nos remite a las parábolas del tesoro escondido y la perla de gran precio. Allí, Jesús nos dice que el hombre que encontró el tesoro escondido “gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo” (Mat. 13:44); y el que encontró la perla de gran precio “habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (13:46).

Notemos que no hay ninguna nota de sacrificio, de amargura, de opresión o resentimiento. Por el contrario, la nota dominante es el gozo y el entusiasmo. La entrega total de sus vidas que hicieron estos personajes (representada por el hecho de vender todo lo que tenían con tal de comprar ambos tesoros) fue una entrega gozosa, porque estaban seguros de adquirir algo “precioso”, de mucho más valor que lo que dejaban con tal de poseer estos tesoros.

De igual modo, cuando llegamos a percibir el tesoro que representa Jesús para nosotros y la belleza de la vida cristiana, nada consideraremos de suficiente valor como para resignarlo con tal de poseer a Jesús y las bendiciones de la salvación. Nuestra fe, entonces, como dice Pedro, es una fe “preciosa”.

Y esta fe la alcanzamos gracias a “la justicia de nuestro Dios y salvador Jesucristo”. Es la justicia de Jesús –su obra redentora mediante su vida perfecta que nos es acreditada por fe y su sacrificio expiatorio que nos libra de toda culpa y condenación– lo que despierta en nosotros esta fe, esta confianza absoluta en Dios. De paso, en este texto hay una declaración explícita acerca de la divinidad de Cristo, pues Pedro se refiere a él como “nuestro gran Dios y salvador”.

“Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús” (1 Ped. 1:2).

Esto es lo que necesitamos siempre frente a las vicisitudes de nuestra vida terrenal y de nuestra lucha con nuestra propia pecaminosidad: contar con la gracia de Dios –ese amor incondicional de Dios por nosotros a pesar de nuestra condición caída y de nuestra falta de méritos– y la paz que se deriva de ella, al saber que, gracias al sacrificio de Cristo, cuando nos aferramos por fe de la salvación lograda por él, estamos reconciliados con Dios y en paz con él. Esta gracia y esta paz nos vienen al conocer a Dios (alusión al Padre) y a “nuestro Señor Jesús”. Este conocimiento que, en el concepto bíblico, implica mucho más que un mero saber teórico, y entraña un conocimiento experimental, una relación profunda con Dios a partir de los datos de la Revelación, la Biblia.

COOPERACIÓN DIVINO-HUMANA

Los textos que siguen podemos dividirlos en dos partes. Los versículos 3 y 4 nos van a hablar de las provisiones divinas para nuestra salvación, llenas de tanto poder que, por ellas, podemos incluso llegar a ser “participantes de la naturaleza divina”. Y los versículos siguientes (5-11) nos hablan de la respuesta humana a esa gracia y de la cooperación que debemos prestar a esa gracia, adquiriendo y ejercitando, por su poder, las virtudes cristianas.

Es un esquema muy similar al que sigue Pablo en sus epístolas, especialmente la de Romanos, la gran epístola de la Redención. Por ejemplo, en esta epístola, Pablo presenta primero la obra redentora de Cristo (caps. 3-5) y regeneradora del Espíritu Santo (caps. 6-8), para luego dedicarse a la sección ética, en la cual señala cómo se espera que vivan los que YA han sido redimidos por la sangre de Cristo y la obra del Espíritu Santo, los principios morales por los cuales se rige el cristiano (caps. 12-15).

De igual modo, en ese clásico de este tema de la dinámica de la vida cristiana (cooperación divino-humana), Pablo presenta el orden del esfuerzo humano en relación con el poder divino: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12, 13). En otras palabras, siendo que “Dios es el que produce” en nosotros “así el querer como el hacer”, que YA está obrando por su Espíritu en nosotros con toda su omnipotencia a fin de habilitarnos y capacitarnos para vivir la vida cristiana, entonces podemos ocuparnos en nuestra salvación “con temor y temblor”. Notemos que no dice que, a causa de que Dios obra en nosotros, debemos despreocuparnos de vivir la vida cristiana, sino que debemos ocuparnos en ella.

Pedro presenta el mismo concepto:

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (1 Ped. 1:3, 4).

