¿Cómo me sentiría yo, si quieren limitarme la actividad que más me gusta?

En el proceso del crecimiento del ser humano, la preadolescencia es sinónimo de grandes cambios. Si analizamos cuál elemento es el que más afecta a los preadolescentes, encontramos el teléfono móvil inteligente como una constante para la mayoría de ellos. Esa nueva independencia a la que acceden al terminar la escuela primaria muchas veces va acompañada de la obtención de un teléfono, tan deseado y soñado por la mayoría. Muchos padres, por seguridad y tranquilidad, deciden comprarlo. Al empezar la escuela secundaria, no tener un teléfono móvil es símbolo de estar apartado del grupo; de no estar enterado de lo más “importante”; de no formar parte de la red que informa de cada latido de sus integrantes.

Sin embargo, a algunos adolescentes les acarrea ciertos problemas: económicos (por el costo del teléfono); problemas con el grupo de pares (inconvenientes en la comunicación directa o cara a cara, exclusión social por no tener determinada marca o modelo de teléfono o determinados juegos en el móvil); excesiva somnolencia diurna, como consecuencia de que permanecen despiertos hasta altas horas de la noche; disminución del rendimiento académico, y problemas a la hora de estudiar, por causa de interrupciones continuas porque les suena el móvil.

Como padres, nos encontramos frente a una disyuntiva. La preadolescencia es una etapa en que el cerebro todavía está en desarrollo, con las implicaciones que eso conlleva. El teléfono móvil se presenta como elemento útil, pero con la capacidad potencial de crear una tendencia adictiva no solamente a la tecnología sino también a los elementos tóxicos. Las modificaciones que puede realizar en las neuronas el teléfono móvil mal utilizado son similares a los cambios producidos por las drogas adictivas. Esto debe llevarnos a tomar las precauciones necesarias con el fin de que esta nueva herramienta no constituya un elemento dañino para nuestros hijos.

Algunos cuidados que se debe tener son los siguientes:

-Controlar que no se acuesten con el teléfono, ya que se distraen y disminuye las horas de sueño. Esto es causa de estrés en los niños.

-Hablar con ellos y llegar a un acuerdo para evitar que estén adheridos a la pantalla varias horas en el día.

-Buscar otras actividades que los alejen del teléfono, tales como ejercicio, clases de música, idioma, plástica, etc.

-Dialogar con ellos, nunca queriendo imponer algo. La preadolescencia nos enfrenta con alguien ya no tan niño, que no acepta fácilmente nuestras ideas. Antes de querer convencerlos, debemos ubicarnos en nuestro lugar de culto, orar con fervor a Dios, pidiéndole que su Santo Espíritu trabaje en esa mente en expansión, pedir por aquel amor que solo da Dios, quien se acerca a nosotros con las manos extendidas, sin reprocharnos nada, sin enojarse, y que simplemente hace silencio cuando surge de nosotros un comentario inmaduro. ¿Cómo me sentiría yo si quieren limitarme la actividad que más me gusta? Debemos estudiar sobre el tema, plantearles a ellos la necesidad de un cambio, pero con un fundamento lógico, coherente y amable.

Jesucristo, en la oración descrita en Juan 17:15, dice: “No ruego que los quites del mundo, sino que los apartes del mal”. No podemos vivir en una burbuja, el mundo es donde estamos; pero con la ayuda de Dios podemos reducir los daños. Cristo también dice: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí, nada podéis hacer” (Juan 15:5). Finalmente, esta es la verdadera solución: aferrarnos a la Vid, para que podamos llevar frutos; y el mejor fruto que podemos recibir es ver a nuestros hijos también aferrados de la mano de Dios. RA

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