En otras palabras, tenemos todo el equipo necesario para vivir como cristianos, toda la capacidad y el poder necesarios para serlo. “Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad”; es decir, todo lo que tiene que ver con nuestra vida espiritual y moral, y aun nuestra capacidad para vivir nuestra vida terrenal con todos sus desafíos, tanto seculares como espirituales, nos ha sido dado “por su divino poder”. Contamos con un poder superior, divino, que nos asiste en nuestro peregrinaje terrenal hasta llegar al Hogar celestial. No necesitamos depender de nuestras pobres y limitadas fuerzas humanas para vivir la vida, y la vida cristiana. Por el contrario, “mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”; es decir, al tener una relación íntima con Dios basada en lo maravilloso que él ha dado a conocer acerca de sí mismo en su Revelación, la Biblia, y sobre todo a través de su Revelación suprema, la sublime vida y obra redentora de Cristo, recibimos “preciosas y grandísimas promesas”. Promesas maravillosas y multifacéticas para atender cada necesidad que tengamos, ya sea de orden material, terrenal, como especialmente de orden espiritual, relativa a la salvación.

Y es tan grande, completa y grandiosa esta provisión que Pedro dice algo asombroso: por ella, podemos llegar a ser “participantes de la naturaleza divina”. No, por supuesto, al estilo panteísta oriental, de pensar que cada uno de nosotros somos ontológicamente (en nuestra esencia, en nuestro ser) una partecita del gran Todo universal que llamamos Dios, en donde no hay una diferenciación entre Creador y criatura. Pero sí, en el sentido de que, gracias a los alcances ilimitados del plan de salvación, la imagen y semejanza con Dios que hemos perdido por causa del pecado puede ser restaurada en nosotros, y podemos ser la permanente morada del Espíritu Santo –templos del Espíritu Santo–, nada menos que la Tercera Persona de la Deidad, con toda su omnipotencia divina regeneradora y santificadora en nosotros. Estos son los alcances sublimes del plan de salvación:

“El Señor Jesús está realizando experimentos en los corazones humanos por medio de la exhibición de su misericordia y su gracia abundantes. Está realizando transformaciones tan sorprendentes que Satanás, con toda su triunfante jactancia, con toda su confederación del mal unida contra Dios y las leyes de su gobierno, se detiene para mirarlas como una fortaleza inexpugnable ante sus sofismas y engaños. Para él son un misterio incomprensible. Los ángeles, serafines y querubines de Dios, los poderes comisionados para cooperar con los agentes humanos, contemplan con asombro y gozo cómo esos hombres caídos, una vez hijos de la ira, están desarrollando, a través de la enseñanza de Cristo, caracteres a la semejanza divina, para ser hijos e hijas de Dios, para desempeñar una parte importante en las ocupaciones y los placeres del Cielo” (Elena de White, Testimonios para los ministros, p. 40).

Esta nueva vida de orden sobrenatural que es nuestro privilegio tener hace que nos remontemos por encima aun de nuestra propia naturaleza caída, y en vez de ser esclavos de ella podamos huir “de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”. No tenemos por qué conformarnos con una vida pecaminosa, como lo hace la mayoría de las personas que no conoce a Dios. Podemos tener una santa rebeldía con respecto a los patrones pecaminosos del mundo, porque contamos con un poder superior capaz de regenerar nuestra naturaleza y hacernos “participantes de la naturaleza divina” para vivir una vida conforme con los patrones nobles, puros y elevados del Cielo. Se nos ha dado todo el equipo necesario, “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad”. No nos falta ningún recurso espiritual para vivir como cristianos.

Teniendo en cuenta, entonces, la amplia provisión de poder y recursos espirituales, entonces el apóstol nos exhorta al CRECIMIENTO cristiano:

“Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor” (vers. 5-7).

Contrariamente a cierta idea teológica y espiritual que cunde en nuestros días, que propicia que debemos despreocuparnos de vivir la vida cristiana y dejarnos “flotar” en la obra del Espíritu Santo sin ningún tipo de esfuerzo de nuestra parte, porque nuestras obras surgirán espontáneamente, automáticamente (mecánicamente) de su obra en nosotros, Pedro dice que, PRECISAMENTE PORQUE DIOS ESTÁ REALIZANDO UNA OBRA MARAVILLOSA EN NOSOTROS, “por esto mismo” (es decir, todo lo que dijo anteriormente), debemos poner “toda diligencia”, toda atención, todo empeño, en vivir como cristianos y cultivar las virtudes propias del carácter cristiano, que a continuación va a enumerar. Es una obra de cooperación divino-humana (White), en la que Dios obra en mí no para eximirme de realizar mis esfuerzos sino para potenciarme a fin de que yo me esfuerce en vivir como cristiano. Dios nunca nos despersonaliza. No somos títeres en manos de Dios, sino seres creados originalmente a su semejanza y restaurados a ella mediante las provisiones del plan de redención, que somos llamados a ejercitar todas nuestras facultades propias de nuestra semejanza con Dios: inteligencia, juicio moral, afectividad, emotividad, fuerza de voluntad, etc.

Bajo este concepto, entonces, Pedro nos exhorta a cultivar las siguientes virtudes:

“Fe”: una confianza creciente en la existencia y el amor de Dios, y en la seguridad de sabernos hijos de Dios reconciliados con él y redimidos mediante la obra redentora de Cristo.

“Virtud”: Esta palabra puede implicar tanto el ser “virtuosos” en el sentido de desarrollar nuestras capacidades humanas y talentos como, especialmente (y seguramente era el sentido al que más apuntaba Pedro), el ser personas llenas de virtudes morales (honestidad, nobleza, pureza moral, integridad, valentía, solidaridad, etc.).

“Conocimiento”: El cristiano, si bien se reconoce humilde y limitado, está llamado a crecer intelectualmente, a desarrollarse, a no pasar la vida en la ignorancia y la torpeza mental. Hemos sido llamados a ser gente informada, que conozca y entienda el mundo en que vivimos. Pero, obviamente, el conocimiento por excelencia al que seguramente apunta Pedro es el conocimiento de Dios y de las cosas divinas. Un conocimiento que proviene del estudio de la Revelación, la Biblia, y sobre todo –como ya señalamos– de una relación profunda y real con Dios. No hemos sido llamados a depender de lo que otros hayan estudiado y de la relación que otros hayan cultivado con Dios (pastores, ancianos, etc.), sino que cada uno debe crecer en conocimiento –intelectual y vivencial– de Dios.

“Dominio propio”: Mientras esta “naturaleza divina” de la que hablaba Pedro tenga que convivir con nuestra naturaleza caída hasta que “esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Cor. 15:53), en ocasión de la segunda venida de Jesús, tendremos que vigilar y tener en sujeción los impulsos y las tendencias de nuestra naturaleza caída. Deberemos controlarla –controlarnos– y subyugar nuestras tendencias pecaminosas.

“Paciencia”: En el concepto bíblico, la paciencia no es solamente una virtud pasiva, de “aguantar” las cosas adversas que nos suceden sin alterarnos, sino también implica una perseverancia en la fe a pesar de las contrariedades. Quizá la mejor palabra para definir este concepto sea tesón. El cristiano es tesonero, y persevera en la vida cristiana contra viento y marea.

“Piedad”: Implica ser una persona realmente espiritual, que vive cultivando una comunión profunda con Dios y vive con unción espiritual su vida terrenal, “como viendo al Invisible” (Heb. 11:27), y también seguramente Pedro tenía en mente el cultivo de la compasión, la misericordia hacia el prójimo; el tener “piedad” de los sufrientes y pecadores.

“Afecto fraternal”: No se trata solamente de cultivar virtudes que tengan que ver con nuestro carácter en nuestra vida particular, sino cultivar lazos de afecto profundo, entrañable, con los que nos rodean, especialmente con nuestros hermanos en la fe. El sentirnos hermanados con otros y tener una relación no meramente formal sino de verdadero afecto, cariño, simpatía.

“Amor”: la virtud máxima de la vida cristiana, y que está en la base de toda otra virtud genuina, y la que le da el verdadero sentido y valor todo lo que hacemos, sin la cual somos como “metal que resuena o címbalo que retiñe” (1 Cor. 13:1). El summum de la vida cristiana es vivir en el amor de origen celestial (agápe), que nos conduce a olvidarnos de nosotros mismos para vivir pendientes de cuán felices podemos hacer a los que nos rodean y cuánto podemos contribuir a su bienestar y salvación. “La plenitud del carácter cristiano se alcanza cuando el impulso a ayudar y bendecir a otros brota constantemente de adentro” (Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 317).

“Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Ped. 1:8-11).

Pedro es muy realista en cuanto a conocer la naturaleza humana y el riesgo al que nos expone siempre nuestra libertad, que Dios respeta. Y sabe que siempre cabe la posibilidad de que nos volvamos atrás y que incluso abusemos de la gracia de Dios, para satisfacer nuestra naturaleza caída. Como también es posible que, por negligencia, por falta de vigilancia espiritual y conexión con Dios, nos vayamos alejando poco a poco de él, y volviendo a vivir bajo los dictados de nuestra naturaleza caída. No hay nada en las epístolas de Pedro (ni en ninguna de los demás apóstoles) que sepa a “una vez salvo, salvo para siempre”. Siempre es posible caer de la gracia, retroceder y, tristemente, perdernos. Por eso, Pedro amonesta a cultivar la vida cristiana, empeñarse en ella. No en el sentido de ganar méritos delante de Dios o ser autores de nuestra propia salvación, sino en el sentido de cooperar con la gracia del Espíritu Santo, que obra en nosotros para salvación, no descuidando su obra, ni entorpeciéndola y mucho menos resistiéndola.

Pedro dice que “el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados”. No se trata solamente de estar contentos con tener el perdón de los pecados y la aceptación de Dios, y entonces vaciar de contenido moral el evangelio. El que no ha comprendido que es llamado a una vida santa por Jesucristo no ha entendido de qué se trata el evangelio, y “tiene la vista muy corta”, y ha “olvidado” (menospreciado) “la purificación de sus antiguos pecados”; ha perdido de vista cuán precioso ha sido el perdón de Jesús y la nueva vida en la que él nos ha introducido por su gracia.

Por eso, el apóstol nos amonesta a procurar hacer firme nuestra vocación y elección. A resguardar nuestra vida cristiana. Como diría Pablo, “el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Cor. 10:12). Es un llamado a no ser presuntuosos y pensar que podemos gozar del favor de Dios y la salvación viviendo de cualquier manera pecaminosa. Por el contrario, es un llamado a luchar por aferrarse de la salvación ofrecida gratuitamente pero que no debe ser descuidada.

Si cumplimos con las condiciones, si confiamos en Jesús y nos aferramos de las provisiones abundantes de la salvación –como vimos al principio de este capítulo–, podemos tener la seguridad de que nos será “otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. Dios está con los brazos abiertos –como el padre del hijo pródigo–, listo para recibirnos en su reino, deseando que disfrutemos con él de la eternidad. No podemos, entonces, menospreciar esta “salvación tan grande” (Heb. 2:3).

“Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente” (vers. 12).

Muchas veces nos quejamos de la falta de originalidad de los predicadores, de que escuchamos siempre lo mismo, y nos aburrimos. Sin embargo, y aun cuando es legítimo desear escuchar nuevos enfoques de la verdad, es muy cierto el dicho que reza: “La repetición es la madre del saber”. Necesitamos nuevos enfoques, pero también necesitamos ser reafirmados en las verdades básicas e innegociables que componen nuestra fe. Necesitamos repasar una y otra vez las razones de nuestra fe, y ser exhortados y animados a vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.

“Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación; sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado. También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas” (1:13-15).

Este texto, como tantos otros, a veces es leído a partir de los preconceptos que se tiene en general, en el mundo cristiano y en la sociedad en que vivimos, acerca del estado de los muertos, la teoría de la inmortalidad natural del alma. Pero eso es imponerle al texto nuestras propias ideas, cuando en realidad todo texto bíblico debe ser leído a la luz de la teología general de la Biblia; en este caso particular, a la luz de la teología bíblica acerca de la naturaleza humana (antropología bíblica) y del estado de los muertos.

Pedro, en realidad, está utilizando un recurso literario retórico denominado sinécdoque, que significa tomar la parte por el todo o el todo por la parte. Por ejemplo, si decimos “Perú jugó un buen partido de fútbol”, lo que queremos decir no es que todo el pueblo peruano estuvo jugando un buen partido de fútbol, sino solo la selección de fútbol peruana. O, “el pan de cada día dánoslo hoy” no significa que pidamos a Dios solamente que nos dé el pan literal (harina + agua + sal + leudante) sino que sustente nuestra vida terrenal, que supla todas nuestras necesidades.

De igual modo, cuando Pedro dice que en tanto que está “en el cuerpo” va a seguir cumpliendo su misión de despertar a la iglesia con amonestación, quiere decir “mientras tenga vida, voy a seguir cumpliendo mi misión”. Cuando dice que en breve debe “abandonar el cuerpo”, significa que sabe que en poco tiempo deberá entregar su vida en el martirio, como sabemos que sucedió con Pedro a manos de Nerón.

Más allá de estas cuestiones teológicas, doctrinales o apologéticas, lo importante de este último pasaje que estudiamos en esta semana es la preocupación y la responsabilidad pastoral de Pedro. Él no era un pastor meramente formalista, que se contentaba con “cumplir” sus deberes pastorales sujeto a un horario formal, como si fuese de oficina. Es un pastor preocupado por el bienestar del rebaño de Dios, y cumplía su misión de ayudar a la iglesia a crecer y también protegerla de los engaños diabólicos y de los peligros espirituales. Por eso, mientras todavía tuviera vida, en el poco tiempo que le quedaba, él quería asegurar el bienestar de la iglesia. Y no solo eso, sino también hacer provisión para que una vez que él ya no estuviera más con el rebaño hubiera pastores que siguieran cuidándolo, transmitiéndole incluso las enseñanzas de Pedro.

Dios nos ha llamado a todos a una vida de excelencia, de crecimiento espiritual, de semejanza con Dios, a “participar de la naturaleza divina”. Que Dios nos bendiga para que aprovechemos las abundantes provisiones de Dios para nuestra salvación y nuestra santificación, y que confiados en ese poder habilitante de Dios podamos cultivar las virtudes espirituales y morales que nos hacen semejantes a Cristo.

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